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Relatos Ardientes

Mi marido me esperaba y yo todavía estaba húmeda

Me encontré con Mateo a la salida del trabajo. Lo conocía desde hacía algunos meses y enseguida congeniamos en lo sexual. Era —y sigue siendo— el tipo de hombre que prefiero: maduro y casado. Tiene cuarenta y nueve años, doce más que yo, aunque se conserva con un cuidado que la mayoría de los hombres de su edad ya perdió. Es de contextura sólida, ancho de espaldas, lo que aquí en Quito llamaríamos un hombre fornido. No me atraen los flacos, tampoco los obsesivos del gimnasio que se miran al espejo cada cinco minutos. Mateo está en el punto medio exacto.

No tiene una verga descomunal, no es esa la fantasía. Tiene una verga gruesa y de longitud justa, perfecta para mí. Como llevamos meses viéndonos y nos cuidamos los dos, hace tiempo dejamos los preservativos. Suele terminar dentro: en mi sexo, en mi culo, alguna vez en mi boca. Esa confianza me gusta tanto como el resto.

Esa tarde fue como las otras. Muy placentera. Podríamos habernos quedado un par de horas más en el hotel, pero él tenía cena con su esposa y antes de las siete y media ya estábamos vistiéndonos. Como del hotel se iba directo a su casa, esa tarde solo lo hicimos por mi sexo. Se lavó la verga en el lavabo, rápido, y salimos.

Como él iba apurado, decidí bañarme cuando llegara a mi departamento. Esa noche Andrés tenía reunión con unos amigos de la universidad, de esas que terminan a las dos de la mañana y vuelven mareados, hablando solos. Para cuando él se acostara, yo planeaba estar bañada, perfumada y dormida.

Salimos del hotel, caminamos un par de cuadras y paré un taxi. Ya en el asiento de atrás, con la cabeza apoyada en la ventanilla y la ciudad pasando borrosa, sentí la humedad entre las piernas. Esa sensación pegajosa que en otro momento me habría dado un poco de morbo, pero que en ese instante empezaba a ser incómoda. Como tenía tiempo de sobra para bañarme, no le di importancia.

***

Llegué al edificio, saludé al portero con una sonrisa breve y subí al ascensor. En cuanto se cerraron las puertas, lo sentí de verdad: el semen de Mateo, o mis propios fluidos, o las dos cosas a la vez, me bajaban por la cara interna de los muslos. Apreté las piernas, miré los números del ascensor encenderse uno a uno y le pedí al universo que nadie subiera conmigo.

Por suerte el ascensor llegó al piso once sin paradas intermedias. Salí caminando con la pelvis tiesa, como si me hubiera roto algo. Metí la llave, abrí la puerta y respiré.

Mis hijos estaban en la sala, frente a la consola, gritándose entre ellos por algún partido virtual. Apenas levantaron la cabeza para soltarme un «hola, mami» casi automático antes de volver al televisor. Mejor así.

Caminé hasta la habitación pensando en el baño que me esperaba: agua caliente, jabón, el albornoz blanco. Abrí la puerta.

Andrés estaba sobre la cama, en calzoncillos, recostado contra el respaldo con el teléfono en la mano. En cuanto me vio entrar, dejó el celular en la mesita, se puso de pie y cerró la puerta detrás de mí con una sonrisa.

—No te esperaba —dije, y me salió genuino. Lo que él no sabía era que la sorpresa no era buena.

Me angustié al instante. Hice los cálculos en la cabeza: los muslos pegajosos, el calzón empapado, los rastros que cualquier mujer reconocería con solo mirarme. Andrés no es tonto. Y aunque lo fuera, había olores que no se disimulan.

Se acercó, me abrazó y me besó en la boca. Yo había chupado y lamido la verga de Mateo apenas una hora antes, todavía sentía el sabor en algún rincón del paladar. Me sentí morir. Pero él me besó como siempre, sin extrañarse de nada.

—¿Y tu reunión? —pregunté, intentando ganar segundos.

—Se postergó. Mañana, en lo de Sebastián. Hay partido de Libertadores y lo vamos a ver juntos en el bar de la esquina —dijo, mientras me jalaba hacia la cama—. Esta noche estoy todo tuyo.

—Qué lindo tenerte en casa —le dije, y me obligué a sonar dulce—. No te esperaba, amor.

Me desabrochó la blusa con dedos rápidos, como si llevara horas esperando ese momento. Me la sacó, me bajó el tirante del brasier y pasó la lengua por el borde de la copa. En cualquier otra noche yo ya me habría desabrochado el pantalón, ya me habría puesto encima de él. Esa noche solo pensaba en cómo salir de la habitación sin que viera nada.

Si baja un poco más, se va a dar cuenta.

Sus manos viajaron de mis senos al vientre, y de ahí a mis nalgas, todavía cubiertas por el jean. Las apretó con la mano abierta, ese gesto suyo de propiedad que en otro momento me encendía. Esa noche solo sentí pánico.

Sabía que no podía cortarlo de golpe. Andrés es paciente, pero el rechazo lo pone de mal humor y no quería que la noche se complicara con una discusión. Lo único que se me ocurrió fue lo más viejo del manual.

—Amor, déjame un segundo. Necesito hacer pis.

—Claro, mi vida. Pero vuelves desnudita —dijo, y me dio una palmada en el muslo.

Me incorporé con calma fingida, sonreí, le acaricié la nuca antes de salir y cerré la puerta del baño con todo el cuidado del mundo, como si el ruido pudiera delatarme.

***

En el baño, el plan se ejecutó solo.

Me bajé el jean. La parte interna tenía dos manchas claras, una mediana en el lado derecho y otra más pequeña arriba, casi en la costura. El calzón, en cambio, era una escena del crimen. Me lo saqué con dos dedos, como quien agarra algo sucio que no se quiere tocar, y lo tiré al canasto de ropa para lavar, en el fondo, debajo de dos toallas. Andrés jamás revisa el canasto. En diez años de matrimonio nunca lo hizo.

El jean lo doblé y lo dejé colgado del toallero, del revés, con las manchas hacia adentro. Mañana lo metería directamente al lavarropas sin que me viera.

Me senté en el inodoro. Oriné, intentando que el sonido durara lo suficiente para hacerlo creíble. Después abrí el cajón del mueble y saqué el paquete de toallitas húmedas que tengo escondido detrás del desodorante. Me limpié los muslos, las nalgas, la parte alta, con tres toallitas distintas, en silencio, sin respirar fuerte.

Me miré al espejo. Tenía las mejillas encendidas. Podía pasar por excitación. Eso ayudaba.

«Por favor, diosito, que no se dé cuenta», pensé, sin poder evitar la palabra de mi abuela.

Me eché un chorro de enjuague bucal, lo paseé treinta segundos largos hasta que me ardió, y lo escupí con fuerza. Me lavé las manos, me alboroté un poco el pelo y abrí la puerta.

La luz de la habitación estaba apagada. Solo entraba el resplandor naranja del cartel de la avenida, que se colaba entre las cortinas. Andrés estaba en la cama, los brazos detrás de la nuca, en silencio. Cuando le tocaba esperar, esperaba en serio.

—Acá estoy —dije.

—Ven, ponte como te gusta.

Me acomodé como perrita al borde de la cama, dándole la espalda, con la cara hundida en la almohada. Él se levantó, se posicionó detrás de mí y, sin más preámbulo, me penetró.

No tuve que fingir lubricación. Esa parte la tenía resuelta.

Empujó dos, tres veces, con un ritmo apurado de hombre que llevaba semanas pensando en ese momento. Yo empecé a gemir, no por placer real sino por el sonido necesario, como una actriz que conoce el guion de memoria. En menos de un minuto noté que se tensaba, que apretaba mis caderas con los dedos clavados, y terminó dentro con un gemido ahogado.

Se desplomó sobre mi espalda. Sentí su corazón a través del omóplato, el sudor entre los dos cuerpos, su respiración que se calmaba poco a poco. Le acaricié el antebrazo.

—Te amo —susurró.

—Yo a ti, amor —respondí, y por una fracción de segundo lo decía en serio.

Salí de él con cuidado, me giré hacia su lado y lo besé en los labios con toda la ternura que pude reunir. Después le pasé un dedo por el pecho, por esa línea de vello que va al ombligo, y le hablé al oído.

—Voy a darme una ducha rápida. ¿Vienes?

—Estoy reventado —murmuró, ya con los ojos cerrados—. Date una sin mí.

***

En la ducha, con el agua casi hirviendo y el vapor cubriendo el espejo, me quedé quieta un rato largo. El agua me bajaba por la espalda, por entre las piernas, llevándose por fin todo. El semen de los dos, el sudor de la tarde, el miedo de la última hora.

Me lavé tres veces. La primera con prisa, casi con rabia. La segunda con calma. La tercera, despacio, ya tranquila, mientras la cabeza me ordenaba las cosas.

Pensé en Mateo, en el hotel, en su mano en mi cintura mientras me empujaba contra el colchón. Pensé en Andrés, dormido del otro lado de la puerta, ronquido suave y confianza absoluta. Pensé en mí, en lo que había estado a punto de pasar, en lo cerca que estuve esa noche de quedar al descubierto.

Cuando salí del baño, envuelta en el albornoz y con el pelo enrollado en la toalla, Andrés ya dormía. Bocarriba, la boca entreabierta, el brazo extendido hacia mi lado de la cama como si me hubiera estado buscando.

Me metí entre las sábanas con cuidado de no despertarlo. Apoyé la mejilla en su hombro. Él, en sueños, me pasó el brazo por encima.

Apagué la lámpara y me quedé mirando el techo durante un rato largo, escuchando su respiración y la mía. Sentí culpa, sí. Pero no la suficiente para prometerme que no volvería a ver a Mateo. Mañana mismo, lo sabía, le iba a escribir.

Cerré los ojos y, por fin, me dejé dormir.

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Comentarios (4)

Lau_BsAs

tremendo relato!!! me tuvo pegada desde el primer parrafo hasta el ultimo

PatricioMDQ

el ascensor... eso fue un detalle cinematografico jajaja. que tension tan bien manejada

DiegoLec

Por favor seguí con esto, quede con muchisimas ganas de saber como siguio la noche

CelesteMGC

me encanto como esta narrado, se siente todo muy real sin pasarse de burdo. Seguí escribiendo!

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