El banco del parque donde dejó de pensar en su novio
Habíamos caminado casi cuarenta minutos para encontrar ese parque. No el grande, no el de la avenida principal, sino uno escondido detrás del barrio viejo, donde las farolas estaban más lejos unas de otras y el césped crecía sin orden. Yo conocía el sitio. Lo había memorizado hacía meses, esperando una noche como esta.
Lucía caminaba a mi lado en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba un vestido blanco corto, de tirantes, con un lazo que se anudaba por detrás del cuello. Cada dos o tres pasos, sus sandalias raspaban el cemento y ella se reía bajito, como si no quisiera que la oyera nadie.
—¿Estás segura de este sitio? —preguntó por tercera vez.
—Yo no lo elegí —respondí—. Lo elegiste tú.
Había bancos a la entrada del parque, pero ella los rechazó. Demasiada luz. Avanzamos unos metros más, hasta que aparecimos en un claro donde la única iluminación venía de una farola moribunda a treinta metros y de la luna, que esa noche estaba alta y blanca. Allí, en el rincón más oscuro, había un banco de madera oscura, casi invisible entre los arbustos.
—Este —dije.
Ella miró alrededor y se mordió el labio.
—Adrián, esto es una locura.
—Lo sé.
Y la besé.
***
Sabía que iba demasiado rápido. Sabía que normalmente, con cualquier otra, había que medir los tiempos, sostener las pausas, dejar que la conversación se calentara antes de meter la mano. Pero con Lucía no hacía falta. Lo sabíamos los dos desde hacía semanas. Desde aquella tarde en la cafetería en que ella se quedó mirándome la boca mientras le hablaba de cualquier estupidez, y se le olvidó contestar.
—Vas muy rápido —murmuró contra mis labios.
—¿A qué quieres que espere?
—No sé. A algo.
—No hay nada que esperar.
Se rió, suave, y me agarró de la camisa para tirar de mí otra vez hacia ella. Me besaba con una urgencia que no encajaba con su discurso. Cuando se separó para respirar, me clavó los ojos.
—Adrián, sabes que esto está mal. Lo sabes, ¿verdad?
—¿Por?
—Por Marcos. Por todo. Tengo novio. Lo amo.
—Ya.
—Y te aprovechas de que él está lejos.
—Yo no me aprovecho de nada. Eres tú la que me besa a mí.
Cerró los ojos. La vi tragar saliva.
—Es que me pones muy mal —dijo.
—Entonces no me beses. Es fácil.
Aparté los labios un par de centímetros, lo suficiente para que el frío de la noche se metiera entre los dos. Tardó menos de tres segundos en volver a agarrarme y traerme de vuelta.
—Eres un cabrón —susurró.
—Y tú eres una mujer adulta que sabe lo que hace.
—Yo no sé lo que hago.
—Pues yo sí —dije—. Tú quieres a Marcos. Yo no quiero a nadie. De mí no te vas a enamorar, porque entre nosotros solo hay ganas. Así que deja de pensar y déjate llevar.
No dijo nada más. La conversación se acabó ahí, sobre aquel banco, debajo de aquella farola que parpadeaba como si estuviera de acuerdo con nosotros. Su boca volvió a la mía y esta vez no se separó. Las dudas, Marcos, el novio que estaba a mil kilómetros, todo se hundió bajo la presión de sus labios.
***
Mis manos fueron directo a sus pechos por encima de la tela del vestido. Sabía que aquello la encendía. Era pequeña de pecho, pero firme, y la primera vez que se lo había rozado en la cafetería, semanas atrás, sin querer, ella había soltado un suspiro tan involuntario que yo había guardado el dato. Esa noche lo usé.
Le apreté un pecho con la palma abierta y ella gimió bajito contra mi cuello.
—Cabrón —repitió, pero ya no significaba lo mismo.
—Eres una guarra, Lucía. ¿Qué diría Marcos si te viera ahora? Tirada en este banco, dejando que te toque un tipo al que casi no conoces.
—No le gustaría nada.
—Eres mi guarra esta noche. Solo esta noche.
—Solo esta noche —repitió, como si necesitara oírlo en su propia voz para creérselo.
Le mordí el lóbulo de la oreja y bajé los labios por el cuello. Olía a perfume suave, a algo cítrico, y debajo de ese olor había otro más oscuro, el suyo. Mientras le pasaba la lengua por la clavícula, mi mano libre buscó el lazo del cuello del vestido. Tiré despacio. El nudo se deshizo sin resistencia.
—¿Qué haces? —Se apartó—. ¡Aquí no!
—Shhh. No te he pedido permiso.
—Adrián, por favor, aquí nos pueden ver. Espera.
Pero ya no esperaba nada. El vestido le cayó hasta la cintura y dejó al aire los pechos pequeños, los pezones duros por el frío y por las ganas. Me incliné y me los llevé a la boca, uno y luego el otro, alternando entre mordiscos suaves y lametazos largos. Ella echó la cabeza atrás y se agarró del respaldo del banco con las dos manos.
—Dios… para, para, para… no pares… Adrián, no pares.
—Tus tetas me vuelven loco.
—Sigue —pidió—. Sigue así.
Mientras una mano le sostenía el pecho contra mi boca, la otra se deslizó por debajo del vestido, sobre los muslos. Tenía la piel caliente, a pesar de la noche. Cuando le rocé la tela del tanga, ya estaba húmeda. Empujé los dedos contra esa humedad por encima de la tela y ella se mordió la mano para no gritar.
—Estás empapada.
—Cállate.
—No, en serio. ¿Hace cuánto que no follas?
—Tres meses. Marcos está fuera por trabajo.
—Tres meses —repetí—. Pues esta noche te vas a desquitar.
Su mano bajó hasta el bulto de mis vaqueros y apretó.
—Joder —murmuró—. La tienes durísima.
—Te toca a ti.
—Aquí no, Adrián. Aquí no.
—Aquí sí.
***
Le aparté la mano y me desabroché yo mismo el cinturón. El sonido de la hebilla rompiendo el silencio del parque me pareció enorme. Ella miró hacia el sendero, hacia los arbustos, hacia todas partes. Después volvió a mí. Cuando me la saqué, no fingió ni un segundo. Abrió la boca y respiró hondo.
—Joder…
—¿Qué pasa?
—Es… es grande. Mucho. Más que…
—¿Más que la de Marcos?
—Mucho más.
—Pues quiero que te la metas en la boca.
—No me obligues.
—No te estoy obligando. Te lo estoy pidiendo.
Pero al mismo tiempo le apoyé la mano en la nuca y empujé un poco. Bajó sin resistencia. La sentí abrir la boca, dudar un segundo, y después rendirse. Me la chupó despacio, con cuidado al principio, midiéndola con la lengua, comprobando cuánto le cabía. Después aceleró. Mientras la veía moverse, con el pelo cayéndole sobre la cara y el vestido enredado en la cintura, pensé que aquella imagen la iba a recordar el resto de mi vida.
—Joder, Lucía. Joder.
—Mmm.
—Marcos no sabe la suerte que tiene.
Levantó la mirada sin sacármela de la boca y vi que se reía con los ojos. Aquel detalle, esa pequeña risa traidora, me puso al límite. Le agarré el pelo con las dos manos.
—Para. Para o me corro.
Se separó y se limpió la comisura con el dorso de la mano. Tenía los labios brillantes.
—No te puedes correr todavía —dijo, casi enfadada—. Tienes que follarme.
—Sí.
—Aquí. Ahora.
—El tanga. Quítatelo.
—Eso sí que no.
—Lucía.
—No.
Me incliné. Le pasé los dedos por debajo del vestido y agarré la cinta lateral del tanga. Tiré. La tela cedió, casi se rompió. Lo arranqué de un solo movimiento y lo tiré al césped, a pocos metros del banco. Ella abrió la boca para protestar y no le salió la voz. Le metí dos dedos. Estaba ardiendo.
—Te vas a callar —dije—. Y te vas a sentar encima.
—Adrián…
—Encima. Ya.
***
La levanté del banco, me senté yo y la coloqué a horcajadas sobre mí, de cara. El vestido se le abrió completamente hacia los lados, dejándome ver todo: las piernas, el sexo, el vientre, los pechos. La farola lejana le marcaba la silueta. Por un instante quedó suspendida, sin saber qué hacer.
—Bájate —dije—. Despacio.
—Si nos ven…
—Bájate.
Posó la punta de mi polla contra ella y se quedó ahí, sin atreverse. Yo no la ayudé. Quería que lo hiciera ella. Quería que fuese ella la que decidiera, la que se metiera en aquello con todo el cuerpo, para que después no pudiera decir que la había forzado a nada.
Bajó. Despacio al principio. Cuando entró del todo, soltó un quejido ronco, casi animal, que se le escapó sin permiso. Apoyó la frente en mi hombro y se quedó así, quieta, como si necesitara hacerse a la idea.
—Joder —murmuró—. Joder, joder, joder.
—Muévete.
—Espera.
—Muévete, Lucía.
Empezó a moverse, primero lento, después más rápido. La sostuve por la cintura. La miré subir y bajar contra mí, los pechos pequeños balanceándose, el pelo cayéndole sobre la cara, el vestido arrugado entre los dos. Cada vez que bajaba del todo, soltaba un gemido más alto. En algún momento dejó de preocuparle el ruido.
—Eres una puta, Lucía.
—Soy tu puta esta noche.
—Eso. Solo esta noche.
—Solo esta noche, cabrón, solo esta noche.
—Más fuerte.
—Sí.
—Más.
—Adrián, me voy a correr.
—Pues córrete.
—No tan rápido.
—Córrete.
Sentí que se tensaba toda. Las piernas, la espalda, los brazos alrededor de mi cuello. Soltó un grito agudo y se mordió mi hombro para acallarlo. Yo aguanté un segundo más, dos, tres, hasta que su orgasmo me arrastró. Me corrí dentro, con fuerza, agarrándole las caderas para que no se separara. Ella seguía temblando encima de mí, repitiendo mi nombre en susurros.
***
Nos quedamos así un rato largo. Ella encima, yo abajo, los dos respirando como si acabáramos de correr. El parque seguía vacío. La farola seguía parpadeando. La luna había bajado un poco.
—Si alguien hubiera pasado… —empezó ella.
—No pasó nadie.
—Pero si hubiera pasado…
—No pasó.
Se rió, débil, y me besó en la frente. Después se levantó con cuidado y se acomodó el vestido. Le até yo mismo el lazo del cuello. Me subí los pantalones y me abroché el cinturón. Cualquiera que hubiera aparecido en ese momento habría tardado tres segundos en deducir lo que acababa de pasar. Nadie apareció.
Empezamos a caminar de vuelta hacia la salida del parque. Ella iba apretada contra mi brazo, en silencio. A medio camino se detuvo y miró hacia atrás, hacia el banco.
—Mi tanga —dijo.
—¿Qué pasa?
—Lo dejaste tirado en el césped.
—Lo siento. No me acuerdo de cómo acabó allí.
—Mentira.
Me reí.
—Bueno, sí, sí me acuerdo.
—Adrián, no puedo volver a casa así.
—¿Por?
—Porque mañana hemos quedado para tomar café. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Y no voy a ir sin tanga.
—Yo creo que sí.
Me miró. Frunció el ceño, intentó parecer molesta, no lo consiguió. La idea de pasar la mañana siguiente con ella en una cafetería iluminada, con gente alrededor, sabiendo lo que llevaba o no llevaba debajo del vestido, se me hizo, de pronto, mucho más excitante que la noche que acabábamos de pasar.
—Eres lo peor —dijo.
—Y tú vas a venir igual.
No contestó. Pero cuando seguimos caminando hacia la calle, seguía apretada contra mi brazo, y no me soltó la mano hasta llegar al taxi.