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Relatos Ardientes

El último viaje: descubrí lo que hacía mi esposa

Volví al hotel pasada la medianoche, agotado del trabajo y con un único deseo: meterme en la ducha y dormir. Subí al ascensor sin pensar en nada. Cuando llegué a la puerta de la habitación y metí la mano al bolsillo, recordé lo peor: había dejado la llave en el otro pantalón. Toqué una vez, dos, cinco. Nada. Mariana no abría.

Bajé a recepción y esperé otro rato largo a que el conserje terminara su charla con alguien y, después de varias disculpas, me acompañó arriba con la copia maestra. Apenas entré, supe que algo estaba mal.

Había una maleta que no era nuestra debajo de la cama. Las sábanas casi en el suelo. Y un olor a sudor y sexo flotando en el cuarto que no necesitaba explicación. Mi llave estaba sobre la mesa de la cocina, como si alguien la hubiera dejado de paso.

Entonces lo escuché. Un gemido largo, ahogado, que venía del piso de arriba. Era la habitación de Damián. Aunque la voz estaba apagada por el techo, yo conocía esa voz. La había escuchado mil noches, en mi propia cama.

Salí del cuarto sin pensar. El ascensor no respondía, así que subí por las escaleras de dos en dos. La puerta de Damián estaba entreabierta. Empujé apenas, lo suficiente para asomarme.

Mariana estaba encima de él, desnuda, dándome la espalda, moviendo las caderas con un ritmo que yo le conocía de memoria. Damián la tenía agarrada de la cintura. Su cuerpo me tapaba el de él; solo veía las piernas velludas asomando por debajo.

—Así, papito —jadeaba ella—, así, más fuerte… hazme tu puta.

—Cómo me gustas… —respondía él, con la voz quebrada por el esfuerzo—. Estos pechos son una locura.

Me quedé clavado en el pasillo. La había sospechado antes. Hasta la había encarado dos veces, en otros viajes. Pero verla con mis propios ojos era otra cosa, una cosa que no entraba en la cabeza. Me paralicé.

Reaccioné cuando escuché pasos descalzos acercándose a la puerta. Alguien venía. Me metí en la habitación de al lado, que por suerte estaba abierta, y cerré sin hacer ruido. Ni siquiera me escondí: me quedé de pie contra la pared, con el corazón en la boca.

—¿Encontraste? —gritó Mariana desde la cama de al lado, entre jadeos.

—No hay nada en tu maleta —respondió otra voz.

Esa voz me atravesó como un cuchillo. Rodrigo.

Rodrigo era el primo de Damián, un viejo conocido de Mariana de los tiempos antes de casarnos. La vez anterior que la había sorprendido, había sido también con él. Me lo había jurado: nunca más. Y ahí estaba, en el cuarto contiguo, buscando lubricante en la maleta de mi mujer mientras Damián la penetraba.

—La vaselina está debajo de la cama —decía ella entre gritos—. Pero este animal no me deja ni hablar.

Escuché caer algo al piso. Probablemente un pantalón.

—¿Por qué tardaste tanto, hermano? —preguntó Damián—. Ya estoy por acabar.

—Pasé por la habitación de Iván. Tampoco tenía.

Se hizo un silencio breve, roto enseguida por un sonido húmedo, rítmico. Mariana le estaba haciendo sexo oral a Rodrigo mientras Damián la seguía penetrando por detrás. Tres voces, dos hombres, mi esposa. Y una pared de yeso entre ellos y yo.

—Ven aquí, mamita —gimió Damián—. Ahhh… qué rico.

Acabó dentro de ella. Yo lo escuché todo, cada respiración, cada palmada en su trasero, cada risa baja entre los tres.

Damián recuperó el aliento.

—Y todavía me falta probar ese culo.

Rodrigo lo ocupó enseguida. Mariana volvió a gemir, esta vez más fuerte, pidiéndole que no fuera tan bruto. Las palmadas contra su piel sonaban hasta donde yo estaba.

—Tranquilo, hermano —decía Damián, como espectador—. No me la mates.

—Tú no la conoces como yo. Esta perra goza cuando le doy así. ¿Verdad, mi amor?

—Rodrigo… mmm… así no…

Tras largos minutos, Rodrigo acabó con un gemido grave. Después los tres se rieron, hablaron como si fuera un domingo cualquiera.

—Así que ya te la cogías desde antes —decía Damián, divertido—. Si no los veo ahora, ni lo creo.

—Hace tiempo que no la probaba —respondió Rodrigo—. Pero siempre vuelve. ¿Verdad, amor?

—Soy su vicio, pues.

—¿Son swingers o qué? —preguntó Damián.

—Jajaja, ¿con Rodrigo? No, nada que ver. Él es un amigo de toda la vida. De vez en cuando nos damos un gusto.

—Mejor así. Si así se porta, ya me lo pensaba.

—Diosss, qué obsesión tienen con mi culo, los dos.

—Sabes lo que cargas, rubia. Y todavía no me lo das.

—Sin lubricante no te lo doy. La tienes muy gorda y lo sabes.

—Bajemos al cuarto —dijo Rodrigo—. Acá hay menos espacio.

—No, mejor acá. ¿Y si entra Tomás y nos ve así?

—Lo dejamos entrar y que disfrute también —se rió Damián—. ¿Qué dices?

—No, papi. Suficiente con ustedes dos.

Sonaron besos. Volvieron a empezar. Y yo seguí ahí, contra la pared, oyéndolo todo, con las piernas que ya no me sostenían.

***

Después de un rato largo, los gemidos se apagaron. Pensé que dormirían y que yo podría escaparme. Pero entonces escuché pasos en la sala. Mariana corrió hacia la cocina y abrió un grifo. Un instante después, Rodrigo volvió a entrar al dormitorio.

—Dime que pasaste por la habitación.

—Claro que sí. Estuve ahí.

—¿Y?

—Tomás llegó hace rato.

Me temblaron las piernas. ¿Habría visto algo? ¿Habría dejado yo algo a la vista? Empecé a buscar excusas en la cabeza, cualquier cosa, lo que fuera.

—Es broma —dijo Rodrigo—. Jajaja.

—Eres un idiota.

Sentí un alivio absurdo. Alivio, después de haber visto y oído lo que acababa de pasar.

—Llamé al hotel de don Esteban. Marcelo me dijo que todavía no vuelven.

—¿Acomodaste todo en el cuarto?

—Sí, sí.

—Rodrigo, no empieces. Vamos.

—¿Crees que me puedes dar la espalda con este culo como si nada? —le dio una palmada que sonó en toda la pared.

—¡Damián está durmiendo!

—Tanto pedías que te ayude con él y ahora lo quieres dormido.

—Te dejé tocarme porque quería tu ayuda con Damián. Nada más.

—¿Ah sí? ¿Y ayer? ¿Y arriba, hace media hora? Damián no era quien te tenía.

Silencio. Y después, otra vez, el sonido húmedo, los gemidos entrecortados de ella. Rodrigo la había convencido sin esfuerzo.

—No sé cómo te recuperas tan rápido —jadeaba ella.

—Sácate la tanga, amor. Tomás tiene mínimo una hora.

Esta vez fueron más rápidos, más urgentes. La penetró por detrás y, cuando ella se quejó pidiendo despacio, le metió la cabeza contra la almohada para que no gritara. Los dos sabían exactamente lo que el otro quería. Era obvio que llevaban años así, mucho antes de mí.

***

Al rato escuché un portazo: Rodrigo se fue. Esperé varios minutos antes de salir. Me asomé al pasillo, miré a un lado y al otro. Vacío. Me arriesgué a entrar a la habitación de Damián para ver si había algún rastro mío que recoger. Damián dormía desnudo, boca arriba en la cama, las piernas abiertas, como si lo hubieran fundido sobre el colchón. La ropa de Mariana estaba tirada por todas partes. No era la primera vez.

Bajé por las escaleras de emergencia. Toqué el timbre de mi propia habitación. Respiré hondo.

Me abrió Rodrigo. No sé cómo pudo mirarme a los ojos.

—¿Dónde estabas? —preguntó, con la cara más limpia del mundo.

—¿A qué te refieres?

Entré y, para mi sorpresa, don Esteban estaba sentado en el sillón. Mariana salía de la cocina con una bandeja de café, vestida con una bata, el pelo todavía húmedo. Me miró como si yo fuera el que debía dar explicaciones.

—Amor, ¿dónde estuviste? —dijo, dejando las tazas en la mesa—. Don Esteban llegó hace media hora.

—Olvidé la llave. Estuve abajo, esperando.

—Pero don Esteban dice que volviste temprano.

Miré fijo a don Esteban, suplicando con los ojos. Entendió en el acto.

—Ah, sí, es cierto —dijo él, sin perder el aplomo—. Volvió para almorzar con nosotros.

Don Esteban y yo nos miramos como cómplices. Mariana y Rodrigo, también. Todos sabíamos algo, todos callábamos.

***

Acompañé a don Esteban hasta el lobby. Me había dado la noticia de que el trabajo estaba terminado: al día siguiente volábamos de regreso. En cualquier otro contexto habría sido un alivio. Cuando salimos a la calle, él se paró a mirarme.

—¿Me vas a decir dónde estabas?

—Estuve aquí.

—Lo sé. Pero ellos no sabían. Había tensión arriba, hijo.

No supe qué decir. Lo primero que se me ocurrió fue una mentira fácil.

—Estuve con alguien más.

—¿Cómo así? ¿Con otra mujer?

—Aproveché el rato libre. Hay una chica acá en el hotel…

Don Esteban me miró largo rato. Vi la decepción en su cara.

—Entonces no le puedes reclamar nada a Rodrigo, ¿verdad?

Acababa de perder, además de mi matrimonio y mi dignidad, la imagen que tenía con el único jefe que me había respetado. Pero en el fondo prefería eso a que me viera como un cornudo otra vez.

***

Esa noche apenas hablamos. Mariana me miraba raro, como si yo fuera el sospechoso. Y quizá lo era. Yo no le dije nada de lo que había visto. No tenía pruebas, no tenía fuerzas, no tenía nada. Solo el agotamiento de saber.

A la mañana siguiente me desperté tarde. Mariana ya estaba arreglada: blusa de tirantes celeste y un short blanco que dejaba ver la tanga. Apenas me vio, anunció que iría a despedirse de Lucía, su amiga del piso de abajo, y a devolverle un bikini que le había prestado.

—¿Vas a salir vestida así? —preguntó Rodrigo desde el sillón.

—Hace sol —respondió—. ¿Por qué no?

—Hoy nos vamos. En Buenos Aires hace viento.

—Ya sé. Dejé la ropa de viaje afuera. Vuelvo enseguida.

Eran las diez. A las once aún no había vuelto. Bajamos las maletas a recepción. Rodrigo, calmado, repetía que ya vendría. Yo no le contesté.

La vi llegar quince minutos después, casi corriendo. Venía con el mismo short blanco, las sandalias y el mismo top celeste. El pelo mojado, chorreando. Y los pezones marcados como nunca contra la tela.

—¿Qué hacen acá? —dijo, fingiendo sorpresa.

—Nos vamos —respondió Rodrigo, divertido—. Ahí está el auto.

—Mariana, ¿dónde estabas? —pregunté.

—Despidiéndome —dijo, cruzándose de brazos para taparse el pecho—. No sabía que era tan temprano.

—Te lo dije al despertarte. Y ni siquiera volviste a cambiarte. ¿Cómo vas a viajar así?

—Me quedé conversando con Lucía. Se me pasó la hora.

El pelo mojado. Sin sostén. Más de dos horas afuera. Era evidente con quién y cómo se había despedido.

Cuando subió al auto miré, casi por inercia, la marca de la tanga en el short. Ya no estaba. Venía desnuda abajo también.

Durante todo el viaje al aeropuerto se mantuvo cruzada de brazos. En la sala de embarque tuve que comprarle un pantalón, unas medias y una campera para que pudiera entrar al avión sin escándalo. Apenas me miró. Rodrigo tampoco habló, pero su sonrisa decía demasiado.

Yo no pregunté más. No había nada que preguntar. Ese viaje terminó, y con él terminó también, aunque tardáramos meses en separarnos formalmente, mi matrimonio. Pero ese fue, sin ninguna duda, el día en que empezó el divorcio.

Esta es solo una de tantas historias que me tocó vivir con ella. Una historia amarga, sí. Pero también la prueba de lo ciego que puede ser uno cuando todavía cree que ama.

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Comentarios (5)

NinaR09

Que historia tan fuerte... me quede pegada hasta el final. Muy bien narrado.

Facundo_C

Excelente!!!

TensionMaxima

Se siente tan real que te revuelve las tripas leyendo. No es facil escribir asi, con esa tension sostenida desde el principio. Esperando mas relatos tuyos.

MariPaz_22

Necesito una segunda parte por favor!!! Me dejaste con ganas de saber como termina todo.

CristianBA78

El detalle de las maletas debajo de la cama... eso te destroza. Muy buena descripcion del momento.

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