La novia de mi padre y los mensajes de esa mañana
El zumbido del móvil me arrancó del sueño y la luz de la persiana entreabierta me dio justo en los ojos. Tardé un par de segundos en reconocer mi cuarto, el techo bajo, la lámpara torcida, la ropa tirada sobre la silla. Sonreí. La noche con Lorena había sido todo lo que llevaba meses imaginando, y por una vez en mi vida había tenido la sensatez de levantarme y volver a mi habitación antes del amanecer.
Pensé que era mejor dejarla sola un rato. Que se despertara con tiempo para hacerse a la idea de lo que habíamos hecho, sin la presión de mi cara en la almohada de al lado. Lorena tenía un genio difícil, y la culpa, en ella, solía manifestarse en forma de portazo.
Me froté las sienes. «La cantidad de tonterías que dijimos anoche. Joder, qué desastre».
Luego sonreí otra vez, porque por mucho que intentara avergonzarme, no podía. Me la había follado. Me había follado a Lorena. Y había sido el mejor polvo de mi vida. Lo único que lamentaba era no haber tenido fuerzas para ponérsela por detrás después, agarrarla por las caderas y embestirla hasta que las tetas le rebotaran contra el colchón. Pero el vino, la cena interminable y la propia intensidad de lo que estaba pasando me dejaron sin gasolina. Me derrumbé a su lado, jadeando, y me dormí antes de poder darle un beso en el hombro.
Otro mensaje vibró en la mesilla. Estiré el brazo sin abrir los ojos. No llegaba. Suspiré, harto, y decidí que aquel móvil podía esperar diez minutos más.
Fue entonces cuando lo oí. Un grito desgarrador al otro lado del tabique.
Lorena.
Por lo visto, había optado por la tercera opción: el escándalo. Algo bastante propio de ella ahora que el alcohol ya no le anestesiaba los nervios. Lo que la noche anterior había sido un milagro sudoroso y prohibido, a la luz de la resaca, parecía haberse transformado en un cataclismo.
Lo primero que pensé fue en taparme con la sábana y hacerme el dormido. «Qué pereza aguantar un drama a estas horas», me dije. Pero me lo replanteé. Puse un pie en el suelo, me senté en el borde de la cama y respiré hondo. Si tenía que escucharla gritar, al menos lo haría con dignidad. Al fin y al cabo, había sido yo quien insistió hasta que cedió.
Y ahora que lo pensaba bien, la había cagado en serio. Lorena no era una chica del bar. Lorena era LA PAREJA DE MI PADRE.
«Joder, papá. Me he tirado a su mujer. Le he puesto los cuernos… como hicieron con mamá».
Me masajeé las sienes otra vez. Tal vez yo también había bebido más de lo que recordaba, porque de repente la idea ya no me parecía tan brillante. Un sabor amargo, indefinido, empezó a moverse despacio por dentro de mí.
Otro mensaje. Chasqueé la lengua. Ya iban tres en menos de quince minutos. Cogí el móvil de mala gana y miré la pantalla. Era mi madre.
Bufé. No tenía ningunas ganas de hablar con ella. Los últimos meses que pasamos juntos había sido absorbente hasta lo insoportable. Irme a vivir con mi padre había sido lo más parecido a respirar después de años bajo el agua.
La puerta se abrió de golpe.
Lorena entró con la cara descompuesta, los ojos hinchados y rojos, todavía en el camisón con el que se había quedado dormida. No de furia. De pánico.
—Lo sabe —dijo, y la voz se le quebró—. Andrés lo sabe.
Tenía una mano tapándole la boca, como si quisiera retener el llanto a la fuerza, y con la otra me alargaba el móvil. Lo cogí sin entender nada.
Era un mensaje de mi padre, enviado a las cuatro y media de la madrugada.
He estado pensándolo mucho durante el viaje y he llegado a una conclusión. Lo nuestro no tiene futuro. Recoge tus cosas antes de que termine la semana, por favor.
—Me echa de casa —gimió Lorena—. Es por lo de anoche, seguro.
Releí el mensaje tres veces. No tenía sentido. Mi padre estaba a quinientos kilómetros, en mitad de un congreso de proveedores, no podía haberse enterado de nada. Aquel cambio de tono era impensable.
Mi propio teléfono vibró otra vez. Era mi madre, otra vez. Un mal presentimiento me bajó por la espalda. Abrí la conversación.
Patricia: He hablado con tu padre. Qué ilusión que vuelvas a casa, cariño. Te he preparado tu habitación con sábanas limpias.
Patricia: ¿Vienes hoy a comer? Hago lo que tú quieras, lo que más te guste.
Patricia: ¿O prefieres que vayamos al cine? De pequeño te encantaba ir al cine conmigo.
—Pero qué cojones…
Volví atrás en la lista de conversaciones y entonces lo vi. Otro mensaje, justo debajo del de mi madre. De mi padre. Enviado también de madrugada.
Lo abrí con el estómago en un puño.
Andrés: Tu madre te echa de menos y ya es hora de que vuelvas con ella. Recoge tus cosas antes de que termine la semana. La llave la dejas en el buzón, no la vas a necesitar más.
—No-me-jo-das.
Levanté la mirada y crucé los ojos con Lorena. Bastó eso para que ella entendiera que sus peores temores eran ciertos. Negó con la cabeza una vez, dos, tres, como si pudiera deshacer la realidad a fuerza de repetirlo.
Fue entonces cuando vi, en la balda que había junto al marco de la puerta, algo que no debería estar allí.
Un pisapapeles pequeño, de metacrilato, con un ancla dorada incrustada dentro. Se lo había pedido en broma a mi padre el día que se subió al avión, dos semanas atrás. Lo cerré dentro del puño hasta hacerme daño.
—Ha estado aquí —dije, alzando el ancla—. Anoche.
Lorena soltó un grito ahogado, se llevó las dos manos a la cara y se hundió contra la pared hasta quedar sentada en el suelo. Lloraba sin disimulo, sin contención, con la espalda temblándole de arriba abajo. Su pareja, el hombre con el que llevaba tres años, la había visto follar con su propio hijo mientras los dos decíamos auténticas barbaridades sobre él.
—Joder, joder, joder —repetía entre sollozos.
Yo, todavía aturdido, caminé por el pasillo hasta el recibidor. La puerta principal no estaba echada con doble vuelta, cosa rarísima en mi padre. Al abrirla, vi algo en el felpudo.
Una rosa. O lo que quedaba de una rosa. El tallo, dos hojas mustias y el envoltorio de celofán. Los pétalos estaban esparcidos por el descansillo, arrancados a golpes contra la pared. Recogí el palo con torpeza, como si pesara cien kilos.
Cuando Lorena vio la flor mutilada en mi mano, soltó otro alarido y se levantó tambaleándose para arrebatármela.
Volví a entrar. Marqué el número de mi padre. Esperé.
—Comunicando —dije al cabo de unos segundos—. Me ha bloqueado.
Lorena se llevó el suyo a la oreja, los dedos temblándole tanto que tuvo que limpiarse las lágrimas dos veces para acertar con el contacto. Cerró los ojos. Esperó. Cuando los volvió a abrir, se le arrugó la cara entera. A ella también la había bloqueado.
La vi alejarse hacia su cuarto, meterse en la cama hecha un ovillo y enterrar la cara entre las rodillas como si quisiera desaparecer dentro de su propio cuerpo. El llanto era de los que no se pueden consolar. Hasta yo, que llevaba meses calculando cómo llevármela a la cama, sentí que esta vez la había liado de verdad.
***
Lorena no salió del dormitorio en toda la tarde. Las dos o tres veces que llamé a su puerta, me respondió el silencio. Tampoco tenía mucho que ofrecerle. Mis disculpas, a esas alturas, eran papel mojado. No iban a hacer que mi padre la perdonara.
Yo tampoco había salido ileso. Algo se había roto dentro de mí esa mañana, algo que llevaba años intuyendo y que prefería no mirar de frente. No solo había traicionado a mi padre. También había traicionado a Valeria. A la pobre Valeria, mi novia, a la que había estado utilizando como tapadera durante meses, contándole detalles íntimos que no le pertenecían a nadie más que a Lorena, e incluso enseñándole un vídeo que en ningún caso debí haberle enseñado.
La llamé. Necesitaba verla, aunque verla no fuera lo más decente después de haberle sido infiel esa misma noche con la mujer a la que ella misma me había pedido sacar de fiesta «para que se distrajera y te perdonara por lo del verano». La ironía se me clavó en el pecho.
«Estoy enamorado de ella y mataría por no perderla. Eso es lo único que importa», me dije, sin creérmelo del todo.
Cogí las llaves y bajé a la calle.
Caminé hasta el portal de su edificio con paso ligero. Cuando llegué, levanté el dedo hacia el interfono y lo retiré justo antes de pulsarlo. Tenía miedo de que contestara su padrastro. Saqué el móvil y escribí.
Estoy en el portal, ¿bajas?
Un tic. Dos tics. Esperé a que se pusieran azules.
No se pusieron.
La pantalla se apagó y me quedé mirando el teléfono como si fuera culpa suya. Valeria nunca tardaba en contestarme. Empecé a sospechar algo que no quería pensar.
«¿Y si mi padre le ha contado…?»
Era imposible. No tenía su número, no sabía dónde vivía, no había habido tiempo. Me pasé la mano por la frente y la llamé. Al tercer tono sonó el zumbido del portero automático y la puerta se abrió sola.
—¿Val? —pregunté contra el micrófono.
Nadie contestó. Empujé igualmente y subí los escalones de dos en dos. Cuando llegué al descansillo de su piso, sin aliento, la puerta estaba entreabierta.
Hernán apareció detrás.
—Eh… venía a ver a Val —dije, intentando sonar tranquilo.
—Pasa —contestó, y desapareció hacia el salón sin esperarme.
Maldije por dentro. De todas las personas con las que no me apetecía cruzarme aquella tarde, Hernán encabezaba la lista. Y, sin embargo, ya estaba dentro y no podía darme la vuelta.
En el salón no había rastro de Valeria. Me senté en el borde del sofá. Hernán, enfrente, con sus dos manazas cruzadas entre las rodillas, parecía estar a punto de decir algo importante. No lo dijo. Tuve que romper el silencio yo.
—¿Val no está?
—Mi pequeña —respondió, con un vozarrón que me pareció más una advertencia que un nombre.
Y eso fue todo. Volvió a callarse, mirándome como si esperara algo de mí que yo no sabía darle. Decidí jugar la carta del reloj.
—Bueno, creo que se me hace tarde. Si te parece, vuelvo otro día y…
—El otro día… —Dejó la frase en el aire. No tuve más remedio que dejarme caer otra vez en el sofá—. Ya viste que tengo un problema.
Ahogué un suspiro. Era el tipo de frase ambigua que me sacaba de quicio. Podía estar hablando de cualquier cosa: la espalda, el riñón, la próstata.
—No vi nada raro —mentí.
—Adela no lo está pasando bien —siguió él, sin mirarme—. Lleva años triste. —Apoyó la barbilla en las manos cruzadas—. Lo que pretendía aquel día… solo quería que tú… le dieras un respiro. Que la hicieras olvidar todo lo que ha pasado. Pensé que si recibía un poco de placer, del que hace años no tiene, quizá…
Asentí despacio. De toda la frase, solo había entendido tres palabras: Adela, tú, placer. Y empezaba a entender algo más.
Hernán se hundió la cara entre las manos.
—Quería que lo hiciéramos juntos. Ella y yo. Los tres, pero ella y yo juntos. Nunca quise que yo… que ella…
—¿Ser un cornudo? —solté, antes de poder pensarlo.
No se inmutó. Apenas movió la cabeza, todavía escondida entre los dedos.
—¿Lo sería? ¿Si me alegrara de que mi mujer disfrutara de algo que yo no puedo darle, pero que soy yo mismo quien le ofrezco?
Contuve la respiración.
—En absoluto —mentí por segunda vez.
Hernán levantó la vista y se quedó mirándome fijamente, como si pudiera ver detrás de mis ojos.
—¿Lo dices porque tienes la esperanza de acostarte con ella?
—Lo digo porque… —Me arrepentí del impulso de tomarle por tonto—. Sería lo más generoso que puede hacer alguien por la persona que quiere.
La explicación pareció satisfacerle. Volvió a esconder la cara.
—Se enfadó muchísimo conmigo. No entiende que solo quiero que sea feliz.
—A mí me pasa lo mismo con Val —dije, eligiendo las palabras con cuidado—. Daría lo que fuera por no perderla.
—Pues lo demuestras de una manera muy rara, muchacho.
Lo miré sin entender.
—Esos vídeos que le mandas… tan turbios.
Se me secó la boca de golpe.
—¿Vídeos?
—Te he visto masturbándote mientras olías unas bragas de una vieja.
El estómago se me cayó hasta los pies. «¿Qué cojones pasa en esta casa? ¿Es que aquí todo el mundo le cuenta a Hernán cada barbaridad que hago?»
—Yo… no es lo que parece.
—Es exactamente lo que parece —dijo, sin levantar la voz—. Eres un golfo que le roba unas bragas a una anciana mientras la dejas hablando sola en la cocina y te encierras en su baño a meneártela. Y lo peor es que a mi pequeña le pone.
—¿Cómo sabe…?
Señaló un móvil que descansaba sobre la mesita.
—Suelo comprobar que mi niña no anda metida en líos.
—¿Le mira el móvil?
—Claro. Es una cría y yo soy su tutor. Su bienestar es cosa mía.
—¿Y ella sabe que…?
—Lo sabe. Tenemos un acuerdo —contestó, con la tranquilidad de quien ha justificado eso mismo cien veces frente al espejo.
Tragué saliva. Me sequé la frente con el dorso de la mano y recé porque Valeria hubiera borrado los chats malos.
—¿Y dónde está ahora? —pregunté, porque no tenía otra cosa que decir.
—De compras con su madre. Adela aprovecha para estar con ella antes de irse a casa de su padre. Su padre biológico —puntualizó.
—¿Se vuelve a Puerto Mendaro?
—¿No te lo había dicho? La llevo yo mismo en unos días.
Me quedé pensativo. Valeria habría querido contármelo en persona, en el último momento, para no estropearme el día. Hernán no había dejado de observarme. Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Dime una cosa, muchacho. Esa vieja… —Endureció los ojos—. ¿También fantaseas con follártela tres veces, hacerla gritar como una perra y preñarla?