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Relatos Ardientes

El extraño del bosque me consoló tras pelear con mi marido

Aquella mañana nos levantamos los dos torcidos. No recuerdo siquiera cómo empezó —una factura sin pagar, un comentario sobre mi madre, una taza fuera de sitio— pero a los diez minutos Tomás y yo estábamos a gritos en la cocina, escupiéndonos cosas que ninguno de los dos se atrevería a repetir delante de un extraño.

—Si tan poco me aguantas, ya sabes dónde está la puerta —me dijo.

Y yo, en lugar de morderme la lengua como llevaba haciendo tantos años, agarré la chaqueta del respaldo y me fui.

Cerré la puerta con tanta fuerza que tembló el marco. Bajé los tres pisos sin esperar el ascensor, con los ojos ardiendo y la garganta cerrada. Cuando salí a la calle ni siquiera sabía adónde iba. Caminé sin rumbo, primero por la avenida, después por una calle más estrecha, después por el sendero de tierra que rodea el pueblo y se mete entre los pinos.

El bosque me tragó como si me hubiera estado esperando.

Allí, entre los troncos, dejé de aguantarme. Lloré con esa rabia que no se llora delante de nadie, con la cara hinchada y los hombros temblándome. Caminé minutos o quizás horas, no lo sé. Solo recuerdo el olor a resina, mis zapatos llenándose de tierra y la sensación de que cada palabra que Tomás me había dicho esa mañana me pesaba en el pecho como una piedra.

No vi a Adrián hasta que lo tuve enfrente.

—Señora, ¿se encuentra usted bien? —su voz era grave y pausada, casi tímida.

Tenía un uniforme verde gastado y una mochila al hombro. Era alto, más alto que mi marido, con la barba descuidada de quien pasa los días lejos de los espejos. En el bolsillo del pecho llevaba un parche bordado: «Guardería Forestal».

Quise contestarle que estaba bien, que solo había salido a caminar, pero las palabras se me hicieron piedras y de la garganta solo me salió otra ráfaga de llanto. Él no dijo nada. Apoyó las manos en mis hombros, con cuidado, como si temiera asustarme, y me atrajo contra su pecho.

El uniforme olía a tabaco y a leña.

—Camine conmigo —dijo solamente.

Lo seguí sin pensar. No sé en qué momento decidí que ese hombre desconocido era un refugio. Tal vez fue cuando me pasó el brazo por la espalda y me apretó contra su costado para que no tropezara con las raíces. Tal vez antes, en el primer instante, cuando me habló con la voz baja de quien sabe que detrás de un llanto siempre hay algo roto.

Caminamos en silencio hasta una cabaña pequeña, escondida en un claro. Tejado de pizarra, ventanas estrechas, una chimenea de la que salía un hilo de humo. Empujó la puerta y me invitó a entrar.

—No tengo mucho. Le caliento un café.

Dentro había una mesa, dos sillas, una estufa de hierro y un catre arrimado a la pared. Las paredes, de madera oscura, estaban cubiertas de mapas y de fotos antiguas. Sin pensarlo, me senté en la cama —no había sitio más íntimo— y dejé caer la cabeza sobre la almohada. Volví a llorar, pero esta vez más despacio, con el llanto de quien se está vaciando.

Adrián me trajo una taza humeante. Se sentó a mi lado, en el borde del catre, y esperó a que diera el primer sorbo.

—¿Quiere hablar de ello?

—Mi marido y yo… —empecé, y me detuve—. No es nada nuevo. Pero hoy ha sido distinto.

—Aquí puede quedarse el tiempo que necesite.

Bebí el café a pequeños sorbos. Él me observaba sin prisa, con la paciencia de un hombre acostumbrado a esperar amaneceres y caza. Cuando le devolví la taza, la dejó sobre la estufa y volvió. Esta vez se sentó más cerca. Me pasó el brazo por los hombros y yo, sin pensar, apoyé la cabeza en su pecho.

¿Qué estoy haciendo?, me pregunté. Pero no me moví.

Sacó un pañuelo del bolsillo —era enorme, casi una sábana— y me secó los ojos con un cuidado que no esperaba. Sus dedos rozaron mis mejillas, después mis labios, después mi cuello. No fue un movimiento brusco. Fue un descenso lento, como si me estuviera dibujando.

—Túmbese —dijo—. Está agotada.

Obedecí. Me ayudó a subir las piernas a la colcha, me quitó los zapatos uno por uno y los dejó en el suelo con cuidado. Después se sentó a la altura de mis pies y comenzó a apretar mis tobillos con los pulgares.

—Tiene los pies fríos —murmuró.

Lo que vino después no sé cuándo dejó de ser un masaje. Sus manos subieron por mis pantorrillas, despacio. Cuando llegaron a las rodillas, las separó un poco más, lo justo para deslizarse hasta los muslos. Yo cerré los ojos. No para fingir que no me daba cuenta, sino porque me daba miedo abrirlos y descubrir que sí me daba cuenta.

—Si quiere que pare, dígamelo —su voz sonó muy cerca.

No dije nada.

Sus dedos llegaron al borde de mi ropa interior y se detuvieron. Esperó. Esperó tanto que tuve que levantar las caderas yo misma, en un gesto que me delataba más de lo que cualquier palabra hubiera podido. Entonces él entendió y deslizó la tela hacia un lado.

—Estás temblando —dijo, y ya me tuteaba.

—Sigue.

Fue la primera palabra que pronuncié desde que me tumbé.

***

Bajó la cabeza entre mis muslos sin ceremonia. La lengua llegó primero al pliegue húmedo y después al centro, y yo arqueé la espalda con un gemido que no reconocí como mío. Tomás nunca me había tocado así. Tomás siempre había tenido prisa, una agenda, una excusa, una mano que iba directa al objetivo sin preámbulos. Adrián, en cambio, me lamía como si llevara meses esperando ese momento y no tuviera ningún otro asunto pendiente sobre la tierra.

Una de sus manos subió a abrirme la blusa, botón a botón. Cuando liberó mis pechos, los acarició con la palma abierta, sin apretarlos, dejando que la piel se acostumbrara a otra mano. Después su boca abandonó mi sexo y subió a un pezón, y la otra mano ocupó el lugar de la lengua entre mis piernas. Dos dedos. Despacio. Hasta dentro.

—No quiero hacerte daño —dijo.

—No me lo haces.

Levantó la cabeza y me miró. Tenía los ojos oscuros y una sonrisa breve, sin presunción.

—¿Estás segura de que quieres seguir?

—Sí.

—Dilo otra vez.

—Sí.

Entonces se incorporó, se desabrochó el cinturón con una calma que me pareció imposible y se bajó el pantalón solo lo necesario. Lo miré sin querer y lo que vi no se parecía a nada de lo que había en mi casa. No era una cuestión de tamaño. Era una cuestión de cómo lo llevaba, de cómo se sostenía sobre mí, con un peso natural, sin disculparse.

Me agarró por las caderas, me subió la falda por encima del vientre y entró.

La primera embestida me cortó el aire. La segunda me hizo cerrar los puños sobre la sábana. A la tercera ya no estaba pensando, ya no había marido, ni discusión, ni casa, ni calle, ni siquiera bosque. Estaba aquel cuerpo encima del mío, marcando un ritmo lento al principio y firme después, y mi cuerpo respondiendo como si llevara años aprendiéndose la coreografía a escondidas.

—Mírame —me pidió.

Abrí los ojos. Su barba me arañaba el mentón cada vez que se inclinaba para besarme. Tenía los dientes blancos y el pelo pegado a la frente por el sudor. En algún punto me oí decir cosas que no había dicho nunca en voz alta —ni a Tomás, ni a nadie— y me oí también pedir más, pedirlo todo, pedirlo sin vergüenza.

Llegué al primer orgasmo con sus dedos clavados en mis caderas y la cara hundida en mi cuello. No fue un temblor educado. Fue una sacudida que me dobló la espalda y me hizo gritar contra su hombro, asustándome a mí misma. Y él no se detuvo. Siguió empujando, recogiendo el temblor como si supiera que después de un orgasmo el cuerpo está abierto para otro.

***

Cuando volvió la respiración, me di cuenta de que estaba desnuda del todo. No recordaba en qué momento había desaparecido la blusa, ni la falda, ni el sujetador. Adrián estaba a mi lado, apoyado en un codo, recorriéndome el cuerpo con la mirada como quien estudia un mapa que acaba de descubrir.

—Tu marido —dijo—, ¿te trata así alguna vez?

—Así no.

—¿Y por detrás? —preguntó, sin rodeos—. ¿Te lo ha hecho por detrás?

Negué con la cabeza.

—¿Quieres?

No me dio tiempo a contestar. Me giró sobre el catre, me dejó boca abajo y me colocó una almohada bajo las caderas. Sentí su mano resbalar entre mis nalgas con una lentitud deliberada, mojándose primero en mi sexo y después llevando esa humedad hacia atrás. Un dedo, después otro. Y cada vez yo notaba un escalofrío que no sabía si era miedo o curiosidad, o todo a la vez.

—Te va a doler un poco al principio —avisó—. Si quieres que pare, lo paro.

—No pares.

Lo hizo despacio. La primera punzada me hizo apretar los dientes y enterrar la cara en la almohada. Él se quedó quieto, esperando a que mi cuerpo se acostumbrara, susurrándome contra la nuca cosas que no recuerdo pero que me anclaron a la cama. Cuando empezó a moverse, lo hizo en milímetros, midiendo cada centímetro contra mi reacción.

El dolor duró menos que el orgullo de Tomás esa mañana. Después fue solo plenitud, una sensación nueva, ese vértigo de descubrir que el cuerpo tiene mapas que una nunca se había molestado en abrir. Levanté las caderas para recibirlo mejor, lo escuché soltar el aire entre los dientes y supe que a él también le había sorprendido lo bien que encajábamos.

Me corrí otra vez, casi sin avisar, con la mejilla pegada a la almohada y los dedos clavados en la sábana. Él se vació poco después, y cayó sobre mi espalda con la respiración entrecortada. No se separó enseguida. Se quedó allí, sosteniéndose con los antebrazos, besándome los hombros como si fuera lo último que iba a hacer en su vida.

***

Me ayudó a vestirme con la misma calma con la que me había desvestido. Pasó las medias por mis piernas como si fueran de cristal. Me abrochó el sujetador desde atrás sin tirar de los corchetes. Cuando me puso la blusa, me besó la nuca y dejó el beso allí unos segundos, como una firma.

—¿Cómo te llamas? —preguntó al final.

Le dije un nombre que no era el mío. No por desconfianza, sino porque sentí que necesitaba que aquella tarde existiera fuera de mi vida normal, en un compartimento al que no llegaran ni Tomás ni nadie más.

—Vivo aquí solo. Cualquier día que quieras pasear, ya sabes dónde está el camino.

No le prometí nada. Ni siquiera me atreví a decir «gracias», porque la palabra se me hacía pequeña. Me asomé a la puerta, miré el sendero vacío y salí al aire fresco con las piernas todavía temblando.

Al caminar noté un escozor leve, una huella física que me acompañó durante todo el regreso. No me molestó. Al revés: cada paso me lo recordaba y cada paso me hacía sonreír por dentro, con una sonrisa pequeña y secreta, la primera del día.

Cuando entré en casa, Tomás se levantó del sofá como si llevara horas esperando a que el ascensor sonara. Tenía los ojos rojos y la corbata desanudada. Me abrazó antes de que yo pudiera quitarme la chaqueta, y me dijo todo lo que se dice en estos casos: que lo sentía, que no había sido él, que no volvería a pasar.

—Yo también lo siento —contesté, y le dejé que me besara la frente.

Mientras me preparaba la cena que él mismo había empezado a cocinar como acto de contrición, me miré las manos. Todavía olían a resina. Me serví una copa de vino y, por debajo de la mesa, apreté las rodillas para sentir aquel escozor una vez más.

Bendita discusión, pensé.

Y le sonreí a mi marido con una dulzura que él no supo de dónde venía.

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Comentarios (4)

Leti_BA

increible, quede enganchada desde el primer parrafo. Sigue escribiendo!

Cata_Mdq

La tension que se siente al principio cuando sale dando el portazo... me atrapo totalmente. Muy buen relato

SandraRio

Esperando ansiosa la segunda parte, necesito saber si volvieron a verse!

DiegoPaz

buenisimo!!!

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