Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi compañera de rodaje aceptó verme fuera del set

Aquella tarde estaba ansioso por terminar la jornada. Carla había preparado una celebración en casa y no podía llegar tarde. Un retraso podía arruinar la sorpresa que llevábamos semanas montando, y nada podía fallar.

Repasaba un guion sobre la escena que tocaba rodar en las dos horas siguientes cuando el móvil vibró sobre el escritorio. El corazón se me alegró al ver el nombre.

—¿Puedes hablar? —preguntó al otro lado.

—Tengo diez minutos en el descanso. Dime.

—Solo quería confirmar que el plan sigue en pie. Estoy hecha un manojo de nervios, Adrián. No irás a echarte atrás, ¿verdad?

—Sabes que no. Ya lo hemos hablado mil veces. Estoy deseando que salga bien.

—¿Y el anillo? ¿Lo recogiste?

—Lo tengo a buen recaudo. Y la inscripción está perfecta. La misma letra cursiva que la de nuestras alianzas. Si miras la tuya, estás viendo cómo le quedó a Daniela.

—Ufff… qué tranquila me dejas. ¿Tú crees que aceptará?

—Pues claro. Está coladita por ti, mujer.

—Jajaja, dirás por ti, don juan de pacotilla.

—Bueno, por los dos. Te dejo, que entran a buscarme. No te olvides del cava para después de la cena.

—Compré también unos pastelitos de los que le vuelven loca. Esta noche pórtate con las dos, ¿eh? No te «esfuerces» mucho en el plató.

—No problem. Hoy me he arreglado para no tener que esforzarme demasiado, ya sabes a qué me refiero.

—Pedazo de guarro… Hasta luego, tqm.

Puse el teléfono en modo avión y lo guardé en el cajón. Llevábamos meses preparando aquella propuesta. Daniela todavía vivía en su piso, Carla en el suyo, yo en el mío, y queríamos acabar con las distancias. Le habíamos comprado un anillo de compromiso con los tres nombres grabados y la fecha de aquella primera noche en la cama. La idea era arrodillarnos los dos frente a ella, como pretendientes a la antigua, y pedirle que se viniera a vivir con nosotros.

Estaba casi seguro de que diría que sí. Pero esa pizca de duda era justo lo que hacía latir las cosas.

En esos pensamientos andaba cuando dos golpes en la puerta me sobresaltaron. Solté la carpeta sobre la mesa y pronuncié la palabra mágica.

—¡Adelante!

El pomo giró media vuelta y aparecieron las cabezas de dos bombones que reconocí enseguida. Noa y Valeria. Noa era rubia, pecosa, bajita, con cara de no haber roto un plato en la vida. Valeria, morena, alta, despampanante, y con la extroversión justa para imponerse en cualquier habitación.

—¿Se puede, señor profesor? —preguntó Valeria.

—Pasad, chicas.

Entraron cogidas de la mano. Las dos con vestidos ligeros, faldas cortas, vuelo coqueto. Se acercaron al escritorio y se plantaron frente a mí. Solté una sonrisa canalla que me salió sin esfuerzo.

—¿Puedo ayudaros en algo?

—Esta mañana hemos visto la nota del último examen y ha sido un palo —empezó Valeria, fingiendo apuro—. Habíamos estudiado un montón, profesor. De verdad.

—Un cuatro y un cuatro y tres —corté—. Las dos suspendidas. Me temo que en este trimestre os habéis dedicado más a vuestros novios que a los apuntes. Vais a tener que presentaros en septiembre.

Noa suspiró. Valeria le dio un empujoncito para que hablara. La rubia se mordió el labio y se hizo la tímida, perfectamente compuesta.

—El caso, profesor —siguió Valeria—, es que si usted reabre el examen y nos sube un par de puntos… Noa está dispuesta a… ya sabe.

—No, no sé. ¿A qué estás dispuesta, Noa?

La rubia bajó la mirada.

—Pues… a dejar que usted me haga cosas, señor profesor. Lo que usted quiera hacerme.

Solté una carcajada y crucé las piernas sobre la mesa.

—Vaya, la rubita más tímida de la clase también habla. ¿Y sabes lo que significa eso, criatura?

—Claro que sé —titubeó.

—No estoy yo tan seguro. ¿Eres virgen, Noa?

Noa miró a Valeria. La morena se encogió de hombros.

—Pues… casi.

—¿Cómo que casi? Una chica es virgen o no lo es. ¿Qué quieres decir con «casi»?

—Mire, profesor —saltó Valeria, impaciente—. Noa no se ha acostado nunca con un chico, pero ha usado juguetes y ahí abajo está más que estrenada. Si lo suyo no es demasiado grande, no le va a doler. ¿Le responde eso a la pregunta?

Bajé las piernas y di una palmada en mis muslos.

—Ven aquí, jovencita. Siéntate.

Noa dudó. Valeria la llevó de la mano y la depositó sobre mis rodillas como quien coloca a una niña en un columpio. Le acaricié los muslos. Era piel de seda, de las que solo se ven en revistas. Subí la mano hasta encontrar la curva caliente bajo las bragas, y ella separó las piernas para facilitármelo, los ojos cerrados, todo según lo previsto.

Le robé la boca y le metí el pulgar entre los labios. Ella lo chupó golosa. Bajé después a desabrocharle la blusa y le aparté el sujetador. Sus pezones se endurecieron en cuanto los pellizqué. Gemía bajito, y aquellos suspiros no parecían del todo fingidos, lo que me elevó la erección un par de grados.

Cuando me pareció oportuno, hice una seña a Valeria. La morena agachó la cabeza y se quedó plantada en su sitio. Me levanté despacio, dejé a Noa de pie frente a mí y, pasando el brazo por encima del hombro de Valeria, le agarré la nuca por la raíz del pelo y tiré hacia mí.

—¡Ay, profesor! Me ha hecho daño.

El tirón le abrió la boca y se la asalté sin preguntar. Le mordí los labios, la solté.

—Mira, pequeña. Si queréis aprobar este puto examen, os voy a follar a las dos. Así que enseñadme las bragas al alimón, que no tengo todo el día.

Valeria suspiró y aceptó con un movimiento de cabeza. Apoyó la cara en mi cuello, como en gesto de sumisión, y pegó los labios a mi oreja.

—Genial, Adrián —susurró—. Estás bordando el tono canalla, sigue así.

Simulé no haberla oído. Me volví hacia Noa, que me miraba con las pestañas batiendo arriba y abajo como si posara en una alfombra roja. Le apreté la mandíbula con dos dedos, justo en el umbral entre la firmeza y el dolor.

—A ver, Noa. Ponte de rodillas y demuéstrame lo que sabes. ¿La has mamado alguna vez?

—No, profesor. Va a ser la primera.

—Pues recuerda lo que hayas visto en internet y aplícate. Si me gusta, te subo tres puntos.

Mientras Noa se agachaba y me bajaba el pantalón, yo manoseaba a Valeria. Le mordí las tetas por encima del vestido y, cuando se desnudó de cintura para arriba, le chupé los pezones hasta dejárselos enrojecidos. Le metí la mano bajo las bragas y un dedo entró sin esfuerzo en su sexo depilado.

Valeria arqueó las caderas para recibir el segundo dedo. Y, con la voz pegada de nuevo a mi oreja, me susurró con malas pulgas.

—Espero que te hayas cortado esas uñas, cariño. Como me arañes por dentro te la corto.

La miré de reojo. Sonreía con una mueca maquiavélica que decía que no estaba bromeando del todo.

—¿Ves esa boquita ocupada ahí abajo, mi amor? —solté para la galería, retomando el papel—. Quiero que te sumes al juego y chupes tú también, zorrita.

—Vale… vale —respondió Valeria, y se hincó al lado de Noa para disputarle el sitio.

Mamaban con un ansia que me intimidaba. Si seguían a ese ritmo, iba a correrme en segundos, y yo le había prometido a Carla volver «entero» a casa para afrontar la noche que habíamos planeado. Las separé tirándoles del pelo a la vez y, cuando estuvieron de pie, las besé por turnos.

Valeria volvió a acercarme la boca al oído.

—Toca cómele el coño a Noa sobre la mesa. Dos minutos. Luego la penetras.

—A ver, Noa —dije, pellizcándole los pezones a la rubia—. Ya sé que nunca te han follado. Pero ¿tampoco te lo han comido?

Noa puso morritos de niña buena y negó con la cabeza. Valeria tuvo que aguantar la risa. La levantamos sobre la mesa, le quité las bragas de un tirón y le clavé la lengua. Le chupé los labios, le recorrí la hendidura entera, le golpeé el clítoris en círculos lentos. Cuando sus muslos empezaron a abrirse y cerrarse descontrolados, supe que el orgasmo era real. La acaricié hasta que pasaron las sacudidas.

—Ahora te voy a follar, cielito. ¿Lista?

—No sé, profesor… ¿Seguro que no me dolerá?

Mojé con saliva la punta de mi verga, más por la estética del plano que por necesidad. Su flujo era suficiente para tres.

—Conmigo solo vas a sentir placer. El dolor se te pasa en un segundo.

La penetré de un empujón. Noa se arqueó y soltó un bufido de satisfacción algo exagerado para mi gusto. Aquel coño, tan apretado por fuera, por dentro parecía una caverna ardiente.

Valeria me guiñó un ojo. La agarré del pelo y le acerqué la cara a la de Noa.

—¡Bésala, golfa! ¡Quiero que os comáis la boca mientras me follo a tu amiga!

Empecé a embestir a Noa sin miramientos y, a la vez, metí dos dedos a Valeria por debajo de la falda. Le palmeé el culo, que se le iba poniendo rojo, y eso me excitó tanto que mis azotes empezaron a ir en serio. Valeria me miraba de reojo. Sonreía, pero sus ojos decían a las claras: «esta me la pagas».

—¡A ver, pedazo de zorras! ¡Voy a mataros a polvos! ¡Os pondré sobresaliente, os lo juro!

Y cuando ya sentía que el orgasmo me iba a desbordar, una voz salvadora tronó en la sala.

—¡Corten! —Iván, el director—. Toma perfecta. Enhorabuena a los tres. Por hoy hemos terminado. Mañana a las nueve aquí, duchados y con el mismo vestuario. Las chicas sin bragas, que no las vais a necesitar.

El equipo de producción prorrumpió en aplausos. La chica de vestuario nos trajo albornoces y botellas de agua. Valeria se quitó el pinganillo de la oreja y se lo devolvió al de sonido. A veces lo llevaba yo, pero cuando la cámara comprometía la invisibilidad, lo llevaba ella: su melena lo disimulaba mejor.

Noa me abrazó, me dio dos besos y me pellizcó el moflete.

—Lo has hecho muy bien, Adrián. Vas a llegar arriba en esta industria.

—Gracias, preciosa. Perdona por los tirones de pelo.

—Jaja. Ya casi no haces daño.

Noa salió a la carrera. La esperaba su marido para el cumpleaños de su hijo.

***

Creo que se me ha olvidado contar algo importante.

El negocio de los dos pijos del todoterreno, aquellos que habían propuesto a Carla la famosa «prueba de trabajo», no tenía nada que ver con la educación. Era una productora de cine porno. Y la prueba era una prueba de plató con actrices profesionales. La pasé con sobresaliente. Desde entonces, grababa tres o cuatro escenas al mes, y ahora rodaba mi primera producción importante.

Carla y Daniela no solo conocían mi profesión: ellas mismas me habían abierto la puerta a través de Hugo y Bruno. La aceptaban sin reservas. Pensaban que el trabajo agotaría mis ansias de aventura. Que nadie quiere llevarse trabajo a casa, debían de creer.

Se equivocaban.

***

Valeria me pidió que habláramos en el camerino, cuando ya estábamos a solas.

—¿Tienes un minuto?

—Claro. Si me vas a echar la bronca por las salidas de guion, tienes toda la razón. Soy un gilipollas, lo siento.

—Lo de hoy no es lo que más me importa. Aunque te has pasado un pelín.

—Te juro que no se repite.

—Lo que no sé si puedo perdonarte es que se te nota demasiado que tienes ganas de pillarme fuera del plató. De follarme follarme, ya sabes a qué me refiero.

—Joder, Valeria, qué explícita.

Sonreía. Las palabras eran duras, pero no había enfado en su tono.

—Deberías contenerte. Algún día alguien se lo dice a mi novio, y ya sabes que tiene muy malas pulgas. Y deberías pensar en tus chicas. ¿Cómo se lo tomarían Carla y Daniela si se enterasen?

—Tienes razón.

—Pásales recuerdos esta noche, por cierto.

—Se los daré.

Descruzó los brazos y dio dos pasos hacia la puerta. La detuve.

—¿Entonces? ¿De mi invitación a tomar unas copas no hablamos?

Se giró y volvió a cruzarse de brazos. No había perdido la sonrisa. Lo apunté como un triunfo.

—Joder, Adrián. ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho?

Me acerqué hasta casi rozarla y le acaricié la mejilla. Ella apartó la cabeza.

—Para, no toques.

No le hice caso. La cogí por la nuca y la cintura, y le acerqué la boca hasta rozarle los labios. Se removió un instante. Luego se quedó quieta.

—No seas gilipollas, Adrián, para ya.

Lo dijo con mala leche, pero sin retroceder un paso. La señal más clara que una mujer puede darte. Le besé despacio, y ella abrió la boca sin resistencia. Por la abertura del albornoz le acaricié el sexo con toda la suavidad que pude. Aquella vulva con la que había soñado pajeándome tantas veces. Se abrazó a mi cuello y cerró los ojos.

Se soltó al cabo de un rato. Se limpió mi saliva de un manotazo y sonrió, lobuna.

—¿Ya está? ¿Ya se ha quedado el nene tranquilo?

—Joder, ¿me estás vacilando?

—¿Qué creías, que me iba a entregar en cuerpo y alma? Tengo mucha profesión, tío.

—Te necesito, Valeria. Te deseo como no he deseado a nadie.

—Hoy te la he chupado hasta la médula. Mañana me follas en una escena de veinte minutos sin cortes. ¿Qué más quieres?

—Aquí no venimos a follar. Venimos a trabajar. Yo quiero follarte de verdad.

Puso cara de aburrimiento.

—¿Tanto trabajo por un puñetero polvo?

Di un paso al frente. Ella retrocedió.

—¡De un polvo nada! Quiero follarte una noche entera hasta que me duelan los huevos. Quiero dejarte tan escocida que no puedas sentarte en una semana. Y vas a ser feliz cuando te lo haga, y me vas a pedir que no pare.

—Eres un guarrete persuasivo, ¿eh? Tú sí que sabes conquistar.

—¿Quieres que te mande flores? Lo barajo.

—Adriááán… ¿de verdad crees que me muero por que me la metas? He tenido en mi vida pollas cien veces mejores que la tuya. ¿Y sabes de cuál me acuerdo?

—Ni idea.

—De ninguna. Al final una polla es una polla. No insistas, jamás me vas a follar fuera del plató.

Me mosqueó, pero no me arredró.

—Pues yo te aseguro que sí. Y vas a gritar mi nombre cuando te corras.

Soltó una carcajada, engoló la voz y me imitó.

—«Voy a follarte bien follada y me vas a pedir más.» ¿Así ligas en los bares?

—A veces, sí.

—¿Y te funciona?

—No siempre. Pero tengo mis noches.

Su risa me sonó a gloria. Iba entrando en mi juego.

—Me voy. Mi novio quiere sexo y a él no le puedo hacer esperar.

—Un segundo. Una cosa más.

Resopló, pero se detuvo.

—Por si cambias de opinión, el sábado reservo habitación en el hotel Velvet. Te paso el número por mensaje. Estaré desde las ocho. El cava bien frío.

—¿El Velvet? ¿El hotel de los cornudos?

—Exacto.

Parpadeó alucinada. El halo de mujer fatal se le había evaporado hacía rato.

—Joder, Adrián. ¿No puedes dejarme en paz? Vas a arruinar mi vida.

—Nadie tiene por qué saberlo. Sería nuestro secreto.

Se mordió el labio.

—¿Y qué le digo a mi novio? ¿«No me esperes despierto, me voy a follar con el protagonista de la peli en la que él mismo me la mete cuarenta minutos seguidos»?

—A tu novio le dices lo mismo que yo a mis chicas. Rodaje nocturno en exteriores. Estamos liados toda la noche.

—Anda, vete a la mierda.

Se dirigió hacia la puerta.

—¿Qué cava te gusta? —solté, sintiéndola perdida—. ¿Te vale uno bueno?

Se volvió y me apuntó con el dedo. Pero en sus pupilas había un brillo pícaro que las hacía sonreír. Un gusanillo me recorrió el estómago.

Tomó el pomo. Antes de abrir, sin mirarme, lo soltó a bocajarro.

—¿Vas a llevar tú los condones? ¿O lo voy a tener que poner todo yo?

Un escalofrío me subió desde los testículos hasta el glande.

—Tú no te preocupes por los detalles. Los juguetes los pongo yo. Pero tráete lubricante, si quieres. Lo de dejarte escocida no lo he dicho en broma.

No se volvió. Abrió la puerta y salió casi a la carrera, quizá avergonzada de haber cedido al final, después de jurar desde el principio que jamás lo conseguiría.

***

Ya en el aparcamiento, me quedé pensativo un instante antes de arrancar. Mi nueva profesión estaba llena de posibilidades. Chicas jóvenes y ardientes que amaban el sexo tanto o más que yo, al alcance de la mano. Solo había que saber manejarlas.

Era el puto paraíso.

Arranqué y llamé a Carla. Se alegró de saber que ya iba para casa. El plan marchaba en hora. Daniela iba a aceptar el anillo, iba a mudarse con nosotros, y nuestras tres vidas se iban a fundir en una sola. Esa noche dormiríamos los tres en la misma cama por primera vez como una familia de verdad.

Y el sábado, mientras ellas pensaran que estaba rodando una escena nocturna en exteriores, Valeria me esperaría en una habitación del Velvet con el cava bien frío.

Aquella iba a ser, sin duda, una semana muy larga.

Valora este relato

Comentarios (4)

Tomi_87

increible!!! me encanto

Ezequiel_gba

se hizo corto, queremos la segunda parte ya

NocheLobo

Los camarines tienen su magia, jaja. Me recordó a algo parecido que me pasó hace años en un trabajo. Buenísimo el relato

LectoFan_ar

el ambiente del rodaje le da un sabor muy especial, se siente real

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.