El repartidor de flores se quedó más de la cuenta
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.
Abrí la puerta con un vestido fino y nada debajo. El chico que traía mis flores no sabía que el ramo era lo de menos esa tarde de calor.
Recibí su mensaje a las diez de la mañana y supe que esa tarde, con la casa vacía, le concedería justo aquello que su novia jamás le permitiría.
Se decía que solo lo estaba ayudando a sentirse mejor. Pero cada tarde, con su novio fuera de casa, la distancia entre los dos se hacía más corta.
Le compré un bikini diminuto sin que lo eligiera, conté las horas hasta la madrugada y me recosté en el colchón pequeño, rezando para que ella se quedara a solas con él.
Aitor presumía de que ninguna mujer se le resistía y su anciana vecina lo escuchaba divertida… hasta que el chico reveló a quién pensaba seducir esta vez.
Cuando subí a saludarlo no sabía que aún olía a él, que su cama deshecha bastaría para que olvidara a mi pareja y al sentido común.
Cuando le pedí a mi ex un favor, pensó que quería sexo. Lo que le pedí fue mucho peor: ayudarme a destrozar el matrimonio de mi mejor amiga.
Cuando los vi salir juntos del ascensor supe que aquella tarde iba a ser muy distinta a todas las que había tenido con él.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.