La madre de mi compañera me tenía sin dormir
Todo empezó la tarde del cumpleaños de Valeria.
Había llegado tarde, como siempre. Cuando entré al piso, la fiesta ya estaba en declive: la música sonaba a volumen bajo, las botellas estaban a medias y el salón olía a una mezcla de perfume y tabaco. Valeria estaba en la cocina con dos amigas y me saludó con la mano desde lejos, señalando que me sirviera lo que quisiera. Fui al pasillo en busca del baño.
El pasillo estaba a oscuras. Avancé sin pensar, vi luz bajo una puerta entreabierta y me detuve. No debería haberme detenido. Pero lo hice.
Elena estaba arrodillada frente a su marido. Roberto tenía los ojos cerrados y una mano apoyada en el marco de la puerta. La otra la tenía enredada en el pelo de ella, no empujando, solo apoyada, como si fuera un peso que ya no podía sostener. Elena tenía la polla de él entera dentro de la boca. La sacaba despacio, dejando que un hilo de saliva le colgara del labio, y volvía a metérsela hasta el fondo con una lentitud que la hacía verse todavía más obscena. Le cogía la base con la mano derecha, se la giraba un poco, y con la lengua le recorría la parte de abajo, desde los cojones hasta la punta, antes de tragársela otra vez. Lo hacía con una calma que no tenía nada que ver con ninguna imagen que yo hubiera imaginado hasta ese momento. Pausada, precisa, completamente dueña de lo que estaba haciendo. Vi cómo Roberto contraía el estómago, cómo apretaba la mandíbula, cómo perdía el ritmo de la respiración, y ella lo mantenía allí, al borde, sin dejar que se corriera todavía.
Me alejé en silencio. Tenía el corazón latiéndome en la garganta y la polla dura dentro del pantalón.
Esa fue la primera vez que vi a Elena de verdad. No como la madre de mi compañera de clase, no como la mujer que nos traía agua cuando estudiábamos en casa de Valeria. Sino como ella misma era.
Volví al salón, me senté en el primer sitio libre que encontré y me bebí dos cervezas seguidas. No pude quitármela de la cabeza en toda la noche.
***
Unos días después me llegó un mensaje de un número desconocido.
—Hola, Rodrigo. Soy Elena, la madre de Valeria. ¿Tienes un momento?
El estómago se me cerró de golpe. No supe si había descubierto que yo la había visto aquella noche o si se trataba de otra cosa. Le respondí que sí.
—Roberto está en el trabajo y Valeria se ha ido al gimnasio. Si no tienes nada que hacer, podrías pasarte un momento por casa. Tengo que pedirte un favor.
No había ningún favor. Los dos lo sabíamos. Pero fui igualmente.
Elena me abrió la puerta con una blusa sin mangas y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Era una mujer de cuarenta y tantos con una figura que no tenía nada que pedir y una manera de mirarte que te dejaba claro que ella llevaba el control de la situación desde antes de que empezara. Sonreía sin nerviosismo, como si recibir al amigo de su hija fuera lo más natural del mundo.
—Pasa, que no muerdo —dijo.
Mentira.
Me hizo sentar en el sofá. Ella se sentó a mi lado, más cerca de lo necesario. Olía a algo suave, cítrico. Me preguntó si sabía lo que había visto aquella noche en el pasillo.
—Sí —dije.
—¿Y qué hiciste?
—Irme.
Asintió despacio. Luego me miró de una manera que yo no había recibido nunca de ninguna mujer y dijo:
—¿Y si ahora no te vas?
No me fui.
Se puso de rodillas frente a mí con la misma calma con la que hacía todo. Me abrió el pantalón sin preguntar, bajó la cremallera con dos dedos y tiró de la tela hacia abajo hasta liberarme la polla. Ya la tenía dura, apuntándole a la cara, y ella se quedó unos segundos mirándomela como si la estuviera midiendo. Me tomó la cara con una mano antes de empezar, solo para mirarme un momento. Como comprobando algo. Sonrió.
—Estate quieto —dijo—. Déjame hacer a mí.
Lo primero fue la lengua. Me lamió desde la base hasta la punta, muy despacio, aplanando la lengua contra la vena que me recorre por debajo. Repitió el mismo movimiento tres veces antes de meterse solo la cabeza en la boca y cerrar los labios alrededor, chupando con una presión suave y constante. Sentí cómo la lengua le giraba dentro, cómo me rodeaba el glande, cómo se detenía justo debajo de la corona y presionaba. Los ojos no los apartaba de los míos.
Luego fue bajando. Se metió más de la mitad de la polla en la boca, sin apuros, y cuando llegó al fondo se quedó allí unos segundos, tragando alrededor, dejando que la garganta me apretara. Después subió otra vez, poco a poco, y me dejó fuera solo para volver a besarme la punta con los labios abiertos. Un hilo de saliva le colgaba de la comisura. Se lo recogió con el pulgar y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme.
—Vas a durar poco —dijo—. Se te nota.
Volvió a metérsela y esta vez encontró un ritmo constante, subiendo y bajando con la boca mientras la mano me apretaba lo que no le entraba y me lo giraba en sentido contrario, como si estuviera enroscando dos partes distintas de mí a la vez. Lo que hizo después fue lento y preciso: una combinación de lengua y presión y pausa que no se parecía a nada que yo hubiera imaginado. Cada vez que sentía que me acercaba, ella lo notaba antes que yo y aflojaba, me sacaba de la boca, me daba un beso húmedo en la punta y esperaba unos segundos antes de tragarme otra vez. No había urgencia por su parte. Sabía exactamente lo que hacía y lo hacía sin prisa.
Cuando por fin decidió dejarme terminar, aumentó el ritmo de golpe, cerró los labios con más fuerza y no me sacó de la boca ni cuando le avisé con la respiración. Me corrí dentro. Sentí cada espasmo golpearle contra la lengua, contra el paladar, y ella siguió chupando hasta la última gota, tragándose todo sin que se le escapara nada. Cuando terminé, ella se incorporó, se limpió la comisura del labio con el pulgar y sonrió.
—Eres muy callado —dijo.
—Estoy procesando —respondí.
Se rió. Fue la primera vez que la oí reírse de verdad, y fue una risa genuina, sin afectación.
Me fui antes de que Valeria llegara del gimnasio. En el ascensor, con las piernas todavía un poco flojas, ya estaba pensando en cuándo podría volver.
***
Pasaron varios días sin que Elena diera señales. Los suficientes para que empezara a preguntarme si había sido un error para ella, si lo había pensado mejor, si aquella tarde era todo lo que habría entre nosotros.
En el instituto, Valeria me preguntó por qué estaba tan distraído. Le dije que había tenido una semana rara. Que habíamos tenido reunión familiar. Que nada importante.
—Tenías que haber salido con nosotros el jueves. Lo pasamos muy bien.
—Ya lo sé. La próxima vez.
—Sigue en pie lo del café que me debes.
Le había prometido un café unas semanas antes, cuando le había puesto una excusa para no quedar con el grupo. Ahora me lo recordaba con esa sonrisa suya que era difícil de ignorar.
—Este fin de semana, si quieres —dije.
—Perfecto.
Desde que estuve con su madre no me daba ningún miedo hablar con chicas. Me sentía diferente, como si algo se hubiera reajustado por dentro sin pedirme permiso.
Luego, un martes por la tarde, mientras hacía apuntes sin prestar atención, llegó el mensaje de Elena.
—Roberto está con los amigos. Valeria en casa de una compañera. Estoy sola en casa.
Le escribí antes de terminar de leerlo.
—¿Quieres que vaya?
Tardó unos minutos en contestar. Los minutos más largos de la semana.
—Todavía no. Es demasiado arriesgado. Pero quiero verte de otra manera esta noche.
No entendí hasta que sonó la videollamada.
Estaba en el dormitorio. Llevaba un conjunto de lencería negro de encaje, sujetador y tanga, y estaba de pie frente a la cámara dejándome mirar sin prisa. La luz de la habitación le daba desde un lado, marcándole los contornos, dibujándole la sombra entre las tetas y otra más oscura entre los muslos.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.
Intenté decir algo coherente. No lo conseguí del todo.
—¿Quieres que siga? —dijo.
—Quítate todo.
Se fue desnudando despacio, con la misma calma con la que hacía todo. Primero la parte de arriba. Se llevó las manos a la espalda, desabrochó el sujetador y lo dejó caer al suelo sin apartar los ojos de la cámara. Las tetas eran grandes, redondas, con los pezones oscuros y ya duros. Se las cogió con las dos manos, se las apretó, se pellizcó los pezones y soltó un pequeño gemido a propósito, solo para mí. Luego se giró, lentamente, para que yo pudiera ver cada ángulo. La espalda le bajaba en una curva que terminaba en un culo alto y firme, y el tanga se le hundía entre las nalgas dejando muy poco a la imaginación. Cuando se quedó solo con el tanga, se volvió hacia la cámara y esperó.
—Ahora tú —dijo.
Me saqué la polla. La tenía durísima desde antes incluso de que empezara a desvestirse. Empecé a tocarme mientras ella no apartaba los ojos de la pantalla.
—Así —dijo en voz baja—. Despacio. Que la vea bien.
Enderecé el teléfono para que ella tuviera un plano completo, desde el vientre hasta los cojones, y me agarré la base con la mano subiendo y bajando muy lentamente. La punta me brillaba ya.
—Qué polla más rica —dijo—. Si estuviera ahí me la comería otra vez. Me la metería entera. ¿Te acordás cómo te la chupé?
—No me lo he podido quitar de la cabeza.
—Yo tampoco me he podido quitar el sabor.
Se quitó el tanga tirando de un lado y dejándolo caer, y se tumbó en la cama. Abrió las piernas hacia la cámara sin ningún pudor. Tenía el coño depilado y ya brillante, con los labios hinchados. Empezó a tocarse sin apartar los ojos de mí, con una seguridad en sí misma que me ponía más cachondo que cualquier otra cosa. Primero se pasó dos dedos planos por encima, arriba y abajo, extendiéndose la humedad. Luego se abrió los labios con una mano y con la otra empezó a hacerse círculos sobre el clítoris, cada vez más rápidos. Se metió los dedos hasta los nudillos, se los sacó, brillantes, y con la misma mano se rozó los labios, como si quisiera asegurarse de que yo veía exactamente lo que estaba haciendo. Se los llevó a la boca y se los chupó uno a uno.
—Quiero que estés aquí —dijo—. Quiero tenerte encima. Quiero que me la metas hasta el fondo.
—Yo también lo quiero. Estoy imaginando que te la meto ahora mismo.
—Dime cómo.
—Por detrás. Con la cara en la almohada. Cogiéndote del pelo.
Se rió, corta y grave.
—Ya llegará. Ten paciencia.
Se levantó de la cama, desapareció fuera del encuadre y volvió con un vibrador largo y oscuro. Se puso de espaldas a la cámara, apoyó las rodillas y las manos sobre el colchón, se inclinó hacia adelante y me dejó ver exactamente lo que yo llevaba días imaginando: el culo levantado, los labios del coño abiertos entre los muslos y el agujero de detrás perfectamente visible. Se pasó el vibrador por encima del coño primero, mojándolo con su propia humedad, y después se lo empezó a meter muy despacio. Vi cómo entraba centímetro a centímetro, cómo los labios se estiraban a su alrededor, cómo ella dejaba caer la cabeza contra el colchón cuando le tocó fondo.
Empezó a usarlo despacio, entrando y saliendo, luego más rápido, y los sonidos que hacía llegaban claros a través del altavoz. Los golpes húmedos, la respiración entrecortada, los gemidos que ya no intentaba contener. No se callaba, no se contenía.
—Está enorme —dijo con la voz medio rota—. Pero prefiero la tuya. La tuya me gusta más.
—Sigue.
—Dime que te vas a correr.
—Ya casi.
—Yo también. Espera. Espera, quiero que sea a la vez.
Aumentó el ritmo del vibrador y con la otra mano se puso a frotarse el clítoris al mismo tiempo. Yo me apretaba más, subiendo y bajando la mano en la polla al mismo ritmo que ella se metía el vibrador, y cuando la vi arquear la espalda y clavar la cara en el colchón para ahogar el grito, yo tampoco aguanté mucho más. Me corrí encima de mi propio estómago, y ella me pidió por el altavoz que le enseñara, así que enderecé la cámara y le mostré el desastre. Se rió con la respiración cortada.
—Qué lástima que no lo tenga aquí —dijo—. Lo habría limpiado con la lengua.
Cuando terminamos los dos, ella se quedó tumbada en silencio unos segundos. Luego dijo que tenía que ducharse antes de que llegara alguien, que lo habíamos hecho muy bien, que la próxima vez sería diferente.
Colgué y me quedé mirando el techo durante un buen rato.
Cambié de tema en el siguiente mensaje. Le pregunté si sabía que había quedado con Valeria para tomar algo el sábado.
—Eso está muy bien —respondió—. Que quedéis los compañeros de clase.
—No, vamos solos los dos.
Hubo una pausa antes de su respuesta.
—¿Te vas a follar a mi hija?
La pregunta me cortó la respiración.
—No lo sé. Solo somos amigos.
—A ella le gustas. Más de lo que crees.
—¿Y a ti te importaría?
—Yo no te puedo pedir nada, Rodrigo. Yo estoy con Roberto.
—Pero solo tengo ojos para ti ahora mismo.
—Lo sé. Y por eso cuídate.
No respondí nada más esa noche. No hacía falta.
***
Valeria llegó antes que yo a la cafetería. Estaba sentada en una mesa del fondo, alejada de la barra, con una falda oscura y una blusa fina de tirantes. Se levantó cuando me vio entrar y los dos besos que nos dimos tardaron un segundo más de lo habitual.
—Por fin solos —dijo mientras se sentaba.
—Tenía muchas ganas de hablar más tranquilos. En clase es imposible.
Pedimos café y estuvimos hablando de cosas sin importancia durante un rato. De un profesor que los dos encontrábamos insoportable, de una película que ninguno había visto todavía, de los planes para el verano. Era fácil hablar con Valeria. Siempre lo había sido.
En algún momento la conversación giró hacia algo más personal.
—¿Tienes a alguien? —preguntó, mirándome directamente.
—No. ¿Y tú?
—Tampoco. Llevo mucho tiempo sin nada. Es como volver a empezar de cero.
—A mí me pasa un poco lo mismo —dije. No era del todo mentira.
—Eres muy guapo —dijo de repente. Sin bajar la voz, sin rodeos.
Me puse colorado antes de poder evitarlo.
—Era un cumplido, no te pongas así.
Se inclinó hacia mí. Luego me besó directamente, sin avisar: un beso corto, exploratorio. Se apartó para mirarme y volvió a besarme, esta vez más despacio, metiéndome la lengua. Yo respondí. Tenía los labios suaves y olía a algo floral que no supe identificar. Estuvimos un rato así hasta que ella se separó un centímetro.
—He follado muy poco —dijo—. No soy muy experta en esto del sexo.
—Yo tampoco soy precisamente un veterano —dije. Y era casi completamente cierto: nunca había llegado hasta el final con nadie.
Lo que pasó después fue gradual. Valeria metió la mano bajo la mesa sin que nadie en la cafetería pudiera verla, abrió un botón de mi pantalón con una soltura que contradecía lo que acababa de decirme y empezó a tocarme. La tenía otra vez dura, y ella me la sacó del calzoncillo lo justo para poder envolvérmela con la mano y empezar a masturbarme muy despacio, con el pulgar recogiéndome la gota que ya me brillaba en la punta. Yo metí la mano entre los pliegues de su falda y encontré que no llevaba nada debajo. Estaba caliente y húmeda ya, y cuando mis dedos la rozaron ahogó un sonido pequeño contra mi hombro. Le pasé el dedo corazón entre los labios, arriba y abajo, y luego se lo metí. Ella apretó los muslos alrededor de mi mano y se mordió el labio.
Ella sacó la mano, se la miró un segundo y se limpió los dedos con la lengua sin dejar de mirarme.
—Vámonos al baño —dijo.
Fuimos al fondo del local. Había poca gente y nadie nos prestó atención.
Dentro del baño, con la puerta cerrada, se quitó la falda. Tenía las piernas largas y el cuerpo firme, de quien hace deporte de verdad. Las tetas eran pequeñas pero perfectamente proporcionadas, con los pezones rosados y punteados por el frío, y el vientre plano. Me quitó la ropa con más prisa de la que yo esperaba y cuando me vio la polla dura y apuntándole se arrodilló sin pensarlo. Se la metió en la boca hasta donde le entró, torpe pero con muchas ganas, y me chupó unos segundos, más rato del que debería haber podido aguantar. Cuando la sacó, con la barbilla mojada, me miró desde abajo.
—Fóllame ya.
Me senté en el borde del inodoro y ella se subió encima. Se cogió mi polla con la mano, se la colocó entre los labios del coño y bajó de golpe, empalándose entera de una vez. Los dos soltamos el aire a la vez. Esa sensación de entrar dentro de alguien por primera vez no tenía descripción posible. Era todo a la vez: calor, presión y movimiento. Estaba tan estrecha que sentía cada milímetro apretándome, y cuando ella empezó a moverse fue como si me estuvieran ordeñando desde dentro. Empezó a moverse antes de que yo pudiera decir nada, con un ritmo que fue acelerándose. Le cogí las tetas con las dos manos, me metí un pezón en la boca y lo chupé mientras ella subía y bajaba, la besé, puse las manos en sus caderas y dejé que ella llevara el ritmo que quería.
—Ábreme el culo y méteme el dedo —me dijo al oído.
Le abrí las nalgas con una mano y con el dedo corazón le busqué el agujero de detrás. Estaba apretado, pero se lo empujé despacio, y ella se dejó abrir sin protestar. Cuando el dedo le entró hasta el nudillo empezó a moverse todavía más rápido, con la polla dentro y el dedo dentro al mismo tiempo, y podía sentir cómo la pared entre las dos se apretaba a cada embestida. Eso nos puso a los dos al límite de una manera que yo no esperaba. No podía parar aunque hubiera querido.
—Quiero que me folles de pie —dijo—. En el lavabo.
Se puso frente al espejo, con las manos apoyadas en el borde del lavabo, las piernas ligeramente separadas y el culo echado hacia atrás. Yo me coloqué detrás. Me guardé la polla entre sus nalgas primero, restregándomela contra la raja, mojándomela con su propia humedad, y luego se la fui metiendo en el coño empujando muy poco a poco hasta el fondo. Ella soltó un gemido largo y bajó la cabeza. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a moverme. El espejo nos devolvía la imagen de los dos y Valeria me miraba desde allí con los ojos entornados, la boca abierta, viéndose ella misma mientras la follaban. Empecé despacio y fui acelerando mientras su respiración se hacía más corta y sus manos se aferraban con más fuerza al borde. Le sonaba el culo cada vez que mis caderas golpeaban contra el suyo, y por el espejo veía cómo se le movían las tetas al ritmo de cada embestida.
Le pasé una mano por delante y le encontré el clítoris. Empecé a frotárselo mientras seguía metiéndosela desde atrás. Con la otra mano le cogí el pelo, se lo enrosqué en el puño y le tiré ligeramente hacia atrás, como me había imaginado en la videollamada con Elena. Valeria dejó salir un gemido agudo, sin poder controlarlo, y luego se mordió el brazo para tragarse el siguiente.
—No pares —dijo—. No pares ahora que me voy a correr.
Su cuerpo se tensó de golpe, soltó un sonido que intentó contener entre los dientes, y yo noté cómo el coño se le cerraba a mi alrededor en oleadas, apretándome, expulsándome y volviéndome a tragar. Seguí unos segundos más, un poco a la fuerza contra las contracciones, y cuando ya no pude aguantar más salí y me acabé de masturbar por encima de ella. Le eché la corrida en la espalda baja, en el hueco justo encima del culo, un chorro largo y luego dos más pequeños. Le quedó goteando entre las nalgas.
Nos miramos en el espejo. Ella sonrió primero. Se pasó dos dedos por la espalda, los untó bien, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme.
Nos vestimos en silencio, los dos todavía con la respiración alta. Antes de abrir la puerta se acercó a mi oído.
—La próxima vez quiero tragármelo todo —dijo.
No encontré qué responder. Le di un beso en la mejilla.
Al salir, dos clientes de la barra nos miraron con esa expresión de quien sabe exactamente lo que ha pasado pero prefiere no decir nada. Valeria pasó por delante de ellos sin inmutarse, con la misma naturalidad con la que entraba a una habitación.
Pedimos otro café. Hablamos un rato más. Nos despedimos en la puerta del metro con un beso largo.
***
Esa noche, tumbado en la cama, pensé en Valeria. En lo que había pasado en ese baño. En lo fácil que había sido todo con ella, en lo bien que había estado, en cómo se había mordido el brazo para no gritar.
Y luego, inevitablemente, pensé en Elena.
En su calma. En sus manos. En la manera en que me había mirado antes de ponerse de rodillas la primera vez, como comprobando algo que ya sabía de antemano. En la boca de una y en la de la otra. En que la madre me había tragado hasta la última gota y la hija todavía no.
Seguía sin poder quitármela de la cabeza.
Sospechaba que eso no iba a cambiar en mucho tiempo.