Lo que el director me pidió por salvar a mi hijo
Mariana Castaño aparcó el coche en el estacionamiento casi vacío del instituto y no se atrevió a bajar enseguida. Las manos seguían sobre el volante, los nudillos blancos. Tenía cuarenta años, dos hijos y una sentencia escrita a máquina dentro del bolso. Lucas, el mayor, había sido cazado vendiendo hierba a sus compañeras en el baño de chicas. Expulsión definitiva, decía el papel. Sin instituto, sin beca, sin universidad.
Esa mañana se había vestido con cuidado. Vestido azul marino de punto, cinturón ancho que le marcaba la cintura, tacones discretos. Después, frente al espejo, había abierto el cajón de la lencería y se había quedado mirando demasiado tiempo. Eligió ropa interior que su marido no había visto nunca. Se dijo que era casualidad, que era lo primero que había encontrado, que daba lo mismo.
Mentira.
Esteban llevaba dieciocho años trabajando turnos dobles en la fábrica de envasado y nunca había sido capaz de mirarla así, con esa especie de hambre que ella sentía a veces en el supermercado, en la fila del banco, en el ascensor. Mariana se había acostumbrado a apagar ese hambre con paciencia y vino blanco. Hoy, sin embargo, el hambre iba con ella, sentada al lado en el asiento del copiloto.
Salió del coche. El pasillo principal del instituto olía a desinfectante y a tinta de fotocopiadora. Llamó a la puerta del despacho del director y una voz grave la invitó a pasar.
—Señora Castaño. Adelante.
Ricardo Méndez tenía cincuenta y tantos años, hombros anchos y el pelo cano peinado hacia atrás con una raya perfecta. Cuando ella entró, se levantó a medias y le señaló la silla frente a su escritorio. Mariana sintió que la mirada del hombre la recorría sin disimulo: del escote al cinturón, del cinturón al filo de la falda. Cruzó las piernas y, por un instante, se sintió furiosa consigo misma por el placer pequeño y ridículo que aquello le provocó.
—Gracias por recibirme tan rápido —dijo.
—Era inevitable. Su hijo se ha pasado de la raya.
—Es un crío, Ricardo. Tiene dieciocho años pero por dentro tiene quince. Las amistades… Yo en casa intento…
—Usted en casa, su marido en la fábrica, la abuela en el geriátrico. Conozco la lista, señora Castaño. La conozco muy bien. Cada semana entra alguna madre por esa puerta con la misma lista exacta.
Hubo un silencio. Mariana se inclinó un poco hacia adelante. Sabía exactamente qué estaba haciendo. Sabía también que él lo sabía.
—Haré lo que sea necesario para que Lucas no salga del instituto con un expediente —dijo.
—«Lo que sea» —repitió Méndez, despacio, saboreando la frase—. Es un cheque en blanco muy peligroso, Mariana. ¿Puedo tutearla?
—Claro.
—Bien. Te lo pregunto por última vez. Cuando dices «lo que sea», ¿sabes lo que estás diciendo?
Ella tragó saliva. Notó cómo el corazón le golpeaba el sostén. Asintió.
—Quiero oírlo con palabras.
—Lo que sea necesario, director.
Él dejó pasar unos segundos más. Después se levantó, rodeó el escritorio con calma y echó el pestillo de la puerta sin dejar de mirarla.
—Levántate.
Mariana se puso de pie. El vestido se le había arrugado en las caderas y notó cómo la tela se ajustaba sobre el muslo. Méndez se acercó hasta quedar a un paso de ella, lo suficiente para que pudiera olerlo: tabaco apagado, colonia cara, café frío.
—Quítate el vestido —dijo—. Despacio. Y mientras lo haces, dime por qué estás dispuesta a hacer esto.
—Porque mi hijo lo necesita.
—No. Esa es la mentira que vas a contarte mañana frente al espejo. Hoy quiero la verdad.
Ella bajó la cremallera lateral. El sonido pareció demasiado fuerte en aquel despacho de paredes corchadas. El vestido cedió y cayó al suelo formando un círculo perfecto alrededor de sus tacones.
—Estoy aquí porque hace años que nadie me mira como me estás mirando tú ahora —respondió, sin reconocer del todo su propia voz.
***
Méndez se sentó en el filo del escritorio, los brazos cruzados, observándola como un comprador examina la mercancía antes de cerrar el trato. Mariana estaba frente a él en sujetador y braga negros, los tacones todavía puestos, las medias subidas hasta medio muslo. Le temblaban las piernas, pero no se cubrió.
—Acércate —ordenó él.
Ella obedeció. Méndez la tomó por la cintura sin brusquedad pero con autoridad, y la giró despacio, como si la estuviera evaluando bajo una luz mejor. Una mano subió por su espalda hasta el cierre del sujetador. Lo desabrochó con la misma facilidad con la que un funcionario abre un expediente.
—Cada vez que entres en este despacho —le dijo al oído mientras el sujetador caía—, vas a entrar así.
—¿Cada vez?
—Cada vez que haya que renovar el trato. Y los tratos se renuevan, Mariana. Siempre.
La giró de nuevo y la sentó sobre el escritorio. Apartó con el codo unos papeles que cayeron al suelo. Le abrió las rodillas con la palma de la mano, sin prisa, y se quedó mirándola en silencio durante un tiempo que a ella le pareció eterno. Después se inclinó, le besó por encima de la braga, y todo lo que ella había ensayado decir en el coche se le borró de la cabeza.
Mariana intentó pensar en Esteban. En la última cena los dos solos, hacía tres años, en la pizzería del barrio. En la rutina del domingo: lavadoras, partido, una cerveza tibia. En el pelo gris de su marido. No pudo. No conseguía sostener ninguna imagen más de tres segundos. La boca del director llevaba más tiempo entre sus piernas del que su marido recordaba haber estado nunca.
Cuando él se incorporó, ella estaba ya empapada y avergonzada por estarlo. Méndez la cogió de la nuca y la empujó hacia abajo, suavemente pero sin permitirle interpretar mal el gesto.
—De rodillas.
Ella bajó del escritorio y se arrodilló sobre la alfombra rasposa. Le desabrochó el cinturón, los pantalones, todo, con los dedos torpes como los de una adolescente. Él la dejó hacer, mirándola desde arriba con una sonrisa tranquila.
—No me defraudes, Mariana.
Ella no lo defraudó. Hizo todo lo que sabía y algunas cosas que llevaba años sin atreverse a hacer en su propia cama. Méndez le sujetaba la cabeza con una mano firme, marcándole el ritmo, susurrándole de vez en cuando algo que ella prefería no oír del todo: lo buena madre que era, lo bien que se sacrificaba, lo evidente que era que aquello le gustaba.
—Mírame —le dijo en un momento—. Quiero que me mires mientras lo haces.
Ella levantó los ojos. Vio su cara desde abajo, los ojos azules entrecerrados, el rictus satisfecho. Vio también, por encima del hombro de él, el diploma enmarcado en la pared. «Ricardo Méndez Aguirre. Pedagogía.» Y, justo al lado, una foto familiar: él, una mujer rubia, dos hijas adolescentes con uniforme de otro instituto.
No apartó la vista. Siguió.
***
Después la sentó otra vez sobre el escritorio y la tumbó hacia atrás, apartando con un manotazo el resto de carpetas. Le quitó la braga con dos dedos, despacio, como quien deshoja una flor que no le ha costado nada. Mariana cerró los ojos.
—Mírame —repitió él.
Ella obedeció. Lo miró mientras él la penetraba. Lo miró cuando le sujetó los muslos. Lo miró cuando se inclinó sobre ella y le susurró que aquello era solo el primer pago. Lo miró todo el tiempo, porque la única manera de aguantar lo que estaba pasando era convertirlo en algo que estaba decidiendo ella, aunque no lo fuera del todo.
Hubo un momento, hacia el final, en que dejó de fingir. Dejó de pensar en Lucas, en Esteban, en el papel arrugado dentro del bolso. Dejó de pensar en la mujer rubia del marco. Dejó de pensar, sin más. Se aferró a la espalda del director con las dos manos y se oyó a sí misma gemir como no se oía gemir desde antes del primer embarazo.
Cuando todo terminó, Méndez se apartó sin prisa y se vistió frente a ella como si volvieran a ser director y madre preocupada. Le acercó el vestido arrugado con la punta del zapato.
—Mañana le dirás a tu hijo que se ha librado por los pelos —dijo—. Le dirás también que esto no se repite. Y será verdad para él. No para nosotros.
—No para nosotros —repitió ella, sin saber si era una pregunta o una rendición.
—La próxima vez que veas un sobre del instituto en el buzón, vendrás. Y la próxima vez que te despiertes a las tres de la mañana sintiendo que tu marido no llena ningún hueco, también vendrás. Pedirás cita por la secretaria como una madre cualquiera y entrarás aquí como acabas de entrar hoy. ¿Entendido?
Ella asintió. No tenía aire para nada más.
Se vistió como pudo. El vestido olía a despacho y a hombre. La braga no aparecía por ningún lado. Méndez la había guardado en algún cajón, como un sello en una caja fuerte. Mariana no se atrevió a pedirla.
***
Salió del despacho con la sensación de que el pasillo era el doble de largo. El conserje seguía barriendo al fondo. Una luz fluorescente parpadeaba sobre su cabeza. Cuando llegó al coche, ya llovía. Se quedó sentada con las manos en el volante, igual que dos horas antes, pero la mujer que había aparcado allí ya no existía.
Pensó en Esteban llegando esa noche cansado de la fábrica, en el olor a comida en el horno, en la rutina sin sospechas. Pensó en Lucas, salvado sin saberlo. Pensó en la mujer rubia del marco. Pensó en sí misma frente al espejo, mañana por la mañana, intentando inventar la mentira que había prometido Méndez.
Encendió el motor. Las lágrimas le caían sin esfuerzo, pero no eran solo de vergüenza.
En algún punto del camino de vuelta, cuando ya enfilaba la avenida que llevaba a su urbanización, sin darse cuenta del todo, se descubrió a sí misma calculando cuántas semanas le faltaban a Lucas para terminar el curso. Cuántas excusas más iba a poder usar. Cuántas veces más iba a poder volver al despacho del director sin que nadie en casa sospechara.
Pensó también en Ricardo, en la facilidad con la que había echado el pestillo, en cómo se había sentado en el filo de su escritorio como quien se sienta en su trono de siempre. Lo imaginó al día siguiente, recibiendo a otra madre, repitiendo el mismo guion con otra voz grave. Le dio rabia. Le dio celos. Le dio, también, algo más turbio que no supo nombrar y que la hizo apretar las piernas en el semáforo.
Cuando llegó al garaje, se quedó dentro del coche otros diez minutos. Se miró en el espejo retrovisor. Se recolocó el pelo. Se humedeció los labios. Buscó dentro del bolso los pañuelos, el pintalabios, las llaves de casa, y rozó con la yema de los dedos la carta arrugada del instituto. La sacó, la rompió en cuatro pedazos y la guardó otra vez, esta vez en el bolsillo interior, el que no se abría nunca.
Mañana, frente al espejo, ensayaría la cara que iba a poner cuando Esteban llegara y le preguntara qué tal le había ido en el instituto. Diría que el director había sido comprensivo. Que Lucas se quedaba. Que todo estaba bien.
Y sería verdad, en cierto modo. Lucas se quedaba. Todo estaba bien.
Las madres como ella, pensó mientras subía en el ascensor, no se rompen.
Se reorganizan.