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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando le conté la infidelidad de mi mujer

Conocí a Inés por internet hacía más de un año. Vivíamos en ciudades distintas, separadas por cuatro horas de carretera, y al principio solo charlábamos sobre música y series viejas. Después llegaron las fotos sugerentes, los audios de madrugada, alguna llamada de video que terminó en algo más íntimo. Nunca nos habíamos visto en persona, pero teníamos esa confianza extraña que se construye cuando alguien existe solo a través de una pantalla.

Una tarde le escribí que necesitaba contarle algo. Algo grande. Algo que me había dejado sin saber qué pensar.

—Eso me lo cuentas cara a cara —respondió—. La semana que viene voy a estar por tu zona.

Quedamos en vernos en un bar del centro, pero ella misma sugirió cambiar el plan. Decía que un local público no era el sitio para hablar de lo que yo le quería contar. Le propuse subir a la casa que mis padres tenían en un pueblo a treinta kilómetros, una construcción vieja con vistas a los campos de cebada y olor a humedad en las paredes. Aceptó sin pensarlo.

La recogí en la estación al mediodía. Nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida, y mentiría si dijera que ese abrazo no duró más de lo que yo esperaba. Olía a algo cítrico, a champú caro, a piel limpia que llevaba demasiado tiempo encerrada en un tren.

—¿Vas a hacerme esperar todo el camino? —preguntó cuando arrancamos.

Le dije que no. Empecé a contarle por el principio.

***

Habíamos ido a la piscina municipal el sábado anterior, Mariana y yo. Era ese tipo de instalación enorme con tres vasos distintos, calle de natación, jardín alrededor. Mi mujer llevaba meses queriendo retomar el deporte. Dijo que iba a contratar una clase con el socorrista de turno, un chico moreno y delgado que daba lecciones de estilo libre por veinte euros la sesión.

—Yo me tumbo a leer —le contesté—. Tú nada lo que quieras.

Desde mi toalla la observaba sin mirar de verdad. Hasta que algo me llamó la atención. El socorrista no le estaba enseñando técnica. Le pasaba las manos por la cadera para corregir la rotación, según decía. Le ponía la palma en el bajo del vientre. Le acariciaba la espalda baja durante demasiado tiempo. Mariana se reía con una risa que yo no le había oído desde el primer año juntos.

—¿Y tú no dijiste nada? —me interrumpió Inés desde el asiento del copiloto.

—No supe qué decir.

Le seguí contando. Cuando salieron del agua, ella entró tras él en la caseta de los socorristas. Yo me fui a las duchas pensando que estarían hablando del próximo horario. Al salir, escuché un ruido inconfundible. Gemidos. Su voz. La conozco demasiado bien. Me asomé desde el pasillo de baldosas mojadas y vi a Mariana sentada en el borde de una mesa, agarrada al canto con las dos manos, las piernas abiertas alrededor de la cintura del chaval. Se movía con una urgencia que no había tenido conmigo en años.

No entré. No dije nada. Volví a la toalla y esperé a que ella saliera con el pelo mojado y una sonrisa cansada.

—Buena clase —le dije.

—Muy buena —contestó—. Creo que voy a repetir.

***

Llegamos a la casa cuando terminaba de hablar. Inés bajó del coche sin decir palabra. Abrí la puerta, dejé las llaves en la encimera y le serví un vaso de agua porque no tenía nada más a mano. Ella se sentó en el sofá grande del salón y palmeó el sitio a su lado.

—Ven aquí —me pidió—. Cuéntame el resto.

Me senté. Empezó a hacerme preguntas que no esperaba. Cómo estaban colocados. Si él gemía. Si ella le pedía algo en concreto. Si yo la escuché correrse, porque ella sabía perfectamente cómo sonaba mi mujer al hacerlo, a partir de lo que yo le había confesado en algún audio nocturno meses atrás.

Mientras le contestaba, su mano se posó en mi rodilla. Al principio fue un gesto de consuelo. Después subió un par de centímetros hacia el muslo. Después se quedó ahí, quieta, sin retirarse.

Yo seguía hablando. Le explicaba cómo había visto la cara de mi mujer reflejada en el espejo del vestuario, los ojos cerrados, la boca abierta, una mano agarrándole el pelo al chico. Mientras lo describía, sentí cómo Inés deslizaba la palma hacia mi entrepierna. Yo estaba ya duro, lo había estado desde que empezamos a hablar, no podía evitarlo. Ella lo notó y soltó una risa muy baja, casi un suspiro.

—Sigue contándome —dijo—. No pares.

***

No pude seguir mucho más. Su pecho rozaba mi brazo, sus labios estaban tan cerca de los míos que respirábamos el mismo aire. Levanté la mano y la posé en su cintura, debajo del jersey de algodón. Su piel estaba caliente. Cuando giró la cabeza hacia mí, supe que la conversación se había terminado.

Nos besamos despacio al principio, mordisqueando los labios, como si los dos estuviéramos comprobando algo. Después se volvió un beso de los que duelen en el cuello, con manos que tiran del pelo y dientes que se enganchan en la mandíbula. Le mordí el lóbulo de la oreja y ella se rio sobre mi boca.

—¿Estás segura? —pregunté, porque quería oírselo decir.

No me contestó con palabras. Me empujó hacia atrás contra el respaldo del sofá, se quitó el jersey y se quedó en sujetador. Yo me arranqué la camiseta. Le dije que se desvistiera despacio, que llevaba un año imaginándomela y que no pensaba perderme ningún detalle.

Se levantó. Se desabrochó los vaqueros y los dejó caer al suelo. Se quedó frente a mí con un sujetador de encaje gris y unas bragas a juego, descalza sobre las baldosas frías del salón. Le pedí que diera un paso atrás para verla mejor. Tenía las caderas anchas, los muslos firmes, un vientre suave que se movía con cada respiración. Me di cuenta de que mientras la miraba se me había acelerado el pulso de una forma que no recordaba.

—¿Te gusta? —preguntó, mordiéndose el labio.

—Mucho más de lo que esperaba.

Se desabrochó el sujetador. Lo dejó caer junto a los vaqueros. Sus pechos eran más llenos de lo que las fotos sugerían, con los pezones oscuros y duros del frío o de las ganas. Se acercó, se subió a horcajadas sobre mí, y mientras yo le besaba el cuello y le pasaba la lengua por la clavícula, sentí cómo se restregaba contra mi pantalón.

—Quítate esto —murmuró tirando de la cintura del vaquero.

***

La llevé al dormitorio del piso de arriba por la escalera de caracol. Subió delante, descalza, todavía en bragas, mientras yo iba detrás con la mano en su cadera. La cama era de matrimonio, antigua, con cabecero de madera y un colchón que crujía al sentarse. Le quité las bragas en el último escalón, antes de tumbarla.

Me arrodillé entre sus piernas. Tenía el pubis cuidado, casi sin vello, y olía a algo limpio mezclado con su excitación. Empecé por los muslos, besándole la parte interior con lentitud calculada, hasta que se incorporó sobre los codos para mirarme.

—Por favor —dijo—. Llevo todo el viaje pensando en esto.

Le pasé la lengua de abajo hacia arriba sin tocar el clítoris. Ella dejó caer la cabeza contra la almohada. Repetí el movimiento dos veces más, cada vez más cerca del centro, hasta que sus manos se enredaron en mi pelo y empezó a empujarme contra ella. Le sujeté los muslos con las palmas y me concentré en el clítoris con la punta de la lengua, dibujando círculos lentos, después rápidos, después lentos otra vez.

El primer orgasmo le llegó pronto. Se le tensaron los muslos contra mis sienes y soltó un gemido largo, áspero, sin disimulo. Me quedé quieto unos segundos, esperando a que se relajara. Antes de que pudiera recuperar el aliento, deslicé un dedo dentro de ella mientras seguía con la lengua. El segundo orgasmo fue más rápido y más fuerte. Se rio entre jadeos. Me dijo que parara, que no aguantaba más, que ahora me tocaba a mí.

***

Saqué un preservativo del cajón de la mesilla. Lo puse despacio mientras ella me observaba desde la cama, con una pierna estirada y otra doblada, los ojos brillantes. No dijo nada. Me coloqué de rodillas entre sus piernas. Le subí una al hombro. La otra me la pasó por la cintura.

—Mírame —me pidió cuando entré.

La miré. Fui despacio al principio, dejando que su cuerpo se acostumbrara, sintiendo cómo me apretaba con cada empuje. Tenía los labios entreabiertos y los ojos clavados en los míos, sin parpadear. Cuando aumenté el ritmo, los gemidos volvieron, distintos de los anteriores, más agudos, más entrecortados.

Me incliné sobre ella. Le besé la boca sin dejar de empujar. Le pasé una mano por debajo de la espalda para levantarla contra mí. Quería sentirla entera, el pecho contra el mío, las caderas pegadas, su aliento en mi oído.

—No pares —me susurró—. No pares ahora.

No paré. Su cuerpo empezó a temblar de un modo que no podía controlar. Me clavó las uñas en los hombros. Soltó una palabrota a media voz. Y entonces yo también me dejé ir, sin previo aviso, sin querer aguantar más, vaciándome dentro del preservativo mientras ella seguía moviéndose debajo de mí.

Me quedé quieto encima de ella unos segundos, respirando contra su cuello. Ella me acariciaba la espalda con la palma abierta, despacio, como si quisiera memorizar la forma.

***

Después nos quedamos tumbados en la cama, mirando el techo. La tarde se había hecho larga. Por la ventana abierta entraba un olor a hierba seca y a tierra mojada.

—Nunca había hecho esto con nadie que no fuera mi marido —dijo en voz baja.

—¿Te arrepientes?

—No. Me lo habías puesto muy difícil. Llevaba meses pensando en cómo serías en persona y luego apareces con esa historia de tu mujer y el socorrista, contándomela como si me estuvieras pidiendo permiso para algo.

Me reí sin querer. Le aparté un mechón de pelo de la frente.

—¿Y ahora qué?

—Ahora me llevas a la estación cuando te apetezca. Y me cuentas la próxima vez que tu mujer vuelva a la piscina.

Mariana, a esa hora, estaría en el mismo vestuario del polideportivo con el mismo socorrista, recibiendo su segunda clase de la semana. Me lo había dicho al salir de casa, con la bolsa de deporte al hombro, mientras yo inventaba la excusa de un viejo amigo al que tenía que visitar en el pueblo.

Pensé que, posiblemente, los dos nos estábamos corriendo al mismo tiempo. Cada uno con la persona que tocaba. Y, por primera vez en muchos años, no me pareció que eso fuera el final de nada.

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Comentarios (5)

Florentin_BA

Excelente!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

Leti_cuentos

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. No puede quedar asi!

PatricioR7

Me recordo a una situacion parecida jajaja. La vida a veces supera la ficcion. Muy bueno!

NocheEterna7

Muy bien escrito, se nota que le pones cuidado a los detalles. El titulo me enganchó al toque y el desarrollo no decepcionó. Esperando mas relatos tuyos.

Carlos_Noche

tremendo giro, no lo vi venir para nada

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