Lo que hizo mi ex mientras yo no llegaba
Aquella tarde todo había transcurrido con esa lentitud perfecta que solo tienen las horas robadas. Sofía había llegado a media mañana con una botella de vino que no llegamos a terminar, habíamos comido algo sin apresurarnos, y al final terminamos donde terminábamos casi siempre: en la cama, con la tarde entera por delante y ninguna razón para movernos demasiado rápido.
Cuando la desnudé fue despacio, mordiéndole el cuello mientras le bajaba el sujetador y le liberaba las tetas, esas tetas duras y respingonas que tenía a los veintitrés años, con los pezones ya endurecidos antes de que se los tocara. Le chupé uno con la boca entera y con la otra mano le fui bajando las bragas hasta encontrarle el coño empapado. Estaba mojada como si llevara horas pensando en esto. Metí dos dedos y ella arqueó la espalda y soltó un gemido ronco contra mi hombro.
—Cómeme —me dijo al oído, con esa voz de urgencia que me ponía la polla dura al instante.
Bajé por su vientre a besos, le abrí las piernas y me hundí entre sus muslos. Empecé a lamerle el clítoris con la lengua plana, despacio primero, apretando después. Sofía me agarraba del pelo y me guiaba, subía las caderas hacia mi boca y me follaba la cara sin ningún pudor. Le metí la lengua en el coño mientras le acariciaba el clítoris con el pulgar y ella empezó a temblar. Se corrió apretándome la cabeza contra su sexo, con un gemido largo que se quebraba al final.
Cuando subí, todavía jadeando ella, se lamió sus propios jugos de mis labios y me dijo:
—Métemela ya.
Me monté encima y la penetré de una embestida. Estaba tan mojada que la polla entró entera del primer golpe. Empecé a cogérmela despacio, apoyado en los codos, mirándole la cara mientras se le abrían los labios y se le entrecerraban los ojos. Después le pasé las piernas por encima de los hombros y me hundí más profundo, follándomela con fuerza, mientras ella se apretaba las tetas y se pellizcaba los pezones. Cuando sentí que iba a acabar la giré, la puse de costado y le metí la polla por detrás, con una mano en su cadera y la otra en su cuello. Se corrió otra vez con la cara enterrada en la almohada, mordiendo el borde, y yo me vine dentro de ella con tres embestidas secas y un gemido que me salió del vientre.
Quedamos tumbados en silencio. Puse algo de música baja desde el teléfono. Ella fue al baño, volvió con un vaso de agua, se acomodó a mi lado con la sábana hasta la cintura y esa mirada de quien tiene algo dando vueltas en la cabeza desde hace un rato.
La conocía bien. Sofía tenía veintitrés años y una forma de guardar las cosas que siempre terminaban saliendo de todos modos.
—¿Qué tienes? —le pregunté.
—Nada.
—Sofía.
Soltó el aire despacio.
—Hay algo que tengo que contarte. Pero no sé cómo lo vas a tomar.
—Cuéntame. No pasa nada.
—Es sobre Elena.
Me quedé quieto. Elena había sido mi pareja durante casi cuatro años. Habíamos terminado hacía poco más de un año, sin gritos ni grandes escenas, con esa frialdad que a veces resulta más difícil de superar que cualquier pelea. Era, entre otras cosas, la tía de Sofía, aunque esa parte de la historia siempre fue difícil de explicar sin que sonara peor de lo que era.
—¿Qué pasa con ella? —dije sin alterar el tono.
Sofía se incorporó un poco, apoyada en el codo, mirándome de lado.
—Hace unas semanas fui a una reunión en casa de una amiga. Rodrigo, el chico que va con mi hermano desde que eran chicos, estaba ahí también. Al final de la noche, cuando ya todos habían bebido bastante, Rodrigo se puso a contarle algo a mi hermano. Algo sobre Elena. Me acerqué sin que se dieran cuenta y me quedé escuchando hasta el final.
Esperé.
—Tiene que ver con la graduación de mi hermano, hace dos años.
***
La graduación. Me acordaba bien. Ese viernes yo había tenido una reunión que se extendió hasta la noche y que resultó imposible cancelar. Elena se había ido sola al evento después de una discusión breve y cargada: ella quería que fuera aunque llegara tarde, yo le dije que no podía, ella salió sin decir nada más. Cuando llegué de madrugada, ya dormía. O fingía dormir, que en aquel tiempo era lo mismo.
—Rodrigo siempre había tenido algo con Elena —dijo Sofía en voz baja—. Desde la secundaria la tenía metida en la cabeza, aunque nunca lo había dicho abiertamente. Se la había pajeado mil veces pensando en ella, según le confesó a mi hermano. Ese día la vio llegar al salón y se le pegó la vista sin poder hacer nada al respecto. Dice que se le puso dura en la mesa nada más verla entrar.
—¿Cómo iba vestida?
—Falda ajustada hasta la rodilla, blusa con escote pronunciado, el pelo suelto. Sin sujetador, se le marcaban los pezones a través de la tela. Esos tacones que la hacen caminar de esa forma que tiene, con el culo balanceándose a cada paso. —Sofía hizo una pausa—. Yo estaba ahí y te juro que no podías no mirarla. Elena tiene ese tipo de presencia que no necesita esfuerzo. Entra a un cuarto y a todos los hombres se les para la polla al mismo tiempo.
Podía imaginarlo sin problema. Elena, cuarenta y seis años, blanca, con esas tetas grandes y firmes y ese culo que le rebotaba al caminar, era exactamente el tipo de mujer que hace que los hombres de diecinueve años se corran en los calzoncillos solo con verla pasar.
—¿Y ella cómo estaba?
—De mal humor desde el principio. Pedía vodka, no quería comer, te mandaba mensajes y no le contestabas. En un momento se acercó a mí y me dijo: «Para qué no viene. Él se lo pierde, pero que después no se queje». Yo no supe qué responderle. Me incomodaba la situación porque estaban mis papás y los de los amigos de mi hermano, y no quería que pensaran mal de ella.
Reconocí la frase. Era exactamente lo que Elena habría dicho en ese momento, con esa voz de quien ya ha tomado una decisión aunque todavía no sabe cuál.
—Rodrigo la miraba desde su mesa —continuó Sofía—. Con la polla marcándosele en el pantalón, según se lo describía a mi hermano, riéndose. En algún momento mi hermano lo animó a que se acercara a bailar con ella. Rodrigo fue, nervioso, con esa torpeza que tienen los chicos cuando se acercan a una mujer que los supera en todo. Elena lo aceptó sin pensarlo demasiado. Bailaron dos o tres canciones. Él dice que estaba tan tenso que casi no podía coordinar los pasos, pero Elena lo tomó de la cintura y lo guió. Como si llevara toda la vida haciéndolo.
Me senté un poco en la cama, apoyé la espalda en el cabecero.
—Después pusieron música más movida. Yo los veía desde lejos y pensaba que no era más que eso, que bailaban. Pero Rodrigo dice que Elena le hablaba al oído mientras se movían juntos. Que se le pegaba con el cuerpo entero, que le rozaba la polla dura con el hueso de la cadera y que no se apartaba, al contrario, se apretaba más. Que le decía cosas que él no esperaba, que le preguntó al oído si siempre se le ponía así de dura bailando con las tías de sus amigos. Que el calor de su boca tan cerca de la oreja lo estaba volviendo loco.
—¿Y tú qué sentiste cuando lo oíste? —le pregunté.
Sofía me miró.
—Morbo —respondió con toda la calma del mundo—. El mismo morbo que tú tienes ahora mismo con la polla otra vez dura debajo de la sábana.
Tenía razón. Se me había vuelto a poner completamente dura y los dos lo sabíamos. Sofía le echó un vistazo al bulto y sonrió.
***
—Después Elena dijo que se sentía mal. Que necesitaba tomar aire. Salió sola. Rodrigo la siguió.
La imagen llegó sola: Elena en el estacionamiento, con la noche encima, demasiado vodka en el cuerpo y demasiada rabia todavía flotando sin destino.
—La encontró apoyada en su coche con los ojos cerrados. Le preguntó si estaba bien. Ella tardó en contestar. Después dijo que estaba triste. Que habías preferido el trabajo. Que no entendías lo que significaba para ella que estuvieras esa noche.
Sofía deslizó una mano por debajo de la sábana y me cerró los dedos alrededor de la polla. La apretó despacio, midiéndome, con esa forma que tenía de agarrarme como si supiera exactamente dónde poner cada dedo.
—Rodrigo le dijo que cualquier hombre que dejara sola a una mujer como ella una noche así merecía que se la follara otro. Se lo dijo con esas palabras.
—Diecinueve años y ya sabía cómo funciona eso —murmuré.
—Aparentemente. —La mano de Sofía empezó a masturbarme despacio, arriba y abajo, con la muñeca girando en la punta—. ¿Sigo?
—Sí. Sigue.
—Elena se rió cuando él dijo eso. Pero no era una risa alegre. Después lo miró y le preguntó cuántos años tenía. Él le respondió. Ella dijo: «Podrías ser mi sobrino».
—Pero no lo era.
—No. Y Rodrigo se lo hizo saber. Le dijo que dejara de mirarlo como si fuera un crío. Que no lo mirara así. Que lo que sentía no era eso en absoluto. Y le agarró la mano y se la puso encima de la polla, por encima del pantalón, para que sintiera cuánto la deseaba.
La mano de Sofía se movía despacio, con una cadencia que me resultaba casi insoportable. Seguía hablando con el mismo tono que podría usar para contar cualquier otra cosa.
—Elena lo miró un momento largo. Le apretó la polla por encima de la tela, sin quitar la mano. Y lo besó ella. Fue ella quien se inclinó hacia él. Con la lengua entera dentro de la boca desde el primer segundo, según Rodrigo.
Respiré despacio por la nariz.
—¿Ella tomó la iniciativa?
—Ella tomó la iniciativa. Rodrigo se quedó quieto dos segundos. Después le metió las manos por debajo de la blusa y le agarró las tetas. Se las apretó fuerte, encontró los pezones con los pulgares y se los pellizcó. Elena gimió en su boca.
Sofía se deslizó hacia abajo bajo la sábana. Dejé de escuchar por un momento porque su boca ya no estaba hablando. Me la tomó de golpe hasta el fondo de la garganta y el sonido que salió de mí fue involuntario y completamente sincero. La sentí ahogarse un momento contra mi vello púbico antes de subir de nuevo con un hilo de saliva colgándole del labio. Empezó a chupármela con ese ritmo suyo, lento en la base, rápido en la cabeza, chupando fuerte al final de cada subida, con la lengua girando alrededor del glande. Sus manos me apretaban las bolas con firmeza. Después levantó la vista sin soltarme la polla de la boca.
—Elena buscó las llaves en el bolso —dijo, con la voz ligeramente ronca y un hilo de saliva en la comisura—. Las encontró a tientas. Abrió el coche, hizo pasar a Rodrigo al asiento de atrás. Él dice que apenas tuvo tiempo de entender qué estaba pasando antes de que ella ya le estuviera desabrochando el pantalón y sacándole la polla. Que se la sacó, la miró un segundo y le dijo: «Qué polla más bonita tienes, sobrino».
Sofía volvió a lo que estaba haciendo. Se tragó la polla entera otra vez, ahora con ganas, con las mejillas hundidas del esfuerzo. Yo miraba el techo con los ojos entreabiertos.
—Dice que no aguantó nada —continuó, con pausas cortas entre las palabras y la boca llena—. Menos de un minuto. Que estaba demasiado excitado, que llevaba demasiado tiempo imaginándolo, imaginando esa boca de Elena precisamente. Que Elena le chupaba la polla mirándolo a los ojos, con una mano en la base moviéndosela y la otra apretándole los huevos. Que se la sacó de la boca un segundo para lamerle las bolas, una y otra, y que él sintió que se le iba la cabeza. Que cuando ella volvió a metérsela hasta el fondo él se corrió sin poder avisar. Que le llenó la boca de leche sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Solo gemía con las piernas temblando contra el asiento. Y que Elena se lo tragó todo, hasta la última gota, y después le lamió lo que le había quedado en la punta.
Hice un sonido involuntario. Sofía sonrió con la polla todavía en la boca.
—¿Y ella?
—Ella no se detuvo. Se recostó contra la puerta del fondo, se levantó la falda hasta la cintura, se quitó las bragas empapadas sin apuro y las tiró al suelo del coche. Abrió las piernas, se abrió el coño con dos dedos para que él viera lo mojada que estaba, y le dijo a Rodrigo que le devolviera el favor. Que no podía quedarse así, con el coño chorreando y sin correrse.
Sofía volvió a subir. Me miró desde abajo con los labios brillantes de saliva y algo en los ojos que era parte diversión, parte otra cosa.
—Rodrigo dice que nunca había olido un coño así. Que se inclinó entre sus piernas y que algo le cambió por dentro. Que Elena olía a deseo real, a coño de mujer madura empapada de ganas, a algo que no sabía describir con palabras de diecinueve años. Que le empezó a lamer despacio, de abajo hacia arriba, y que Elena le agarró la cabeza con las dos manos y se la apretó contra el coño sin dejarle margen. «Chúpame el clítoris», le dijo. «No pares».
Se incorporó, se acomodó sobre mí despacio, se agarró la polla en la mano, se la pasó por los labios del coño empapando la cabeza y me la fue metiendo centímetro a centímetro mientras se mordía el labio. Los dos soltamos el aire al mismo tiempo cuando la tuvo entera dentro.
—¿Sigo? —preguntó.
—Sigue —dije, con la polla enterrada hasta el fondo de su coño.
***
Empezó a moverse en círculos lentos, moliéndome la polla con las caderas. Las manos apoyadas en mi pecho, los ojos entreabiertos, la voz baja y pareja como si pudiera hacer las dos cosas a la vez sin esfuerzo.
—Dice que ella se corrió dos veces con su lengua mientras él todavía estaba aprendiendo dónde poner las manos. Que la primera vez le agarró el pelo con fuerza y le empujó la cara contra el coño hasta casi ahogarlo. Que la segunda vez tembló entera, con los muslos apretándole las orejas, y le mojó la barbilla y el cuello. Que gemía muy bajo, que se mordía el labio para no hacer ruido, que miraba por la ventanilla del coche hacia el estacionamiento vacío como si quisiera que alguien los viera y al mismo tiempo no.
Sujeté las caderas de Sofía. Ella siguió moviéndose a su ritmo, sin apresurarse, subiendo y bajando ahora, dejando que la polla le saliera casi entera antes de tragársela otra vez con el coño.
—Después él se subió encima. Ya se le había puesto dura otra vez, la tenía dura como una piedra según le decía a mi hermano riéndose. Dice que la penetró de un empujón y que Elena soltó un grito ronco que se le quedó en la garganta. Que estaba tan mojada que se le metió entera del primer golpe, hasta las bolas. Que Elena lo agarró del pelo con las dos manos, le mordió el labio inferior y le dijo: «Fóllame como si me odiaras, sobrino».
Sofía se inclinó adelante para que le chupara los pezones. Yo se los tomé con la boca, uno y después el otro, mientras ella seguía moviéndose encima de mí.
—Que marcaba el ritmo ella, que decidía cuándo ir más rápido y cuándo más despacio, que inclinaba las caderas hacia él con una precisión que a él le resultó completamente nueva. Que le decía guarradas al oído mientras la follaba. «Métemela más adentro. Más fuerte. Rómpeme el coño». Que no era lo que esperaba de una mujer mayor. Que era mucho más sucia de lo que había imaginado nunca. Después ella se puso a cuatro patas en el asiento, con la cara contra el vidrio empañado, y le dijo que se la metiera así, por detrás.
Elena. Cuarenta y seis años. En el asiento trasero de su coche, con la falda por encima de la cintura y el culo levantado para que un chico de diecinueve la reventara, en el estacionamiento de un salón de fiestas, usándolo con toda la determinación que yo conocía bien y que pocas veces había sentido dirigida hacia mí con esa intensidad.
Y yo en la oficina, sin contestar los mensajes.
—Rodrigo dice que le agarró las caderas y se la empezó a coger a fondo, sin control —siguió Sofía, jadeando ahora ella también—. Que las nalgas de Elena le golpeaban las ingles a cada embestida. Que le dio un manotazo en el culo, sin pensarlo, y que Elena le dijo: «Otra vez. Más fuerte». Que le pegó otra vez, y otra, hasta dejarle la nalga colorada. Que ella se metió la mano por debajo y se frotaba el clítoris mientras él la reventaba. Y se corrió otra vez, apretando la polla con el coño de una manera que él no había sentido nunca. Como si se la exprimiera.
Sofía aceleró encima de mí, empezó a rebotar con las tetas moviéndose, apoyándose con las manos en el cabecero. Yo empujaba desde abajo, clavándosela hasta el fondo.
—Se corrió dentro de ella —dijo Sofía en voz más baja, casi sin detenerse—. Rodrigo dice que no pudo evitarlo. Que se la vació entera adentro, chorros y chorros, agarrándola de las caderas y hundiéndosela hasta el hueso. Que Elena se rió cuando lo sintió acabar, con una risa ronca, y que dijo: «Justo lo que necesitaba». Que se quedó paralizado encima de ella un momento, sin saber qué decir, con la polla adentro sintiéndola gotear. Y que Elena lo miró por encima del hombro, se apartó despacio dejando que se le saliera la polla, se pasó dos dedos por el coño recogiendo la leche que le corría por el muslo, se los llevó a la boca y los chupó. Después le dijo que se vistiera, y recogió su propia ropa del asiento con toda la calma del mundo. Como si hubiera terminado de hacer algo perfectamente normal.
Sofía aceleró más. Yo también. La imagen completa de Elena en ese coche, con el semen de un chico de diecinueve años chorreándole por los muslos y el gesto de satisfacción calmada, me había llevado a un punto desde el que no había vuelta posible. Apreté los dedos en su cadera, la clavé contra mí de un tirón hacia abajo y llegué con un gemido que me sorprendió a mí mismo. Sentí cada chorro vaciándose contra el fondo de su coño. Ella siguió moviéndose un momento más, luego dos, apretándome con las paredes internas, y luego cayó hacia adelante sobre mi pecho con un jadeo corto y preciso, corriéndose con la polla todavía dura y palpitando dentro.
Nos quedamos quietos. La música seguía sonando baja desde algún rincón del cuarto. La sentí escurrirse un poco y salirse de mí, y noté el semen corriéndole por el muslo hacia mi cadera.
***
—¿Te molestó? —preguntó ella después de un rato.
Lo pensé de verdad, sin prisa.
—No —respondí—. No me molestó.
—¿Seguro?
—Seguro. —Hice una pausa—. Me sorprendió. Pero no me molestó. Es raro, ¿verdad?
Sofía levantó la cabeza para mirarme.
—Un poco —admitió—. Aunque tampoco tanto. Se te puso dura en dos segundos cuando empecé a contarlo.
—¿Rodrigo le preguntó si podían repetirlo?
—Claro que sí. Le dijo que quería volver a comerle el coño, con esas palabras. Y Elena le dijo que no. Que había sido un momento y nada más. Que no le guardara rencor y que no contara nada.
—Y sin embargo lo contó.
—Dos años después, algo bebido, en una fiesta, a mi hermano. —Sofía sonrió despacio—. La gente guarda los secretos el tiempo que puede.
Afuera el tráfico era más suave. El sol ya estaba bajando, tiñendo el cuarto de esa luz de otoño que hace que todo parezca más tranquilo de lo que es. Yo tenía la mano en el pelo de Sofía y ella seguía apoyada en mi pecho, sin ningún apuro, con mi semen todavía escurriéndole entre las piernas.
—¿Por qué me lo contaste? —le pregunté.
Se encogió de hombros suavemente.
—Porque pensé que tenías derecho a saber. Y porque quería ver qué pasaba si te lo contaba.
—¿Y?
Levantó la vista y sonrió.
—Pasó esto.
No había nada que agregar. Me quedé mirando el techo mientras la tarde terminaba de caer, pensando en Elena en ese estacionamiento y en que la gente, al final, siempre encuentra la forma de conseguir lo que necesita, aunque no sea exactamente donde ni con quien lo habría planeado.