Mi padre volvió tras descubrir nuestra traición
Nunca creyó que aquel verano pudiera terminar de un modo tan rematadamente miserable. Y todo por culpa del «cabrón con sonrisa de niño bueno» y de su «rubia de plástico». Tampoco había planeado convertirse en un mendigo de su propio salón, mirando el techo a las tres de la tarde como si las grietas pudieran responderle a algo.
«El muy hijo de puta tonteó con Valeria a mis espaldas. Y lo peor de todo es que lo hizo con la ayuda de su novia. Esa zorra estuvo coqueteándome toda la noche solo para despistarme».
Lucas se mordió el carrillo por dentro hasta sacarse sangre. Era la décima vez que repetía el mismo monólogo aquella tarde, palabra por palabra. La cabeza no le daba tregua.
Habían sido tres semanas de teclear sin respuesta. Tres semanas de imaginar a Valeria con las piernas abiertas para aquel cabrón en cualquier punto del mapa que él no pudiera adivinar, la polla de otro entrando y saliendo del coño que él consideraba suyo. Se levantaba a las once, se duchaba, fingía desayunar y volvía al sofá. Cada día idéntico al anterior.
No era el único al que le habían destrozado la vida en cuestión de semanas. Su mejor amigo, el Pelado, llevaba diez días ingresado con la pelvis rota junto al resto de la pandilla. La paliza que recibieron aquella madrugada en la salida del local todavía no la había digerido nadie, y menos él.
Elena tampoco se libraba. La boda de su hermana se había cancelado para siempre, y desde aquel día no paraba de llamar por teléfono a cualquiera que se le ocurriese, incluida una prima lejana que nunca respondía. Las lágrimas habían vuelto a aparecer después de casi un mes sin ellas. Estaba más delgada, más callada, y su paso por la casa era un peregrinaje constante de tristeza.
Precisamente esa tarde regresaba de un viaje a la otra punta del país. Volvió peor de como se había marchado, que ya era decir. No contó adónde había ido ni a quién había buscado allí. Solo se sentó en el sofá con la mirada perdida y dejó pasar las horas, una tras otra, sin levantarse siquiera para comer.
Lucas había intentado consolarla durante aquellas semanas, aunque apenas conseguía consolarse a sí mismo. Lo de Valeria lo había anulado por completo. Ni su madre biológica ni el círculo cercano de la chica querían decirle dónde estaba. O no lo sabían, o se cuidaban mucho de soltarlo.
«Valeria, coge el puto teléfono de una vez, joder».
Pero era inútil. Lo había bloqueado en todas partes. Lanzó el móvil sobre los cojines y se sentó al lado de Elena. Sin decir nada, sin hacer nada, ofreciendo la misma compañía silenciosa que ella le había regalado a él durante los peores días. Las rodillas se rozaban. Ninguno de los dos lo movía.
De pronto, la puerta de entrada se abrió y a través de ella apareció la figura de un hombre alto, ancho de hombros, de gesto sombrío.
Era Adrián.
Cargaba una barba de tres semanas y el pelo más largo de lo que solía llevarlo. Los ojos, hundidos, no mostraban ni una sola gota de la rabia que Lucas había esperado encontrarse al verlo de frente.
El asombro fue mayúsculo. Lucas, con el estómago encogido como un puño, se puso de pie y se quedó rígido junto al sofá. A Elena le flaquearon las piernas. Se llevó las manos a la cara intentando contener un llanto que ya brotaba sin permiso. Se le escapó algo parecido a un gemido cuando distinguió la maleta que su marido sujetaba con la mano izquierda.
Adrián avanzó hasta el centro del salón sin prisa, observándolos sin hacer amago de hablar. Los dos lo miraban atentos, a la expectativa de cualquier palabra que pudiera salir de su boca.
—Te dije que necesitaba tiempo —explicó él por fin.
Elena, a la que la voz no le llegaba al cuello, señaló la maleta con la mirada.
—¿Y… qué has decidido? ¿Vas a separarte de mí?
Apretó las mandíbulas y miró a su hijo durante más tiempo de la cuenta antes de contestar.
—No —dijo, pausadamente.
A Elena la venció la agonía. Rompió a llorar otra vez, pero ahora de un alivio que no podía disimular. Lucas expulsó el aire que llevaba aguantando desde el primer instante.
—No sería justo —añadió Adrián.
Los dos lo miraron sin entender. Depositó la maleta en el suelo y se sentó junto a su mujer. Sus movimientos eran lentos, medidos, como si ensayara cada gesto antes de hacerlo.
—Vuestra perversión… —empezó— no corrige la mía.
Hizo una pausa larga, eligiendo con cuidado las palabras siguientes.
—Vosotros me habéis follado a mis espaldas. Me habéis traicionado bajo mi propio techo. Sé perfectamente cómo pasó. Sé que mi hijo te metió la polla hasta el fondo mientras yo estaba fuera, que le mamaste la verga a mi crío en la misma cocina donde desayunamos, que te corriste encima de él tantas veces como te dio la gana. Pero la realidad es que yo hubiera hecho lo mismo de haber estado en vuestro lugar. —Otra pausa medida—. Sin haberos sido infiel, soy tan deshonesto como vosotros.
Elena y Lucas se miraron de soslayo sin llegar a comprender hacia dónde iba aquello.
—Nunca he dejado de pajearme pensando en Valeria, tu novia —dijo señalando a Lucas con el mentón—. Cada vez que la veía por casa, con esos shorts pegados al culo, con las tetas apretadas dentro de la camiseta, yo me encerraba en el baño y me la cascaba hasta correrme como un cerdo, mordiéndome el puño para que no me oyerais. Cuando follo contigo —se giró hacia Elena— hay momentos en los que aprieto los ojos y pienso que eres ella. Que la que tengo debajo, abierta de piernas y con mi verga metida hasta los cojones, tiene su cara, su pelo, su olor a piel joven.
Esta vez, la mirada que intercambiaron padre e hijo fue menos disimulada.
—En el barco, durante el viaje, solo pensaba en ella cada vez que me la meneaba. Cada noche, en el camarote, con la mano en la polla y su imagen metida en la cabeza. Me la imaginaba de rodillas, con mi rabo entre esos labios finos, ahogándose con él. Me la imaginaba a cuatro patas mientras se lo clavaba por el coño y por el culo. No me podía dormir sin correrme antes en la palma pensando en ella. Sin pasar por ese ritual.
La situación se había vuelto tan extraña que ninguno de los dos sabía dónde meterse. Adrián continuó sin levantar la voz, como si recitara una lista de la compra.
Lucas notó que la garganta se le secaba. Quiso decir algo, defenderse de algún modo, pero no le salió nada. Miró a su madrastra de reojo: ella tenía los ojos clavados en las manos de Adrián, como si en ellas estuviera la clave de todo lo que vendría después.
—Si hubiera tenido la ocasión… le habría abierto las piernas y me la habría follado sin dudarlo, hasta dejarle el coño hinchado y chorreando de mi semen. A tu novia. A tu nuera —dijo dirigiéndose a los dos a la vez—. En nuestra cama. La misma en la que vosotros os revolcasteis como dos perros en celo.
Bajó la cabeza y se quedó mirándose las manos durante unos segundos eternos.
—Además, por mucho que me hayas hecho un cornudo… —tomó aire y suspiró— no puedo evitar seguir queriéndote igual que el primer día que te conocí.
Le pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja con una ternura que descolocaba después de lo que acababa de confesar.
—Pase lo que pase, siempre serás la mujer de mi vida.
Elena no supo cómo absorber aquello. La frase llevaba puesto un veneno dulce, una mezcla de promesa eterna y advertencia que ella todavía no sabía descifrar.
A Elena se le desbordaron las lágrimas. Quiso hablar y le salió un hilo de voz que se quebró antes de formar una palabra entera. Tuvo que tragar saliva, respirar hondo y volver a intentarlo.
—Y tú, mi hombre y mi luz —el llanto le cortó la frase. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. Yo… lo siento, mi amor. Lo siento de verdad, tanto que no sé cómo decírtelo. No quería que acabara así. Habíamos bebido aquella noche, y cuando quise darme cuenta ya tenía la mano de tu hijo dentro de las bragas, y luego su boca en mis tetas, y luego su polla dura clavándose contra mi vientre, y se nos fue de las manos. Después ya no supe cómo parar. Cada vez que me la metía yo me corría como una zorra debajo de él y le pedía más. Te juro que no era mi deseo. Fue el alcohol, fue la calentura, fue todo menos yo.
—Ya está hecho —cortó él—. Toca aceptarlo tal y como vino. Ya te he dicho que tampoco soy un santo. Los actos de cada uno no convierten a nadie en mala o buena persona. Solo revelan su verdadera naturaleza. Los míos estaban por descubrir, y este viaje me los ha puesto delante de las narices.
Recuperó el aplomo. Endureció la voz lo justo para que se notara la diferencia.
—Solo necesitaba tiempo para hacerme a la idea y digerirlo. Encontraremos la manera de superarlo.
Elena abrazó a su marido y dejó que el llanto fluyera contra su cuello. Adrián cerró los ojos. La rodeó con un brazo, mientras con el otro le acariciaba el pelo en círculos lentos. La mano de él bajó despacio por la espalda, por la curva de la cintura, y se posó abierta sobre una nalga, apretándola por encima del pantalón. Elena soltó un jadeo mínimo contra su piel. Notó cómo entre las piernas se le encendía un calor viejo, ese que solo Adrián sabía prender, y cómo la humedad empezaba a mojarle las bragas sin permiso, en el peor momento posible, con Lucas de pie a dos metros mirándolo todo.
—La encontraremos —repitió ella, aferrada—. Lo superaremos juntos.
Adrián tocó su frente con la suya y habló en voz amable, casi un susurro.
—Ve a cambiarte. Arréglate. Ponte esa ropa interior negra que sabes que me pone burro. Llevo demasiado tiempo lejos de ti y quiero salir a cenar al mismo sitio donde te conocí. Y luego quiero volver a casa y follarte hasta que te olvides de tu nombre.
Elena volvió a abrazarlo y a besarlo con una fuerza que se había guardado durante semanas. Le mordió el labio, le metió la lengua hasta el fondo de la boca, le agarró la entrepierna por encima del pantalón y notó cómo la polla de su marido ya empezaba a hincharse debajo de su palma. Con la pasión y el amor que no había perdido nunca. Después desapareció escaleras arriba. Adrián la siguió con la mirada mientras se alejaba, clavándole los ojos en el culo. El sonido de sus pasos atravesando la casa fue disminuyendo hasta perderse en la planta superior.
El salón se quedó en silencio.
—Papá… —dijo Lucas con una vocecita que apenas se sostenía—, quería pedirte perdón. No solo por lo que pasó, sino… por lo que dije aquella noche… todas esas cosas que solté sin pensar… no las pensaba de verdad. En aquel momento estaba ciego, era un crío, no medí…
—Corta el rollo, niño cabrón —siseó Adrián girándose hacia él.
El padre se acercó hasta tenerlo cara a cara, tan cerca que casi podía masticar su aliento. De aquel semblante calmado de hacía un minuto no quedaba ni rastro. Las mandíbulas volvían a estar tensas como cuerdas de violín y sus ojos, dos pozos inyectados en odio puro, no parpadeaban.
Lucas no pudo moverse. Sintió cómo se le bajaba la sangre de la cara y un escalofrío le recorría la columna hasta los talones.
—Quiero follarme a tu novia. Quiero abrirle el coño con mi polla y dejársela chorreando de mi corrida. Quiero que grite mi nombre mientras se la meto por el culo. Y tú vas a mirar.