La confesión que me callé durante ocho años
Bruno se merecía un momento mejor de mi vida. Todavía recuerdo esos ojos chiquitos, como de cachorro perdido en la lluvia; él sabía sonreírme sin mover apenas la boca. No te voy a decir dónde nos conocimos ni cómo empezamos a vernos. Tampoco cómo terminamos besándonos en los parques cuando se iba la luz. Yo elegía una banca, él me abrazaba por la espalda y, con la chamarra echada por encima, me metía la mano debajo del brasier. Con los meses dejé de ponerme brasier los días que sabía que iba a verlo.
Sus dedos eran tan suaves que parecía que la vida no los había usado todavía. Le gustaba no tocarme los pezones de entrada. Prefería sopesarme los pechos, sentir el peso, la forma, como si quisiera memorizar la sombra que dejaban en sus manos. Y de pronto, sin aviso, la yema le pasaba rápido por las puntas y yo daba un saltito, me mordía los labios y me derretía un poco por dentro.
Me besaba la coronilla y se quedaba con la boca apoyada en mi pelo. Murmuraba cosas que yo no entendía pero que descifraba por la vibración. Lo miraba a los ojos sin decirle nada, y él sabía que mis ojos vacíos querían decir «llévame a un lugar donde puedas cogerme». Los pájaros volvían a sus nidos en bandadas y yo me iba con su olor pegado a las manos. Pero de esto no iba a hablar tampoco.
En el cine hacíamos más cosas. Si la película estaba aburrida, yo se la mamaba un poco. Íbamos entre semana, ya tarde, cuando las salas estaban vacías. Elegíamos cualquier asiento, porque elegir los del fondo siempre era sospechoso. Le abría el cinturón con cuidado, intentando que la hebilla no sonara, y le bajaba la cremallera con dos dedos. Me gustaba sentirle el bulto por encima del bóxer, cómo se curvaba hacia un lado, cómo crecía. Después fingía que me había quedado dormida y me recostaba en su regazo. No podíamos hacer grandes movimientos: tenía que arreglármelas sólo con la succión y la lengua.
Me gusta el verbo «correrse». Aquí nadie lo usa, pero tiene esa erre arrastrada que es lasciva. «Acabar» suena a poncharse, a venirse abajo. Correrse no era venirse abajo, era venirse en mí. Y lo logré dos veces así, en el cine. Casi se muere cuando vio cómo me tragaba su semen. Al instante se le volvió a parar y… bueno, esa parte ya no fue en el cine, esa parte fue en su departamento.
Me estoy embrollando, perdón. Vuelvo al cine. Se la mamaba quedito, sin mover el cuello, sólo los labios subiendo y bajando por el tronco, la lengua jugando con el glande, el pene apretado contra mi mejilla por dentro. A veces lo volteaba a ver cuando lo presionaba contra el cachete y me daba cuenta de que esa imagen le gustaba demasiado.
Una vez lo hicimos en una iglesia. No sólo se la mamé: me la metió y todo. Pensar en eso todavía me hace… ¿Te parece de mal gusto? Bueno, mejor no te cuento esa parte.
Yo no le pedía nada a Bruno. Habría sido hipócrita de mi parte. Él me contaba de las chicas que le gustaban, y tenía buen gusto. A mí también me gustaban esas chicas. Pero era tan torpe que nunca se le armó nada con ninguna. Sé que, mientras estuvo conmigo, estuvo sólo conmigo.
¿Yo? Yo me moría por Sabrina. Después de una temporada en la que viví como vampiresa, sin salir de mi cuarto, sintiéndome morir, empezamos a vernos. Era fiestera, trotadora, de esas chicas que arrastran. Yo, con tal de tirármela, hasta intentaba estar alegre. Bueno, exagero un poco lo de «tirármela». La mitad de mi cabeza fantaseaba con eso; la otra mitad se conformaba con su compañía.
Sabrina era de estatura mediana, fuerte, con piernas grandes y firmes. Tenía pechos mucho más grandes que los míos. Así me gustan a mí las chicas: tocables. Y tenía una piel que pedía ser tocada. Me acuerdo de la primera vez que se la toqué. Fue en su fiesta de cumpleaños, en 2015. Nos besamos en uno de esos juegos tontos. Había hombres alrededor, pero no de los que gritan estupideces cuando dos mujeres se besan: eran de los que te sonríen con complicidad y, por dentro, ya se están guardando la imagen para más tarde.
Eso me gustó: había silencio en nuestro beso. Las dos sabíamos que iba a pasar tarde o temprano, así que ni lo apuramos ni nos pusimos torpes. Empecé tocándole las mejillas, acariciándole el cuello. Ella sonrió y pegamos las narices. No fue un beso húmedo ni encendido, pero tampoco fue un beso inocente. Sus labios estaban tibios. ¿Has sentido esas flores que parece que se van a deshacer entre los dedos, pero que mantienen un tacto fresco? Así eran los labios de Sabrina.
Nos fuimos a dormir juntas, claro. Los hombres que quieren fantasear con mujeres siempre están dispuestos a dejarles un cuarto. Logísticamente, la primera vez no fue de manual. Yo me quedé un buen rato chupándole los pechos en la cama. Ella gemía, pero no era un gemido de satisfacción, era más bien un «vamos a otra cosa». Me conozco bien, sé cómo me gusta a mí que me toquen, pero no estaba segura de saber tocarla a ella. Igual nos comunicamos. La humedecí a besos, le acaricié esa florecita rosada que tenía, la dedee bajito, encontré un punto adentro donde se le aflojaba la cara y me quedé columpiando los dedos ahí un rato largo.
Lo más difícil fueron las tijeras. Por alguna razón no nos calzábamos. Cuando ella presionaba, yo no presionaba en el mismo ritmo. Acabamos rindiéndonos y ella me lamió la vulva. Cuando hicimos el sesenta y nueve, se puso arriba. La primera que se vino fue ella, que se había sentado casi sobre mi cara y se estaba esforzando más en cogerme la boca que en darme placer. Tenía algo morboso, debo admitirlo; me gustó. Cuando iba a llegar, se quedó quieta de golpe, echó la cabeza hacia atrás y me dijo, con una dulzura que no le había escuchado:
—Ay, Mariana, te quiero.
En cuanto terminó, la tumbé y me senté encima. Me le restregué casi con rencor, y pensar en que se la estaba cobrando me puso muy caliente. Sabrina se dio cuenta y se esforzó al doble, me metió la lengua, me hizo botar las nalgas contra su cara. Esa noche, ya orgasmeadas, peleando con el sueño para no quedarnos dormidas demasiado pronto, hablamos de Bruno por primera vez.
—¿Quién es ese chico con el que te veo tanto últimamente? —me preguntó.
Y yo le conté. Que era dulce; que me leía hasta que me dormía; que cocinaba conmigo; que siempre empezaba el sexo comiéndome la vulva porque le daba miedo correrse antes de haberme satisfecho. Le conté que con él había encadenado más orgasmos seguidos que con nadie. Cuando le dije cuántos no me creyó. A ti tampoco te voy a decir, no se vale.
Me hizo enseñarle fotos y vi cómo se lo saboreaba con la vista. Me hizo presentárselo:
—Quiero saber con quién estás —me dijo.
Y se cayeron bien. Yo, de entrada, me moría de pena. Con Bruno era completamente honesta, y él sabía que por fin me había acostado con Sabrina. Mis temores resultaron falsos: por un día hubo madurez de sobra. Comimos juntos, vimos una película y nadie hizo comentarios fuera de lugar.
La siguiente vez que hablé con Sabrina, me soltó:
—¿No sabes si le gustaría un trío?
—¿Cómo voy a saber eso? —le respondí, ruborizándome entera.
—Es un hombre con el que te llevas bien, que sabe que te acostaste conmigo y que ya me conoce. ¿No crees que querría?
—Más bien tú quieres un trío con nosotros —le dije, tratando de que sonara a chiste.
Sabrina se rio, pero levantó las cejas para confirmármelo. Empecé a sugerírselo a Bruno poquito a poco. Le contaba cómo era Sabrina en la cama. Eso lo prendía como un fósforo. Lo montaba al instante y, en medio del acto, le susurraba:
—Deberías aprovechar.
Él no se daba por aludido y me empujaba las caderas hacia abajo para empalarme hasta el fondo.
—Deberías aprovechar —seguía yo, gimiendo, sintiéndolo enorme por la perversidad de lo que seguro estaba pensando—. Me muero por coger con ella, y ella quiere que te lleve para que se la metas… así, bien adentro, como me la estás metiendo a mí ahora. Imagínate que soy ella. Te doy permiso. Imagínate que te la estás cogiendo a ella.
Entonces él me cambiaba de posición, me tumbaba de espaldas, me la metía en la vagina pero desde arriba y me azotaba con embestidas largas. A juzgar por cómo me cogía, sí se la estaba imaginando.
¿Suena muy brusco? No, no, es que no conociste a Bruno. Cuando se ponía intenso era todavía más tierno y más cuidadoso. A veces yo gritaba de placer y él se deshacía en disculpas, convencido de que me había lastimado.
Creo que estábamos a un paso de lograrlo. Sabrina, Bruno y yo. Pero no pasó. Fue por Damián. Sí, en esa época todavía estaba con Damián. Era mi novio «el de verdad», y estábamos por cumplir dos años. A Damián nunca le gustó la idea de tener una relación abierta y, bueno, yo no estaba dispuesta a aceptar otra cosa.
¿Qué le voy a hacer? Nunca he podido ser fiel. A veces pienso que es por mi padre. A veces creo que no, que soy así nada más. A veces digo que la sociedad será mejor cuando nadie te cuestione por las pijas que dejas o no dejas entrar en tus territorios. A veces pienso que digo todo eso para tranquilizarme. El punto es que nunca pude ser fiel. Alguna vez vi una película en la que un imbécil le decía a una chica infiel «¿por qué te comportas como un hombre?». ¿Me creerías que me lo han dicho más de una vez? Pero bueno, ¿qué te voy a contar de esto a ti? Ya sabes cómo soy, y sabes que lo siento.
Damián era el opuesto de Bruno. Alto, fuerte, con los ojos llenos de nada. Negros, negros. Unas manos grandes y callosas. Calzaba del 33. ¿Sabes lo que significa eso, no? 33, te digo. ¿Te acuerdas de cómo me cogió Bruno cuando fantaseábamos con Sabrina? Bueno, así me cogía Damián por lo menos una vez a la semana. A veces me levantaba en brazos y me cogía en vilo, y cuando se cansaba me apoyaba contra la pared. Yo me apagaba. Lo dejaba hacer.
Las primeras veces con él tuve orgasmos enormes, largos y bestiales. Después, cuando me empecé a sentir usada, dejé de tenerlos y tuve que fingirlos. Pero aprendió a distinguirlos y se enfurecía cuando lo fingía. Tenía condición y aguante, y el maldito no terminaba. Nos quedábamos peleando cuarenta minutos hasta que, por fin, le venía. A veces, en la furia acumulada, se quitaba el condón, me restregaba el pene en la cara y se corría encima mío. Una vez se lo quitó y me la volvió a meter sólo para correrse adentro. Lo quería matar. Al día siguiente tuve que ir por una pastilla.
Por eso te lo digo: Bruno se merecía un momento mejor de mi vida. Damián empezó a sospechar. Bruno estaba demasiado presente como para ser un amigo más. No me di cuenta de cuánto me había empezado a seguir, pero de pronto él sabía dónde vivía Bruno, sus horarios, su número. Bruno no sabía nada y yo no quería asustarlo.
Me acuerdo de un día en que vi a Damián desde la ventana del edificio de Bruno. Fumaba con rabia en la banqueta. ¿Qué estaba esperando hacer? Ese día resolví que todo tenía que parar.
—Es nuestra última vez —le dije a Bruno.
Al principio pensó que era un chiste, pero vio que yo estaba triste y me abrazó. No lloramos. Pusimos una película tonta y nos acurrucamos. Empezó a frotarse contra mi cadera, me bajó el pantalón y se masturbó entre mis nalgas. ¿Era deseo animal, era costumbre? Quizá suene así. En ese momento me pareció una despedida. No me dejó mamársela. Nos besamos. Me abrió la camisa de botones y me besó los pechos. Primero uno, larguísimo; después el otro. Parecía no querer irse de ahí. Después bajó al ombligo.
Le había enseñado exactamente cómo me gustaba el sexo oral: besos en los labios menores, lengüetazos lentos, un besito en pinza sobre el clítoris. Él había sumado su propio truco: me metía un dedo, me atrapaba el clítoris entre el índice y el cordial, y me lo lamía despacio mientras me masturbaba. Yo amaba que hiciera eso.
Le dije que iba a masturbarlo, que se tendiera en la cama. Pero le mentí. Me subí encima y me lo metí sin condón. Le vi en la cara que la idea no le terminaba de gustar, pero no intentó detenerme. Entendí que era cosa de una sola vez. Su pene me quemaba: nunca lo había sentido a pelo. Me humedecí tanto que me dio vergüenza. Empezar a cogérmelo fue casi automático. El fuego que tenía adentro me hacía cabalgarlo con más fuerza de la que recordaba haber usado nunca.
Me esforcé en que le gustara. Intenté contraerme por dentro, le giraba la cadera, saltaba sobre él para que sintiera mis nalgas chocando contra sus piernas. Él no gemía: sólo me sonreía. Sabía que le gustaba porque me tocaba los pechos con emoción mientras lo montaba. Pero la escena en realidad era un poco triste.
Me cansé rápido. Él lo notó y me reemplazó. Empezó muy lento. Me besaba apenas la boca, los pechos, los hombros. La penetración parecía un acompañamiento del resto de las caricias. De a poco fue acelerando, hasta cogerme más rápido de lo que me había cogido nunca. Esa velocidad me recordó un poco a Damián y me hizo sentir rara. Pero entendí que era la forma que tenía él de quererme. Mientras él empezaba a bufar y su pene crecía aún más adentro mío, le quité la camisa y traté de memorizar su pecho y su cara.
—Córrete dentro —le dije, exagerando las erres.
Era irresponsable, ya lo sé. Y él lo sabía. Ni siquiera debería habérmela estado dando así, al natural. Pero yo quería darnos ese permiso, esa pequeña imprudencia, que pasara lo que tuviera que pasar. Ahora que lo pienso, fui una estúpida. Y Bruno también, pero menos.
—Córrete dentro —le repetí, gimiendo como si me doliera.
Pero Bruno ya sabía interpretarme y siguió dándome con su cariño pasional, con su delicada furia medida. Aceleró un poco y bajó a besarme. Sus estocadas se volvieron más cortas, más concentradas, más curvas. Me quejé por debajo del beso, que me robaba la palabra; con una mano le arañé la espalda sin querer y con la otra me aferré al borde del colchón. Me contraje en torno a su verga, hirviente, y mi humedad le dejó brillando el vello del pubis y los muslos.
Me dio diez segundos de respiro y me la metió de nuevo, todavía más rápido que la vez anterior. Ahora era completamente al revés. Esta vez no nos besábamos. Él estaba casi erguido y hacíamos un ángulo de noventa grados. Bruno me levantaba las nalgas y me acercaba a él. La metía entera y salía casi del todo, y entonces, ¡fum!, otra vez me tenía empalada.
Me faltaba una estocada para el segundo orgasmo cuando me dijo que estaba a punto de correrse. Intenté repetirle que se corriera adentro, pero la velocidad me robó la palabra. Alcancé a apretarlo un poco cuando se me vino el orgasmo, y casi enseguida él salió y se corrió sobre mi vientre. Trajo papel, un poco de agua y una toalla, y me limpió.
Desaparecí un tiempo. Le dejé migas a Damián para que tratara de encontrarme. Supuse que si me perseguía a mí, a Bruno lo dejaba en paz. Y funcionó. Pasaron muchas cosas malas después, de las que no quiero hablar. Pero ahora estoy… no, quizá no estoy bien, pero algo parecido.
Lo he visto varias veces desde entonces. A Bruno, digo. Se mudó, pero igual lo crucé sin querer y supe dónde trabaja. Creo que es la oficinita casera de un partido político: sale con un maletín de cuero, como si fuera un pequeño oficinista. Ayer lo vi con una chica muy linda. Pelo rizado, morena, sonrisa ancha, las nalgas bonitas. Tiene cara de enamorado cuando la mira.
Yo también tengo novio. Y lo amo, mucho, aunque no me creas. Con él, creo que por fin soy feliz. ¿Que por qué estoy aquí, contigo? No tiene nada que ver con mi novio, te juro que no. Es sólo que mañana se cumplen ocho años de mi última vez con Bruno.