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Relatos Ardientes

Lo acompañé a buscar apuntes y caí en su trampa

Esto que les voy a contar pasó hace ya unos cuantos años, allá por 2015. Iba a ser para mí una noche tranquila, de quedarme en casa con mi novio, ver una película tonta y dormirme temprano. Terminé pasándola en el departamento de un desconocido, en un sillón al que prefiero no volver. Pero vamos por orden.

Resulta que Sebastián —el hermano de mi mejor amiga, el mismo que ya me había cogido en un cumpleaños donde también estaba mi novio— no paraba de mandarme mensajes para que nos viéramos. Yo me hacía la difícil, pero esa tarde andaba con ganas de hacer alguna travesura. Y me empezó a escribir.

—Y linda, ¿nos vemos hoy? Dale —fue lo primero que me apareció en el celular.

—No, Sebas, ya te dije que no —le contesté, sabiendo que estaba mintiendo desde la primera letra.

—No seas mala. Si el sábado pasado te vestiste así para calentarme a mí. ¿O me vas a decir que te pusiste esa pollerita por tu novio? Dale, no te hagas la tonta. Los dos nos quedamos con ganas de repetir.

—Sí, eso no te lo voy a negar. Pero no.

—Dale, en media hora te paso a buscar. Me acompañás al departamento de un compañero de la facultad, retiramos unos apuntes y de ahí a coger, jaja.

—Ni loca voy con vos a la casa de un compañero de la facultad. No nos podemos mostrar.

—No pasa nada. Es de una materia que estoy recursando. Hay otros chicos y chicas estudiando, después no lo veo más en la vida. Te espero en la esquina.

—Está bien.

—Ahhh, ponete la pollerita del otro día que me volviste loquito.

—Te vas a poner más loco cuando me la saque —tipié sin pensarlo, ya entregada como me pasa siempre.

—Beso, te veo.

Me puse la pollera corta debajo de una más larga. La de abajo no la hubiera podido justificar en casa: era de esas que apenas tapan la mitad del muslo. Le dije a mi mamá que me iba a lo de una amiga, que volvía a la una, y me subí al ascensor. Ahí, entre el séptimo piso y la planta baja, me saqué la pollera larga y la guardé en la cartera. Cuando se abrieron las puertas yo ya era otra persona.

Sebastián me esperaba en la esquina con el auto. Me subí y el ritual fue el de siempre: nada de besos en la mejilla, los dos directo a la boca. Empezamos a chaparnos como dos adolescentes recién salidos del colegio. Antes de arrancar, él ya me había metido la mano por debajo de la pollera y yo le había tocado la pija por arriba del jean. Cuando puso primera, los dos teníamos las mejillas coloradas.

El departamento del compañero era chiquito, dos ambientes, en un sexto piso de un edificio sin portero. Cuando entramos había tres chicos y dos chicas más, todos sentados en el piso, con vasos de plástico y libros abiertos. La onda era buena. Me presentaron, me dieron un vaso, me ofrecieron vodka con tónica. Estuvimos un rato charlando boludeces, riéndonos, hasta que uno por uno empezaron a irse. La última en quedarse fue una chica que me había caído bien, Camila.

Quedamos los cuatro: Sebastián, el dueño de casa —que se llamaba Tomás—, Camila y yo. Seguimos tomando vodka con tónica, ya bastante sueltos, hasta que se acabó la botella. Los chicos dijeron que iban juntos al chino de la esquina a buscar otra. Cuando se cerró la puerta, me quedé con Camila en la cocina, lavando los vasos.

—Qué linda que sos —me dijo de la nada, y antes de que pudiera contestarle me dio un beso en la boca.

La separé con las dos manos.

—¿Qué hacés? —le dije, más sorprendida que enojada.

Camila se rio. Después me contó todo, sin filtros, como si me conociera de toda la vida.

—Sebastián vino esta tarde, antes de que llegaran los demás. Arregló con Tomás que iba a traer a una amiga a la noche para hacer fiestita. Yo ya estuve con los dos por separado, no soy lesbiana pero también me gusta estar con mujeres, como a vos. Él les contó todo.

Me quedé mirándola un segundo, calculando. Sentí que la sangre me subía a la cara. Hijo de mil. La fiestita era yo. Toda esa puesta en escena de los apuntes, de los chicos estudiando, era una trampa armada para que yo cayera sin posibilidad de decir que no.

—Me voy a la mierda —le dije, agarrando la cartera.

—Quedate —me cortó Camila—. Que se piense que ganó. Vos cogete a Tomás. Mirale la cara a Sebastián mientras lo hacés. Lo vas a destruir.

Lo pensé tres segundos. No soy ninguna santa, lo reconozco. Y la idea de devolverle el golpe a Sebastián con su propio amigo me empezó a gustar más de lo que tendría que haberme gustado. En ese momento se abrió la puerta y volvieron los chicos con la botella nueva. Sonreí. Acepté otro vaso. Me quedaba.

***

Seguimos charlando un rato más, en el living, sentados de cualquier manera. Alguien puso un disco —era Led Zeppelin, sonaba bajito desde un equipo viejo que hacía vibrar el piso— y de pronto, no sé cómo, los cuatro estábamos parados. Tomás la agarró a Camila de la cintura y empezaron a bailar lento. Yo me dejé llevar por Sebastián. A los cinco minutos las dos parejas nos estábamos comiendo a besos en el living.

—Cambiemos —dijo Camila, separándose de Tomás con una sonrisita que solo yo entendí.

Me pasé a los brazos de Tomás. Cuando giré la cabeza, vi que Sebastián ya estaba besando a Camila. Algo se me apretó en el pecho y en la concha al mismo tiempo. Le partí la boca a Tomás con la misma furia con la que le hubiera pegado una cachetada.

Tomás al principio no me hacía nada. Me daba besos cortos, me ponía las manos en la cintura pero no me las bajaba. Yo entendía: no quería cagar a su amigo. Le hice la peor pregunta que se le puede hacer a un hombre en esa situación.

—¿No te gustan las mujeres?

Se rio nervioso.

—Claro que sí, pero vos viniste con Sebas.

—Sebas está apretando con Camila —le contesté, y le metí la mano por arriba del jean, justo donde tenía que metérsela.

Se desenfrenó. Es increíble cómo cambian los hombres cuando una les toca la pija. Es como apretar un interruptor: pasan de caballero a salvaje en dos segundos.

Me empezó a tocar la cola, me subió la pollera, me la tocó bien tocada por arriba de la bombacha. Yo lo miraba a Sebastián por encima del hombro de Tomás. Vi cómo le desabrochaba la blusa a Camila, cómo le bajaba el corpiño, cómo le empezaba a chupar las tetas. Las cartas estaban tiradas, como decía mi abuelo.

El problema fue que Tomás, después de tocarme, no se decidía a desnudarme. Se quedaba en el borde, como si todavía estuviera pidiendo permiso. Me harté. Le desabroché yo misma el cinturón, el botón del jean, le bajé el cierre, le metí la mano. Le agarré la pija sin ropa. Ahí terminó de perder la cabeza.

No sé cuánto tiempo pasó. Para mí fueron segundos. Cuando me di cuenta yo estaba medio desnuda, de rodillas en la alfombra, chupándosela. Tomás tenía una pija más linda de lo que el muchacho prometía con la ropa puesta. Sebastián estaba en el sillón, atrás mío, así que no veía bien lo que yo hacía. Mejor. Quería que adivinara.

Después, sin hablar, los cuatro entendimos lo que iba a pasar. Tomás se sentó en el sillón frente al otro, donde estaban Sebastián y Camila. Nos sacamos toda la ropa. Camila y yo, como si nos conociéramos hacía años, agarramos los forros que alguien dejó en la mesa ratona, se los pusimos a los chicos y nos subimos arriba. Ellos nos empezaron a coger sentados, nosotras dándoles la cara, viéndonos entre las dos.

Coger arriba de Tomás mientras lo miraba a Sebastián por encima del hombro de Camila era una cosa que no me había pasado antes. No tenía que exagerar nada. La calentura era real. Me gustaba que me viera. Me gustaba que supiera que su plan le había salido al revés. Camila y yo nos estirábamos los brazos por encima de los chicos y nos tocábamos las tetas, lo cual los volvía locos. Acabé por primera vez antes de lo que pensaba.

Me bajé un segundo, di la vuelta. Me senté otra vez arriba de Tomás, pero ahora de espaldas a él, con los pies apoyados sobre sus rodillas. Esa posición a los chicos les encanta y a mí también: me puedo subir y bajar al ritmo que quiero, y la sensación cambia por completo. Al rato Camila también acabó. Después vino lo de siempre.

Cuando una chica se relaja en una situación así, los hombres se le acercan. No sé qué tiene de magnético una mujer que ya acabó, pero pasa. Mientras Tomás me seguía cogiendo desde abajo, Camila se arrodilló entre mis piernas y me empezó a pasar la lengua por la concha. Sebastián se acercó por mi costado y me empezó a tocar y a besar las tetas. Recién después caí: Sebastián no estaba cogiendo a nadie porque ya había acabado adentro de Camila. El muy hijo de mil había sido el primero en terminar.

No me importó. En ese momento no me importó nada. Tenía tres personas dedicadas a hacerme gozar a mí. Una lengua entre las piernas, una pija adentro y una boca en las tetas. Para las chicas que me estén leyendo: si nunca lo probaron, no se mueran sin probarlo al menos una vez en la vida. Acabé como una perra, mordiéndome el brazo para no gritarle al edificio entero. Apenas terminé yo, lo hice acabar a Tomás. Sé bien cómo.

Después nos quedamos los cuatro desnudos en el sofá, sin hablar, escuchando todavía a Led Zeppelin que sonaba como desde otro planeta. Yo estaba al lado de Camila. Ella me miró, me guiñó un ojo y me empezó a tocar las tetas con la punta de los dedos. Nos besamos despacio, con calma, sin show. Los chicos miraban como dos boludos, sin saber qué hacer con las manos. Camila se bajó entre mis piernas y me empezó a chupar la concha otra vez. Yo estiré los brazos a los costados, agarré una pija con cada mano y empecé a hacerles la paja a la vez. Tenía una en cada mano, una boca de mujer entre las piernas. Acabé otra vez.

Los chicos ya estaban duros de nuevo. Camila y yo nos miramos, nos arrodillamos en la alfombra frente al sillón, nos dimos besitos en los labios y los esperamos. Nos acabaron en la cara, los dos casi al mismo tiempo. Ganada nos la teníamos, eso lo digo sin culpa.

***

Después todo fue ordinario. Nos vestimos. Tomás nos acompañó hasta abajo. Subimos los tres al auto, Camila adelante con nosotros, los tres apretados en los dos asientos delanteros. En el viaje nos tocamos un poco más, ahora sin urgencia, casi por costumbre. Dejamos a Camila en la puerta de su casa, un edificio de avenida.

Cuando arrancó otra vez el auto quedamos los dos solos. Sebastián manejaba en silencio, mirando la calle. Yo lo miraba a él de costado, esperando que dijera algo. Pensé en muchas formas de empezar la pelea. Al final no peleé. Le sonreí lo más dulce que pude.

—Che, qué buena noche. Tu amigo coge re bien. Me puso loca.

No me contestó. Manejó los veinte minutos que faltaban hasta mi casa mirando hacia adelante, con la mandíbula apretada. Cuando frenó en la puerta no se bajó a abrirme. Me bajé sola, le tiré un beso por la ventanilla y subí al ascensor.

No volvimos a hablar nunca más. Mi amiga sigue siendo mi amiga, eso sí. Pero a Sebastián, según ella, lo cambió esa noche. Yo no le conté nada a nadie, hasta hoy. Y no, no me arrepiento. Lo que no aguanto es que me lleven engañada a un lugar. De lo demás, francamente, no tengo nada que decir.

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