Mi compañero era casado y aun así llamó a mi puerta
Mi trabajo me lleva a viajar dos o tres veces al año. Soy inspectora de cumplimiento normativo en una empresa de logística, y cada temporada nuestro equipo visita alguna filial para revisar procedimientos, contratos y documentación. Es un trabajo que me gusta, aunque implica semanas fuera de casa y hoteles con camas demasiado grandes para una persona sola.
Ese año me tocó ir a Santiago de Chile con un compañero del departamento llamado Andrés. Nos conocíamos desde hacía cuatro años, trabajábamos a diario en el mismo espacio y, hasta ese viaje, nunca habíamos sido otra cosa que compañeros. Andrés tiene unos cuarenta y dos años, es alto, de complexión robusta, pelo oscuro con algunas canas en las sienes. Casado con dos hijos. La clase de hombre ordenado y tranquilo que mantiene los límites con una claridad que yo misma admiraba.
El vuelo duró tres horas. Llegamos al hotel a las diez de la mañana, pedimos habitaciones en el mismo piso pero en lados opuestos del pasillo, y nos pusimos a trabajar de inmediato. Jornadas largas, mucha documentación, reuniones con los encargados de la filial. Para cuando terminamos el segundo día, yo tenía los hombros en tensión y la cabeza llena de números que no querían irse.
***
Fue Andrés quien propuso cenar en su habitación para no moverse del hotel. Yo acepté sin dudarlo. Pedimos al servicio de habitaciones y elegimos una película en el streaming que no exigía ningún esfuerzo mental. Mientras comíamos empezamos a hablar, primero de trabajo, después de viajes anteriores, después de la vida en general.
—¿Y tú? ¿Sigues sola desde lo del divorcio? —preguntó en un momento dado.
—Sí. Hace casi un año ya. Lo prefiero así, por ahora. —Bebí un sorbo de la gaseosa que había pedido.— ¿Y tú con tu mujer cómo están?
Andrés tardó un segundo antes de responder.
—Regular, la verdad. Con los niños y el trabajo, encontrar el momento es complicado. Hacemos lo que podemos.
—¿Con qué frecuencia follan?
Me miró con una ceja levantada, entre sorprendido y divertido por la pregunta directa.
—Dos veces al mes. Tres si hay suerte —respondió. Y después, antes de que yo dijera nada—: ¿Y tú? ¿Cuánto llevas sin que te folle nadie?
—Desde el divorcio. Casi un año con el coño cerrado.
No dijo nada más. Yo tampoco. Siempre había asumido que su matrimonio funcionaba bien en todos los aspectos. Lo conocía como alguien cariñoso cuando mencionaba a su familia, siempre con esa imagen de solidez y estabilidad. Pero hay cosas que no se ven desde fuera, y esa noche acababa de ver una.
En ese momento la película llegó a una escena que cambió el tono de la noche. Una cama de hotel, dos personajes que llevaban cuarenta minutos de tensión acumulada, y una puerta que se cerraba. Los dos la vimos un segundo de más antes de apartar la vista con demasiado entusiasmo. Nos reímos de lo evidente que había sido el silencio.
Incómodo. Pero también algo más.
***
Me fui a mi habitación con la excusa de ducharme. Me duché, me puse el pijama, me senté en la cama y me di cuenta de que seguía pensando en la escena de la película y en la conversación sobre el sexo y, sobre todo, en Andrés. Llevaba meses sin que nadie me tocara. El cuerpo tiene memoria propia y, cuando la mente le da una excusa, no la desperdicia. Sentía los pezones duros contra la tela del pijama y una humedad tibia entre las piernas que no se calmaba sola.
Me quedé un rato con el móvil en la mano sin hacer nada útil. Después tomé una decisión de la que fui completamente consciente: me puse encima dos camisetas, una sudadera, calcetines y una gorra que encontré en el bolsillo de la maleta, bajé al lobby a por una botella de vino y volví con dos vasos de la cocina del pasillo. Llamé a la puerta de Andrés.
—¿No te has dormido? —preguntó. Llevaba camiseta y pantalón de chándal y tenía cara de que tampoco él había conseguido apagar la cabeza.
—Traje vino.
Me dejó pasar.
Saqué un juego de cartas de la maleta —lo llevo siempre en los viajes largos— y propuse un juego de apuestas con penalizaciones. Expliqué las reglas de forma confusa a propósito, yendo hacia atrás, corrigiéndome, alargando la explicación el tiempo suficiente para que los vasos quedaran a la mitad antes de que él las entendiera del todo. Cuando las entendió, las reglas incluían perder una prenda por cada ronda perdida.
—¿En serio? —preguntó.
—Es solo un juego.
Tardó unos segundos en decidirse, evaluando la idea con esa expresión suya que conozco bien. Después dijo que sí.
Yo me había puesto encima tres capas antes de llamar a su puerta. Andrés tenía camiseta, pantalón, calcetines y el bóxer. Cuatro prendas contra mis muchas. Las primeras rondas las gané yo con facilidad y él fue perdiendo calcetines primero, después el pantalón. El vino hacía efecto y la habitación fue perdiendo esa tensión formal que mantenemos en la oficina. Hablábamos entre rondas, nos reímos más que en meses.
Cuando Andrés perdió la camiseta me quedé callada un segundo. Lo tenía delante, con el torso desnudo, y me costó más de lo que habría querido no mirarle fijamente. Era más atlético de lo que sugería la ropa del trabajo: espalda ancha, abdomen plano, pocas concesiones al descuido. Y ahí, en el bulto tenso del bóxer, se marcaba una erección inequívoca que él ni siquiera intentaba disimular.
—¿Sigues? —preguntó.
—Sigo.
Una ronda más y ya no le quedaba nada que perder. Se cubrió con la manta riendo y yo me burlé de él mientras terminaba mi vaso. Eran las dos de la madrugada. Me levanté, recogí las cartas, me acerqué a darle un beso en la mejilla para despedirme. Al inclinarme hacia él, la manta resbaló ligeramente. Lo vi durante un segundo: una polla gruesa, larga, apoyada dura contra el vientre, con la punta ya brillante de líquido preseminal.
Solo un segundo. Suficiente para grabármela en la cabeza.
Salí de la habitación con paso tranquilo y cerré la puerta con cuidado.
***
Me tumbé en mi cama con el calor que tenía encima y que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación. Me quité la sudadera, las camisetas de encima, el short y las bragas. Miré el techo. Me pasé la mano por el vientre y la bajé sin freno hasta el coño. Estaba empapada, con los labios hinchados y el clítoris ya latiendo por su cuenta.
Empecé a tocarme sin darle demasiadas vueltas. Me metí dos dedos y los saqué mojados, los usé para frotarme el clítoris en círculos cada vez más rápidos. Pensé en él, en la polla dura contra el vientre, en la manta que resbaló, en esa conversación sobre las dos veces al mes. Me imaginé arrodillada entre sus piernas, metiéndomela hasta la garganta, sintiéndolo empujar. Me vine sin tardar mucho, arqueada sobre la cama, mordiéndome el labio para no gritar, pero no me alivió. A veces el cuerpo pide más de lo que uno está dispuesto a admitir, y yo quería esa polla dentro, no mis dedos.
Estaba mirando el techo con la mano todavía entre las piernas cuando llamaron a mi puerta. Tres golpes suaves.
Me puse una camiseta sobre el cuerpo desnudo y abrí. El pasillo estaba vacío.
Fui hasta su puerta y llamé. Abrió de inmediato, como si llevara un rato junto a la puerta sin estar seguro de si cruzarla o no.
—¿Fuiste tú? —pregunté.
—Sí.
Nos miramos un momento. Después nos acercamos al mismo tiempo, sin el lento acercamiento de las películas. Nos besamos con la boca abierta, las lenguas metidas hasta el fondo. Sus manos encontraron mi cara, después bajaron por el cuello hasta meterse bajo la camiseta y agarrarme las tetas de golpe, pellizcándome los pezones con los dedos. Las mías fueron directas al bulto de su chándal y le apreté la polla dura por encima de la tela. Se le escapó un gruñido contra mi boca.
—Ya estás mojada —dijo, metiendo la otra mano entre mis muslos y comprobándolo.
—Llevo mojada desde que se te cayó la puta manta.
Me llevó hasta la cama sin soltar mi cintura. Nos tumbamos. Me arrancó la camiseta y se quedó un segundo mirándome desnuda antes de agacharse y morderme un pezón, tirando con los dientes hasta que solté un gemido. Pasó al otro, chupándolo entero, con la mano bajando por mi vientre sin pausa. Cuando llegó al coño metió dos dedos de una sola vez y me abrió las piernas de par en par con el codo.
—Joder, cómo estás —murmuró contra mi pecho—. Estás chorreando.
Bajó por el vientre besándome, dejando marcas rojas de la barba, y cuando llegó entre mis piernas ni siquiera dudó. Me abrió los labios del coño con los pulgares y me pasó la lengua entera desde la entrada hasta el clítoris. Grité. Me tapó la boca con una mano y siguió comiéndomelo como si llevara meses sin follar, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua, alternando con dos dedos que me curvaba dentro golpeando justo el punto que me hacía retorcerme. Le clavé los talones en la espalda. Le tiré del pelo. Me vine con un gemido ahogado contra su mano, con las piernas temblando, apretándole la cabeza entre los muslos hasta que dejó de mover la lengua.
Cuando levantó la cara la tenía brillante, con la barba mojada de mí. Se pasó el dorso por la boca y sonrió.
Me quedé un momento sin poder moverme, pero solo un momento. Me incorporé y lo empujé de espaldas sobre el colchón. Le bajé el bóxer de un tirón y su polla saltó fuera, tan dura como la había visto bajo la manta. Grande, gruesa, con las venas marcadas y el glande hinchado y morado, goteando. La agarré con la mano y no me llegó a cerrar del todo.
—Joder, Andrés —dije.
Me lo metí en la boca despacio, primero la punta, chupándole el glande, jugando con la lengua en la ranura. Bajé un poco más, tragando, sintiendo cómo me llenaba la boca hasta la garganta. Subí babeando. Se la mamé entera, con las dos manos, alternando la boca con una masturbación lenta, escupiendo sobre el glande para que resbalara mejor. Le lamí los huevos, uno por uno, tomándomelos en la boca mientras seguía puñetándosela con la mano. Volví a subir por el tronco con la lengua plana y me la tragué otra vez, esta vez hasta el fondo, ahogándome un poco.
—Así, así —jadeaba él, con la mano en mi nuca sin apretar, solo siguiendo el ritmo que yo marcaba—. No pares, joder, así.
Su respiración cambió. Los muslos se le tensaron bajo mis pechos. Cuando llegó al límite me lo avisó con un gruñido y yo me la clavé hasta el fondo, apretando los labios, y lo mantuve ahí mientras me llenaba la boca con chorros calientes de semen espeso. Tragué todo lo que pude. Cuando lo saqué, un hilo blanco me colgaba de la comisura. Me lo limpié con el dedo y me lo chupé mirándolo a los ojos.
Nos tumbamos un rato sin hablar. La luz de la ciudad de madrugada entraba por la rendija de las cortinas y dibujaba una línea naranja en el techo.
—Hacía tiempo —dijo él en voz baja.
—Para mí también.
***
Me subí encima de él. Empezamos a besarnos de nuevo, más despacio que antes, sin la urgencia del principio, y sentí cómo se le ponía dura otra vez debajo de mí, creciendo entre mis nalgas mientras yo me frotaba contra su vientre. Le pregunté si tenía protección. Sacó un preservativo de la mesilla sin decir nada. Le rasgué el sobre con los dientes, lo desenrollé sobre su polla con calma, apretándole el glande antes de bajar la goma hasta la base mientras él me observaba con los ojos entrecerrados.
Lo agarré por el tronco y me alcé sobre las rodillas. Froté la punta contra mis labios empapados un par de veces, empapándola, deslizándola sobre el clítoris. Después me la coloqué en la entrada y bajé despacio, milímetro a milímetro, sintiendo cómo me abría. Solté el aire de golpe cuando la tuve entera dentro. Me quedé quieta un segundo, sentada sobre él, sintiéndola pulsar en lo hondo.
—Joder, cómo llenas —susurré.
Empecé a moverme. Primero lento, subiendo casi hasta la punta y bajando entera, buscando el ángulo. Sus manos se afianzaron en mis caderas, controlando la profundidad, guiándome sobre él. Me incliné hacia adelante y le puse las manos en el pecho, cabalgándolo con las tetas colgando frente a su cara. Se incorporó lo justo para atrapar un pezón con la boca y chupármelo mientras yo aceleraba el ritmo. En un momento puse la frente contra la suya y nos quedamos así, moviéndonos despacio, sin hablar, con solo el sonido de la respiración y el chapoteo húmedo de su polla entrando y saliendo de mí.
Cambié de posición. Me bajé de él, me di la vuelta y me puse a cuatro patas al borde del colchón. Él se colocó detrás, de rodillas. Me agarró las caderas con las dos manos y me la clavó de una embestida hasta el fondo. Grité contra la almohada.
—Así, cabrón, así —jadeé—. Fuerte.
Me la metió sin piedad, con embestidas largas y profundas que me sacudían el cuerpo entero. Sus caderas chocaban contra mi culo con un ruido seco a cada golpe. El cabecero golpeaba la pared y en algún momento dejé de preocuparme por las paredes finas del hotel. Me agarró el pelo, enrollándolo en el puño, y tiró hacia atrás obligándome a arquear la espalda. Me la metió aún más profunda desde ese ángulo. Con la otra mano me dio un azote fuerte en la nalga que me arrancó un gemido. Después otro.
—Dime que te gusta —jadeó, sin dejar de embestir.
—Me encanta, joder, no pares, méteme esa polla hasta el fondo.
Alargó una mano por debajo y me buscó el clítoris, frotándomelo con dos dedos al mismo ritmo que me follaba. Fue demasiado. Me vine con una sacudida que me recorrió desde las caderas hasta los hombros, apretándolo dentro, gritando contra la almohada mientras el orgasmo me sacudía en oleadas. Él aguantó unos segundos más, tirando de mis caderas contra las suyas, y cuando llegó su turno lo hizo con una serie de embestidas más lentas y hondas. Sentí cada una hasta que se descargó dentro con un gruñido largo y se quedó pegado a mí, apretándome contra su vientre, vaciándose entero.
Nos derrumbamos de lado sobre el colchón, todavía unidos. Se salió de mí despacio, se quitó el preservativo anudado y lo dejó caer en la papelera. Puso el brazo debajo de mi cabeza sin decir nada. Yo cerré los ojos y no los volví a abrir hasta el amanecer.
***
Cuando desperté, la luz entraba por las cortinas y Andrés seguía dormido con el brazo en el mismo sitio. Me quedé un momento mirándolo antes de levantarme. Sentía el coño hinchado y una molestia dulce entre los muslos que confirmaba que nada de la noche había sido un sueño.
Me vestí en silencio, recogí lo que era mío del suelo y salí de la habitación. En la ducha de mi cuarto me quedé bajo el agua caliente más tiempo del necesario. Andrés tenía esposa y dos hijos. Yo había elegido esa noche con plena consciencia desde el momento en que bajé al lobby a por el vino. No había ninguna versión de la historia en la que yo fuera víctima de nada.
Esa mañana en el desayuno nos sentamos juntos como siempre, pedimos café, repasamos el cronograma del último día de inspección. No mencionamos nada de lo que había pasado. No hacía falta.
Lo que empezó en Santiago no terminó en Santiago. En los meses siguientes hubo más viajes de trabajo, más habitaciones de hotel, más noches que empezaban con cualquier excusa razonable y terminaban con su polla dentro de mí en alguna postura nueva. Yo sabía exactamente cuál era mi lugar en esa historia: era la otra. Lo elegí de todas formas, con los ojos abiertos.
No es la decisión más acertada que he tomado en mi vida. Pero tampoco me arrepiento.