Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó con la novia de mi padre en aquel desvío

Salimos de la notaría con el contrato firmado y la sensación incómoda de haber pasado dos horas en una sala demasiado pequeña. Carla se quitó la chaqueta apenas montamos en el coche y la dejó doblada sobre el asiento de atrás. Su blusa azul clara se le ajustaba un poco más de lo que recordaba.

—Aún nos quedan casi doscientos kilómetros hasta la finca —dije, mirando el navegador.

—Pues vamos —contestó, y se ajustó el cinturón sin mirarme.

La pareja de mi padre tenía treinta y siete años, ocho menos que él y ocho más que yo. Vivían juntos desde hacía cuatro veranos. Mi mujer, Lucía, llevaba todo el fin de semana esperándome en la casa de campo con nuestros dos hijos y mi padre. Carla y yo nos habíamos quedado en la ciudad sólo para firmar unos papeles que requerían su presencia como apoderada. Dos días. Una habitación de hotel para cada uno. Hasta ahí, todo razonable.

Llevábamos cuarenta minutos en silencio cuando me pidió que parase para comer algo. Encontré una zona de descanso entre dos campos de cebada, fuera de la autovía, donde sólo había un cartel oxidado y una mesa de hormigón. Saqué la bolsa con los bocadillos que nos había preparado el conserje del hotel. Comimos sentados sobre el capó del coche, mirando un cielo cargado de nubes bajas.

Carla terminó el suyo y se sacudió las migas de la blusa. Algunas resbalaron hasta su falda corta, negra y entallada. El blanco de sus rodillas contrastaba con la tela como si alguien hubiese dibujado dos lunas sobre un fondo de tinta. Se levantó con un giro que era todo cadera.

—Dichosas migas —murmuró, repasándose la tela con la mano abierta—. Quiero llegar presentable.

—Estás bien, descuida —dije, y no sé si la voz me sonó tan plana como yo pretendía.

Se enderezó y me miró fijamente. Su pelo rubio platino, recogido en un broche flojo, le caía en mechones sueltos sobre la blusa.

—¿Tú crees?

Sonrió de una manera que ya le había visto otras veces, en las cenas de domingo, cuando se daba cuenta de que la miraba un instante de más. Abrió los brazos en cruz y giró sobre sí misma, pasándose las manos por las caderas. Volvió a clavarme los ojos y se rio.

—Necesito hacer pis. ¿Tú no?

—Yo aguanto —mentí.

Eché un vistazo. A la derecha de la mesa había una hilera de zarzas y matorrales altos. Desde la autovía nadie nos veía. Ni casas, ni una sola figura en kilómetros.

—Ve por allí —dije—. Yo te espero.

Ella se internó entre las plantas y yo me quedé de pie, con la espalda apoyada en el coche, intentando pensar en cualquier cosa que no fuera Carla bajándose la ropa interior detrás de un arbusto. La oí volver al cabo de unos minutos, con paso ligero.

—Qué gusto —dijo, secándose las manos en la falda—. ¿Y tú? ¿Seguro que no necesitas?

Sentí entonces la vejiga apretada. La tarde refrescaba.

—Ahora vuelvo.

Me alejé un buen trecho hasta una zanja seca, me bajé un poco la cremallera y empecé a orinar. Sólo escuchaba mi propio chorro, el rumor de la autovía lejana y, en algún momento, una rama crujiendo a mi espalda. No me giré. Pensé que era el viento.

Cuando terminé y me sacudí dos veces, una voz a un metro y medio dijo:

—También tenías ganas. Y estás bien, por el color. Eres un hombre entero.

Me volví de golpe. Carla estaba quieta entre las matas, mirándome con la naturalidad con la que se mira un mapa de carreteras. Me cubrí con la mano.

—Carla, perdona, yo…

—No pasa nada. Vine a buscar esto. —Señaló su blusa: en el segundo ojal faltaba un botón, y por el hueco se veía la curva interior de uno de sus pechos sin sujetador—. Se me ha caído antes, cuando salía del coche.

Bajé la mirada un instante, lo justo para confirmar lo que ya había visto, y cuando volví a sus ojos ella estaba más cerca.

—Aquí no hay nadie —dijo en voz baja.

No fue una invitación. Fue una constatación, como cuando alguien afirma que ha dejado de llover. Avanzó otro paso, me apartó la mano y me bajó del todo la cremallera. Metió la mano dentro del calzoncillo sin ceremonia, me sacó la polla al aire fresco de la tarde y la sopesó con la palma, como quien calibra una herramienta que piensa usar a fondo.

—Mira qué buena polla tienes escondida —murmuró, y se la llevó a la altura de la cara para mirármela de cerca—. Gorda, con las venas marcadas. Y todavía ni siquiera está del todo dura.

—¿Te sacudo bien para que no te mojes por dentro? —preguntó, con la voz a medio camino entre la burla y la calma.

Me agarró sin esperar respuesta y empezó a masturbarme con el puño cerrado, apretándome fuerte desde la base hasta el glande y volviendo a bajar. Sus dedos eran tibios y firmes. Bajé la cabeza y observé sus uñas pintadas de un rojo oscuro alrededor de mi verga, deslizándose con una pausa estudiada hacia abajo y, después, hacia arriba, arrastrándome el prepucio y descubriendo la cabeza cada vez más hinchada. Con el pulgar me recogió una gota de líquido preseminal que asomaba en la punta y se la llevó a la boca.

—Salada —dijo, y sonrió—. Ya estás soltando.

—No podemos —dije, aunque ni siquiera me molesté en moverme.

—¿No podemos qué? —Su mano izquierda subió, encontró mis testículos y los sopesó como quien decide el precio de algo, apretándome los huevos con una firmeza que me hizo doblar las rodillas—. Somos adultos. Nadie nos ve. A mí me apetece que me folles, y a ti se te está poniendo la polla como una piedra. No mientas.

Me soltó sólo el tiempo justo para abrirse la blusa hasta abajo, donde ya no había botones que importaran, y dejar el sujetador colgando del codo. Sus pechos quedaron al aire, grandes y blancos, con dos pezones del color de la madera clara, erguidos por el frío y por algo más.

—Tócalas —dijo—. No las trates con miedo. Y luego me las chupas. Las quiero rojas cuando vuelva al coche.

***

Llevaba meses imaginando aquello. Lo confieso aquí porque no se lo he confesado a nadie. En las comidas familiares la miraba reír con mi padre y me preguntaba si él la rozaba bajo la mesa como yo rozaba a Lucía en los años en los que aún la quería de aquel modo. Pensaba en sus caderas cuando se levantaba a recoger los platos. La había soñado dos veces, y en las dos me despertaba con las sábanas manchadas. Y ahora la tenía delante, en medio de un descampado, con las tetas al aire y mi verga entre sus dedos.

Le tomé los pechos con las dos manos. Los sentí pesados, vivos, la carne blanda desbordándose entre los dedos. Le pellizqué los pezones a la vez y ella arqueó la espalda, echándomelos aún más contra la boca. Me incliné y le pasé la lengua por uno, despacio, en círculos, dejando que se le calentara contra el paladar. Después lo atrapé entre los labios y tiré, chupándoselo entero, mientras al otro lo apretaba entre el índice y el pulgar y se lo retorcía un poco. Carla soltó un suspiro corto, casi de satisfacción confirmada, como quien recibe lo que llevaba tiempo apuntando.

—Así —murmuró—. Más fuerte. Muérdemelas. No tengas reparos conmigo. Conmigo nunca.

Mordí. Ella soltó un gemido y aceleró el movimiento del puño sobre mi polla, meneándomela ahora con la muñeca floja, rápida, arrancándome un chasquido húmedo cada vez que me rozaba el frenillo. Le cambié de pecho y le hice lo mismo al otro pezón, chupándoselo hasta dejárselo empapado de saliva. Cuando noté la primera punzada avisándome de que estaba a punto de correrme, ella apretó la base de la verga con dos dedos, cortándome la subida en seco.

—Todavía no —dijo—. Todavía no te corres. Quiero que dure un poco. Quiero que me la metas primero.

Aflojó. Mi cuerpo entero protestó, la polla me dio un latigazo y una vena me palpitaba a lo largo de todo el eje. Me retiré un momento para mirarla. Tenía el pelo revuelto, una hoja seca enredada en un mechón y los pezones húmedos y encendidos apuntándome. Estaba ridículamente hermosa, y eso la hacía aún más peligrosa.

Se agachó sin dejar de mirarme y me metió la polla en la boca de golpe, hasta la garganta. Sentí cómo se le arqueaba el paladar contra el glande, cómo la lengua me envolvía por debajo, mojándome entero. Sacó la cabeza despacio, dejándome un hilo de saliva colgando del labio, y volvió a tragársela hasta el fondo. Una, dos, tres veces. Me chupó los huevos uno a uno, se los metió en la boca y me los rodó con la lengua mientras me seguía meneando la verga contra la mejilla. La punta le dejaba un rastro brillante en la piel.

—La tienes gorda —dijo, mirándome desde abajo, con la boca todavía pegada al glande—. Va a caberme justa. Mejor.

Se puso de pie y se levantó la falda por encima de las caderas. Llevaba unas bragas negras de algodón que se bajó hasta los tobillos en un solo gesto. Se las quitó del todo, se las pasó por la nariz un instante como quien comprueba algo y me las metió a mí en el bolsillo del pantalón, empapadas. Después se dio la vuelta, apoyó las manos en el tronco de un árbol joven que crecía entre las matas y separó las piernas. Con la mano izquierda se abrió el coño delante de mí, mostrándome los labios rosados, brillantes de humedad, el clítoris hinchado asomando entre ellos.

—Ahora —dijo, sin volverse—. Métemela entera de una vez. Llevo demasiado tiempo pensando en esto. No me preguntes, no vayas despacio, méteme la polla hasta el fondo.

***

Le agarré las caderas con las dos manos, me pegué a su culo y me metí de una embestida. La carne me recibió cálida, dispuesta, apretándome de inmediato. Sentí cómo me tragaba centímetro a centímetro hasta que las bolas le chocaron contra el clítoris. Ella inclinó un poco más la espalda y soltó un sonido que era casi una palabra a medio formar, un «joder» ahogado contra la corteza del árbol. Le sujeté la cintura. La falda subida me dejaba ver el dibujo claro de sus nalgas, el surco del bronceado de aquel verano que aún resistía en septiembre, y en medio la línea oscura donde se le abría el culo.

No fui suave. Ella tampoco lo pedía. Le empujé contra las caderas con un ritmo que no estaba pensando, que sólo sucedía, sacándomela hasta la punta y volviéndosela a clavar de golpe. Cada embestida le sacaba un jadeo y le hacía temblar las nalgas contra mi vientre. El chapoteo de la humedad sonaba entre las matas más fuerte que nuestras respiraciones. Carla acompañaba cada envite echándose hacia atrás, empalándose ella sola en mi verga. La oí jadear, jurar entre dientes, llamarme por el nombre de pila por primera vez en cuatro años.

—Mateo —dijo—. Más. Más fuerte. Rómpeme.

Le tiré del pelo, se lo enrollé en el puño y le arqueé la cabeza hacia atrás. Le mordí el hombro por encima de la blusa abierta. Le pegué las tetas contra la corteza y ella se rio, un sonido bajo, gutural. Me humedecí el pulgar con la saliva de mi propia boca y se lo pasé por la línea del culo, tanteándole el ojo apretado. Ella se abrió un poco más de piernas. —Ahí también —jadeó—. Otro día. Ahora fóllame el coño. Fóllamelo bien.

Bajé la mano por su vientre hasta encontrarle el sexo. Estaba empapada, la carne caliente resbalándome bajo los dedos, y la palma de mi mano se acomodó allí mientras seguía moviéndome dentro de ella. Le busqué el clítoris con el corazón y se lo froté en círculos, apretando fuerte, siguiéndole el ritmo con el que ella se empujaba contra mi polla. Sentí cómo se contraía a mi alrededor y, casi enseguida, cómo se sacudió contra mi cuerpo en una serie de espasmos largos que me apretaron la verga por dentro como un puño mojado. Soltó un grito breve, contenido, mordiéndose el antebrazo apoyado en el árbol, como quien sabe que está al aire libre y todavía no ha perdido del todo la prudencia.

Aguanté hasta que sus contracciones aflojaron y entonces me dejé ir. Me la saqué a última hora, le sujeté una nalga con la mano izquierda, me meneé la polla dos veces con la derecha y me corrí sobre sus nalgas y la parte baja de la espalda en tres chorros largos, densos, casi dolorosos. El semen le resbalaba por la raja del culo, le colgaba de una nalga, le manchaba el borde levantado de la falda. Me apoyé en su espalda cuando terminé, con la frente entre sus omóplatos, oyendo cómo se le calmaba la respiración.

—Vaya cantidad —murmuró, y se removió, sintiéndose la piel mojada—. Menudo hombre.

***

Nos quedamos así un rato, sin hablar. Cuando salí, lo hice despacio, sintiendo cómo su coño me soltaba a regañadientes. Ella se enderezó, se pasó los dedos por las nalgas recogiéndose mi semen y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme, chupándose el índice y el corazón hasta dejárselos limpios. Se subió la falda, recogió la blusa. Yo me limpié con un pañuelo de papel arrugado que tenía en el bolsillo, el mismo bolsillo donde me había metido las bragas empapadas. Ninguno se miraba todavía a la cara.

Fue ella la que rompió el silencio. Se agachó y me tomó otra vez por encima del pantalón.

—¿Te queda algo? —preguntó—. Quiero asegurarme. No quiero que llegues a casa con nada dentro.

Me la sacó de nuevo, ya blanda y pringosa de nosotros dos, y se la metió en la boca con una calma que no tenía nada que ver con la prisa de unos minutos antes. Se la limpió entera con la lengua, chupándome los restos, pasándose la punta por debajo del glande, deteniéndose en el frenillo. La sentí endurecerse poco a poco contra su lengua, latir de nuevo. Empezó a mamarla en serio, con la mano en la base y la boca deslizándose arriba y abajo, mojándome hasta los huevos con sus salivazos. Cuando notaba que me relajaba, se la tragaba entera y me metía la nariz contra el pubis. Cuando notaba que iba a acabar, aflojaba y sólo me lamía la punta con la lengua plana.

No la solté con las manos, le sostuve la cabeza sólo lo justo, le aparté un mechón de la frente. La miré chuparme la polla arrodillada entre las matas y pensé que ya no había vuelta atrás. Tardé más de lo que esperaba. Cuando por fin sentí subir la segunda corrida, se la avisé apretándole la nuca. Ella respondió acelerando, hundiéndomela hasta el fondo de la garganta, apretándome los huevos con la otra mano. Me corrí dentro de su boca en dos chorros más cortos que los primeros, pero espesos. Se lo tragó entero, sin retirarse, y me chupó la punta hasta la última gota, como quien limpia una cuchara.

Se incorporó, se pasó el dorso de la mano por los labios y me dedicó una sonrisa que era nueva. Más tranquila, más completa.

—Listo —dijo—. Ahora sí podemos seguir.

***

Volvimos al coche en silencio. Yo tenía la sensación de que cualquier cosa que dijera iba a sonar fuera de lugar. Ella, en cambio, parecía haber recuperado del todo el control de la situación. Se ajustó el cinturón, sacó un espejito del bolso y se repasó el pintalabios.

—Tenemos que pensar bien cómo seguimos —dijo, sin mirarme—. Pero no te preocupes. Esa parte la tengo casi resuelta.

—¿Casi?

—Tu padre se va dos semanas a Bruselas en noviembre —contestó, como quien recita una agenda—. Lucía no suele bajar a vernos entre semana. Tú trabajas cerca de mi casa. Aprenderemos.

Arranqué. El motor sonaba demasiado fuerte para mi cabeza, que aún iba a mil. Salí marcha atrás hasta la autovía. Aquellos kilómetros que quedaban se habían convertido en otra cosa: ya no eran un trayecto, eran un pacto.

Pasados unos minutos abrió la guantera, rebuscó un instante y sacó algo entre los dedos. Lo levantó a la altura de mis ojos. Era un botón pequeño, negro, brillante, con cuatro agujeros y un hilo todavía colgando.

—Mira —dijo, con esa misma sonrisa—. No lo había perdido.

Lo dejó otra vez en la guantera y me puso la mano sobre el muslo, justo por encima de la rodilla. La fue subiendo despacio, milímetro a milímetro, hasta encontrarme otra vez la polla adormilada por encima del pantalón. La dejó ahí, apretándomela con la palma, mientras los campos de cebada pasaban por la ventanilla como un telón demasiado largo.

Aquella noche, en la finca, cené frente a mi padre, frente a Lucía, frente a los niños, y la miré una sola vez. Ella estaba sirviéndose vino con la mano izquierda. La derecha, supongo, se la había guardado para mí.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

Lucho_BA

Que relato, quede sin palabras. Mas de estos por favor!!!

Naty_27

Por favor que haya segunda parte, justo cuando se ponia interesante termino jajaja

DiegoNocturno

El titulo ya me engancho desde el principio. Muy bien narrado, se siente autentico y no forzado.

MarianoVP

Esto paso de verdad? porque si es asi, vaya situacion que viviste. Muy bien contado.

SabrinaT_lect

Tiene esa tension que te atrapa desde la primera linea. Seguí escribiendo, de verdad!

Verano006

jajaja el titulo ya lo dice todo. Sabes armar expectativa, chapeau

LectorDeNoche

La categoria Confesiones tiene mucho material pero pocos con esta calidad. Se nota que esta bien pensado y bien escrito. Espero que publiques mas pronto.

PabloMdQ

tremendo, esa tension del comienzo te engancha solo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.