Le fui infiel con el electricista de mi suegra
Si vas a leer esto, hazlo despacio. No es una de las historias que cuento con mis amigas cuando bajamos el tono de voz a la altura del segundo trago. Es la otra. La que me vuelve a la cabeza cada vez que mi novio me trae un anillo nuevo o una pulsera que no le pedí.
Me llamo Camila. Veintisiete años, modelo desde los diecinueve, dos carreras a medio terminar y un cuerpo que mucha gente cree que es operado. No lo es. Lo que sí está operado es el orgullo de Lautaro, mi novio, que a los treinta y dos sigue creyendo que el mundo es una propina larga.
La primera vez que me llevó a la casa de su madre, supe que algo se me iba a romper. No me preguntes cómo. Una lo siente apenas baja del auto. Bajamos del Mazda rojo que ella le había regalado por su cumpleaños y entramos a una mansión con piscina, escalera caracol y un perro inmenso que se llamaba Atlas. Beatriz, mi suegra, salió a recibirnos con una sonrisa que valía menos que el collar que llevaba puesto.
—Así que esta es la modelito —dijo, midiéndome de arriba abajo.
—Mucho gusto, señora.
—Llámame Beatriz, cariño. Las modelitos llaman a las suegras por el nombre.
Encantador.
Lautaro no escuchó nada de eso. Estaba ocupado palmeando a Atlas como si fuera un trofeo más de la casa. El perro era un dogo enorme, con la cara llena de arrugas y unos ojos tristes que no le pegaban al tamaño. Me olfateó la mano, me dio dos vueltas alrededor de las piernas y se quedó pegado a mí el resto de la tarde, como si hubiera adoptado un trabajo nuevo.
***
Al electricista lo conocí esa misma semana, en mi segunda visita.
Llegó a media mañana en una camioneta vieja, con el motor a punto de morirse en el portón. Bajó con un overol abierto hasta el ombligo y una camiseta gris pegada a una panza redonda. Bigote grueso, manos sucias, cincuenta y tantos. Olía a sol y a aceite de motor desde el otro lado del jardín. Beatriz lo recibió como si fuera el plomero de un edificio público.
—Por fin, Ramiro. Llevo dos semanas esperándolo.
—Disculpe, señora, es que el…
—No me interesa. Arregle el cableado del jardín y váyase rápido. Tengo invitados.
Lautaro, desde la tumbona, soltó la risita de siempre.
—¡Eh, Bigotín! ¿Trajiste tus monedas?
Se atacó de risa él solo. Los amigos no estaban todavía, así que nadie le hizo el coro. Ramiro hizo como que no lo había escuchado. Recogió la caja de herramientas y se metió por el costado del jardín. Pero por una décima de segundo me miró. Lo justo para saber que él sabía que yo lo había visto reír de la broma.
Esa noche, en mi cama, sola, no pude dormirme. Tampoco pensaba en él todavía. Pensaba en la cara de niño cruel que ponía Lautaro cuando lo llamaba Bigotín. En lo fácil que sería bajárselo. En lo cómodo que estaba mi novio, a los treinta y dos, sintiéndose mejor que un hombre que cargaba una caja de herramientas en pleno calor de febrero.
***
La tercera visita fue en la piscina.
Beatriz se había ido a un té con amigas. Sofía, la hermana adolescente, llevaba toda la tarde encerrada en su cuarto con los audífonos puestos. Lautaro estaba en el agua con dos compañeros del colegio, jugando con una pelota de plástico y gritando como si tuvieran quince años. Yo tomaba sol con un bikini blanco que ya conocían, hojeando una revista que no leía.
Ramiro apareció por el costado a las tres en punto. Venía a revisar el motor del calefón. Pasó cerca de la tumbona y bajó la vista lo suficiente como para no parecer grosero, pero no lo suficiente como para no ver lo que quería ver.
—Buenas, señorita.
—Buenas.
—Permiso, voy al cuarto de máquinas.
Le di permiso con un gesto y giré la cabeza. Sentí la mirada bajándome por la espalda hasta el inicio del bikini y supe —supe— que la había levantado el momento exacto antes de que yo me girara otra vez. No me molestó. Me alegró. Lautaro hacía tres meses que no me miraba así.
—¡Bigotín, no te quedes mirando a mi princesa! —gritó él desde el agua, y la carcajada se le partió en hipos—. ¡Chicos, miren a este viejo, no puede ni con su bigote!
Los amigos rieron. Atlas, echado a mis pies, levantó la cabeza pero no se movió. Ramiro siguió de largo sin decir nada y se metió al cuarto de máquinas. Y yo, sin pensarlo, me levanté de la tumbona, me acerqué al borde de la pileta, agarré el flotador con la mano izquierda y le pegué un cachetazo de agua a mi novio en la cara.
—No seas tan imbécil, Lautaro.
Él se rió como si fuera un juego. Pero a mí me había pasado algo por la cabeza que no pude detener: la idea de que el viejo del overol no se lo merecía. Y la idea, más oscura, de que yo sí me merecía hacérselo pagar a Lautaro de alguna manera que no se iba a imaginar.
***
Lo que pasó después fue rápido. Lo pienso ahora y todavía no sé si fui yo o si fue ella, esa otra Camila que se despertó esa tarde dentro de mí.
Lautaro y sus amigos se fueron al gimnasio del centro a las cinco. Sofía seguía encerrada, sin idea. Beatriz seguía con el té y no volvería hasta las ocho. La casa quedó en silencio salvo por el zumbido del cuarto de máquinas, que se prendía y se apagaba solo, como un corazón viejo.
Subí al cuarto de Lautaro a cambiarme. Me puse un vestido rojo, corto, con un escote profundo. Sin sostén. Sin medias. Tacones bajos. Me solté el pelo y me miré al espejo de cuerpo entero. Me veía como me veía siempre y no me veía como me había visto nunca.
Bajé despacio. Atlas levantó la cabeza desde la alfombra del pasillo, me olfateó como si me pidiera permiso, y me siguió hasta el living. Me dejé caer en el sillón blanco y crucé las piernas. Esperé.
Ramiro salió del cuarto de máquinas a las seis menos diez. Lo escuché pasar por el jardín y golpear la puerta del costado, esa que daba a la cocina. Iba a despedirse, como hacía siempre, antes de pedir su plata por el día.
—¿Hola? —dijo desde la cocina.
—En el living, Ramiro.
Llegó secándose las manos con un trapo. Cuando me vio en el sillón, se quedó parado en el marco de la puerta. El trapo le quedó colgando entre los dedos.
—La señora salió —le dije—. Sus chicos también.
—Vine a despedirme.
—Cierre la puerta.
No se lo dije con voz de orden. Se lo dije con voz de pregunta. Él levantó la vista del piso y por primera vez me miró de frente, sin disimular. La cerró.
—Lo que dijo Lautaro hoy —empecé.
—No importa, señorita. Estoy acostumbrado.
—No debería estar acostumbrado.
Me levanté del sillón. Atlas, desde el costado, me siguió con los ojos y no se movió. Caminé hasta Ramiro sin apurarme y me paré a un palmo de él. Olía a sudor y a aceite de motor y a algo más antiguo, algo de hombre cansado. No me daba asco. Me daba algo que no sabría nombrar todavía.
—¿Cuántas veces le pidió disculpas mi novio?
—Ninguna.
—Yo se las voy a pedir por él.
Le agarré la mano izquierda, la que sostenía el trapo, y me la llevé a la cintura. No la apretó. Tampoco la quitó.
—Señorita…
—Camila.
—Camila, esto no…
—Sí. Sí es.
Le tomé la otra mano y me la subí por la espalda hasta la cremallera del vestido. Le hice bajarla yo, conduciéndolo, dedo por dedo. El vestido se aflojó en los hombros y resbaló hasta la cintura. Me quedé con los pechos al aire delante de él, mirándolo. Ramiro tragó saliva como si no tuviera permiso para hacerlo.
—Lautaro vuelve a las ocho —le dije—. Tenemos una hora y media.
—Camila, yo soy un hombre grande, no…
—Por eso.
***
Hay cosas que se cuentan y cosas que no.
Lo que sí te puedo contar es que me llevó al sillón blanco. Que me tumbó boca arriba con una delicadeza que no esperaba. Que el overol cayó al piso con el ruido pesado de las herramientas en los bolsillos. Que su panza, cuando se acomodó encima de mí, no me molestó como había imaginado que me iba a molestar. Al contrario: pesaba a hombre, y pesaba a verdad, y era todo lo que el cuerpo de Lautaro no había sido nunca.
Cuando me besó el cuello, lo hizo despacio, como si estuviera revisando una pieza que no podía romper. Cuando me bajó la tanga, lo hizo con las manos sucias y yo sentí cada huella de grasa quedándoseme en la piel del muslo, y no me importó. Cuando me abrió las piernas y se metió en mí, no fue brutal. Fue minucioso. Como si llevara veinte años esperando hacerlo bien.
Le pedí que me hablara. No supe por qué.
—Decime que soy una nena malcriada.
—Eres una nena malcriada.
—Otra vez.
—Eres una nena rica, malcriada y caliente. Y tu novio es un imbécil.
Me corrí escuchándolo decir eso. Antes que él. Me corrí mordiéndole el hombro a un electricista que esa misma mañana mi novio había llamado Bigotín, y le pedí que terminara dentro y terminó dentro y se quedó arriba mío un rato largo sin decirme nada más, con la cara hundida en mi cuello, respirando como si recién hubiera salido a la superficie.
Atlas, desde el costado de la sala, no había ladrado ni una vez.
***
Ramiro se vistió en silencio. Se acomodó el overol, recogió el trapo del piso, me miró desde el marco de la puerta una última vez.
—Mañana vengo a terminar el cableado del fondo, señorita.
—Camila.
—Camila.
Se fue. La puerta se cerró sola. Yo me quedé en el sillón blanco, desnuda de la cintura para abajo, con el vestido rojo arrugado en la cintura, mirando el techo. Pensé en Lautaro volviendo del gimnasio a las ocho, en Beatriz volviendo del té, en la cena que íbamos a tener todos juntos y en cómo iba a sonreír yo.
No pensé en arrepentirme. Pensé en mañana.
Cuando me acomodé la cremallera del vestido y bajé al patio a tomar aire, Atlas me siguió como siempre. Me senté en el banco de piedra y le acaricié la cabeza. Levantó los ojos tristes hacia mí y los volvió a bajar. Si los perros entienden algo, ese día entendió que yo había cambiado el lado de la cancha.
Cuando volvieron todos, sonreí en cada foto. Comí en silencio. Me reí de los chistes de Lautaro y le devolví el beso en la mejilla a Beatriz. Y cuando esa noche mi novio me agarró en su cama y se subió encima como hacía siempre, cerré los ojos y volví al sillón blanco y a las manos sucias de Ramiro y a la voz que me había dicho que mi novio era un imbécil.
No fue la primera vez que le fui infiel a Lautaro. Fue la primera vez que aprendí a sonreír mientras pensaba en otro hombre. Esa, la verdad, es la peor de las infidelidades. Las demás vienen solas.