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Relatos Ardientes

La vecina que se vengó del marido infiel en mi cama

Camila vivía dos casas más arriba en la misma calle. Llevábamos cerca de un año saludándonos por las mañanas, ella siempre acompañada de Mauricio, su marido, que parecía no soltarla ni para ir al kiosco. Yo sacaba el auto del garaje justo a la hora en que ellos esperaban el colectivo, y ese era nuestro instante: tres segundos de miradas cruzadas, una sonrisa pequeña, un buen día de cortesía vecinal.

Pero hacía meses que entre nosotros había algo más que cortesía. Yo le miraba las piernas cuando giraba para abrir la cartera. Le miraba la curva de la espalda cuando se inclinaba a atarse el zapato. Y, sobre todo, le miraba los pechos generosos que le abultaban cualquier blusa que se pusiera. Ella se daba cuenta. Lo supe porque empezó a devolverme la mirada con un brillo que no era el del saludo amable.

Mauricio nunca notó nada. Andaba hablando por el celular, gritándole a algún proveedor, pegado a su mujer como un guardaespaldas distraído. Yo me preguntaba qué hacía ella casada con semejante personaje, pero esa pregunta era inútil. Las parejas son cajas cerradas y a nadie le importa lo que pasa adentro.

El juego de miradas fue creciendo. Una mañana ella se mordió el labio cuando me vio salir del auto. Otra mañana me sonrió de costado y me hizo un gesto leve con la cabeza, como reconociendo que ya éramos cómplices de algo que todavía no había pasado. Yo, en el trayecto al trabajo, fantaseaba con ella. La imaginaba en el asiento del acompañante, sin la chaqueta, sin la blusa, sin nada.

Esa mañana llovía con una furia poco común para octubre. Estaba sacando el auto cuando vi a Camila salir sola, peleando con un paraguas que el viento le daba vuelta cada dos pasos. Mauricio no estaba. Era la primera vez en meses que yo la veía sin él pegado al hombro.

Bajé la ventanilla y le hice una seña. Ella levantó la vista, vio que era yo y caminó hasta el auto con el paraguas torcido, riéndose de su propia situación. Le abrí la puerta del acompañante.

—Sube, te llevo a donde vayas —le dije.

—¡Uy, qué amor! Me estabas salvando la vida —se sentó, cerró el paraguas a duras penas y lo dejó goteando en el felpudo del piso.

Arranqué despacio. La lluvia tapaba el parabrisas más rápido de lo que los limpiaparabrisas la sacaban. Olía a perfume mojado y a algo que no sabría nombrar pero que era de ella.

—¿A dónde vas? —preguntamos los dos al mismo tiempo. Nos reímos.

—Tú primero —dije.

—A cualquier lado —cerró los ojos un segundo—. Hoy no pienso ir a trabajar. ¿Tienes un rato para mí?

La pregunta me cayó como una piedra en el estómago, pero una piedra caliente, deseada, esperada. La miré. Tenía los ojos clavados en mí. No había en su cara ni una pizca de duda.

—Tengo todo el tiempo del mundo —contesté.

—Llévame a algún lado tranquilo. Donde podamos tomar un café y conversar sin que nadie nos vea.

Conocía un hotelito sobre la avenida que no quedaba lejos, de los que cobran por horas, con cafetería en la planta baja y discreción profesional. Doblé en la primera esquina y enfilé hacia allá. Camila no me preguntó adónde la llevaba. Buscó mi mano sobre la palanca de cambios y la apretó. Después se llevó mi dedo índice a los labios y lo besó suavemente.

***

El cuarto era sencillo, con una cama amplia, cortinas pesadas y una luz tibia que entraba por la ventana de atrás. Pedí dos capuchinos y dos vasos de whisky por teléfono. Camila se sacó el saco mojado y lo colgó del respaldo de una silla. La blusa también estaba húmeda, se le pegaba al cuerpo.

—Estás empapada —le dije.

—No es la primera vez que un hombre me dice eso hoy —se rió, ya menos tímida.

Nos sentamos en la cama, con la espalda contra el cabezal, los pies estirados, los vasos de whisky en la mano. Le pregunté por qué había decidido subirse al auto un día cualquiera, como si nada. Y entonces, después del segundo trago, escondió la cara entre las manos y empezó a hablar.

—No te das una idea de cuánto necesito vengarme. Hace dos semanas lo pesqué a Mauricio saliendo de un hotel con mi hermana. Mi propia hermana. Tres días estuve sin dormir, dando vueltas, pensando cómo devolvérsela sin armar lío, sin perder lo que tengo armado con él. Y tú me sirves para el plan, no te ofendas. Pero también… también me gustas tú. Lo nuestro no es solo venganza. Yo te miro hace meses con ganas.

—No me ofendo. Al contrario.

—¿Y tú? ¿Qué tienes en tu casa?

—Una mujer que hace tres años que duerme conmigo como si fuera su hermano.

Camila asintió, despacio. Me apoyó la cabeza contra el hombro. Le tomé el vaso, lo apoyé en la mesita de luz y la abracé. El llanto le duró poco. Cuando levantó la cara, ya no había agua en los ojos sino otra cosa, una llama que no necesitaba más explicaciones.

La besé. La besé como si llevara meses ensayándolo, porque en cierto modo así era. Le mordí el labio inferior, le pasé la lengua por el cuello, le aflojé los botones de la blusa con los dedos un poco torpes. Ella me ayudó. Se sacó la blusa por encima de la cabeza, se quitó el corpiño negro y dejó que cayera al piso.

Tenía los pechos exactamente como los había imaginado mil mañanas. Grandes, firmes, con los pezones oscuros y duros. Bajé la cabeza y los besé uno por uno, lentamente, deteniéndome en cada milímetro de piel. Camila empezó a respirar fuerte, a clavarme los dedos en la nuca, a pedirme con sonidos cortos que no parara.

—Hazle saber a Mauricio quién soy —murmuró—. Hazlo bien.

***

La desnudé del todo. Le saqué la pollera, las medias, la bombacha. Quedó tendida en la cama, con la luz tibia bañándole el cuerpo entero. Tenía la piel blanca, sin marcas, sin lunares, como si recién la hubieran estrenado. Le separé las piernas con las manos y bajé la cabeza entre ellas.

El sexo oral le arrancó un quejido largo. Le pasé la lengua despacio, dibujándole círculos, alternando presión con suavidad, hasta que sentí que se le tensaban los muslos a los costados de mi cara. Estaba al borde. Y entonces me detuve.

—No, no, sigue —me suplicó.

—Todavía no —le dije.

La hice esperar. La llevé al borde tres veces más antes de dejarla terminar. Cada vez que me detenía, ella protestaba con palabras que no había usado al subir al auto, palabras que se le habían soltado con el whisky y con la rabia y con el deseo que llevaba acumulado quién sabe cuánto tiempo. Le besé el vientre, los muslos, las caderas. Le mordí suavemente la cara interna de los muslos. Cuando por fin la dejé terminar, le pasé la lengua sin parar hasta que se sacudió entera, gritando una palabrota que rebotó contra las paredes del cuarto.

Después la puse boca arriba. Me saqué la ropa que todavía me quedaba puesta, me acomodé encima de ella y la penetré con un movimiento largo, profundo, sin pausa. Camila clavó los ojos en el techo, abrió la boca y soltó un gemido que parecía de alivio.

—Ya está adentro, ya está —repitió varias veces—, ya lo tengo.

Empecé despacio, sintiéndola apretarme, midiendo su respiración. Después fui más rápido. Las caderas chocaban con un ruido húmedo, ella me clavaba los talones en la espalda, me pedía más con la voz cada vez más ronca. Yo le miraba la cara entera, las cejas apretadas, los labios entreabiertos, el rímel empezando a correrse por las lágrimas que se le escapaban sin querer.

—Voltéame —me pidió de repente.

La obedecí. Salí de ella un segundo, me acosté de espaldas y la dejé subirse encima. Camila se acomodó, se hundió hasta el fondo con una sola bajada y empezó a moverse. Le di dos nalgadas suaves para marcarle el ritmo. Ella entendió enseguida. Empezó a cabalgarme con una furia que no le había visto antes, los pechos saltándole con cada movimiento, las manos apoyadas en mi pecho para tener apoyo.

Otro orgasmo le partió el cuerpo en dos. Se quedó quieta unos segundos, mordiéndose los labios, temblando. Le di otra nalgada y ella volvió a moverse. Le di otra, y otra, y otra, hasta que vino un nuevo orgasmo, y otro, y ya era una mujer distinta a la que se había subido al auto. Gritaba. Decía cosas que no se podrían escribir. Me llamaba con palabras de otra mujer.

***

Cuando sentí que yo también estaba cerca, la miré a los ojos. Ella entendió enseguida.

—Dale, ven adentro —me dijo—. Adentro. Llénala. Hazlo bien, que sepa que pasó otro por aquí.

Empujé hasta el fondo y me dejé ir. Sentí la descarga larga, completa, vaciándome adentro de ella mientras Camila me apretaba con los músculos de la pelvis como queriendo retener cada gota. Se quedó quieta un instante, con los ojos cerrados, respirando hondo. Después abrió los ojos y me sonrió.

—Mira lo que vas a ver ahora.

Se bajó de mí con cuidado, sin que me saliera. Se acomodó, todavía empalada, y empezó a contraer los músculos internos como si me ordeñara. Me sentí vaciado por segunda vez, esta vez no por mi cuerpo sino por el suyo. Cuando finalmente se separó, se inclinó sobre mí, me tomó la verga en la mano y se la metió en la boca despacio, mirándome a los ojos. Me limpió entera con la lengua, sin asco, casi con devoción.

Yo no podía hablar. Solo le acariciaba el pelo y la miraba.

***

Después nos duchamos juntos. La ducha tenía paredes de vidrio, así que me quedé un rato afuera mirándola mientras se enjabonaba. Cuando salió, la envolví con un toallón grande y la abracé contra mí, sin secarla del todo. Ese abrazo, sin sexo, sin urgencia, fue lo que terminó de cambiar la cosa. Sentí que ya no era solo una venganza, ni siquiera solo una calentura de meses. Era algo más.

Volvimos a la cama todavía tibios. Esta vez le hice sexo oral con calma, sin trampas ni pausas, hasta que se vino con un gemido suave y largo. Después la tomé de espaldas, boca abajo, con ella aferrada al almohadón y yo agarrándole la cintura. Esa postura me dejaba entrar profundo, golpear a fondo, sentir la piel de su cola contra mi vientre. La cogí así hasta que terminé por segunda vez adentro de ella.

—Esto es tuyo, toma —le dije sin pensar—. Recíbelo, mi amor.

Lo dije y me di cuenta tarde. «Mi amor». La palabra había salido sin permiso. Camila giró la cabeza sobre la almohada y me clavó los ojos.

—¿Te escuchaste? —preguntó.

Asentí. No tenía sentido negarlo.

—Hmmm —murmuró, y la sonrisa que me dio fue diferente a todas las anteriores.

Se levantó de la cama despacio. Cuando apoyó los pies en el piso, sintió que el semen le empezaba a escurrir entre las piernas. Acercó la mano, recogió las gotas en la palma y se la llevó a la boca.

—Sabe a ti —dijo—. Y a mí. Mi amor.

***

Pasamos seis horas en ese cuarto. Pedimos otro café cuando ya estábamos vestidos. Ella se quedó callada un rato, jugando con la cucharita en la taza. Después habló.

—Lo de cruzarme hoy contigo no fue casualidad. Yo te vi salir del auto desde la ventana del living y bajé corriendo. Me peleé con el paraguas a propósito para llamarte la atención. Mauricio se había ido temprano a una reunión. Era el día.

—Lo sospechaba.

—Pero ahora te tengo que decir otra cosa. Lo del «mi amor» de hace un rato me movió el piso. No sé qué voy a hacer con esto. Pero no quiero que sea la última vez. ¿Quieres seguir?

La miré. Pensé en mi mujer dormida como una hermana, en Mauricio saliendo del hotel con la cuñada, en los meses de miradas cruzadas a las ocho de la mañana. Pensé en lo poco que me importaba lo demás.

—Quiero seguir —contesté.

Nos besamos despacio, con la lengua, sellando el pacto. Antes de salir, le pedí un bolígrafo a la recepcionista y le escribí en el vientre, cerca del pubis, dos palabras: «Eres mía». Camila se miró, sonrió y se bajó la blusa para taparlo.

—Voy a llegar a casa y voy a esperar que Mauricio me dé un beso justo encima de eso —dijo—. Sin que él sepa que está besando lo que es tuyo.

Salimos a la calle. Ya no llovía. La acompañé hasta dos cuadras antes de mi casa y nos despedimos sin tocarnos, por las dudas. Subió a un taxi. Yo me quedé un rato parado en la vereda mojada, sintiendo el olor a tierra húmeda y pensando que mañana, a las ocho, iba a sacar el auto del garaje y la iba a volver a ver pasar del brazo de Mauricio.

Y esta vez, cuando se nos cruzaran las miradas, los dos sabríamos.

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