Lo que hizo mi ex mientras yo no llegaba
Aquella tarde todo había transcurrido con esa lentitud perfecta que solo tienen las horas robadas. Sofía había llegado a media mañana con una botella de vino que no llegamos a terminar, habíamos comido algo sin apresurarnos, y al final terminamos donde terminábamos casi siempre: en la cama, con la tarde entera por delante y ninguna razón para movernos demasiado rápido.
Cuando acabamos, quedamos tumbados en silencio. Puse algo de música baja desde el teléfono. Ella fue al baño, volvió con un vaso de agua, se acomodó a mi lado con la sábana hasta la cintura y esa mirada de quien tiene algo dando vueltas en la cabeza desde hace un rato.
La conocía bien. Sofía tenía veintitrés años y una forma de guardar las cosas que siempre terminaban saliendo de todos modos.
—¿Qué tienes? —le pregunté.
—Nada.
—Sofía.
Soltó el aire despacio.
—Hay algo que tengo que contarte. Pero no sé cómo lo vas a tomar.
—Cuéntame. No pasa nada.
—Es sobre Elena.
Me quedé quieto. Elena había sido mi pareja durante casi cuatro años. Habíamos terminado hacía poco más de un año, sin gritos ni grandes escenas, con esa frialdad que a veces resulta más difícil de superar que cualquier pelea. Era, entre otras cosas, la tía de Sofía, aunque esa parte de la historia siempre fue difícil de explicar sin que sonara peor de lo que era.
—¿Qué pasa con ella? —dije sin alterar el tono.
Sofía se incorporó un poco, apoyada en el codo, mirándome de lado.
—Hace unas semanas fui a una reunión en casa de una amiga. Rodrigo, el chico que va con mi hermano desde que eran chicos, estaba ahí también. Al final de la noche, cuando ya todos habían bebido bastante, Rodrigo se puso a contarle algo a mi hermano. Algo sobre Elena. Me acerqué sin que se dieran cuenta y me quedé escuchando hasta el final.
Esperé.
—Tiene que ver con la graduación de mi hermano, hace dos años.
***
La graduación. Me acordaba bien. Ese viernes yo había tenido una reunión que se extendió hasta la noche y que resultó imposible cancelar. Elena se había ido sola al evento después de una discusión breve y cargada: ella quería que fuera aunque llegara tarde, yo le dije que no podía, ella salió sin decir nada más. Cuando llegué de madrugada, ya dormía. O fingía dormir, que en aquel tiempo era lo mismo.
—Rodrigo siempre había tenido algo con Elena —dijo Sofía en voz baja—. Desde la secundaria la tenía metida en la cabeza, aunque nunca lo había dicho abiertamente. Ese día la vio llegar al salón y se le pegó la vista sin poder hacer nada al respecto.
—¿Cómo iba vestida?
—Falda ajustada hasta la rodilla, blusa con escote pronunciado, el pelo suelto. Esos tacones que la hacen caminar de esa forma que tiene. —Sofía hizo una pausa—. Yo estaba ahí y te juro que no podías no mirarla. Elena tiene ese tipo de presencia que no necesita esfuerzo. Entra a un cuarto y algo cambia en el ambiente.
Podía imaginarlo sin problema. Elena, cuarenta y seis años, blanca, con esas curvas que usaba sin ostentación, era exactamente el tipo de mujer que hace que los hombres de diecinueve años pierdan el hilo de lo que estaban diciendo.
—¿Y ella cómo estaba?
—De mal humor desde el principio. Pedía vodka, no quería comer, te mandaba mensajes y no le contestabas. En un momento se acercó a mí y me dijo: «Para qué no viene. Él se lo pierde, pero que después no se queje». Yo no supe qué responderle. Me incomodaba la situación porque estaban mis papás y los de los amigos de mi hermano, y no quería que pensaran mal de ella.
Reconocí la frase. Era exactamente lo que Elena habría dicho en ese momento, con esa voz de quien ya ha tomado una decisión aunque todavía no sabe cuál.
—Rodrigo la miraba desde su mesa —continuó Sofía—. En algún momento mi hermano lo animó a que se acercara a bailar con ella. Rodrigo fue, nervioso, con esa torpeza que tienen los chicos cuando se acercan a una mujer que los supera en todo. Elena lo aceptó sin pensarlo demasiado. Bailaron dos o tres canciones. Él dice que estaba tan tenso que casi no podía coordinar los pasos, pero Elena lo tomó de la cintura y lo guió. Como si llevara toda la vida haciéndolo.
Me senté un poco en la cama, apoyé la espalda en el cabecero.
—Después pusieron música más movida. Yo los veía desde lejos y pensaba que no era más que eso, que bailaban. Pero Rodrigo dice que Elena le hablaba al oído mientras se movían juntos. Que le decía cosas que él no esperaba. Que el calor de su boca tan cerca de la oreja lo estaba volviendo loco.
—¿Y tú qué sentiste cuando lo oíste? —le pregunté.
Sofía me miró.
—Morbo —respondió con toda la calma del mundo—. El mismo morbo que tú tienes ahora mismo.
Tenía razón. Algo se había despertado debajo de la sábana y los dos lo sabíamos.
***
—Después Elena dijo que se sentía mal. Que necesitaba tomar aire. Salió sola. Rodrigo la siguió.
La imagen llegó sola: Elena en el estacionamiento, con la noche encima, demasiado vodka en el cuerpo y demasiada rabia todavía flotando sin destino.
—La encontró apoyada en su coche con los ojos cerrados. Le preguntó si estaba bien. Ella tardó en contestar. Después dijo que estaba triste. Que habías preferido el trabajo. Que no entendías lo que significaba para ella que estuvieras esa noche.
Sofía deslizó una mano por encima de la sábana, despacio.
—Rodrigo le dijo que cualquier hombre que la dejara sola una noche así era un completo idiota.
—Diecinueve años y ya sabía cómo funciona eso —murmuré.
—Aparentemente. —La mano de Sofía siguió moviéndose—. ¿Sigo?
—Sí. Sigue.
—Elena se rió cuando él dijo eso. Pero no era una risa alegre. Después lo miró y le preguntó cuántos años tenía. Él le respondió. Ella dijo: «Podrías ser mi sobrino».
—Pero no lo era.
—No. Y Rodrigo se lo hizo saber. Le dijo que no lo mirara así. Que lo que sentía no era eso en absoluto.
La mano de Sofía se movía despacio, con una cadencia que me resultaba casi insoportable. Seguía hablando con el mismo tono que podría usar para contar cualquier otra cosa.
—Elena lo miró un momento largo. Y lo besó ella. Fue ella quien se inclinó hacia él.
Respiré despacio por la nariz.
—¿Ella tomó la iniciativa?
—Ella tomó la iniciativa. Rodrigo se quedó quieto dos segundos. Después puso las manos en su cintura.
Sofía se deslizó hacia abajo bajo la sábana. Dejé de escuchar por un momento porque su boca ya no estaba hablando. Lo tomó de golpe hasta donde pudo y el sonido que salió de mí fue involuntario y completamente sincero. Sus manos apretaban mis caderas con firmeza. Después levantó la vista sin soltarme.
—Elena buscó las llaves en el bolso —dijo, con la voz ligeramente ronca—. Las encontró a tientas. Abrió el coche, hizo pasar a Rodrigo al asiento de atrás. Él dice que apenas tuvo tiempo de entender qué estaba pasando antes de que ella ya le estuviera bajando el pantalón.
Sofía volvió a lo que estaba haciendo. Yo miraba el techo con los ojos entreabiertos.
—Dice que no aguantó nada —continuó, con pausas cortas entre las palabras—. Menos de un minuto. Que estaba demasiado excitado, que llevaba demasiado tiempo imaginándolo. Que ella lo llenó la boca sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Solo gemía con las piernas temblando contra el asiento.
Hice un sonido involuntario.
—¿Y ella?
—Ella no se detuvo. Se recostó contra la puerta del fondo, levantó la falda, se quitó la ropa interior sin apuro, abrió las piernas y le dijo a Rodrigo que le devolviera el favor. Que no podía quedarse así.
Sofía volvió a subir. Me miró desde abajo con los labios húmedos y algo en los ojos que era parte diversión, parte otra cosa.
—Rodrigo dice que nunca había olido a una mujer así. Que se inclinó entre sus piernas y que algo le cambió por dentro. Que olía a deseo real, a urgencia, a algo que no sabía describir con palabras de diecinueve años.
Se incorporó, se acomodó sobre mí despacio, me sujetó con una mano mientras se sentaba. Los dos soltamos el aire al mismo tiempo.
—¿Sigo? —preguntó.
—Sigue —dije.
***
Empezó a moverse en círculos lentos. Las manos apoyadas en mi pecho, los ojos entreabiertos, la voz baja y pareja como si pudiera hacer las dos cosas a la vez sin esfuerzo.
—Dice que ella se corrió dos veces mientras él todavía estaba aprendiendo dónde poner las manos. Que gemía muy bajo, que se mordía el labio para no hacer ruido, que miraba por la ventanilla del coche hacia el estacionamiento vacío como si quisiera que alguien los viera y al mismo tiempo no.
Sujeté las caderas de Sofía. Ella siguió moviéndose a su ritmo, sin apresurarse.
—Después él se subió encima. Dice que la penetró y que Elena lo agarró del pelo con las dos manos. Que marcaba el ritmo ella, que decidía cuándo ir más rápido y cuándo más despacio, que inclinaba las caderas hacia él con una precisión que a él le resultó completamente nueva. Que no era lo que esperaba de una mujer mayor. Que era mucho más de lo que había imaginado nunca.
Elena. Cuarenta y seis años. En el asiento trasero de su coche, en el estacionamiento de un salón de fiestas, usando a ese chico de diecinueve años con toda la determinación que yo conocía bien y que pocas veces había sentido dirigida hacia mí con esa intensidad.
Y yo en la oficina, sin contestar los mensajes.
—Se corrió dentro de ella —dijo Sofía en voz más baja, casi sin detenerse—. Rodrigo dice que no pudo evitarlo. Que se quedó paralizado encima de ella un momento, sin saber qué decir. Y que Elena lo miró, le dijo que se vistiera, y recogió su propia ropa del asiento con toda la calma del mundo. Como si hubiera terminado de hacer algo perfectamente normal.
Sofía aceleró. Yo también. La imagen completa de Elena en ese coche me había llevado a un punto desde el que no había vuelta posible. Apreté los dedos en su cadera y llegué con un gemido que me sorprendió a mí mismo. Ella siguió moviéndose un momento más, luego dos, luego cayó hacia adelante sobre mi pecho con un jadeo corto y preciso.
Nos quedamos quietos. La música seguía sonando baja desde algún rincón del cuarto.
***
—¿Te molestó? —preguntó ella después de un rato.
Lo pensé de verdad, sin prisa.
—No —respondí—. No me molestó.
—¿Seguro?
—Seguro. —Hice una pausa—. Me sorprendió. Pero no me molestó. Es raro, ¿verdad?
Sofía levantó la cabeza para mirarme.
—Un poco —admitió—. Aunque tampoco tanto.
—¿Rodrigo le preguntó si podían repetirlo?
—Claro que sí. Y Elena le dijo que no. Que había sido un momento y nada más. Que no le guardara rencor y que no contara nada.
—Y sin embargo lo contó.
—Dos años después, algo bebido, en una fiesta, a mi hermano. —Sofía sonrió despacio—. La gente guarda los secretos el tiempo que puede.
Afuera el tráfico era más suave. El sol ya estaba bajando, tiñendo el cuarto de esa luz de otoño que hace que todo parezca más tranquilo de lo que es. Yo tenía la mano en el pelo de Sofía y ella seguía apoyada en mi pecho, sin ningún apuro.
—¿Por qué me lo contaste? —le pregunté.
Se encogió de hombros suavemente.
—Porque pensé que tenías derecho a saber. Y porque quería ver qué pasaba si te lo contaba.
—¿Y?
Levantó la vista y sonrió.
—Pasó esto.
No había nada que agregar. Me quedé mirando el techo mientras la tarde terminaba de caer, pensando en Elena en ese estacionamiento y en que la gente, al final, siempre encuentra la forma de conseguir lo que necesita, aunque no sea exactamente donde ni con quien lo habría planeado.