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Relatos Ardientes

El compañero de mi esposo me siguió al baño del bar

El pub estaba en la zona alta de Valencia, uno de esos locales con luces ámbar y sillones de cuero gastado donde la música suena lo bastante alta para crear ambiente, pero no tanto como para tener que gritar. Mi marido Rubén y yo habíamos quedado allí con Lourdes y Patricio, una pareja de amigos de toda la vida, para celebrar un viernes cualquiera de enero. A los cuarenta y tantos años ya no nos atraen las discotecas con luces estroboscópicas; preferimos sentarnos a una mesa, pedir gin-tonics caros y reírnos hasta tarde.

Llevábamos como una hora hablando de bobadas cuando se acercó un chico joven acompañado de una chica preciosa. Tendría veinticinco años como mucho, con esa pinta de no haber dormido nunca mal en su vida. Rubén se levantó de golpe y le abrazó con palmadas en la espalda. Era Adrián, un compañero de la oficina, de los que entraron hace poco. La chica era su novia, Bea, que sonrió con esa cortesía algo tirante de los emparejamientos recientes.

Durante las presentaciones noté algo que me hizo girar la copa entre los dedos. Adrián no miraba a mis ojos. Miraba mi escote. Llevaba una blusa negra de seda con un escote en V que descubría buena parte del nacimiento de mis pechos —que, todo sea dicho, siguen siendo generosos pese a los años— y los ojos del chaval se quedaron clavados ahí con un descaro que sólo permite la juventud y dos cervezas previas.

Sentí dos cosas a la vez, opuestas. Por un lado, un calor de incomodidad por que su novia estuviera al lado y por que mi marido pudiera notarlo. Por el otro, una vanidad ridícula y dulce, esa que te recuerda que el cuerpo todavía sirve para algo más que enfundarlo en chaquetas elegantes. Todavía levanto miradas, pensé, y enseguida me regañé a mí misma.

La pareja se despidió pronto y desaparecieron entre el gentío. Rubén y Patricio se acercaron a la barra a por otra ronda. Lourdes me miró de reojo, sonrió con esa malicia que sólo gastamos las amigas de veinte años, y me susurró:

—Te ha hecho un escáner el angelito ese. Si querías el cuello de la blusa, te lo dejaba todo babeado.

—Calla, idiota —reí, golpeándole el brazo—. Ni se te ocurra decir nada delante de Rubén.

—Mujer, no es para enfadarse. Más bien al revés.

Nos estuvimos riendo un buen rato. Los chicos volvieron con las copas. La conversación derivó hacia los hijos, las vacaciones de Semana Santa, las cosas inocentes que se hablan en una mesa entre cuatro. Pero yo sentía un cosquilleo que no se quería ir, una conciencia rara del propio cuerpo, como si tuviera la piel ligeramente más despierta que antes.

Al cabo de otra hora y otro gin-tonic me entraron unas ganas terribles de orinar. Apagué el cigarrillo en el cenicero, anuncié que iba al baño y me levanté. Los lavabos estaban en la otra punta del local. Tuve que abrirme paso entre cuerpos sudados, entre risas y codos y vasos en el aire, sintiendo la presión de la vejiga cada vez más urgente.

Cuando llegué al pasillo del fondo me topé con la realidad de cualquier viernes en cualquier bar: la cola del baño de chicas serpenteaba contra la pared, quince o veinte mujeres mínimo, algunas ya bailando en el sitio para aguantar. Solté un suspiro derrotado y me apoyé en la pared.

—Vaya cara de drama traes.

Era Adrián. Acababa de salir del baño de hombres, secándose las manos en los vaqueros. Sus ojos —no podía ser de otra manera— volvieron a aterrizar dos segundos en mi pecho antes de subir a mi cara. Esta vez me sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.

—Si te digo la verdad, estoy a punto de explotar —murmuré, intentando reír sin moverme demasiado.

Él se rascó la nuca con una sonrisa torcida. Echó un vistazo a la puerta del baño de caballeros.

—Mira, está vacío —dijo bajando la voz—. Si quieres, yo te vigilo la puerta y entras tú. En tres minutos has terminado y aquí no se entera nadie.

La propuesta tenía algo de absurda y algo de tentadora. Lo lógico habría sido reír y decir que ni hablar. Pero mi vejiga ya no tenía sentido del humor. Eché un vistazo a la cola de chicas, que no había avanzado ni un milímetro, y otro a su cara. Tenía dos hoyuelos a los lados de la sonrisa que no le había visto antes.

—Está bien. Pero rápido.

Adrián miró a izquierda y derecha como si estuviéramos en una película de espías de bajo presupuesto. En cuanto el pasillo quedó despejado me hizo un gesto rápido con la cabeza y me colé en el baño de hombres. Olía a desinfectante con un fondo amargo de cerveza derramada. Tres urinarios en hilera, dos lavabos enfrente, y al fondo dos cubículos con puerta. Adrián se quedó en el umbral, asomado a la puerta general, vigilando.

Entré en el cubículo del fondo, eché el cerrojo, me bajé los vaqueros y las bragas y me senté de golpe en la taza. La sensación de alivio fue casi pornográfica, un suspiro larguísimo del cuerpo agradeciéndole al cerebro la decisión. Cuando terminé, tiré de la cadena, me subí la ropa y respiré hondo antes de salir.

—¿Despejado? —pregunté en voz baja al abrir.

—De momento, sí —contestó él, sin moverse del marco.

Justo cuando puse un pie fuera del cubículo se oyeron voces al otro lado de la puerta principal. Risas masculinas, alguien gritando un nombre. Adrián reaccionó con un reflejo que no me dio tiempo a procesar: me empujó hacia atrás dentro del cubículo, entró conmigo y cerró el cerrojo con el codo. Nos quedamos a un palmo el uno del otro, apretujados entre la taza, las paredes y el portarrollos.

Los dos sofocamos una risa nerviosa. Por los altavoces del techo sonaba la misma música del local, así que nadie iba a oírnos. Pero la situación —yo, una mujer casada de cuarenta y tantos, encerrada en un váter de bar con un crío veintipocos años más joven que mi marido— era objetivamente ridícula y, sin embargo, no se me ocurría reírme con ganas.

—Esperamos a que se vayan y salimos —susurró él.

—Esperamos a que se vayan —repetí, como si oírlo dos veces sirviera para algo.

El cubículo no medía más de un metro por metro y poco. Su pecho casi rozaba el mío. Notaba el olor de su colonia —algo cítrico, demasiado masculino para la edad que tenía— y el olor a alcohol en su aliento. Adrián entreabrió la puerta una rendija, miró fuera, la cerró y se giró hacia mí. Al girar, sin querer, el dorso de su mano me rozó el pecho.

Esperé la disculpa. La esperé un segundo. La esperé otro segundo. Y en ese tercer segundo en el que no llegó, supe que iba a pasar algo y supe también que no iba a impedirlo.

Su mano volvió a subir, pero esta vez no fue un roce. Fue una caricia abierta, la palma entera apoyada sobre la tela de la blusa, sintiendo el peso del pecho debajo. Sus ojos buscaron los míos por primera vez sin esquivarlos. Tenía las pupilas dilatadas. Yo seguía sin moverme, como esos animales que se quedan quietos por instinto cuando deberían correr.

—Si quieres que pare, lo digo en serio, dime que pare —murmuró él, muy cerca de mi cara.

No le dije que parara.

Me besó. Un beso lento al principio, pidiendo permiso con los labios, hasta que abrí los míos y le dejé entrar la lengua. Olía a chicle de menta y sabía a alcohol y a deseo. Una de sus manos me sostuvo la nuca y la otra bajó de nuevo al pecho, esta vez metiéndose por dentro de la blusa, por dentro del sujetador, hasta encontrar el pezón ya duro. Lo apretó entre los dedos con una mezcla de torpeza y descaro que me arrancó un gemido bajo, ahogado contra su boca.

—Calla, calla —rió él contra mis labios.

Mis propias manos no estaban quietas. Habían bajado solas hasta su entrepierna y palpaban a través del vaquero el bulto que se le había puesto duro de inmediato. Era considerable. Más considerable de lo que esperaba. Le apreté con la palma abierta y él dejó escapar un gruñido sordo contra mi cuello.

—Joder, joder —murmuró.

Me sacó los pechos por encima del escote, sin desabrocharme la blusa, dejándolos colgar fuera de las copas del sujetador. Bajó la cabeza y empezó a chuparme los pezones, uno y otro, con esa hambre ávida del hombre joven que todavía no ha aprendido a hacerse el indiferente. Yo le revolvía el pelo con una mano y con la otra le bajaba la cremallera del pantalón.

Lo que saqué de allí dentro estaba a la altura de lo que mis dedos habían adivinado. Le sujeté la polla con la mano cerrada y noté el latido de la vena central contra mi palma. Adrián cerró los ojos un instante, como si necesitara concentrarse para no perder pie. Aproveché para mirarle: tenía las mejillas encendidas y una gota de sudor le bajaba desde la sien.

—¿Hasta dónde quieres llegar? —preguntó, en un susurro que era a la vez un permiso y una amenaza.

—Hasta donde nos quepa el tiempo —contesté, y me sorprendió mi propia voz, ronca, descompuesta.

Se desabrochó él el cinturón y se bajó los vaqueros hasta los muslos. Yo hice lo mismo con los míos, con cuidado de no perder el equilibrio en aquel espacio mínimo. Las bragas las dejé colgando del tobillo derecho. Apoyé una pierna en la taza del váter, la otra bien firme en el suelo, y me agarré a sus hombros.

Adrián no necesitó preliminares. Estaba tan empapada por dentro que cuando se colocó entre mis piernas y empujó, entró del tirón hasta el fondo. Yo solté un quejido contra su hombro, mitad dolor mitad sorpresa, porque hacía años que no sentía algo así de duro y de grueso. Mi marido es muchas cosas buenas, pero no es esto.

Empezó a moverse despacio, dándome tiempo a habituarme, y luego, en cuanto vio que yo le clavaba las uñas en la espalda para que siguiera, aceleró. Cada embestida me empujaba contra la pared trasera del cubículo. Las baldosas frías me daban en los riñones. Sus dedos me sujetaban con fuerza las caderas. Su boca había vuelto a buscar la mía y me besaba con la voracidad de un crío que descubre un caramelo.

El primer orgasmo me cayó encima sin avisar, como un mareo brusco. Mordí su hombro a través de la camisa para no gritar. El segundo llegó pocos minutos después, más profundo, más largo, y me dejó con las piernas temblorosas. Adrián me miraba con una concentración casi furiosa, como si quisiera memorizar mi cara en ese momento exacto.

—Voy a correrme —jadeó al rato, con la voz quebrada—. No llevo nada.

La cabeza se me ordenó sola. Bajarse, sentarse, abrir la boca. Me dejé caer sobre la taza, le cogí la polla con las dos manos y me la metí entera entre los labios. Llegó en cuestión de segundos. Le agarré los testículos con una mano y con la otra mantuve la base firme, y dejé que se vaciara dentro de mi boca sin perder una sola gota. Tragué todo, sin pensarlo, mientras él se aferraba al portarrollos para no caerse y soltaba un suspiro larguísimo, casi un lamento.

Nos quedamos así un rato, él de pie con la mano en mi pelo, yo sentada con la mejilla apoyada contra su muslo. Nadie habló durante un minuto entero. Sólo se oía la música amortiguada del local y nuestras respiraciones recuperando el ritmo.

***

Nos vestimos como pudimos. Yo me recoloqué la blusa, los pechos, el pelo. Él se ajustó el cinturón. Adrián entreabrió la puerta del cubículo, vigiló los lavabos, comprobó que el baño estaba vacío y me hizo un gesto. Salí primero, sola. Me lavé las manos en el lavabo más cercano, me retoqué los labios con el dedo y me miré en el espejo el tiempo justo para comprobar que no había marcas visibles. Adrián salió cuando yo ya estaba en el pasillo.

Volví a la mesa intentando que mi caminar fuera el de siempre. Rubén levantó la cabeza y me sonrió.

—Vaya cola, ¿eh? —dijo, sin sospechar nada.

—De locos —contesté—. Quince mujeres por delante.

Lourdes me miró un segundo más de la cuenta. La conozco. Tiene ese radar que tenemos las amigas de muchos años. Pero no dijo nada. Esperó a la salida del pub, ya en la calle, mientras Rubén y Patricio se adelantaban a pillar un taxi, para cogerme del brazo y decirme bajito:

—Yo también he ido al baño hace un rato. Y no estabas en la cola.

Se me cortó la respiración. Pero ella me miraba con una mezcla de incredulidad y diversión que me hizo soltar una carcajada nerviosa. Se lo conté de camino al taxi, en susurros, y ella me apretó el brazo y me dijo que era una sinvergüenza y que le tenía que haber avisado para hacer guardia.

Desde aquella noche pasaron meses sin que volviera a coincidir con Adrián. Rubén lo menciona de vez en cuando, ajeno, como se mencionan los compañeros de oficina. Yo escucho su nombre con una sonrisa interior que no se me nota. Y de vez en cuando, en las noches en las que mi marido se duerme antes de tiempo, me encierro en el baño con la mano metida entre las piernas y vuelvo a estar contra aquella pared de baldosas frías. Aunque no es lo mismo. Nunca es lo mismo.

Ojalá Rubén tenga otra cena de empresa pronto. Ojalá vuelva a presentarme amistades peligrosas como aquella.

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