Le escribí a mi vecino en un momento de despecho
Por temas de privacidad voy a llamarme Lorena, y a mi vecino, Damián. Es la primera vez que me animo a contar algo así, y todavía no termino de creer que haya sucedido.
Hacía meses que arrastraba con mi marido una pelea silenciosa. Él se había descuidado primero: encontré en su teléfono mensajes con una compañera de oficina, nada concluyente, pero lo suficiente para no dormir bien durante semanas. Esa noche, después de cenar mirando la televisión sin hablar, me encerré en el baño con el celular en la mano y abrí WhatsApp.
Damián había vivido enfrente de casa hasta hacía dos años. Después de su divorcio se mudó al otro extremo de la ciudad y le perdí el rastro. Por azar, esa misma tarde lo había visto en el supermercado del barrio: estaba más delgado, con la barba prolija, y me había sonreído desde la góndola de vinos como si nada hubiera cambiado. Volví a casa pensando en él más de lo que estaba dispuesta a admitir.
¿Y si le escribo?
Tipié «Hola, vecino. ¿Volviste al barrio?» y lo borré tres veces antes de mandarlo. Cuando finalmente apreté enviar, dejé el celular boca abajo sobre el lavabo y me lavé la cara con agua fría. No esperaba respuesta. No esa misma noche.
Pero respondió a los pocos minutos. Estaba viviendo de nuevo en el barrio, a tres cuadras del club. Me preguntó cómo iba todo y yo, en lugar de mentir, le tiré la verdad: «Necesito salir un rato. ¿Damos una vuelta?».
Hubo una pausa larga. Tan larga que me convencí de que había sido un error. Y entonces apareció el «¿Cuándo?».
***
Al sábado siguiente le dije a mi marido que iba a tomar algo con dos amigas de la facultad a las que hacía años no veía. Él ni siquiera levantó la vista del partido. Me arreglé con la ropa que usaba antes de casarme: un jean negro ajustado, una blusa sin mangas y los aros largos que él me había regalado en nuestro primer aniversario y que, de pronto, sentí ajenos. Debajo me puse una bombacha de encaje negro que tenía guardada hacía años y un corpiño a juego que me levantaba las tetas hasta que el escote parecía una invitación.
Damián pasó a buscarme tres cuadras antes de mi puerta, en un Corolla azul que no le conocía. Subí mirando para los dos lados como una adolescente saltándose un recreo. Tenía las manos heladas y la boca seca.
—Estás más linda que la última vez —dijo, y no me miró el escote ni una sola vez al decirlo.
—Estás mintiendo bien —contesté.
Se rio. Yo también, y de golpe la presión del pecho aflojó un poco.
Manejamos diez minutos sin rumbo claro, hablando de boberías: del kiosquero que se había muerto, del perro que vagaba siempre por la misma esquina, de la panadería que habían cerrado el verano pasado. En algún momento, en un semáforo en rojo, me preguntó sin mirarme:
—¿Querés que vayamos a otro lado?
Tragué saliva.
—Sí.
Nada más. Una palabra. Cambió de carril y agarró la avenida que iba para el sur, donde había una hilera de hoteles por hora con carteles de neón. Yo apreté la cartera contra las piernas y miré por la ventana para que no me viera la cara. Entre las piernas ya estaba mojada, tanto que sentía la bombacha pegada al coño, y esa humedad sola alcanzaba para decirme que no iba a arrepentirme de nada.
***
El cuarto olía a desinfectante de pino y a sábanas recién planchadas. Había un espejo enorme en la pared frente a la cama y una televisión vieja que ninguno de los dos encendió. Damián cerró la puerta con llave y se quedó mirándome desde el umbral, como dándome la oportunidad de echarme atrás.
No me eché atrás.
Cruzó los tres pasos que nos separaban y me besó sin preguntar. Fue un beso largo, lento al principio y después cada vez más hondo, con las manos sostenidas en mi nuca y la lengua buscando la mía con una insistencia que me cortó las piernas. Yo le respondí igual, con la misma hambre, como si llevara meses esperando exactamente ese beso sin saberlo. Sentí su bulto duro contra la cadera y me temblaron las rodillas: era grueso, largo, y ya empujaba la tela del pantalón buscando salida.
—Frená un segundo —le susurré, pero ni yo me creí.
—No quiero —contestó, y siguió besándome.
Mientras me besaba, sus manos subieron por debajo de la blusa, encontraron el broche del corpiño y lo soltaron de un solo movimiento. Sentí el aire frío en la espalda y un escalofrío que no era de frío. Me dejé desvestir parada en medio del cuarto. Él me sacó la blusa por la cabeza, deslizó los breteles por los hombros y el corpiño cayó al piso. Se quedó mirándome las tetas unos segundos, se agachó y se metió un pezón entero en la boca. Lo chupó fuerte, después el otro, después los dos alternándolos con la lengua hasta que se me endurecieron tanto que me dolían. Yo le clavé las uñas en la nuca y ahogué un gemido.
Él se quitó la camisa por encima de la cabeza, sin desabrocharla, y vi por primera vez su torso desnudo: era más fibroso de lo que recordaba, con una cicatriz fina sobre la clavícula que no le conocía.
—¿De dónde es eso? —pregunté, tocándola con el índice.
—Después te cuento —dijo, y me empujó con suavidad hacia la cama.
***
Caí sentada en el borde del colchón. Él se arrodilló entre mis piernas, me sacó el jean por los tobillos y se tomó su tiempo con todo lo demás. Me bajó la bombacha con los dientes, mirándome a los ojos, y cuando la tela se enganchó en mis pies la tiró al piso de un manotazo. No tenía apuro. Eso fue lo que más me desarmó: la calma con la que me tocaba, como si la urgencia la hubiera dejado en el auto.
Me abrió las piernas con las dos manos y me miró el coño abierto un segundo largo antes de hablar.
—Estás empapada —dijo, y me hundió el dedo del medio de un solo movimiento.
Yo me arqueé. Metió otro dedo y empezó a moverlos adentro, buscando ese punto rugoso justo detrás del hueso, mientras me lamía el clítoris con la punta de la lengua en círculos muy lentos. Después dejó de hacer círculos y empezó a chuparlo entero, succionando con los labios cerrados, y yo me agarré del acolchado con las dos manos porque las piernas ya no me respondían. Me chupó así hasta hacerme gritar la primera vez de la noche, con los muslos apretándole la cabeza y las caderas subiendo solas para darle más. Cuando terminé de venirme en su boca, me miró desde abajo con la barbilla brillante de mis jugos y se pasó el pulgar por el labio inferior sin dejar de sonreír.
Lo miré desde arriba mientras me besaba el vientre. Después me incliné, le solté el cinturón y bajé yo también. Quería probarlo. Quería saber a qué sabía esa polla que llevaba años imaginándome. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón y saltó afuera, dura, gruesa, con la cabeza roja y una gota gorda de líquido preseminal colgando de la punta. La tomé con las dos manos primero, despacio, y la lamí desde la base hasta arriba, siguiendo la vena que le recorría el largo. Después me metí la punta en la boca y la chupé como un caramelo, jugando con la lengua debajo del glande. Damián cerró los ojos y respiró por la nariz. Fui bajando la boca hasta que sentí el fondo de la garganta, y me quedé ahí, tragando, mientras le apretaba los huevos con la otra mano. Una vez intentó apurarme, apoyando la palma en mi nuca, y yo le aparté la mano sin levantar la cabeza. Me dejó hacer. Le mamé la polla a mi ritmo, escupiéndole encima cuando la sacaba para tener más lubricación, sacudiéndosela con la mano mientras le chupaba los huevos uno por uno.
Cuando lo solté tenía la mandíbula tensa y la verga latiendo sola contra el estómago.
—Vení —dijo con la voz ronca.
Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón, lo abrió con los dientes y se lo puso él mismo. Me empujó contra el colchón con la mano abierta sobre el pecho y se acomodó encima de mí. Me abrió las piernas todo lo que dieron, agarró la polla con la mano y me la pasó por el coño empapado un par de veces, mojándose la punta, restregándome el glande contra el clítoris hasta hacerme gemir de pura desesperación.
—Metémela ya —le pedí—. No aguanto más.
La primera embestida fue lenta, casi de prueba, empujando de a poco hasta que sentí cómo me abría entera. La segunda me arrancó un gemido que no traté de disimular: se hundió hasta el fondo de un solo golpe y me lo clavó tan adentro que se me escapó el aire.
Lo abracé con las piernas. Le clavé los talones en la espalda baja para que entrara más hondo. Empezó a cogerme con embestidas largas y profundas, sacándola casi entera y volviendo a metérmela hasta el fondo, y con cada golpe la cabecera del catre daba contra la pared. Él me besaba el cuello, el hueco de la clavícula, los pechos, y de a ratos volvía a la boca como si tuviera miedo de olvidarse de algo. Me apretó una teta con la mano libre y me tironeó el pezón entre el pulgar y el índice justo cuando aceleró el ritmo, y yo grité tan fuerte que él se rio contra mi boca y me tapó los labios con la palma.
—Shhh —dijo—. Que nos escuchan.
Le mordí la palma. Él la sacó y me la reemplazó con la lengua. Cuando sintió que yo estaba por venirme otra vez, me agarró las dos muñecas y me las clavó por encima de la cabeza contra el colchón, y empezó a follarme más rápido, más fuerte, con el hueso de la pelvis chocándome el clítoris en cada empujón. Me vine así, atada por sus manos, gritando dentro de su boca. Yo me olvidé de todo: del marido que estaba mirando la repetición del partido en mi living, del despecho que me había llevado hasta ahí, hasta del nombre del hotel que no había leído al entrar. Solo existía el peso de Damián sobre mí, su polla rompiéndome adentro y el ruido de mi propia respiración entrecortada. Él aguantó unos empujones más y después se puso rígido, apretó los dientes y se vino con un gruñido bajo, la verga latiendo dentro del forro mientras seguía metiéndomela en sacudones cortos hasta la última gota.
Cuando terminó, se dejó caer a mi lado boca arriba. Tenía la frente perlada de sudor y una sonrisa medio idiota que yo nunca le había visto.
***
Descansamos un rato sin hablar. Él me pasó el brazo por debajo de los hombros y me acercó a su pecho. Sentí su corazón latir todavía rápido. Yo dibujé círculos con el dedo en su esternón, en la cicatriz, en el principio del estómago.
—¿Estás bien? —preguntó después de un rato.
—Estoy mejor que bien.
Se rio bajito.
A los veinte minutos volvió la urgencia. Empecé yo esta vez. Le besé el pecho, le mordí apenas el lóbulo, bajé otra vez con la boca hasta hacerlo respirar fuerte. Le mamé la polla flácida hasta que la sentí crecer entre mis labios, agrandarse, endurecerse otra vez contra mi lengua. Cuando ya estaba dura del todo, la escupí, la sacudí con la mano y le pasé la lengua plana por los huevos, uno y después el otro, chupándoselos con cuidado mientras seguía masturbándolo. Damián levantó las caderas buscándome la boca.
Cuando volvió a estar listo, busqué otro preservativo en el cajón de la mesita y me trepé encima de él. Damián se acomodó contra el respaldo, me agarró las caderas con las dos manos y me dejó marcar el ritmo. Me senté sobre su polla despacio, sintiendo cómo se me iba metiendo centímetro a centímetro, y cuando lo tuve entero adentro me quedé quieta un segundo con los ojos cerrados, apretándolo con los músculos del coño.
Me moví despacio al principio, casi castigándolo, subiendo y bajando apenas para que la punta se le quedara justo en la entrada y volviera a hundirse hasta el fondo. Apoyé las manos en su pecho para tomar impulso y empecé a cabalgarlo cada vez más fuerte, con las tetas rebotándome delante de la cara. Me miraba desde abajo con una intensidad rara, como si quisiera memorizarme. Se incorporó un poco, me atrapó un pezón entre los dientes y me lo mordió sin lastimarme mientras me apretaba el culo con las dos manos, guiándome el vaivén. Yo eché la cabeza hacia atrás y giré las caderas en círculos, restregándole el clítoris contra el hueso de la pelvis en cada bajada. Cuando me incliné para besarlo, me agarró el pelo en un puño y me lo tiró hacia atrás justo lo necesario para verme la cara.
—No cierres los ojos —me ordenó.
No los cerré. Se los sostuve mientras me venía por segunda vez, sin dejar de cabalgarlo, con la boca abierta y sin voz, mirándolo mirarme. Él me clavó los dedos en las nalgas, me empujó contra su cadera y se vino atrás mío con la mandíbula apretada, murmurándome cosas sucias contra el cuello que no me animo a repetir acá.
***
Hubo una tercera vez esa noche, y fue la que me cambió la cabeza. Estábamos los dos de costado, agotados, él trazando con el pulgar la línea de mi columna, cuando me preguntó si alguna vez lo había hecho por atrás. Le dije la verdad: una sola vez, hacía años, con mi marido, y había sido tan doloroso que no quise volver a intentarlo.
—Conmigo no te va a doler —dijo.
Lo dijo sin desafío, casi como una promesa. Yo no contesté.
Se levantó, fue al baño y volvió con una crema fría en la mano. Me dio vuelta sin pedir permiso y me acomodó en cuatro patas en el medio de la cama, con la cara contra la almohada y el culo levantado. Empezó a acariciarme la espalda baja, después las nalgas, abriéndomelas con los pulgares para mirarme todo. Me explicó en voz baja, casi al oído, lo que iba a hacer. Que íbamos a ir despacio. Que si en algún momento le decía basta, paraba. Que confiara.
Confié.
Se agachó atrás mío y sentí primero la lengua: caliente, larga, lamiéndome el culo entero de abajo hacia arriba, mojándome, empujando la punta contra el agujero apretado hasta hacerme temblar. Nunca me habían hecho eso. Se me escapó un gemido largo contra la almohada. Después me embadurnó con la crema fría, me metió un dedo despacio hasta el nudillo, esperó a que me relajara y me metió el segundo. Los movió adentro con paciencia, abriéndomelos en tijera, dilatándome, mientras con la otra mano me buscaba el clítoris por delante y me lo frotaba en círculos suaves. La combinación me volvió loca: yo empujaba el culo contra su mano pidiendo más sin darme cuenta.
Cuando finalmente entró, hubo un instante de incomodidad, un ardor breve mientras la cabeza de la polla forzaba el paso, después una sensación nueva a medida que se iba metiendo entero, y después otra cosa que no supe cómo llamar: una plenitud rara, un placer distinto, oscuro, que me salía de un lugar del cuerpo que no sabía que existía. Empezó a moverse muy de a poco, con embestidas cortas, dejándome sentir todo. Me apoyó una mano en la espalda baja para mantenerme quieta y la otra me la enredó en el pelo. Yo enterré la cara en la almohada y dejé que me llevara. Después de un rato, le pedí más con la voz contra la tela.
—Más fuerte —le rogué—. Dale.
Me lo dio. Empezó a cogerme el culo con embestidas cada vez más largas, agarrándome de las caderas con las dos manos, sacándola casi entera y volviendo a metérmela hasta que sus huevos me chocaban el coño mojado. El sonido de nuestras pieles chocando llenaba todo el cuarto. Yo mordí la almohada y gemí cosas que ni escuché.
Estuvimos así mucho tiempo. En algún momento cambiamos de posición y terminé yo encima, sentada al revés sobre él, mirando a la pared del espejo, controlándolo a él, bajando y subiendo despacio con la polla clavada en el culo mientras me veía en el reflejo con las tetas al aire y la boca abierta. Le pedí que me acariciara con la mano y obedeció sin chistar: me pasó el brazo por delante y me empezó a frotar el clítoris con dos dedos al mismo ritmo con el que yo lo cabalgaba. Cuando me vine, fue distinto a todo lo anterior: más largo, más raro, más mío, una ola que me sacudió entera y me hizo apretarle la polla adentro con espasmos que él sintió también. Lo escuché susurrar mi nombre dos veces seguidas, «Lorena, Lorena», y eso me terminó de romper. Él se vino atrás mío, agarrándome las tetas con las dos manos, mordiéndome el hombro para no gritar.
***
Después de la última vez nos quedamos quietos, mirando el techo. Yo tenía el pelo pegado a la frente y la boca seca.
—¿En qué pensás? —pregunté.
—En que tendría que haberte escrito yo a vos hace dos años —dijo.
No contesté nada. No hacía falta.
Nos vestimos sin apuro. Él me ayudó a engancharme el corpiño y yo le abroché los puños de la camisa. En el espejo del baño me arreglé el rímel corrido como pude. Cuando salimos del hotel, eran casi las dos de la mañana y la calle estaba vacía.
En el auto, de vuelta, me dejó tres cuadras antes de mi puerta, igual que al ir. Antes de bajarme me agarró la cara con las dos manos y me besó otra vez, despacio.
—¿Vamos a volver a vernos? —pregunté.
—Si vos querés.
—Quiero.
Caminé las tres cuadras hasta mi casa pensando en mil cosas a la vez. Cuando abrí la puerta, mi marido estaba dormido en el sillón con la televisión encendida. Le puse una manta encima y me metí en la ducha sin hacer ruido. Bajo el agua caliente me pasé los dedos por el coño hinchado y por el culo todavía sensible, y me estremecí sola de acordarme.
No tengo excusa, lo sé. No me defiendo. Sé también que esto no empezó solo porque mi marido me hubiera engañado primero: empezó porque yo quería que empezara. La infidelidad de él fue la grieta. Lo de Damián fue la decisión.
Pasaron tres semanas y todavía no sé qué voy a hacer con todo esto. Solo sé que hoy, cuando suene el teléfono y sea su mensaje, voy a contestarle otra vez que sí.





