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Relatos Ardientes

La madre de mi compañera me tenía sin dormir

Todo empezó la tarde del cumpleaños de Valeria.

Había llegado tarde, como siempre. Cuando entré al piso, la fiesta ya estaba en declive: la música sonaba a volumen bajo, las botellas estaban a medias y el salón olía a una mezcla de perfume y tabaco. Valeria estaba en la cocina con dos amigas y me saludó con la mano desde lejos, señalando que me sirviera lo que quisiera. Fui al pasillo en busca del baño.

El pasillo estaba a oscuras. Avancé sin pensar, vi luz bajo una puerta entreabierta y me detuve. No debería haberme detenido. Pero lo hice.

Elena estaba arrodillada frente a su marido. Roberto tenía los ojos cerrados y una mano apoyada en el marco de la puerta. Ella lo hacía con una calma que no tenía nada que ver con ninguna imagen que yo hubiera imaginado hasta ese momento. Pausada, precisa, completamente dueña de lo que estaba haciendo.

Me alejé en silencio. Tenía el corazón latiéndome en la garganta.

Esa fue la primera vez que vi a Elena de verdad. No como la madre de mi compañera de clase, no como la mujer que nos traía agua cuando estudiábamos en casa de Valeria. Sino como ella misma era.

Volví al salón, me senté en el primer sitio libre que encontré y me bebí dos cervezas seguidas. No pude quitármela de la cabeza en toda la noche.

***

Unos días después me llegó un mensaje de un número desconocido.

—Hola, Rodrigo. Soy Elena, la madre de Valeria. ¿Tienes un momento?

El estómago se me cerró de golpe. No supe si había descubierto que yo la había visto aquella noche o si se trataba de otra cosa. Le respondí que sí.

—Roberto está en el trabajo y Valeria se ha ido al gimnasio. Si no tienes nada que hacer, podrías pasarte un momento por casa. Tengo que pedirte un favor.

No había ningún favor. Los dos lo sabíamos. Pero fui igualmente.

Elena me abrió la puerta con una blusa sin mangas y el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Era una mujer de cuarenta y tantos con una figura que no tenía nada que pedir y una manera de mirarte que te dejaba claro que ella llevaba el control de la situación desde antes de que empezara. Sonreía sin nerviosismo, como si recibir al amigo de su hija fuera lo más natural del mundo.

—Pasa, que no muerdo —dijo.

Mentira.

Me hizo sentar en el sofá. Ella se sentó a mi lado, más cerca de lo necesario. Olía a algo suave, cítrico. Me preguntó si sabía lo que había visto aquella noche en el pasillo.

—Sí —dije.

—¿Y qué hiciste?

—Irme.

Asintió despacio. Luego me miró de una manera que yo no había recibido nunca de ninguna mujer y dijo:

—¿Y si ahora no te vas?

No me fui.

Se puso de rodillas frente a mí con la misma calma con la que hacía todo. Me tomó la cara con una mano antes de empezar, solo para mirarme un momento. Como comprobando algo. Lo que hizo después fue lento y preciso: una combinación de lengua y presión y pausa que no se parecía a nada que yo hubiera imaginado. No había urgencia por su parte. Sabía exactamente lo que hacía y lo hacía sin prisa.

Cuando terminé, ella se incorporó, se limpió la comisura del labio con el pulgar y sonrió.

—Eres muy callado —dijo.

—Estoy procesando —respondí.

Se rió. Fue la primera vez que la oí reírse de verdad, y fue una risa genuina, sin afectación.

Me fui antes de que Valeria llegara del gimnasio. En el ascensor, con las piernas todavía un poco flojas, ya estaba pensando en cuándo podría volver.

***

Pasaron varios días sin que Elena diera señales. Los suficientes para que empezara a preguntarme si había sido un error para ella, si lo había pensado mejor, si aquella tarde era todo lo que habría entre nosotros.

En el instituto, Valeria me preguntó por qué estaba tan distraído. Le dije que había tenido una semana rara. Que habíamos tenido reunión familiar. Que nada importante.

—Tenías que haber salido con nosotros el jueves. Lo pasamos muy bien.

—Ya lo sé. La próxima vez.

—Sigue en pie lo del café que me debes.

Le había prometido un café unas semanas antes, cuando le había puesto una excusa para no quedar con el grupo. Ahora me lo recordaba con esa sonrisa suya que era difícil de ignorar.

—Este fin de semana, si quieres —dije.

—Perfecto.

Desde que estuve con su madre no me daba ningún miedo hablar con chicas. Me sentía diferente, como si algo se hubiera reajustado por dentro sin pedirme permiso.

Luego, un martes por la tarde, mientras hacía apuntes sin prestar atención, llegó el mensaje de Elena.

—Roberto está con los amigos. Valeria en casa de una compañera. Estoy sola en casa.

Le escribí antes de terminar de leerlo.

—¿Quieres que vaya?

Tardó unos minutos en contestar. Los minutos más largos de la semana.

—Todavía no. Es demasiado arriesgado. Pero quiero verte de otra manera esta noche.

No entendí hasta que sonó la videollamada.

Estaba en el dormitorio. Llevaba un conjunto de lencería negro de encaje, sujetador y tanga, y estaba de pie frente a la cámara dejándome mirar sin prisa. La luz de la habitación le daba desde un lado, marcándole los contornos.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

Intenté decir algo coherente. No lo conseguí del todo.

—¿Quieres que siga? —dijo.

—Quítate todo.

Se fue desnudando despacio, con la misma calma con la que hacía todo. Primero la parte de arriba, dejando al descubierto un cuerpo que no necesitaba nada para justificarse. Luego se giró, lentamente, para que yo pudiera ver cada ángulo. Cuando se quedó solo con el tanga, se volvió hacia la cámara y esperó.

—Ahora tú —dijo.

Me saqué la polla. La tenía durísima desde antes incluso de que empezara a desvestirse. Empecé a tocarme mientras ella no apartaba los ojos de la pantalla.

—Así —dijo en voz baja.

Se quitó el tanga y se tumbó en la cama. Abrió las piernas. Empezó a tocarse sin apartar los ojos de mí, con una seguridad en sí misma que me ponía más cachondo que cualquier otra cosa. Se metió los dedos, se los sacó, y con la misma mano se rozó los labios, como si quisiera asegurarse de que yo veía exactamente lo que estaba haciendo.

—Quiero que estés aquí —dijo.

—Yo también lo quiero.

—Ya llegará. Ten paciencia.

Se levantó de la cama, desapareció fuera del encuadre y volvió con un vibrador largo y oscuro. Se puso de espaldas a la cámara, se inclinó hacia adelante y me dejó ver exactamente lo que yo llevaba días imaginando. Empezó a usarlo despacio, luego más rápido, y los sonidos que hacía llegaban claros a través del altavoz. No se callaba, no se contenía.

Yo no aguanté mucho más.

Cuando terminamos los dos, ella se quedó tumbada en silencio unos segundos. Luego dijo que tenía que ducharse antes de que llegara alguien, que lo habíamos hecho muy bien, que la próxima vez sería diferente.

Colgué y me quedé mirando el techo durante un buen rato.

Cambié de tema en el siguiente mensaje. Le pregunté si sabía que había quedado con Valeria para tomar algo el sábado.

—Eso está muy bien —respondió—. Que quedéis los compañeros de clase.

—No, vamos solos los dos.

Hubo una pausa antes de su respuesta.

—¿Te vas a follar a mi hija?

La pregunta me cortó la respiración.

—No lo sé. Solo somos amigos.

—A ella le gustas. Más de lo que crees.

—¿Y a ti te importaría?

—Yo no te puedo pedir nada, Rodrigo. Yo estoy con Roberto.

—Pero solo tengo ojos para ti ahora mismo.

—Lo sé. Y por eso cuídate.

No respondí nada más esa noche. No hacía falta.

***

Valeria llegó antes que yo a la cafetería. Estaba sentada en una mesa del fondo, alejada de la barra, con una falda oscura y una blusa fina de tirantes. Se levantó cuando me vio entrar y los dos besos que nos dimos tardaron un segundo más de lo habitual.

—Por fin solos —dijo mientras se sentaba.

—Tenía muchas ganas de hablar más tranquilos. En clase es imposible.

Pedimos café y estuvimos hablando de cosas sin importancia durante un rato. De un profesor que los dos encontrábamos insoportable, de una película que ninguno había visto todavía, de los planes para el verano. Era fácil hablar con Valeria. Siempre lo había sido.

En algún momento la conversación giró hacia algo más personal.

—¿Tienes a alguien? —preguntó, mirándome directamente.

—No. ¿Y tú?

—Tampoco. Llevo mucho tiempo sin nada. Es como volver a empezar de cero.

—A mí me pasa un poco lo mismo —dije. No era del todo mentira.

—Eres muy guapo —dijo de repente. Sin bajar la voz, sin rodeos.

Me puse colorado antes de poder evitarlo.

—Era un cumplido, no te pongas así.

Se inclinó hacia mí. Luego me besó directamente, sin avisar: un beso corto, exploratorio. Se apartó para mirarme y volvió a besarme, esta vez más despacio. Yo respondí. Tenía los labios suaves y olía a algo floral que no supe identificar. Estuvimos un rato así hasta que ella se separó un centímetro.

—He follado muy poco —dijo—. No soy muy experta en esto del sexo.

—Yo tampoco soy precisamente un veterano —dije. Y era casi completamente cierto: nunca había llegado hasta el final con nadie.

Lo que pasó después fue gradual. Valeria metió la mano bajo la mesa sin que nadie en la cafetería pudiera verla, abrió un botón de mi pantalón con una soltura que contradecía lo que acababa de decirme y empezó a tocarme. Yo metí la mano entre los pliegues de su falda y encontré que no llevaba nada debajo. Estaba caliente y húmeda ya, y cuando mis dedos la rozaron ahogó un sonido pequeño contra mi hombro.

Ella sacó la mano, se la miró un segundo y se limpió los dedos con la lengua sin dejar de mirarme.

—Vámonos al baño —dijo.

Fuimos al fondo del local. Había poca gente y nadie nos prestó atención.

Dentro del baño, con la puerta cerrada, se quitó la falda. Tenía las piernas largas y el cuerpo firme, de quien hace deporte de verdad. Los pechos eran pequeños pero perfectamente proporcionados, y el vientre plano. Me quitó la ropa con más prisa de la que yo esperaba y cuando me vio dijo simplemente:

—Fóllame ya.

Me senté en el borde del inodoro y ella se subió encima. Esa sensación de entrar dentro de alguien por primera vez no tenía descripción posible. Era todo a la vez: calor, presión y movimiento. Empezó a moverse antes de que yo pudiera decir nada, con un ritmo que fue acelerándose. Le cogí los pechos, la besé, puse las manos en sus caderas y dejé que ella llevara el ritmo que quería.

—Ábreme el culo y méteme el dedo —me dijo al oído.

Lo hice. Eso nos puso a los dos al límite de una manera que yo no esperaba. No podía parar aunque hubiera querido.

—Quiero que me folles de pie —dijo—. En el lavabo.

Se puso frente al espejo, con las manos apoyadas en el borde del lavabo, las piernas ligeramente separadas. Yo me coloqué detrás. El espejo nos devolvía la imagen de los dos y Valeria me miraba desde allí con los ojos entornados. Empecé despacio y fui acelerando mientras su respiración se hacía más corta y sus manos se aferraban con más fuerza al borde.

—No pares —dijo—. No pares ahora que me voy a correr.

Su cuerpo se tensó de golpe, soltó un sonido que intentó contener entre los dientes, y yo noté cómo se retorcía a mi alrededor. Seguí unos segundos más y luego salí y terminé encima de ella.

Nos miramos en el espejo. Ella sonrió primero.

Nos vestimos en silencio, los dos todavía con la respiración alta. Antes de abrir la puerta se acercó a mi oído.

—La próxima vez quiero tragármelo todo —dijo.

No encontré qué responder. Le di un beso en la mejilla.

Al salir, dos clientes de la barra nos miraron con esa expresión de quien sabe exactamente lo que ha pasado pero prefiere no decir nada. Valeria pasó por delante de ellos sin inmutarse, con la misma naturalidad con la que entraba a una habitación.

Pedimos otro café. Hablamos un rato más. Nos despedimos en la puerta del metro con un beso largo.

***

Esa noche, tumbado en la cama, pensé en Valeria. En lo que había pasado en ese baño. En lo fácil que había sido todo con ella, en lo bien que había estado.

Y luego, inevitablemente, pensé en Elena.

En su calma. En sus manos. En la manera en que me había mirado antes de ponerse de rodillas la primera vez, como comprobando algo que ya sabía de antemano.

Seguía sin poder quitármela de la cabeza.

Sospechaba que eso no iba a cambiar en mucho tiempo.

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Comentarios (4)

FabianMdQ

jajaja me mato, tremendo relato

GustaCuentos

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de mas!!

Marcos_72

Muy bien narrado, se siente autentico sin pasarse de rosca. Eso es dificil de lograr.

nocheoscura21

Me recordo algo que me paso hace años, no tan extremo pero con ese mismo nerviosismo. Esas cosas no se olvidan.

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