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Relatos Ardientes

La noche que mi ex intentó robarme a Camila

Me llamo Lieke y mis padres murieron en un accidente de avión cuando yo aún no había cumplido el año. Eran agregados culturales en la embajada de Dinamarca en Atenas y le habían pedido a su mejor amigo, Henri, que se hiciera cargo de mí si algún día les ocurría algo. Henri cumplió la palabra, me adoptó y, durante el resto de mi infancia, me llevó con él por todas las embajadas en las que sirvió como cónsul francés.

Por eso hablo cuatro idiomas y por eso, a los dieciocho, ya había hecho y deshecho la maleta más veces de las que sabía contar. Cuando Henri me dijo que se quedaría definitivamente como embajador en España, casi lloré del alivio. Quería estudiar empresariales sin tener que despedirme de nadie cada dos años, y eso fue exactamente lo que hice. Hinqué los codos hasta que me admitieron en la facultad.

El primer mes descubrí lo que todos sabían: la cafetería de empresariales era un desastre. La de psicología, en cambio, tenía fama de cocinar como Dios. Una tarde de octubre crucé el campus, entré con la bandeja y me encontré con todas las mesas ocupadas menos una. En esa, sentada junto a la ventana, había una chica leyendo un libro abierto sobre el plato.

—Perdona, ¿puedo sentarme? —pregunté.

Levantó la cara despacio. Llevaba unas gafas de pasta que le tapaban media frente y tenía los ojos de un verde que me hizo tropezar con mis propias palabras.

—Claro —dijo—. Me llamo Camila.

—Lieke. ¿Por qué tienes la mesa entera para ti sola?

Sonrió como si la pregunta tuviera trampa.

—Porque soy la friki lesbiana de arquitectura. La gente prefiere comer de pie.

Lo dijo con tanta naturalidad que me reí. Le confesé que yo era bisexual y que llevaba dos años sin querer mirar a nadie. Camila se quedó callada un segundo, después bajó los ojos al libro y siguió leyendo. Pero al despedirse, sin mirarme, me dijo:

—Mañana también voy a estar en esta mesa.

Estuve. Y al día siguiente también, y al siguiente. En menos de un mes ya no comíamos solas: comíamos juntas, y los demás seguían apartándose. A mí me daba igual. Cada vez que Camila se mordía el labio al pensar, yo perdía el hilo de lo que estuviera diciendo.

***

La primera vez que la besé estábamos las dos borrachas. Fue después de los exámenes de febrero. La convencí de venir a una fiesta en el colegio mayor a base de insistir, y ella, que jamás había probado un chupito, descubrió esa noche el aguardiente con la peor de las consecuencias. A la una de la madrugada se había bebido cuatro y se reía sola. La senté en un sofá apartado para que se le pasara el mareo, y cuando giró la cara hacia mí, sin avisar, me besó.

Fue un beso intenso, torpe y largo, de los que ordenan el mundo por unos segundos. Después se quedó dormida apoyada en mi hombro. La subí a mi habitación porque la suya estaba dos pisos más arriba y yo tampoco podía con los míos. La desnudé, le puse una camiseta mía y la metí en la cama. Yo me dormí abrazada a su espalda, sin pensar en nada que no fuera el calor de su cuerpo.

Por la mañana se despertó desorientada. Se vio en ropa interior y, por un instante, el pánico le cruzó la cara.

—Entre nosotras no pasó nada —le dije rápido—. Estabas peor que yo y no podía subirte a tu cuarto.

—Menos mal —contestó—. No me hubiera gustado que mi primera vez contigo fuera con esta resaca.

—¿Quién te ha dicho que iba a haber una primera vez?

—Tu beso de ayer.

Le di una pastilla para el dolor de cabeza y la dejé dormir otro rato. Quiero que esto dure mucho, pensé antes de cerrar los ojos.

***

Llamé a Henri esa misma tarde.

—Papá, este fin de semana me quedo en el colegio mayor. He conocido a alguien especial.

—Me alegro mucho, hija. ¿Y qué tal sus notas?

Sonreí. Henri me conocía demasiado bien. Antes de Camila había tenido una relación que casi me destroza: una chica bisexual que me hizo creer que estaba enamorada de mí mientras me usaba como cebo para dar celos a su ex. Cuando lo consiguió, me dejó en una cafetería con un café por la mitad. Pasé tres meses sin dormir y otros tres sin hablar con nadie que no fuera Henri. Él lo sabía y por eso preguntaba siempre por las notas, no por la cara: a una buena estudiante no la engaña tan fácilmente otra como ella.

—Las mejores de toda la facultad de arquitectura —le dije—. Y de lejos.

—Tráela a cenar cuando quieras.

Tardamos cuatro meses en organizarla. Mientras tanto, Camila y yo avanzamos despacio, como avanzan dos personas que se quieren pero llevan miedos colgados del cuello. Hubo besos, manos por debajo de la blusa, noches enteras de hablar en su habitación sin pasar de ahí. Le conté lo de mi ex sin omitir nada. Camila escuchó hasta el final y solo dijo: «yo no soy ella».

***

El sábado en que todo terminó de soltarse cenamos en un italiano que me había recomendado Henri. Era barato, la pasta sabía a recuerdo, y Camila salió del restaurante diciendo que se quedaba con esa casa para siempre. Pedimos un taxi y le dije al conductor que nos llevara al club nuevo del que hablaba media universidad.

La cola era larga. Avanzaba a empujones y, en un descuido, la vi: mi ex, dos puestos por delante en la fila, con su mejor amiga al lado. No me había visto. Se me cambió la cara y Camila lo notó al instante.

—¿Qué pasa?

—Mi ex —murmuré.

Me apretó la mano sin decir nada. Entramos veinte minutos después y, durante la primera hora, conseguí no pensar en ella. El club estaba a reventar, encontramos un hueco diminuto en la pista de baile y nos pegamos. La besé con una intensidad que me sorprendió incluso a mí. Camila siguió el beso sin titubear. Creía que estaba en paz.

No lo estaba. Mi ex nos había visto. Reconocí su sonrisa antes de que ella se acercara: esa sonrisa que aprendí a temer cuando aún la creía mía.

Camila y yo decidimos parar a beber algo. Me estaba muriendo de ganas de mear, así que le dije que pidiera ella mientras yo iba al baño. La cola fue rapidísima por una vez. Cuando salí, miré hacia la barra y se me cayó el alma a los pies: mi ex se había acercado a Camila y le hablaba al oído.

Avancé empujando a la gente, pero entre la pista y la barra se formó un tapón que me obligó a quedarme quieta a tres metros. Pude oírlas, aunque ellas no me veían.

—¿Estás segura de que quieres irte con la frígida de Lieke? —decía mi ex—. Te aseguro que conmigo lo pasarías mejor.

Apreté los dientes. Camila ni se inmutó.

—A ver, guapa —contestó con una calma que me derritió—. Esta noche es Lieke la que me va a comer el coño mientras tú te quedas con tres palmos de narices.

—¿Y tú qué te has creído? Yo puedo tener a la mujer que quiera.

—Puede. Pero ninguna de ellas será la novia de Lieke, y por eso te vas a quedar con la cara que se te está poniendo ahora mismo.

La amiga le tiró del brazo y le susurró algo. Mi ex me vio aparecer justo entonces. No dijo nada. Se dio media vuelta y se perdió entre la gente sin volver a mirarnos.

—¿Así que tu novia? —le pregunté a Camila con la voz temblando de algo que no era miedo—. ¿Y quién has dicho que te iba a comer el coño?

—Pues tú. Y vamos tardando.

***

La cogí de la mano y salimos. Habíamos pasado al venir delante de un hotel pequeño, en una calle paralela. Entramos casi corriendo. Pedí una habitación, subimos en el ascensor besándonos contra el espejo y, al cerrar la puerta del cuarto, las dos teníamos los vestidos a medio bajar.

Camila escondía debajo de la ropa holgada un cuerpo que no me esperaba: pechos pequeños y firmes, caderas estrechas, vientre liso. Le besé el cuello, los hombros, los pezones, el vientre, y bajé despacio hasta arrodillarme entre sus piernas. Ella se sostenía contra la pared con las manos abiertas, sin saber dónde ponerlas. Cuando le abrí los muslos con la cara y la besé por dentro, soltó un gemido tan fuerte que tuve miedo de que se oyera en el pasillo.

—Qué me haces… qué me haces —repetía entre jadeos.

—Lo que tú querías. Voy a comerte hasta que pidas clemencia.

No pidió clemencia. Me agarró de la nuca con las dos manos y empujó. Yo seguía con la lengua, sin prisa, aprendiéndole el ritmo: un círculo lento alrededor del clítoris, una pausa, otra vez. Cuando se corrió, las rodillas le fallaron y la sostuve para que no se cayera al suelo. Después se rió, una risa ronca, y me miró desde arriba con un brillo que me dejó sin defensa.

—Quítate eso —me dijo, señalando el vestido.

Me lo bajé y dejé que cayera. Camila me empujó suavemente hasta la cama, me abrió las piernas con las dos manos y bajó la cara despacio, sin dejar de mirarme. Lo que pasó después no lo había experimentado nunca: nadie me había leído el cuerpo como ella me lo leyó esa noche. Me corrí dos veces seguidas antes de poder pensar, y el tercer orgasmo casi me llevó por delante. Tuve que pedirle que parara para recobrar el aliento.

—En mi vida —dije con la voz tomada— me han hecho sentir esto.

—Yo todavía tengo hambre —contestó, relamiéndose.

Se tumbó boca arriba y yo me coloqué encima de ella al revés, ofreciéndole mi sexo mientras me hundía en el suyo. Pasamos casi toda la noche así, dándonos placer la una a la otra hasta que el amanecer entró por la ventana y nos quedamos abrazadas, sudadas, sin hablar.

***

Hasta que terminó el curso, nadie en la facultad volvió a apartarse de nuestra mesa. Si alguien lo intentaba, era ella la que le decía algo que le quitaba las ganas de repetir. Las dos sacamos las mejores notas otra vez, y al fin organizamos la cena con Henri en la embajada.

Camila se presentó nerviosa, con una camisa azul marino y unos pantalones blancos que me hicieron olvidar por un segundo que íbamos a cenar con mi padre. Yo me había puesto una blusa blanca. Henri la recibió en la puerta con una sonrisa pequeña y le tendió la mano. Bastó que ella dijera dos palabras sobre el Tintoretto del vestíbulo para que se enredaran en una conversación de arte que duró toda la cena. Henri saltaba de un nombre a otro y Camila le seguía sin titubear: barroco, gótico, manierismo, siglo XX. Yo entendí la mitad y la otra mitad la disfruté mirándolos.

Después de los cafés, Henri le hizo un tour por las salas y me dejó sola en el salón. Cuando volvieron, mi padre tenía esa cara de cuando algo le gusta de verdad.

—Es brillante —me dijo al despedirse—. Cuídala.

En el coche de vuelta, Camila apoyó la cabeza en mi hombro.

—Tu padre es maravilloso —dijo—. Y sabe muchísimo.

—Tú tampoco te has quedado corta. ¿Ahora ya podemos considerarnos novias oficiales?

—Aún no —contestó riéndose—. Todavía nos queda cenar con los míos.

Me puse blanca. Camila se rió todavía más fuerte y, sin dejar de reír, me besó la sien.

—Tranquila —dijo—. Lo del club lo ganaste tú. Lo de mis padres lo pelearemos juntas.

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