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Relatos Ardientes

El dueño de la tienda no podía dejar de mirarme

Me llamo Daniela y tengo veinte años. Mido un metro cincuenta, soy delgada, tengo unas tetas pequeñas pero firmes y un trasero redondo que parece no pertenecerme. Esa combinación es la que vuelve locos a ciertos hombres mayores, y es la que terminó metiéndome en lo que les voy a contar.

Todo empezó una tarde de marzo, al salir del instituto. Llevaba el uniforme puesto: falda gris a cuadros, blusa blanca y calcetas altas. Pasé por la tienda de la esquina del barrio para comprar un yogur. Don Aurelio, el dueño, andaba acomodando algo detrás del mostrador. El yogur estaba en la balda más baja, así que me agaché para alcanzarlo. Cuando me incorporé y subí a pagar, lo encontré con la mirada clavada en mí. Disimuló enseguida, ordenó unas cajas, me cobró sin levantar la cara. Yo salí sin darle más vueltas.

En casa, mientras me cambiaba el uniforme, no me podía quitar de la cabeza esa mirada. No era que don Aurelio me gustara —cincuenta y tantos, panza incipiente, bigote canoso—, pero algo en cómo me había recorrido con los ojos me había despertado un calor raro entre las piernas. Me imaginé qué habría visto. Y treinta minutos después estaba otra vez en la tienda, con un paquete de galletas en la mano y un pretexto.

—Vienen rotas —le dije—. ¿Me las puedes cambiar?

—Cámbialas tú —respondió, señalando la balda de las galletas, que estaba casi al ras del suelo.

Su mostrador era de vidrio. Lo entendí al agacharme. Permanecí así más tiempo del que necesitaba, fingiendo revisar paquete por paquete. Debajo de la falda llevaba unos shorts cortísimos. Cuando giré la cabeza, vi que don Aurelio había movido los productos del mostrador a un lado, despejándose la línea de visión. Me había estado mirando todo el tiempo. Sonreí sin que se notara, dejé el paquete sustituido sobre la caja y me fui.

Esa noche, mi papá me mandó otra vez a la tienda por unas cervezas. En cuanto entré, don Aurelio sonrió y me preguntó si volvía a cambiar galletas. Negué con la cabeza y pedí las cervezas. Antes de salir, me acerqué a la balda de las galletas como por costumbre.

—¿No vas a llevar? —me preguntó.

—Hoy no, ya no tengo dinero.

—Yo te regalo unas, pero de las de abajo.

—No, gracias. Mañana, o más tarde, vengo por ellas. Si aún sigue en pie el regalo.

—Espero que sea más tarde —dijo, y su voz tenía un matiz nuevo.

Volví a casa y dejé pasar las horas. Cuando ya era casi de noche, me puse unos shorts ajustados y una blusa escotada y salí. Don Aurelio me esperaba detrás del mostrador. Le dije que venía por mi regalo, y él me indicó con la mano que tomara las que quisiera. Me agaché unos veinte segundos. Cuando me incorporé, ya no se molestaba en disimular: me miraba abiertamente desde el mostrador, con los hombros encogidos y una mano debajo. A través del vidrio vi cómo se tocaba por encima del pantalón. Le di las gracias por las galletas y salí.

Llegué a casa con la respiración entrecortada. Esa noche, acostada en mi cama, me toqué pensando en él. Me imaginé que entraba a su tienda y, en lugar de cobrarme, me empujaba contra el mostrador. Tuve un orgasmo de los que duelen.

***

Al día siguiente, después de clases, me cambié el uniforme. Saqué de mi cajón una tanga que había comprado a escondidas semanas atrás y que no me había atrevido a estrenar por miedo a que mi mamá la descubriera lavando la ropa. Me la puse, me eché encima un short flojito y salí a la tienda. Cuando entré, no estaba don Aurelio: la que atendía era su esposa, una mujer de pelo corto y delantal floreado. Me cobró sin mirarme y yo regresé a casa, frustrada. Probé otra vez por la noche, pero seguía ella. Me resigné.

Al día siguiente cambié de estrategia. Me puse una faldita que mi papá me había comprado para mi cumpleaños y, debajo, otra tanga. Cuando llegué a la tienda, don Aurelio estaba solo. Me saludó con una sonrisa enorme. Yo me paseé un rato por los pasillos, fingiendo buscar algo, antes de acercarme al mostrador.

—¿Hoy galletas no?

—Hoy dulces —respondí.

—Te los regalo si los tomas de la balda de abajo.

Sonreí y acepté.

—No quiero meterte en problemas con tu esposa, eh —añadí, mientras me agachaba.

—Esto queda entre tú y yo.

Levanté la cara sin enderezarme. Él se estaba tocando por encima del pantalón otra vez. Pero esta vez no se detuvo cuando lo vi. Me sostuvo la mirada, sonriendo, con la mano moviéndose despacio. Tomé los dulces, me incorporé y salí. Antes de irme, le dije:

—Si tienes alguna propuesta más interesante, regreso en un rato.

—Te espero —respondió.

Subí a mi cuarto, me quité la tanga, la guardé debajo de la almohada y salí otra vez con la falda y nada más. Pedí varios productos, los pagué, los puse en una bolsa y me dirigí a la balda del fondo. Vacié la bolsa en el suelo y me agaché a recogerlos uno por uno. En algún momento, fingiendo perder el equilibrio, me incliné lo suficiente para que la falda subiera y mostrara todo lo que llevaba debajo, que no era nada. Cuando giré la cabeza, don Aurelio estaba apoyado en el mostrador con la boca entreabierta y la mano metida dentro del pantalón.

Me enderecé. Caminé hasta él. Le sonreí.

—Si quieres más, escúchame. Estoy dispuesta a oír tu propuesta.

Salí de la tienda con todo el dinero que mi papá me había dado para pagar y la bolsa pegada a las piernas.

***

Al día siguiente, pasando por la tienda antes de llegar a casa, lo encontré apoyado en la puerta. Me saludó y me hizo señas para que entrara. Estaba nervioso. Hablaba bajo, mirando hacia la puerta cada dos segundos.

—Tengo una propuesta —dijo—. Te doy dinero si me dejas tomar una foto cuando te agachas. Y, además, lo que quieras de la tienda. Cada vez que vengas.

—Lo pienso —respondí, y salí.

Pero ya estaba decidida. Esa misma tarde, mis papás me mandaron por algo. Subí a mi cuarto, me quité la ropa interior y salí con la falda del instituto, que me subí un poco antes de entrar a la tienda. Don Aurelio me preguntó qué había pensado. No le respondí. Pagué los productos, los llevé a la esquina, los volví a colocar en el suelo y me agaché a recogerlos uno por uno. Esta vez subí la falda hasta la cintura y me quedé así, mostrándole todo, durante un par de minutos largos. Lo oí soltar un gemido contenido.

Cuando me incorporé y volví al mostrador, sacó un billete del cajón.

—Cien pesos —me dijo, deslizándolo sobre el vidrio—. Pero tienes que volver otra vez. Mínimo una más.

Lo tomé. La situación me ponía húmeda. Empezaba a mojarme con solo pensar en la próxima vuelta.

Esa noche regresé. Esta vez, antes de agacharme, abrí las piernas todo lo que pude. Le dejé verlo todo: la entrada, los muslos, el vello. Me quedé así medio minuto. Cuando giré la cabeza, ya no se tocaba por encima del pantalón: tenía la verga afuera, apoyada en el mostrador, y se masturbaba mirándome. Me incorporé y salí sin decir nada.

***

El sábado, cuando desperté, mis papás ya no estaban. Sábado de trabajo para los dos. Me bañé, me puse la tanga más bonita que tenía, una falda ligera y una blusa sin sostén. Fui a la tienda. Don Aurelio me recibió con esa sonrisa que ya conocía.

Pedí varias cosas, las pagué, fui a la esquina, me agaché, subí la falda y le mostré todo el culo desnudo. Esta vez no me incorporé. Me quedé así, esperando.

—Mmm, estás bien rica, niña —murmuró desde el mostrador.

—¿Y no quieres tocar?

—Quiero. Pero no puedo.

—¿Por qué no?

—No quiero problemas.

Suspiré y me enderecé. Antes de salir, agarré un trozo de papel del mostrador, anoté mi número de celular y se lo dejé encima.

—Por si cambias de opinión.

Salí decepcionada. El juego me ponía demasiado caliente como para conformarme con seguir agachándome semana tras semana. Treinta minutos después, me llegó un mensaje al celular:

«¿De verdad me dejas tocarte?»

Respondí que sí.

«Mi esposa sale en un par de horas. Te aviso.»

Esperé. Mis papás seguían sin volver. Cuando llegó su mensaje, me dejé puesta la falda ligera y la blusa sin sostén y salí. La puerta de la tienda estaba abierta. Don Aurelio me esperaba del otro lado.

—Pasa rápido —dijo.

En cuanto entré, cerró con llave y bajó la persiana hasta la mitad. Lo primero que hizo fue agarrarme el culo con las dos manos.

—Llevo días imaginándomelo —murmuró, pegado a mi cuello.

—Pues no me sueltes.

Me sentó sobre una caja de refrescos, me abrió las piernas y me bajó la tanga hasta los tobillos. Hundió la cara entre mis muslos y empezó a comerme. Lo hacía bien para un hombre de su edad: lengua firme, paciencia, sin prisa. Empecé a gemir despacio, sujetándome del borde de la caja.

Entonces la campanita de la entrada sonó. Un cliente.

Don Aurelio se incorporó de un salto, se arregló la camisa y salió a atender. Yo me quedé sola, con la falda subida y las piernas abiertas, escuchando una conversación banal sobre el precio del aceite. Decidí no esperar pasivamente. Me bajé de la caja, me apoyé sobre ella en cuatro y me preparé.

Cuando él volvió y me vio así, soltó una palabrota. Se arrodilló detrás de mí, me separó las nalgas y me lamió todo: el sexo, el ano, los muslos. Metió la lengua donde nadie me la había metido nunca. Yo apretaba la boca contra el antebrazo para no gritar.

Lo oí bajarse el pantalón. Sentí la punta de su verga abrirse paso. Me penetró de una sola embestida y yo me corrí en el acto, mordiéndome el labio para no aullar.

—Tienes una verga deliciosa —le susurré, sin reconocer mi propia voz.

La campanita volvió a sonar.

Esta vez se demoró más en salir. Cuando finalmente lo hizo, yo lo esperé sentada sobre la caja, todavía con la falda subida. En cuanto regresó, me arrodillé yo, le bajé el pantalón hasta los tobillos y le metí la verga en la boca entera. Se la mamé como si llevara meses sin probar una. Él se sostenía del estante de los refrescos, jadeando.

Me volvió a poner en cuatro. Esta vez fue más rápido, más brutal. Yo no paraba de venirme, ola tras ola. Hasta que él la sacó, me dio la vuelta, se masturbó dos o tres veces frente a mi cara y descargó todo sobre mis nalgas. Caliente. Pegajoso.

Sacó el celular y me tomó una foto.

—No te limpies —dijo—. Quiero que te vayas así.

Abrió el cajón y me extendió un fajo de billetes. Conté después: ochocientos pesos.

—Toma lo que quieras de la tienda.

Agarré una botella de refresco. Me bajé la falda sobre el semen pegajoso, sentí cómo me escurría por la parte trasera de los muslos, y caminé hasta la puerta. Antes de salir, intenté limpiarme con la mano que había usado para apoyarme. Él me detuvo.

—Así. Sales de mi tienda así.

Salí. El aire de la calle me secaba el semen sobre la piel. Cada paso me lo recordaba. Llegué a casa con las piernas temblando, mis papás todavía sin volver, y me planté frente al espejo del baño. Una parte ya se había secado y formaba pequeñas costras claras sobre mi piel; otra seguía fresca. Pasé un dedo, lo recogí, dudé un segundo y me lo llevé a la boca. No me supo mal.

Volví a la habitación y me senté en la cama con el celular en la mano. Don Aurelio ya me había escrito.

«¿Cuándo vuelves?»

Sonreí. No le respondí enseguida. Que aprendiera a esperar.

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Comentarios (1)

Marcos_pba

que bueno!!! hacia tiempo que no leia algo asi, me encantó

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