Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó con el chofer esa noche de tormenta

Trabajar de noche en un bar de esos donde la luz siempre parece insuficiente cansa de una forma que no sabría describir bien. No es el cansancio de las piernas ni el de la espalda: es el de sonreír cuando no tienes ganas, aguantar al cliente que palmea la barra pidiendo otra ronda como si tuvieras toda la noche, limpiar la mesa que los niños que no deberían estar ahí a las once dejaron convertida en un campo de batalla.

El uniforme tampoco ayudaba. Falda negra corta, blusa ajustada con el logo del local, tacones que ya conocían el contorno exacto de mis ampollas. Mi compañera Rosario decía que el dueño lo diseñó así a propósito. Yo no se lo discutía.

Vivo al otro lado de la ciudad, así que cuando termino el turno de noche tengo que correr si no quiero perder el último autobús. La línea sale del paradero a las once y veinte. Si lo pierdo, la alternativa es un taxi que no me puedo permitir o esperar cuatro horas al primero de la mañana.

El chofer de esa línea se llama Bernardo. Tiene unos cincuenta años largos, las manos grandes, el pelo entrecano y una forma de mirar en el retrovisor que desde el primer día me hizo sentir observada. No de forma incómoda —eso lo noté enseguida—, sino con esa atención quieta que tienen ciertos hombres cuando algo les importa de verdad. Desde la segunda semana me reservaba el asiento detrás de la cabina. Yo llegaba corriendo, subía sin aliento, y el asiento siempre estaba libre.

Mis compañeros del trabajo lo llamaban el Potro. Rubén, que vivía cerca del paradero, lo mencionó de pasada una tarde y se rió. Yo no pregunté por qué.

***

Durante los meses de turno nocturno, la rutina era siempre la misma. Bernardo me saludaba con un gesto de cabeza. Yo me ponía los auriculares y me dormía con la frente apoyada en el cristal frío, con el ruido del motor como fondo. A veces, entre la música y el sueño, notaba que el autobús reducía la velocidad antes de mi parada aunque no hubiera tráfico. Lo hacía despacio, para no despertarme de golpe. Eso también lo noté, aunque no dije nada.

Una noche una señora mayor subió al último momento y le cedí mi sitio. El autobús iba completamente lleno y me quedé de pie junto a la cabina, agarrada al pasamanos detrás de él. Bernardo corrió el asiento hacia atrás para hacerme un poco de espacio. Terminé apoyando el brazo en el respaldo de su silla, tan cerca que podía oler el jabón barato de su camisa.

—¿Qué tal estuvo el día? —preguntó, sin apartar los ojos de la carretera.

—No me lo preguntes.

Se rió. Tenía una risa baja, casi sin sonido, que se notaba más en los hombros que en la cara. Mis compañeras al fondo del autobús empezaron a hacer ruido, bromas, silbidos. Terminé hablando con él durante todo el trayecto sin saber muy bien cómo había ocurrido.

De ahí en adelante, hablábamos. De cualquier cosa: del tráfico, del calor del verano, de si el café con leche sabe mejor en vaso o en taza. Una noche me preguntó si me gustaba conducir.

—Nunca aprendí —le dije.

—Algún día te enseño —respondió.

Lo dijo en serio, con esa voz pareja que tenía para todo, y yo no pude contestarle porque vi por la ventana a mi marido esperando abajo en la parada con las manos en los bolsillos.

Mi marido. Rodrigo. Ocho años juntos, tres de matrimonio. Desde hacía casi un año vivíamos en la misma casa como dos personas que comparten los gastos y poco más. Las deudas eran el único tema de conversación, y ni en eso nos poníamos de acuerdo.

Bernardo siguió reservándome el asiento. Yo seguí subiéndome sin decirle gran cosa. Pero algunas noches, cuando el autobús iba casi vacío y la ciudad dormía al otro lado del cristal, me quedaba mirando sus manos en el volante. Manos que no tenían nada de especial y sin embargo me costaba dejar de ver.

***

La noche en que todo cambió empezó mal desde el principio.

Discutí con Rodrigo antes de salir por las facturas del mes. Perdí la llave del casillero en algún momento del turno y tuve que dejar el bolso dentro sin poder cerrarlo. Cuando me di cuenta eran casi las once y mis compañeras ya habían salido corriendo hacia el paradero. Salí detrás de ellas con el uniforme puesto —la falda más corta de todas, el top que no abrigaba ni en agosto—, sin abrigo, sin dinero encima, sin teléfono.

El autobús no estaba en el paradero.

Me quedé sola mientras el cielo rompía a llover de golpe. De esas lluvias de ciudad que en treinta segundos te empapan hasta los huesos. Me metí bajo el pequeño tejadillo de la parada, que daba una protección ridícula, y esperé sin saber qué más hacer.

No tardaron en aparecer. Dos hombres que olían a alcohol desde lejos, riéndose entre ellos, buscando conversación con quien se encontraran. Me miraron. Se acercaron. El más alto se paró delante de mí con esa sonrisa que no era una sonrisa.

—¿Cuánto cobras, guapa?

No me dio tiempo a contestar.

—¡Eh!

La voz vino de la calle. Bernardo caminaba hacia nosotros desde el otro lado de la carretera, donde había aparcado el autobús. No corría. No gritaba. Caminaba despacio, con esa calma que a veces da más miedo que cualquier amenaza. Los dos hombres se le encararon. No voy a describir lo que pasó en los tres minutos siguientes, salvo para decir que entendí por qué lo llamaban el Potro y que tuve que agarrarlo del brazo para que parara.

—Se me averió en la ruta anterior —me explicó después, todavía con la respiración alterada—. En cuanto pude, vine. Sube.

***

El autobús iba vacío. Me prestó la chaqueta que tenía en la cabina y me la puse sobre el uniforme mojado, tiritando más de nervios que de frío.

Me senté en mi lugar de siempre, detrás de él. Esta vez no me puse los auriculares. Me quedé mirando sus manos en el volante: el movimiento seguro, los músculos del antebrazo marcándose cada vez que cambiaba de marcha, la camisa blanca empapada pegada a la espalda.

Bernardo me miraba en el retrovisor. Yo no apartaba los ojos.

—¿Todavía quieres que te enseñe a conducir? —dijo.

—Ahora mismo —contesté.

Redujo la velocidad en una recta larga y oscura, sin tráfico a la vista. Me levanté, fui hasta la cabina y, antes de que él pudiera moverse, lo empujé suave hacia atrás en el asiento y me senté de espaldas a él, con las manos en el volante.

Bernardo puso las manos en mi cintura, despacio, preguntando sin preguntar. Yo las dejé quedarse ahí.

—El embrague está a la izquierda —murmuró cerca de mi oído.

—Ya sé dónde está el embrague.

—Lo suponía.

Sentí su pecho contra mi espalda, su respiración cambiando de ritmo. El autobús avanzaba en línea recta y afuera seguía lloviendo. En el retrovisor nuestros ojos se encontraron igual que llevaban meses encontrándose en ese mismo cristal, pero esta vez ninguno de los dos apartó la mirada.

Bernardo detuvo el autobús bajo una farola de la carretera secundaria. Me hizo girar despacio hasta quedar sentada en sus piernas, de cara a él. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano, con cuidado, como si midiera las consecuencias de lo que estaba a punto de pasar.

—Llevas mucho tiempo en mi cabeza —dijo.

—Lo sé —contesté.

Y lo besé.

***

Nos desnudamos con urgencia, tirando la ropa húmeda a los asientos del fondo. Afuera arreciaba la lluvia. Dentro solo estábamos nosotros y el ruido del agua golpeando el techo de metal.

Bernardo tenía el cuerpo de alguien que ha trabajado con las manos toda su vida: sin alardes, sin perfección, pero con una solidez que hacía que todo lo demás pareciera provisional. Me miró despacio cuando por fin quedé sin nada encima, sin apartar los ojos, y en esa mirada había algo que hacía mucho tiempo que nadie me dirigía.

Me senté encima de él. Sus manos en mis caderas, firmes pero sin forzar, dejándome marcar el ritmo. Al principio despacio, tanteando el terreno, y después más rápido mientras la lluvia golpeaba el parabrisas y el cristal empañado nos ocultaba del mundo.

Me aferré al respaldo de su asiento con una mano. Con la otra le puse la palma en el pecho, sintiendo los latidos acelerados debajo. Él se movía conmigo, sin apresurarse, con esa misma calma con la que conducía, esa misma calma que me había resultado tan irritante al principio y que ahora quería sentir desde dentro.

—Así —decía en voz baja—. Así, no te muevas.

Llegué primero, con la frente apoyada en su cuello, mordiéndome el labio para no gritar. Él llegó poco después, con las manos apretadas en mis caderas y un sonido bajo y contenido que me gustó más que cualquier palabra de esa noche.

***

Nos vestimos sin prisa. Bernardo arrancó el autobús y retomó la ruta en silencio. Yo me quedé en el asiento de la cabina, a su lado, con la chaqueta de él todavía encima de los hombros.

El silencio entre nosotros había cambiado. Ya no era el silencio de dos personas que se están midiendo. Era otro tipo de silencio.

Cuando vi las luces del barrio aparecer a lo lejos, miré por la ventana. Rodrigo estaba en la parada con el paraguas negro, esperando.

No sé qué me pasó en ese momento. Una calma extraña, como si el cuerpo tomara la decisión antes que la cabeza. Me deslicé del asiento al suelo de la cabina sin hacer ruido. Bernardo no dijo nada, solo apretó un poco los dedos en el volante.

Lo tomé en la boca. Él siguió conduciendo, con una mano en el volante y la otra rozando apenas mi pelo.

A través del parabrisas veía las farolas pasar una tras otra. La parada se acercaba. Rodrigo de pie con el paraguas.

Me concentré. Sentí a Bernardo tensarse, oí su respiración cortarse, y cuando llegó ya estábamos a veinte metros de la parada. Me lo tragué todo con calma. Me incorporé, le abroché el pantalón, me pasé la mano por la boca.

Las puertas se abrieron.

Bajé por la puerta delantera y saludé a Rodrigo con un beso en la mejilla. Eché a andar hacia casa sin mirar atrás.

Bernardo cerró las puertas. Vi cómo el autobús se alejaba bajo la lluvia, con los faros encendidos, ronroneando despacio entre los charcos.

En la parada siguiente, según supe después por mis compañeras, el asiento detrás de la cabina seguía reservado para mí.

Valora este relato

Comentarios (7)

Rosi_Cba

tremendo relato!!! me tuvo pegada hasta el final

DesvelaoTotal

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas. No me hagas esperar!

Valeria_BA

Me encanto como esta escrito, se siente muy real. Sigue subiendo mas asi

NocturnoMX

Hay algo en los relatos que pasan de noche y bajo la lluvia que los hace mas intensos. Muy buen trabajo

ClaraCba21

jajaj el final me mato, no me lo esperaba para nada

Jaime

buenisimo!!!

MarisolQ

Que bueno encontrar relatos escritos con esta calidad. Se nota que hay cuidado en cada detalle, felicitaciones

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.