Mi amiga de la infancia me esperó veinte años
Lucía, Lu, se llamaba. Compartimos pupitre durante los seis años de primaria en el colegio del barrio. Era pecosa, baja, con unos ojos verdes que parecían demasiado grandes para su cara y unos pechos que aparecieron antes que en cualquier otra niña de la clase. Me quiso más de lo que yo fui capaz de devolverle, y eso ocurre a veces; me ha pasado también en otras esquinas de mi vida, no solo con ella.
La perdí de vista al terminar octavo y no supe nada de ella durante años. Yo vivía entonces con una chica del barrio que en una de nuestras primeras citas me había contado, sin filtro y como si nada, que se había acostado con una amiga y el novio de la amiga y que la cosa había terminado en algo más enredado, con él de rodillas y ellas dos riéndose. Aquella historia me la conté veinte veces en la cabeza antes de besarla por primera vez.
Llevábamos varios meses tirando del carro sin ganas cuando una mañana cualquiera me crucé con Lu en el portal de casa. Iba con un hombre que resultó ser su marido y me lo presentó como Ricardo. Se puso roja al verme y, entre titubeos, dejó caer una invitación a medio cocer.
—Un día tienes que venir a comer a casa, ponernos al día —dijo, sin mirarme del todo.
Ricardo asintió por compromiso, dio un par de palmadas en el aire y me ofreció la mano. Fue raro. Ya no éramos los dos niños que se daban la mano para ir al recreo, ni en lo físico ni en lo otro. Olvidé la propuesta en el mismo instante en que cerré la puerta del ascensor.
Pasaron meses, quizá más. Una tarde mi madre, con la que aún convivía, me dijo desde la cocina sin levantar la vista del periódico:
—Te ha llamado una tal Lucía. Te dejó el teléfono apuntado al lado del fijo.
Llamé esa misma noche, más por curiosidad que por otra cosa. Me preguntó si podía venir a comer al día siguiente. Iba a estar sola, dijo, y me pidió que no le contara nada a mi madre, ni quién era ni que la había invitado. «Tu madre me debe recordar de cuando éramos pequeños, prefiero que no se entere de esto».
Me presenté en su casa con una botella de vino tinto que costaba el doble de lo que solía gastar yo en aquella época. Al abrir, miró rápidamente al rellano antes de hacerse a un lado.
—Pasa, tengo vecinos chismosos —dijo en voz baja, como si los chismes fueran cosa seria.
La cocina olía a guiso recién hecho. Me ofreció una cerveza antes de comer.
—No soy buena cocinera, te aviso ya —se rió, otra vez sonrojada.
Iba en vaqueros y una camiseta blanca, sin maquillaje. Por dentro seguía siendo la Lu del colegio, pero la cara había aprendido cosas. Tardamos en arrancar. Hablamos del barrio, de profesores muertos, de los compañeros que habían quedado en el pueblo y de los que se habían marchado lejos. El vino fue allanando todo lo que la conversación tenía de cortés.
—Nos quisimos mucho, ¿verdad, Iván? —dijo al rato, mirándome por encima de la copa.
—Mucho —mentí.
Mentí porque a esa altura ya me había contado, con la lengua suelta del segundo vaso, que se había casado a los diecinueve, que Ricardo había sido su único novio de verdad, y que llevaba un par de años con esa sensación de no saber muy bien por qué seguía allí, lavando platos y haciendo las camas a un hombre que cada noche se dormía antes que ella.
Pasamos al sofá con la tercera copa. Lu se descalzó y se sentó con las piernas dobladas debajo del cuerpo. Hubo un silencio largo, de esos que se llenan solos. Me miró entonces como si fuera a confesarme un crimen.
—Hace unos meses pasó algo —dijo.
—Cuéntame.
—Un cliente del bar de mis padres me llevaba meses tirando los tejos. Un hombre del barrio, con dinero, mayor que yo. Me invitó a su casa. Dudé un montón. Pero fui.
—Fuiste.
—Fui, Iván. Y por la noche les puse la cena a Ricardo y a los niños como si nada. Ya ves.
Lo dijo con una mezcla de orgullo y arrepentimiento, esperando seguramente una palabra que la absolviera o la condenara. No le di ninguna de las dos. La abracé, y su cuerpo se quedó un segundo de más entre mis brazos. Sus ojos verdes me atravesaron, calculadores ya, y la besé en la boca.
Se dejó hacer. Me devolvió el beso con la cabeza inclinada y los labios entreabiertos, pero antes de que mis manos llegaran a más se separó, recogió las copas y dijo algo sobre el café. No insistí. No había prisa. Eso sentí entonces, aunque me equivoqué: prisa hubo, vaya si la hubo, pero la prisa fue del calendario.
***
Pasaron años. Diez, doce, quince. Yo me casé con otra, tuve dos hijos y un trabajo de oficina que no me emocionaba pero pagaba la hipoteca. Mi mujer se veía cada tanto con un compañero suyo de la facultad al que ella llamaba «amigo especial», y yo hacía lo mío sin compromisos, sin nombres que recordar a la mañana siguiente. Nos habíamos montado una guerra fría doméstica con tregua firmada para los hijos y para las navidades.
Y entonces mi padre murió. Mi madre se quedó sola en el piso del barrio y empecé a visitarla casi todos los sábados. Iba un rato, le compraba el pan, le tomaba la presión y luego me daba un paseo y un café en alguna de las terrazas viejas que aún resistían el embate de las franquicias. Fue en una de aquellas terrazas, fumando un cigarro mientras esperaba el café, cuando la vi pasar.
Era ella. Madura, evidentemente, como yo, con las caderas un poco más anchas y el pelo cortado a la altura del hombro. Caminaba distraída, hablando sola o repasando una lista invisible, y pasó tan cerca de mi mesa que pude oler su perfume. No me vio.
Pagué a toda prisa y la seguí a media calle de distancia, sin saber muy bien qué iba a hacer si se daba la vuelta. Cuando se detuvo, vi que era el mismo portal de tantos años atrás. Apreté el paso y la alcancé justo cuando metía la llave en la cerradura.
—¿Lucía?
Se giró asustada, luego sorprendida, y al fin, después de un segundo eterno, sonrió con una sonrisa entera.
—¡Iván! ¡Madre mía, estás igual!
—Mentirosa.
—Bueno, casi.
Nos abrazamos en la puerta, durante varios segundos en los que el tiempo se quedó haciendo cola fuera. Cuando nos separamos, me invitó a subir.
El piso estaba como yo lo recordaba, pero las fotografías de la cómoda ya no eran de niños. Los hijos eran adultos, uno vestido de militar, la otra en una graduación con birrete. Las paredes habían amarilleado y la lámpara del techo era la misma de siempre.
—¿Comes conmigo? Ricardo vuelve tarde del taller, no aparece antes de las nueve —dijo, dejando el bolso sobre la mesa.
Le ofrecí llevarla a un restaurante del paseo, uno nuevo del que se hablaba en el barrio.
—No, no. Mejor aquí. Más tranquilos. Si no te importa, voy a cambiarme de ropa, vengo del médico y tengo la blusa rara.
Volvió en cinco minutos con un vestido azul oscuro de tirantes, sin sostén, y los pies descalzos. Trajo a la mesa todo lo que había en la nevera y descorchó una botella que le había traído alguien hacía tiempo y que no se había animado a abrir nunca.
El vino, otra vez, nos desató las lenguas. Le conté de mi mujer, de mis hijos, y, cuando llegamos al punto, también de mis infidelidades. Lu se mordió el labio al escucharme, igual que se lo había mordido aquella tarde en el sofá quince años antes.
—Tantas noches he soñado que me acostaba contigo, Iván… —dijo, y se rió con vergüenza de adolescente—. ¡Qué calor hace aquí!, ¿no?
Hacía calor y no hacía calor. Estábamos en marzo. Giró la cara hacia la ventana con esa expresión que pone la gente cuando tiene algo en la punta de la lengua y no se atreve. Hizo amago de levantarse a por más vino. La detuve por la muñeca, la atraje de vuelta a la silla y la besé.
—Iván… —dijo en un suspiro—. Qué vergüenza, por Dios.
No dije nada más. La miré a los ojos.
—Desnúdate, Lucía.
Se levantó despacio, como si la orden fuera de otro tiempo, y se situó en medio del salón dándome la espalda. Se quitó el vestido por la cabeza, se bajó las bragas y las dejó caer sobre la alfombra. Tenía la espalda más estrecha de lo que recordaba, una cicatriz pequeña encima del omóplato derecho y un lunar grande en el costado. No se giró.
Me acerqué sin tocarla.
—Vamos a la ducha.
Me llevó al baño desnuda, sin mirar atrás, y allí sí se dio la vuelta. Le pedí que no se tapara. No se tapó. El agua caía caliente y nos quedamos un rato así, sin hablar, mirándonos como si tuviéramos veinte años menos y todavía hubiera tiempo de equivocarse o de acertar.
—Vamos a la cama —dijo después, pasándome la toalla.
En la cama era torpe y voraz a partes iguales, inexperta o muy fuera de práctica, no supe distinguirlo. Me besó por todo el cuerpo, deteniéndose en sitios donde nadie se detiene si no es por hambre vieja, y volvió a subir hasta mi boca con una sonrisa nueva.
—Métemela despacio. Quiero notarla entrar.
La penetré apoyándole las nalgas con las dos manos, muy lentamente. Estaba mojada de una forma que no admitía dudas. Sus gemidos eran finos, intercalados con suspiros que parecían reírse de sí mismos. Le chupé los pezones mientras la embestía, primero contenido, después sin contenerme. Tenía los ojos cerrados y movía la cabeza de lado a lado, como diciéndole que no a un fantasma.
—Córrete dentro, Iván. Quiero notar tu calor por una vez.
Me corrí dentro y ella gimió largo, agarrándome la nuca, sin dejarme salir.
—No te salgas. Bésame. Dame todos los besos que te ahorraste durante veinte años.
La besé hasta que se nos secó la boca. Luego me quedé tumbado a su lado, mirando una grieta en el techo que dibujaba un mapa de Italia bastante decente. Lu tenía la cabeza sobre mi hombro y respiraba despacio, como si se hubiera quedado dormida sin avisar.
—¿Vas a volver? —preguntó al rato, sin abrir los ojos.
—No sé.
—Mejor así.
Me vestí en silencio. Antes de salir del dormitorio, recogí del suelo del salón las bragas que se había quitado en mitad de la alfombra y me las guardé en el bolsillo del pantalón sin pensarlo, como quien se lleva una piedra de la playa.
Bajé en el ascensor con el corazón quieto y el bolsillo cargado. Al abrirse la puerta del portal, me topé de frente con Ricardo, que volvía antes de la cuenta. No me reconoció. Llevaba el mono manchado de grasa y olía a taller cerrado.
—Buenos días —le dije.
—Buenas —contestó, sin mirarme.
Salí a la calle palpando el bolsillo, comprobando que las bragas seguían allí, y caminé hasta la parada del bus pensando en el mapa de Italia del techo y en si valdría la pena volver a llamarla. Decidí que no. Decidí que sí. Decidí, sobre todo, no decidir nada hasta el sábado siguiente.