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Relatos Ardientes

El spa de Singapur y la fantasía que no pedí

El cartel no tenía nombre en inglés. Solo caracteres chinos grabados en dorado sobre una tabla de madera oscura, y debajo, en letras más pequeñas: «Deep relaxation. Professional service.» Lo vi ese sábado por la mañana, al doblar la esquina equivocada mientras buscaba una cafetería. El calor de Singapur en aquella época del año era húmedo y constante, el tipo de calor que pesa sobre los hombros como algo físico. Tendría que haber seguido caminando.

Llevaba casi tres meses fuera de casa. El proyecto comenzó como una auditoría de dos semanas y se fue extendiendo sola, alimentada por problemas técnicos en la filial regional que nadie había anticipado. Llevo años viajando por Asia para la empresa: Bangkok, Yakarta, Kuala Lumpur. Singapur lo conozco bien. Sé dónde comer, sé qué taxis evitar, sé qué spa de la zona del hotel hace un buen masaje descontracturante. Aquel cartel dorado no era ese spa. Aquel cartel era un sitio que siempre había pasado por alto.

Rodrigo estaba en casa con los niños. Me mandaba fotos cada noche, que yo recibía al despertarme con ocho horas de diferencia: el desayuno en la mesa, el parque los fines de semana, el gato encima del sofá. Lo quiero. Siempre lo he querido. Pero tres meses es mucho tiempo, y el cuerpo no entiende de ausencias con buena intención.

Esa mañana, mi colega Isabel había rechazado la propuesta de masaje con una naturalidad que me irritó levemente.

—Prefiero aprovechar para compras —dijo—. En dos semanas estamos de vuelta y no he comprado nada.

—Yo prefiero que alguien me deshaga los nudos del cuello —respondí.

—Cada una con su terapia —concluyó, y se fue al taxi.

Y así acabé sola frente al cartel dorado.

***

La recepción estaba mal iluminada. Luces de neón azules y rosas que a mediodía resultaban más kitsch que inquietantes, una música de cuerdas flotando de fondo y dos chicas detrás del mostrador que solo hablaban chino. Usé el traductor del móvil: quería masaje de pies, cuello y hombros. Una de ellas asintió y me indicó que esperara en un sillón junto a la pared.

Esperé quizás cinco minutos. Luego apareció él.

Europeo, sin duda. Cuarentón, rubio con algunas hebras grises en las sienes, hombros anchos bajo la túnica de trabajo blanca. Tenía esa clase de presencia tranquila que no necesita llamar la atención para tenerla. Caminaba por aquel sitio con la calma de quien lo conoce de memoria.

—¿Qué tipo de molestias tiene? —preguntó en inglés, sin acento localizable.

—Contracturas. Llevo semanas con tensión acumulada en el cuello y la parte alta de la espalda. Y los pies, que camino mucho.

Asintió como si aquello fuera exactamente lo que esperaba escuchar.

—El paquete de sesenta minutos cubre todo eso. Cuarenta euros.

—Perfecto —dije.

Me llevó al segundo piso por una escalera estrecha. La habitación era pequeña y limpia: una camilla con toallas blancas bien dobladas, una mesita con aceites alineados en fila y, en el ángulo superior izquierdo, casi en la esquina del techo, una cámara de vigilancia con una lucecita roja que parpadeaba en silencio.

Esto es raro. Podrías irte ahora mismo.

No me fui.

***

El masaje comenzó en la cabeza. Tenía las manos grandes y precisas, con una técnica que reconocí como profesional desde los primeros contactos: presión graduada en las sienes, movimientos lentos que descendían desde la base del cráneo hacia los trapecios. En diez minutos, los músculos más tensos empezaron a aflojar.

Siguió con los brazos. Luego con los pies, trabajando los arcos plantares y cada uno de los dedos con una minuciosidad que casi me hizo reír. Cuando terminó, me avisó en voz baja que volvería en un momento.

Salió. Volvió con otro bote de aceite diferente.

—Tiene tensión en los lumbares también. ¿Le molesta que trabajemos también la espalda?

Me dolía la espalda desde hacía semanas. Era verdad y ambos lo sabíamos sin haberlo hablado.

—No me molesta —respondí.

—Necesitaré que se quite la camiseta.

Me la quité sin pensarlo demasiado. Él me desabrochó el sujetador con una sola mano y con una eficiencia que no tenía nada de íntimo —lo hacía como se abre un frasco, de manera funcional— y colocó una toalla sobre mis riñones antes de empezar. El aceite llegó caliente, extendido en movimientos amplios que partían de la base de la columna y ascendían hasta los hombros.

Cerré los ojos.

Solo es un masaje. Un masaje como cualquier otro.

Duró lo suficiente para que me lo creyera.

***

No hubo un instante exacto en que las cosas cambiaron. Fue una transición tan gradual que cuando me di cuenta, ya era tarde para fingir que no me había dado cuenta.

Sus manos bajaron desde los omóplatos hasta la cintura. Me bajó el pantalón despacio, unos centímetros, lo suficiente para acceder a los glúteos. La tensión que tenía ahí era real: cuando empezó a trabajarla, el alivio fue inmediato y físico. Pero la manera en que lo hacía había dejado de ser técnica. Era más lenta. Más atenta. Tenía una intención diferente que yo notaba en la presión de sus palmas.

Me pregunté si lo estaba imaginando.

Cuando deslizó los pulgares hacia el interior, supe que no lo estaba imaginando.

—¿Puedo continuar? —preguntó en voz baja.

No respondí de inmediato. Pensé en Rodrigo. En los niños. En la foto del desayuno de esa mañana. En noventa y cuatro días fuera de casa, y en que el cuerpo lleva su propia contabilidad sin pedir permiso.

—Sí —dije.

Me pidió que me girara. Me giré. El sujetador quedó enredado en la toalla y no me molesté en ajustarlo. Él tampoco dijo nada. Empezó a masajear la barriga con movimientos amplios que ascendían y descendían, y yo fijé la vista en el techo.

Luego se detuvo.

—¿Quiere que siga? —preguntó, por segunda vez.

Lo miré directamente. Tenía los ojos claros y la misma expresión de siempre: tranquila, sin urgencia, sin presión. Solo una pregunta esperando respuesta.

—Sí —repetí.

***

Sus manos ascendieron hasta mis pechos. Los recorrió despacio, sin prisa, aprendiendo su forma, y cuando llegó a los pezones lo hizo primero con la yema del dedo y luego con más decisión. Tuve que morderme el labio para no hacer un sonido que no quería hacer todavía. No lo conseguí del todo.

Miré hacia el rincón del techo. La lucecita roja de la cámara seguía parpadeando, lenta y regular. Tendría que haberme incomodado. En cambio, sentí algo que no supe nombrar con precisión: una mezcla de exposición y rendición que nunca había experimentado de esa manera, y que me calentó más de lo que habría esperado.

Estuvo mucho tiempo con mis pechos. Más de lo que habría creído necesario. Pero cuando por fin dejó de hacerlo, yo ya no tenía ningún pensamiento coherente. Solo sensaciones en capas, acumuladas una sobre otra.

Cuando bajó las manos hasta mis caderas y terminó de retirar lo que quedaba de ropa, el aire de la habitación dejó en claro lo que mi cuerpo había estado comunicando desde hacía rato.

—Eres preciosa —dijo, en inglés.

Me sonrojé. Genuinamente. No lo hacía desde hacía años.

***

Su boca llegó antes de que yo terminara de procesar que iba a llegar. Empezó con suavidad, aprendiendo primero, y luego con más confianza. Usó la lengua con una precisión que deshacía cualquier pretensión de control que me quedara. Solté el aire que llevaba contenido sin saber bien cuándo lo había retenido.

Sus dedos llegaron poco después, moviéndose adentro con una cadencia que yo seguía involuntariamente. La sensación era directa y concreta, sin adornos.

Cuando me preguntó si quería que continuara, ya no respondí con palabras.

Tres meses. Noventa y cuatro días. El cuerpo no tiene paciencia infinita.

Me rendí.

***

Se incorporó y se deshizo de la túnica sin prisa. Era exactamente lo que el perfil de sus hombros había anunciado desde el principio: alguien que sabe lo que hace y no necesita demostrarlo.

La penetración fue lenta. Deliberadamente lenta. Entraba y se retiraba sin quedarse dentro, un ritmo que repetía sin cambiar, y esa suspensión constante —esa negación metódica de lo que yo quería— me tenía aferrada a los bordes de la camilla con los nudillos blancos.

—Sigue —dije en español, con una firmeza que me sorprendió a mí misma.

Lo entendió. O lo entendió el tono.

Cambió el ritmo. El contraste fue inmediato, y yo tuve que morder la toalla para no hacer un ruido demasiado evidente.

Luego me indicó con un gesto que me girara boca abajo. Aceite caliente primero, en la espalda y más abajo. Sus labios después. Y luego la alternancia entre uno y otro sitio, sin aviso, de manera que yo nunca sabía exactamente qué vendría a continuación. Esa incertidumbre era en sí misma una forma de placer que no había catalogado antes.

No sabía que esto era lo que me faltaba.

***

Llegó un momento en que me incorporé yo sola, sin que nadie me lo pidiera. Lo tomé por las caderas y lo tuve en la boca durante el tiempo que quise, llevando yo el ritmo, porque había algo en esa inversión que necesitaba. Participar activamente en lugar de solo recibir.

Él dejó hacer.

Cuando me senté encima, encontré el ángulo despacio y luego lo cabalqué con más ritmo cuando supe cuál funcionaba. Sus manos estaban en mis caderas pero no dirigían: me seguían, ajustándose a lo mío. Me dijo algo sobre mis pechos, que nunca había visto unos así, y eso me hizo acelerar.

El clímax llegó desde la base de la columna. Largo y profundo, recorriéndome hacia arriba hasta los hombros. No grité, pero no fue por elección consciente.

Cuando le pregunté si quería terminar encima de mí, le ofrecí las manos y los pechos juntos. Se corrió rápido, con un sonido que no era de ningún idioma que yo reconociera. Luego se quedó inmóvil durante un segundo.

Después, silencio. El televisor del rincón seguía emitiendo en chino. La lucecita roja, parpadeando.

***

Había una ducha pequeña detrás de una mampara al fondo de la sala. Me metí debajo del agua caliente durante más tiempo del necesario, dejando que el vapor llenara el cubículo. No pensé en nada en particular. O pensé en todo a la vez, que a veces viene a ser lo mismo.

Cuando salí, él había recogido los aceites y puesto toallas limpias sobre la camilla. Me esperaba junto a la puerta con la misma expresión neutra del principio.

Pagué los cuarenta euros. Di propina.

—¿Volverá? —preguntó, mientras yo recogía el bolso.

Me puse las gafas de sol, aunque todavía estaba dentro.

—Puede —dije.

En el ascensor del hotel, Isabel me mandó una foto de unos zapatos color caramelo que había comprado. Le puse un corazón. Luego me miré en el espejo metálico de la cabina: el pelo levemente alterado, la ropa en su sitio, una expresión que no supe catalogar con ninguna palabra exacta.

Llevaba tres meses sintiéndome a medias en todo. Esa tarde, por alguna razón difícil de explicar, me sentí entera.

¿Volvería? Nunca se sabe.

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Comentarios (4)

Renata

Dios mio que relato. Me dejo sin palabras al final.

MatiCdba

Por favor que haya segunda parte!!!

Ramiro1987

Me recordo a un viaje de trabajo que hice hace unos años. Algo parecido casi me pasa y nunca me anime. Leerlo fue lo mas cercano que estuve jaja. Muy bueno.

Carolina_M

Me encanto como esta contado, se siente vivido sin ser burdo. Muy buena pluma, sigue asi.

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