El chapero gay que recibió a cuatro deportistas
Lucas lo tenía todo, o eso creían quienes lo conocían por encima. Una pareja estable de cuatro años, Andrés, funcionario de Hacienda con turno de mañana y un sueldo limpio. Un piso luminoso en el centro de Valencia, con balcón a una plaza tranquila. Y un empleo en el sector servicios que, según las cenas familiares, le permitía pagarse los caprichos sin agobios.
Lo que nadie sabía, ni siquiera Andrés, era el tipo concreto de servicios que prestaba.
Trabajaba en una sauna para hombres. Eso lo admitía sin rubor: recepción, llaves, toallas, gestión de las pequeñas crisis del día. Lo que callaba era que su contrato de recepcionista era una pantalla. La mayor parte de sus ingresos venían de los gabinetes privados del fondo, donde se ofrecía, de manera puntual, a quien lo pidiera por nombre. No le hacía falta económicamente. Lo hacía porque le gustaba. Porque se había acostumbrado a la transacción desde demasiado joven y ya no concebía el deseo de otra manera.
Empezó a los diecinueve, en las funciones de tarde de un cine de barrio que aún ponía películas antiguas. Se sentaba detrás de algún hombre solitario, le rozaba el respaldo con la rodilla y esperaba la señal. Casi todos asentían. La mayoría se conformaba con una mano discreta debajo del abrigo o con una felación rápida sin levantarse de la butaca. Solo los más atrevidos lo arrastraban hasta el servicio. Aquello pagaba el alquiler de su primer estudio y le enseñó a leer el deseo ajeno con la precisión de un cerrajero.
A sus veinticuatro años, Lucas seguía cargando con un inconveniente para según qué clientes. Tenía el pelo rubio, largo hasta la mandíbula, los ojos verdes muy claros, el rostro lampiño y la costumbre de vestir con prendas ajustadas que le subrayaban la cintura estrecha. No tenía pluma, pero su silueta engañaba. Más de una vez, hombres que buscaban un compañero rotundamente masculino se daban media vuelta nada más verlo. Otros, en cambio, llegaban precisamente por eso.
Aquella tarde de noviembre, el encargado de la sauna —un mallorquín cincuentón llamado Quim— asomó la cabeza por la puerta de la recepción con una sonrisa que prometía propina.
—Lucas, te ha tocado el premio gordo. Tienes a cuatro en el gabinete tres, y han preguntado por ti.
—¿Cuatro?
—Jugadores de baloncesto. Han ganado no sé qué copa europea esta semana y vienen a celebrarlo. Tres americanos y un croata. Te aviso para que respires hondo antes de entrar.
Lucas se miró un segundo en el espejo del pasillo. Se recogió el pelo en una coleta baja, se humedeció los labios y se aflojó el cinturón de la bata corta que llevaba sobre la piel desnuda. Después caminó hasta el gabinete tres con la calma estudiada de quien lleva años cobrando por no temblar.
Abrió la puerta y se los encontró ya desnudos, sentados en el banco corrido que daba la vuelta a la sala, con los miembros levantados como si llevaran un rato preparándose entre ellos. El que parecía mandar —un negro de unos dos metros, hombros gigantescos, sonrisa lenta— se puso en pie y le tendió la mano como si estuvieran en una rueda de prensa.
—Nos han dicho que tú eres el único en la casa que sabe trabajar con devoción —dijo en un castellano forzado pero claro—. Aquí hay mucha desgana. Si la fama es cierta, te tendremos en nómina cada vez que pasemos por la ciudad.
—La fama se queda corta —contestó Lucas, dejando caer la bata al suelo.
Los otros tres asintieron en silencio, como un jurado evaluando al concursante. El más bajo de los cuatro, el croata, era el único de piel muy blanca, casi rosada, con un tatuaje tribal en el muslo izquierdo. Se sentó en el suelo, sobre una toalla doblada, y le hizo a Lucas un gesto con el índice.
—Encima de mí. De espaldas.
Lucas obedeció sin discutir. Se untó dos dedos con el lubricante que tenía siempre listo en el bolsillo de la bata, se preparó con calma —porque cuatro pollas así no se reciben en frío— y se acuclilló sobre el croata. Bajó milímetro a milímetro, controlando el ritmo con los muslos, hasta que sus nalgas tocaron los muslos del otro y el aire le salió en un siseo entre dientes.
***
El líder se colocó delante, en pie, y le ofreció su miembro a la altura de la boca. Lucas trabajaba con método. Empezó por la base, recorrió la longitud con la lengua como quien afina un instrumento y después abrió la mandíbula todo lo que pudo. Aun así, no le cabía más de la mitad. El americano se lo tomaba con humor: lo agarraba por la nuca con una mano enorme y marcaba el ritmo sin prisa, sin exigir lo imposible.
—Despacio, despacio —murmuraba—. Tenemos toda la tarde.
Los otros dos se acomodaron a ambos lados. Lucas levantó las manos y se aferró a sus erecciones, más por equilibrio que por intención. Mientras subía y bajaba sobre el croata, las muñecas trazaban un movimiento involuntario que terminó funcionando como una masturbación torpe. A los dos parecía bastarles. Se reían entre ellos, intercambiaban frases cortas en inglés y le dejaban hacer.
Cambiaron de posiciones varias veces, como en una coreografía que ellos ya tenían ensayada en otras ciudades. Cuando el primero de los americanos se sentó en el banco y le pidió a Lucas que se subiera encima, este no pudo evitar un grito sordo. La diferencia de grosor con el croata era brutal. Apretó la mandíbula, respiró por la nariz y se obligó a aguantar el primer empellón sin moverse.
—Tranquilo, rubio. Tú llevas el mando —dijo el americano, y le sostuvo la cintura con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos.
Lucas se lo agradeció en silencio. Esa era la diferencia entre un cliente decente y un cabrón: dejar que el cuerpo se acostumbrara antes de empujar. Empezó a balancearse despacio, marcando él el compás, sintiendo cómo los anillos se iban dilatando hasta dejar de doler. Pasados unos minutos, el dolor se había transformado en una vibración cálida que le subía por la espalda.
El que estaba enfrente le sujetaba la cara con las dos manos. El de la izquierda le había metido dos dedos en la boca, junto a su propio miembro, y los movía como si quisiera medirle el paladar. El de la derecha se masturbaba con la mano de Lucas, guiándole los dedos para imponerle un ritmo más rápido.
***
Estuvieron así una media hora larga. Lucas perdió la cuenta de los cambios. Por momentos parecía estar montado sobre el segundo americano mientras el croata, ya recuperado, le sostenía la mandíbula desde delante para que no se hundiera de cabeza. Después era el tercero quien lo recibía desde abajo mientras el líder, en pie a su espalda, le pasaba la lengua por la nuca y le susurraba en inglés cosas que Lucas entendía a medias.
Hubo un instante, en mitad del jaleo, en que se sorprendió pensando que en aquellos momentos envidiaba a las mujeres por tener un orificio más. Lo apartó de inmediato. La idea le incomodaba por motivos que no quería desarrollar mientras tenía tres pollas a su alcance.
El croata fue el primero en avisar. Se acopló al ano de Lucas por enésima vez, lo agarró por las caderas y lo embistió con violencia hasta el final.
—Me corro —dijo en su acento marcado—. Aquí dentro.
Vació hasta la última gota con la cara apretada contra la nuca de Lucas, y aún se quedó unos segundos sin moverse, recuperando el aliento. Cuando por fin se separó, cedió el sitio al segundo y se colocó delante para servir de agarradero, aunque su miembro ya no estaba en condiciones de mucho más.
El semen del croata hizo de lubricante para el siguiente. Lucas notaba cómo el líquido descendía por el recto, salía a borbotones por la comisura del esfínter y empapaba los muslos del americano que ahora lo penetraba. Aquello, en lugar de avergonzarlo, lo encendió todavía más. Era una sensación rara, sucia, pegajosa, que solo se conseguía en escenas así.
El segundo terminó con tres empellones brutales y una palmada seca en la nalga derecha. Apretó los dientes, gimió en voz baja y se retiró sin decir nada. El tercero, antes de entrar, recogió con la mano el esperma que escurría por las piernas de Lucas y se lo ofreció en la palma. Lucas se la lamió entera, sin mirarlo, sin pensar.
—Buen chico —dijo el americano, y le marcó la postura: a cuatro patas, la cabeza baja, las rodillas separadas.
Lucas obedeció. El tercero no tenía la paciencia de los anteriores. Lo penetró de dos estocadas, hasta el fondo, y se lo follaba como si pretendiera dejar marca para el día siguiente. Le tiró del pelo, le obligó a arquear la espalda y le habló al oído con la respiración entrecortada.
—Vas a estar empachado de polla una buena temporada, rubio. Vas a acordarte de nosotros cada vez que te sientes.
Lucas sentía el escozor por dentro como una quemadura limpia. Le quedaba uno todavía. Cuatro miembros enormes en su cuerpo. La idea seguía excitándolo, pero su recto le pedía piedad. Se lo aguantó, porque la profesionalidad consistía exactamente en eso.
El tercero acabó con un golpe seco de pubis contra nalga y un gemido largo. Cuando se retiró, Lucas notó cómo el calor le subía hasta el ombligo y cómo un hilo grueso le bajaba por la cara interna del muslo.
El cuarto se le acercó por delante. Era el único que aún no se había corrido y, viendo el estado en el que estaba el cuerpo de Lucas, decidió por su cuenta cambiar de ruta.
—No te voy a meter más por ahí —dijo en un español pausado—. Abre.
Lo agarró del pelo y se lo metió hasta donde Lucas pudo aguantar. La garganta se le resistía, le saltaron lágrimas en los ojos, le caían hilos de saliva por el mentón. El americano lo movía hacia adelante y hacia atrás sin soltarle la nuca. Cuando estalló, lo hizo con la cabeza echada hacia atrás y un gruñido grave. Parte del semen le salió a Lucas por la comisura de los labios y, sin que lo esperara, por la nariz.
Se quedó unos segundos así, arrodillado, jadeando, mientras los cuatro lo observaban en círculo como si acabaran de presenciar un número de circo.
—La semana que viene volvemos —dijo el líder, ya buscando su ropa por el banco—. Eres exactamente lo que estábamos buscando. La putita perfecta.
Lucas se levantó despacio, tragó saliva y respondió mientras se limpiaba la cara con la toalla.
—No soy una putita. Soy chapero. Distinto oficio, distinto género.
El americano se rió, sacó dos billetes de doscientos del bolsillo del pantalón y se los plantó en la mano.
—Lo que tú digas, rubio.
***
En el vestuario del personal, Lucas se metió bajo la ducha el tiempo que necesitó. Se enjabonó tres veces. Se aclaró la boca con el agua templada, se peinó con calma, se vistió con la ropa de calle. Contó los billetes dentro de la cartera con la misma satisfacción profesional de quien cierra una hoja de Excel limpia. Habían sido generosos. Y, sobre todo, decentes dentro de lo bestia.
Quim lo despidió desde la recepción con una palmadita en el hombro.
—Aguanta hasta mañana, héroe.
—Mañana libro —respondió Lucas, y salió a la calle.
El frío de noviembre le sentó bien. Caminó hasta la parada del metro despacio, con un leve balanceo que solo notaba él. Pensaba en la cena de aquella noche. Andrés llevaba dos semanas insistiendo: cuatro años juntos, cuatro años exactos desde aquella primera tarde en la terraza del Café Madrid. Le había prometido una velada como las del principio: vino, velas, ropa interior nueva, lo que viniera después.
Abrió la puerta de casa y le recibió el olor a salsa de setas. Andrés salió de la cocina con un delantal puesto sobre la camisa blanca y los ojos brillantes.
—Llegas justo. Te he servido la primera copa.
—Eres un encanto —dijo Lucas, y le besó en la frente.
Cenaron con la luz baja. Andrés hablaba de su jefe, de un viaje que quería organizar para la primavera, de la posibilidad de pedir una hipoteca para algo más grande. Lucas asentía en los momentos correctos. Cuando llegó el postre y la insinuación se hizo explícita —una mano sobre la suya, una mirada que se quedaba—, Lucas bajó la vista al mantel.
—Hoy no, amor. Llevo toda la tarde con una jaqueca espantosa.
Andrés le acarició los dedos sin insistir.
—Mañana entonces.
—Mañana —prometió Lucas.
Y subió a la cama el primero, fingiendo dormir antes de que su pareja apagara las luces del salón.