El amante que la esperaba en el turno de medianoche
Sandra firmó el último parte médico cuando el reloj del pasillo marcaba las once y cuarto. El hospital, a esa hora, tenía su propia lógica: los sonidos se amortiguaban, las urgencias bajaban el ritmo, y lo que durante el día era caos organizado se convertía en una calma tensa y artificial, como si el edificio entero contuviera la respiración.
Llevaba tres semanas en el turno nocturno. Tres semanas sin cruzarse con Diego más que en mensajes de texto y cenas recalentadas. Él salía a trabajar cuando ella llegaba a casa. Cuando por fin compartían la cama, Diego la tocaba de manera mecánica —le apretaba una teta con desgana, le metía dos dedos secos entre las piernas sin molestarse en mojárselos con saliva, se ponía encima, la penetraba con una polla a medias dura, bombeaba media docena de veces y se corría dentro casi sin gemir— y luego se daba la vuelta. «Buenas noches», decía, como quien cierra un expediente y lo archiva.
Sandra se quedaba despierta, con los ojos en el techo, el coño palpitando de frustración con el semen de Diego escurriéndose entre los muslos sin que ella hubiera sentido nada, y una rabia que no sabía cómo nombrar. No era solo el sexo, aunque eso también faltara. Era algo más difícil de articular: la sensación de que la persona que dormía a su lado ya no la veía.
Había empezado a preguntarse si el problema era ella.
***
Víctor llegó al turno nocturno sin hacer ruido, como llegaba a todo. Tenía el pelo completamente blanco, las manos anchas y esa manera de moverse que tienen los hombres que ya no necesitan demostrar nada. Cincuenta y tantos, debía de tener. Sandra no había preguntado, y él no había mencionado su edad como si fuera un dato relevante.
Lo notó desde el principio, aunque tardó en admitirlo. La miraba de una manera directa, sin el disimulo apresurado que usaban los hombres más jóvenes. No era agresiva, esa mirada. Era atenta. Como si encontrara algo interesante en ella que mereciera ser observado con calma.
La primera vez que estuvieron solos fue en la cafetería, pasadas las tres de la mañana. Sandra tomaba un café frío con los codos sobre la mesa y los ojos en el móvil. Víctor entró, pidió agua en el dispensador, y al pasar junto a su mesa se detuvo un momento.
—Tranquila la noche —dijo.
—Por ahora —respondió ella, sin levantar los ojos.
Hubo un silencio breve. Luego él añadió:
—En este turno, la calma es una trampa. Da tiempo de sobra para pensar en lo que falta.
Sandra levantó los ojos. Víctor la miraba con una media sonrisa que tenía algo de desafío y algo de complicidad, y que no supo clasificar con ninguna de las dos opciones. Antes de que ella pudiera responder algo, él se levantó y se fue. Sandra lo siguió con la mirada más tiempo del que pretendía.
***
Los días siguientes, Sandra se convenció de que era irritación lo que sentía. Que era un hombre ordinario. Que sus miradas eran insolentes. Se lo repitió mientras preparaba medicaciones, mientras revisaba historiales, mientras desbloqueaba el móvil esperando algo que no llegaba.
Diego no llamaba. Solo enviaba instrucciones.
«Compra leche.»
«¿Pagaste el seguro?»
«Esta semana no puedo, mejor el fin de semana.»
Una noche, en el pasillo de Traumatología, Víctor apareció en dirección contraria y no se apartó. Se detuvo a dos metros, como si el pasillo le perteneciera.
—Sandra, ¿verdad? —dijo, sabiendo perfectamente quién era.
—Sí.
—Víctor. —Le tendió la mano. Un apretón firme, sin prisa para soltar—. Dicen que eres de las mejores del turno.
—Dicen muchas cosas.
—Supongo que sí. —Sus ojos bajaron sin ningún disimulo a su escote, se demoraron ahí como pesándole las tetas por encima del uniforme, y luego volvieron a su cara—. A mí me gusta comprobar las cosas por mí mismo.
Sandra sintió calor en las mejillas y otro, distinto, más abajo, entre las piernas. Se dijo que era indignación. Tenía que serlo.
—Tengo que seguir —dijo.
—Claro. Buenas noches, enfermera.
Lo dijo con una entonación particular que la siguió todo el camino hasta el control de enfermería y después, en el metro de vuelta a casa, y más tarde en la ducha, donde se descubrió pasándose los dedos por el coño hinchado bajo el agua caliente, pensando en las manos anchas de Víctor y en cómo la habría mirado si hubiera podido verla en ese momento. Se corrió apretando la frente contra los azulejos, mordiéndose el labio para no gemir, y después cerró el grifo de agua fría y se preguntó cuándo había sido la última vez que Diego le había dicho buenas noches con algo que no fuera rutina. O la última vez que se había corrido en su propia cama, con él dentro, en vez de a escondidas en una ducha.
***
Fue el miércoles cuando algo se rompió.
Diego la llamó a las dos de la mañana para decirle que no iba a estar en casa cuando ella llegara: reunión temprana fuera, había cogido el coche esa noche para no madrugar. «Te llamo luego», dijo, y colgó antes de que ella pudiera responder.
Sandra bajó al sótano.
La sala de descanso era pequeña: dos sofás viejos, una cafetera de cápsulas y una ventana que daba a un patio interior oscuro. El único lugar del hospital donde no llegaba el sonido de los monitores. Se sentó en el sofá más alejado de la puerta, apagó la lamparilla del rincón y trató de vaciar la cabeza. Sacó el móvil. Una foto de ella y Diego en la playa, del verano anterior. Ambos sonriendo, pero mirando a lados distintos.
Llevaba diez minutos ahí cuando escuchó pasos en la escalera.
Víctor asomó la cabeza por la puerta. La vio. Entró sin prisa, sin preguntar, y se sentó en el sofá de enfrente como si llevara la costumbre de hacerlo.
—Malas noticias —dijo.
—No. Solo un momento tranquilo.
—Mientes bien. —Sirvió café de su termo en el tapón y lo dejó en la mesita entre ellos—. He visto esa cara antes.
—¿Qué cara?
—La de alguien que está esperando algo que ya sabe que no va a llegar.
Sandra lo miró. El calor que sintió no tenía nada que ver con la indignación de otras noches, y las dos partes de su cerebro lo sabían.
—No sé de qué habla.
—No tienes que saberlo. —Extendió las manos sobre las rodillas, completamente relajado, sin ningún apresuramiento—. Pero llevas semanas aquí, en este turno, cargando algo demasiado pesado para llevarlo solo.
—¿Y eso le da derecho a bajar al sótano a las dos de la mañana?
—No. —Una pausa—. Pero llevo semanas sin encontrar el momento para decirte que eres la persona más interesante de este turno y que nadie parece habérselo dicho todavía. Eso sí me parece razón suficiente.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Tenía otra densidad. Sandra notó que ya no estaba pensando en Diego.
—Soy una mujer casada —dijo, sin saber muy bien para quién lo decía.
—Lo sé.
—Y esto no debería...
—No tienes que justificarte. —Víctor se puso de pie despacio, recogió el tapón del café—. Si quieres que me vaya, me voy ahora mismo. Sin dramas. Pero si quieres compañía, aquí estoy. Sin más complicaciones que las que tú quieras.
Se quedó de pie, esperando.
Sandra no dijo nada. Y eso fue suficiente.
***
Hablaron durante un rato largo, o corto, Sandra no supo bien. Víctor hablaba de cosas sin importancia —de los turnos nocturnos, de cómo el tiempo funciona distinto cuando el mundo duerme— y ella escuchó más relajada de lo que se esperaba. Había algo en su manera de hablar que era diferente de Diego: Víctor la miraba mientras hablaba. La miraba de verdad, sin el teléfono de por medio, sin estar en otro sitio mental.
—¿Cuánto tiempo llevas con tu pareja? —preguntó en algún momento.
—Cuatro años. Casados dos.
—¿Feliz?
La pregunta llegó sin adornos. Sandra tardó en responder, buscando la respuesta correcta o, al menos, la que sonara mejor.
—Es complicado.
—Siempre lo es.
Víctor se giró hacia ella. La distancia entre ellos era de un palmo. Sandra notó cómo su respiración se ajustaba a la de él sin que ella lo decidiera, como una cosa pequeña e involuntaria que delataba lo que estaba pasando.
—Si te dijera lo que pienso desde que llegué a este turno, ¿qué harías?
—Depende de lo que pienses.
—Que eres una mujer a la que llevan demasiado tiempo sin follar como es debido. —Una pausa—. Y que yo llevaría semanas pagando ese precio con gusto si me dejaras metértela hasta el fondo y quedarme ahí el tiempo que hiciera falta.
El corazón de Sandra se aceleró. Buscó la trampa en sus palabras, el cinismo, la insolencia de otras veces. No encontró nada de eso. Solo una honestidad directa, cruda, que llevaba meses sin escuchar.
Cuando Víctor se inclinó hacia ella, Sandra lo dejó.
El primer beso fue lento. Serio, como algo que llevaba tiempo pendiente y que ninguno de los dos iba a apresurarse en terminar. Sus manos en su cara, cálidas, sin urgencia. Sandra cerró los ojos y dejó que el ruido de fondo —Diego, las obligaciones, la culpa que ya se estaba formando— se amortiguara por primera vez en mucho tiempo. Cuando la lengua de Víctor entró en su boca, Sandra sintió que se le contraía el coño con una intensidad que casi le dolió, y se dio cuenta de que llevaba semanas apretando los muslos por la noche sin admitir lo que estaba pidiendo.
—Despacio —murmuró él junto a su oído—. Tenemos tiempo.
Nadie le había dicho eso en años.
***
Lo que siguió fue deliberado. Sin prisa, sin el ritual mecánico al que Sandra estaba acostumbrada. Víctor deshizo los botones de su uniforme uno a uno, mirándola entre cada uno como si le estuviera dando tiempo de cambiar de idea. Ella no lo usó. Cuando la blusa cayó abierta y él le desabrochó el sujetador por delante, no se lanzó a las tetas como habría hecho Diego. Se quedó mirándoselas un momento largo, con los pezones ya duros bajo su mirada, y después bajó la boca despacio y le lamió uno entero antes de cerrar los labios encima y chuparlo con una fuerza que hizo que Sandra soltara un jadeo agudo contra su pelo blanco.
—Joder —murmuró ella, sin poder evitarlo.
—Sí —dijo él con la boca todavía en su pezón—. Eso quiero oír.
Sus manos recorrieron su cuerpo con una atención que Sandra había olvidado que existía. Le sacó el pantalón del uniforme tirando despacio, deslizándole las bragas por los muslos con las dos manos, y cuando se las quitó del todo se las llevó un segundo a la cara y respiró hondo, mirándola a los ojos mientras lo hacía. Sandra sintió que se le encendía la cara.
—Estás empapada —dijo él, casi sonriendo.
—Cállate.
—No voy a callarme. Llevo semanas pensando en cómo olerías.
Le abrió las piernas con las dos manos en las rodillas, sin brusquedad pero sin pedir permiso, y Sandra dejó que se las abriera. Víctor le pasó la palma abierta por el coño de arriba abajo, midiéndola, sintiendo cuánto se había mojado, y después empezó a acariciarle el clítoris con el pulgar en un círculo lento y firme que la hizo arquear la espalda contra el sofá. Dos dedos entraron sin resistencia, hasta los nudillos, y Sandra escuchó el ruido húmedo que hicieron al entrar y se le escapó un gemido largo que no reconoció como suyo.
—Así —dijo él, moviendo los dedos despacio, buscando dentro de ella—. Enséñame dónde.
Los curvó hacia arriba y encontró un punto que la hizo cerrar los ojos y morderse el labio para no gritar. Volvió ahí. Otra vez. Y otra. Con el pulgar todavía en el clítoris, con la boca en el pezón, sin apuro, sin cambiar el ritmo cuando ella empezó a moverle las caderas contra la mano pidiendo más.
—Todavía no —dijo él—. Quiero probarte primero.
Bajó por el vientre besándola, mordiéndole la piel de las caderas, y cuando su boca le encontró el coño Sandra se agarró al respaldo del sofá con las dos manos. Víctor no le lamió el clítoris de inmediato. Le pasó la lengua por los labios del coño despacio, uno y otro, la abrió con los pulgares y le hundió la lengua dentro respirando con la nariz contra el pubis. Después subió, encontró el clítoris con la punta de la lengua y se quedó ahí, chupando y lamiendo con una constancia que a Sandra le hizo perder la noción de dónde estaba.
El sonido que salió de su garganta fue completamente involuntario. Víctor no tenía prisa. Metió dos dedos otra vez mientras seguía comiéndola, la llevó despacio hasta el borde, la mantuvo ahí el tiempo suficiente para que doliera de una manera que no era dolor, y cuando finalmente la empujó al otro lado fue con una firmeza que no dejaba margen para fingir ni para pensar en otra cosa.
—Mírame —dijo él, levantando la cara brillante entre sus muslos.
Ella lo miró. Y se corrió en su boca, con el coño apretándose alrededor de sus dedos en oleadas, sin apartar los ojos. Víctor se la siguió chupando entera todo el orgasmo, tragando, sin soltarla hasta que ella empezó a temblarle y a pedirle basta, basta, con la voz rota.
Se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se bajó el pantalón. La polla se le salió gruesa y dura, con la punta ya brillando, y Sandra alargó la mano casi sin pensarlo y se la agarró. Le sorprendió el peso, el grosor. La apretó entera con el puño, movió la mano de abajo arriba una vez, dos, viendo cómo a Víctor se le tensaba la mandíbula.
—A la boca —dijo él, y no era una orden, era casi un ruego.
Sandra se deslizó del sofá, se puso de rodillas en el suelo entre sus piernas y se la metió en la boca sin previo aviso, hasta donde le llegó. Le chupó el glande primero, dando vueltas con la lengua alrededor de la corona, y después bajó despacio, mamándosela entera, hundiendo la cabeza hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta. Víctor le puso una mano en la nuca —sin empujar, solo apoyada— y soltó un gemido grave que Sandra sintió en las rodillas. Se la mamó durante un rato, escupiéndole en la polla para que resbalara mejor, cerrando el puño en la base y moviéndolo al ritmo de la boca, hasta que Víctor la sujetó por el pelo y la apartó.
—Para. Me corro si sigues.
La levantó del suelo tirándole del brazo, la giró y la puso boca abajo en el sofá con las rodillas en el cojín y el culo hacia arriba. Le abrió las nalgas con las dos manos, le pasó la punta de la polla por los labios del coño empapado, la deslizó de arriba abajo un par de veces hasta empaparse él también.
Cuando Víctor la penetró despacio, Sandra sintió que algo encajaba en su sitio con la precisión de algo que llevaba tiempo mal puesto. La entró entera, hasta el fondo, y se quedó ahí un momento dejándola respirar. Sandra soltó un gemido largo contra el cojín, con la boca abierta, sintiendo cómo se le abría por dentro.
—Joder, cómo aprietas —murmuró él contra su nuca.
Empezó a follársela así, por detrás, con las manos en las caderas de Sandra y un ritmo profundo y constante que le sacaba un gemido con cada embestida. No fue frenético ni exagerado. Fue real: la polla entera entrando y saliendo, el sonido húmedo del coño de Sandra tragándosela, las nalgas golpeando contra su pubis, el aliento de Víctor caliente en su nuca. Le pasó una mano por delante y le buscó el clítoris otra vez mientras seguía embistiendo, y Sandra sintió que se le nublaba la vista.
—¿Estás bien? —preguntó él, deteniéndose un instante.
—No pares —respondió Sandra, y apretó el culo hacia atrás contra él, tragándosela hasta el fondo—. No pares, joder, no pares.
Él no paró. La giró boca arriba sin sacársela del todo, le puso una pierna sobre el hombro, se hundió otra vez y siguió follándola así, mirándola a la cara, viendo cómo se le contraía la boca con cada embestida. La llevó otra vez al borde, esta vez más rápido, más profundo, y cuando Sandra se corrió por segunda vez fue con todo su cuerpo: una ola que comenzó en el coño y se extendió hasta las manos, hasta las rodillas, apretándose alrededor de su polla en espasmos que la dejaron sin aire.
—Adentro no —jadeó ella en el último momento, acordándose de golpe.
Víctor asintió sin dejar de moverse, y unos segundos después salió de ella, se agarró la polla con el puño y se corrió sobre su vientre, sobre las tetas, con un sonido grave y contenido que Sandra sintió más que escuchó. El semen le cayó caliente sobre la piel, en chorros densos que le mancharon el pecho hasta el cuello. Se quedó un momento arrodillado sobre ella con la polla todavía en la mano, respirando fuerte, mirándola.
—Joder —dijo, casi para sí mismo.
***
Se quedaron tumbados en silencio. Sandra tenía la cabeza apoyada en su pecho y el pulso todavía acelerado. Le pasó un dedo por el semen que se le secaba en el vientre y se lo miró un segundo antes de limpiárselo con la esquina de una toalla que Víctor le alcanzó del respaldo. Esperó la culpa. Llevaba un rato esperándola, preparada para recibirla.
Llegó. Pero mezclada con otra cosa: una sensación de presencia, de haber estado completamente en algún sitio, que llevaba meses sin sentir. Como recordar que tenía un cuerpo.
—¿Estás bien? —preguntó Víctor.
—Sí. —Una pausa—. No lo sé todavía.
—Está bien no saber.
Se vistió en silencio. Víctor no la presionó, no preguntó por después, no hizo de eso algo más complicado de lo que era esa noche. Cuando Sandra recogió el café —ya completamente frío— y se dirigió a la puerta, él dijo en voz baja:
—Sandra.
Ella se detuvo.
—No tienes que decidir nada esta noche.
Subió las escaleras de vuelta al pasillo iluminado, a los monitores, a la rutina que la esperaba. El hospital era el mismo. Los pasillos, la misma luz fluorescente, el mismo ruido de fondo suave y constante. Todo igual. Notó, al andar, el escozor suave entre las piernas, la humedad todavía tibia en las bragas, y le pareció una prueba física de que lo de abajo había sido real.
Ella, no exactamente.
Revisó el móvil antes de retomar el control de enfermería: ningún mensaje de Diego.
Lo guardó en el bolsillo y siguió trabajando.