El camarero del hotel donde acompañé a mi marido
Cuando Esteban me dijo que tenía que viajar a un congreso médico en la costa, me negué tres veces. Le repetí que era poco tiempo para tanto trayecto, que prefería quedarme en casa con los libros y las plantas, que no iba a aguantar tantas horas sola en un hotel mientras él escuchaba ponencias sobre cardiología. Pero Esteban insistió con esa terquedad suya de hombre acostumbrado a salirse con la suya, y al final acepté con un suspiro y una maleta a medio armar.
El hotel resultó mejor de lo que esperaba. Cuatro estrellas, vista al mar, una piscina enorme rodeada de palmeras y un bar a un costado. Esteban desaparecía a las ocho de la mañana, volvía a las siete u ocho de la noche, y yo me quedaba con un día entero por delante y nada que hacer. La playa estaba a quince minutos caminando, demasiado lejos para mi gusto en pleno verano. La piscina, en cambio, quedaba a tres pasos del ascensor.
Esa mañana del segundo día me puse un bikini que había comprado especialmente para el viaje. Negro, de tiritas finas, demasiado pequeño para una mujer de mi edad y aun así perfecto sobre mi cuerpo. A los cuarenta y pico, una mujer sabe cuándo todavía puede permitirse ciertas cosas. Tomé una toalla, una novela que no pensaba leer y la crema solar, y bajé a la piscina.
Elegí una reposera apartada, bajo una sombrilla a medias. Me apliqué la crema con calma, casi con coquetería, y después me desaté la parte de arriba del bikini para tomar sol en topless. No había mucha gente, apenas tres parejas y un señor que dormía con un sombrero sobre la cara. El sol pegaba fuerte y yo cerré los ojos.
—¿Le traigo algo de beber, señora?
Abrí los ojos detrás de los lentes oscuros. Era el camarero del bar de la piscina. Lo había visto de lejos esa mañana, pero recién ahora lo tenía a un metro y podía mirarlo con detalle. Tendría unos treinta años, quizás un poco menos. Alto, de espaldas anchas, brazos de gimnasio, una camiseta blanca del uniforme que se le ajustaba al pecho cada vez que respiraba. Tenía la piel morena, una mandíbula marcada y los ojos verdes.
—Un agua tónica con limón —dije, sin molestarme en cubrirme.
Él no bajó la vista a mi torso desnudo, lo cual me gustó. Pero tampoco la subió demasiado rápido, lo cual me gustó todavía más.
—Enseguida.
Volvió a los pocos minutos con la copa apoyada en una bandeja. La dejó en la mesita junto a la reposera, me preguntó si necesitaba algo más y yo me incorporé apenas en la reposera, dejé los lentes a un costado y lo miré directo.
—Sí. Necesito que me explique qué hace una mujer sola en este hotel mientras su marido pasa el día encerrado en un salón de conferencias.
Sonrió. Una sonrisa breve, controlada, con apenas una arruga al costado del ojo izquierdo.
—¿Su marido vuelve para el almuerzo?
—Mi marido vuelve cuando se pone el sol.
—Entonces tiene que aprovechar el día.
—Eso intento.
Hizo una pausa. Yo no aparté los ojos.
—Si quiere —dijo él, bajando un poco la voz—, cuando termino mi turno a las cuatro le puedo mostrar algunas cosas del hotel que están dentro del «todo incluido» y que la mayoría de los huéspedes no descubre. Si le interesa.
—Me interesa muchísimo. Habitación 412.
Asintió como si estuviera anotando un pedido en su libreta y se alejó.
***
A las cuatro y cinco golpearon la puerta. Yo había subido a la habitación dos horas antes, me había duchado, me había puesto una crema de almendras en todo el cuerpo, me había recogido el pelo en un rodete suelto y me había envuelto en un pareo turquesa, sin nada debajo. Le abrí.
—Pasa —dije, tuteándolo sin pedir permiso.
Él entró. Se había cambiado: bermuda beige, una camiseta gris clara, mocasines de cuero sin medias. No olía a colonia, lo cual me sorprendió y me gustó. Olía a piel limpia, a sol, a sal de piscina. Cerré la puerta detrás de él y le pregunté su nombre.
—Lucas.
—Soy Marina.
Lo invité a sentarse en el sofá frente al ventanal. Le ofrecí whisky y rechazó con cortesía: no tomaba alcohol, se cuidaba, entrenaba todos los días, no fumaba. Pedí dos jugos al frigobar y me senté a su lado con una pierna doblada bajo el cuerpo, el pareo abriéndose apenas a la altura del muslo.
—No es lo que esperabas —dijo él, mirando el vaso.
—Es exactamente lo que esperaba.
Conversamos diez minutos sobre nada. La temperatura del mar, la conferencia de mi marido, el lugar donde Lucas se había criado, el gimnasio donde entrenaba. Yo lo miraba mientras hablaba y pensaba que tenía algo de adolescente todavía: una manera de bajar la cabeza cuando se reía, una timidez sutil debajo de toda esa estructura de músculos cuidados. Una oportunidad rara, me dije. Una mujer de cuarenta y tantos no se cruza todos los días con un cuerpo así de joven y de bien predispuesto.
Dejé el vaso vacío sobre la mesa baja. Me puse de pie sin decir nada y me solté el nudo del pareo. La tela cayó al piso. Lucas levantó la vista, separó apenas los labios, y se quedó quieto.
—¿Quieres ayudarme a no aburrirme esta tarde? —le pregunté.
No contestó. Se levantó, se sacó la camiseta por encima de la cabeza con un solo movimiento, y yo me adelanté a él para terminar de desvestirlo. Le bajé la bermuda muy despacio, sin apuro, mirándole la cara cada vez que mis dedos rozaban su piel. Estaba depilado entero, igual de moreno por todos lados, sin marcas de bronceado.
Lo abracé desnuda contra mi cuerpo y sentí cómo se le aceleraba la respiración. Le pasé la palma abierta por la espalda, le marqué cada vértebra con la yema del dedo, le sostuve los glúteos firmes y le mordí el hombro sin demasiada fuerza.
—Tienes que dejarte hacer —le susurré—. Esta tarde es mía.
***
Lo llevé hasta la cama y lo recosté boca arriba. Empecé por la boca, despacio, con la lengua. Bajé al cuello y le pasé los labios por la curva donde se le marcaba el músculo. Le mordisqueé los pezones, que se le pusieron duros enseguida, y seguí bajando por el centro del pecho hasta el ombligo. Le respiraba sobre la piel a propósito, soplándole apenas, mientras le sostenía los muslos con las manos para que no se moviera.
Cuando llegué al pubis, me detuve. Olía a hombre joven, a limpio, a algo casi dulce. Le besé el interior de los muslos primero, le mordí la parte alta de la pierna izquierda, le pasé la lengua por la ingle. Lucas tenía el pene a medio levantar, no del todo erecto todavía, y yo lo prefería así. Me lo metí entero en la boca con esa contención inicial que cualquier mujer experimentada sabe administrar, y empecé a chuparlo despacio, midiendo la presión, alternando con la lengua sobre el frenillo.
Él gimió por primera vez. Un sonido grave, contenido, que vibró desde el fondo de su garganta. Yo no levanté la vista. Le agarré los testículos con la mano izquierda, los sostuve con suavidad y se los acaricié mientras seguía con la boca. Estaban firmes, sin un solo pelo, redondos. Le pasé los labios por uno y después por el otro. Cuando volví a su pene, ya estaba completamente duro.
Nunca dejé de mirarlo desde abajo, con los ojos apenas levantados, mientras él tenía la cabeza echada hacia atrás contra la almohada y la mandíbula apretada. Me lo metí hasta el fondo varias veces, sostuve el aire, lo solté, volví a empezar. La piel del glande me rozaba el paladar. En algún momento yo misma me asusté del placer que me estaba dando hacerlo: apretó las piernas en torno a mí, me asfixié contra él, me agité, y me corrí ahí, sin que él me hubiera tocado todavía, solo con el ritmo de su pene en mi boca y la mano que yo misma había deslizado entre mis piernas.
—Quieres llegar —murmuró él, sorprendido.
—Quiero todo —contesté.
***
Me incorporé y me senté a horcajadas sobre su cintura. Pero no lo dejé entrar todavía. Lo besé en la boca por primera vez, con la lengua, con saliva, con todo lo que llevaba guardado hacía meses, quizás años. Esteban me besaba con prisa cuando me besaba. Lucas me besaba como si tuviera tiempo, como si el cuerpo de una mujer fuera algo que se merecía atención. Me sostuvo los pechos en las manos, los apretó con la fuerza justa, y me succionó los pezones uno por uno con una lentitud que me hizo arquear la espalda.
Lo bajé de nuevo. Me agaché sobre él, lo lamí otra vez de la base a la punta, lo dejé brillando con mi saliva. Después me arrastré despacio hacia arriba hasta que mi vientre quedó sobre el suyo y lo encajé.
—Métemela —le pedí—. Hasta el fondo, despacio al principio.
Lucas me agarró de las caderas, me sostuvo, y me clavó. Cerré los ojos. Su pene entró entero, milímetro a milímetro, hasta que sentí el vientre de él contra mí. Lo apreté con los muslos. Empezó a moverse desde abajo, con un movimiento corto, contenido, mientras yo me sentaba más sobre él para sentirlo más adentro.
—Más fuerte.
Obedeció. Pasó del movimiento contenido a un bombeo firme, profundo, que me hacía rebotar sobre su cuerpo y me sacaba un gemido por cada embestida. Le clavé las uñas en los pectorales, le mordí la base del cuello, le dije al oído cosas que no le había dicho a nadie hacía muchísimo tiempo.
Después nos dimos vuelta. Me puse boca arriba, lo enganché con las piernas a la altura de la cintura y lo obligué a entrar otra vez. Él se apoyó en los antebrazos a cada lado de mi cabeza, me miró a los ojos, y empezó a moverse con un ritmo distinto, más cadencioso, casi como si me estuviera meciendo. Yo le sostuve la cara con las dos manos.
—Así —le dije—. Así. No pares.
No paró. Subió la intensidad de a poco, encontró un punto dentro de mí que ninguno de mis amantes había encontrado nunca, y empezó a golpearlo una y otra vez. Yo gritaba bajito, contra su boca, con la frente apoyada contra la suya. Le até las piernas alrededor de la cintura para tenerlo más cerca, para que entrara más hondo, para no dejarlo escapar.
—Me voy a correr —avisó él, con la voz ronca.
—Adentro —le ordené—. Quiero todo adentro.
Apretó un par de veces más, hundió la cara contra mi cuello y se quedó quieto. Sentí el latido de su pene dentro de mí, el calor, ese borbotón inagotable que tantas veces había sido para mí una promesa vacía y esa tarde era una promesa cumplida. Me corrí con él al mismo tiempo, mordiéndole el hombro con un grito que ojalá las paredes del hotel no hubieran escuchado.
***
Después nos quedamos un rato sin movernos. Él me acariciaba el pelo, yo le pasaba la mano por el pecho. A las cinco y media le preparé un café, lo acompañé hasta la puerta envuelta en una sábana y le di un beso largo antes de dejarlo ir.
—Mañana —le dije—. A las cuatro.
—A las cuatro.
A la mañana siguiente bajé temprano a la piscina. Lo busqué con la mirada sin querer parecer ansiosa y lo encontré a lo lejos, atendiendo a una pareja vieja en la barra. Me instalé en la misma reposera del día anterior. Cuando me vio, se acercó solícito, me saludó como si fuera la primera vez y me preguntó qué iba a tomar.
—Lo mismo de ayer —dije—. Y todo lo que viene después.
Le mandé un beso con la punta de los dedos. Él bajó la cabeza un segundo, sonrió de costado y se fue a buscarme el agua tónica.
Y la verdad es que aquella tarde, y las tres tardes siguientes, Lucas me aplicó el «todo incluido» del hotel con la misma minuciosidad con que un cirujano aplica un procedimiento. Sin prisa. Sin errores. Con la mano firme y la mirada atenta.
Cuando Esteban volvió la última noche del congreso, agotado de tanta conferencia, me preguntó si me había aburrido mucho.
—Para nada, amor —le dije, sirviéndole un whisky—. En estos hoteles del todo incluido siempre hay algo para entretenerse.