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Relatos Ardientes

El anuncio que mi marido nunca llegó a ver

Empecé a redactar el anuncio en una libreta, sentada a la mesa de la cocina, mientras mi marido roncaba en el sofá con el telediario puesto. Llevaba doce años escribiéndolo en mi cabeza. Solo me hizo falta una tarde de marzo, una copa de tinto y la certeza de haber cumplido cincuenta y siete años sin que nadie me tocara como yo necesitaba.

Me llamo Carmen, vivo en un piso de Alicante con vistas al puerto y, a mi edad, el deseo no se ha apagado. Mido un metro sesenta, llevo el pelo castaño a la altura de los hombros, ojos verdes que mi madre llamaba «de gata mojada» y un cuerpo que se ha redondeado con los años sin perder firmeza. Los pechos no son grandes, han cedido un poco con el tiempo, pero siguen siendo suaves, sensibles, y los pezones se me endurecen con solo pensar en una boca cerrándose sobre ellos.

Mi marido lleva años sin tocarme. No por una pelea ni por un desencuentro concreto. Simplemente dejó de mirarme. Se acuesta antes que yo, se levanta antes que yo, y los fines de semana se va al club de pesca con sus amigos. Las noches en las que me toca dormir sola, me imagino manos grandes recorriéndome la espalda, una boca caliente buscándome el cuello, una verga firme apretándose contra mi cadera. Y termino metiéndome los dedos hasta correrme, mordiendo la almohada para que no me escuche nadie.

Por eso escribí el anuncio. Lo titulé «Mujer madura busca solución» y lo publiqué en un portal de contactos para mayores. Decía más o menos así:

«Cuando una tiene ganas y la pareja ya no responde, hay que buscar fuera. Necesito un hombre activo, generoso, sin compromiso. Que me folle bien, que me deje sin aliento, que entienda que vengo a por placer y a nada más».

Tardé doce minutos en escribirlo. A la media hora ya tenía siete respuestas. La de Rubén fue la quinta.

***

Quedamos un jueves por la tarde en el Hotel Maritim, una construcción modesta a dos manzanas del paseo marítimo. Pedí la habitación a mi nombre, pagué en efectivo y subí sola. Le había dicho que llegara veinte minutos después.

Me quité el abrigo, me solté el pelo frente al espejo y me serví un vaso de agua para mantener las manos ocupadas. No estaba nerviosa: estaba expectante, que es una sensación distinta. Llevaba años imaginando ese golpe en la puerta.

Cuando sonó, abrí sin mirar por la mirilla.

Rubén era enorme. Casi uno noventa, hombros anchos, una barriga blanda de cervecero que le daba un aire honesto, sin pretensiones. Cuarenta y muchos, barba corta y entrecana, manos que parecían capaces de levantar un saco de cemento sin despeinarse. Olía a una colonia de farmacia, fresca, sin afectación.

—Carmen —dijo, como confirmando que era yo.

—Rubén —contesté, y me hice a un lado.

Cerró la puerta detrás de él con el codo, porque ya tenía las manos en mi cintura. No hubo preámbulo: me apoyó contra la pared del pasillo y me besó con un hambre que me devolvió treinta años de golpe. Su boca sabía a café y a menta, y la barba me raspaba el mentón de un modo que no era desagradable. Sus manos bajaron por mi blusa, encontraron el primer botón y lo soltaron sin prisa.

—¿Tenemos toda la tarde? —preguntó contra mi oído.

—Hasta las nueve —dije.

—Suficiente.

***

Me desnudó despacio en el cuarto. No con la torpeza de un crío, sino con el ritmo de alguien que sabe que el tiempo juega a favor. Desabrochó la blusa, dejó la falda caer al suelo, me bajó las medias hasta los tobillos y me hizo levantar un pie y luego el otro para sacármelas. Cuando llegó al sujetador, lo soltó y se quedó quieto, mirando.

—Joder, Carmen —murmuró—. Estás mucho mejor que en la foto.

Mis pechos no son los de una chica de veinte. Son los pechos de una mujer que ha vivido. Caídos lo justo, suaves, con los pezones rosados y muy sensibles. Él los recibió en las manos como si pesaran más de lo que pesan, los acarició con los pulgares y se inclinó a tomar uno con la boca. Mordió el pezón con cuidado, lo chupó, lo soltó y se ocupó del otro. Yo cerré los ojos y dejé que la cabeza se me fuera hacia atrás.

—Túmbate —dijo.

Me tendí en la cama y él se quitó la ropa sin pudor. La camisa, los pantalones, los calzoncillos, todo al suelo. Su verga estaba a medio camino, gruesa, con una leve curva hacia arriba que me llamó la atención al instante. El glande era amplio, oscuro, brillante. Debajo, los testículos colgaban pesados, con esa piel arrugada y caliente que da ganas de cogerla en la mano.

Le hice un gesto para que se acercara y me la metí en la boca antes de que dijera nada. Empecé por la punta, recorriendo con la lengua el surco del glande, saboreando el primer hilo salado. Después bajé por el tronco, lamiendo las venas, sintiendo cómo se endurecía contra mis labios. Le tomé los testículos en una mano, los acaricié, me incliné y los chupé uno a uno mientras él me sujetaba la nuca y respiraba como si le faltara aire.

—Despacio —murmuró—, que quiero durar.

Le solté la verga con un sonido húmedo y me dejé caer hacia atrás. Él se arrodilló entre mis piernas y me las abrió con esas manos que parecían no tener límite. Mi sexo estaba ya empapado, hinchado, abierto. Pasó dos dedos por encima sin entrar, midiendo, y bajó la cara.

***

Lo que vino después se me quedó pegado a la piel durante días. Rubén me comió el coño con una entrega que mi marido nunca me había dado ni siquiera la primera noche de casados. Lengua plana sobre el clítoris, círculos lentos, luego rápidos, luego lentos otra vez. Dos dedos dentro, curvados hacia el ombligo, encontrando ese punto que yo siempre alcanzaba sola pero nunca con esa intensidad. Cuando estaba a punto de correrme, paraba. Subía la boca a mis pechos, me mordía un pezón, volvía a bajar. Tres veces me llevó al borde y tres veces me retiró del precipicio.

A la cuarta, me dejó caer.

Grité contra mi propio antebrazo, mordiéndome para no asustar al hotel entero. Las paredes interiores se me contrajeron alrededor de sus dedos en oleadas largas, profundas, de esas que parten desde algún lugar entre la espalda y los muslos. Él aguantó dentro, quieto, sintiéndome.

—Ya estás —dijo cuando paré—. Ya estás para mí.

Me penetró sin pedir permiso, porque no hacía falta. La curva de su verga rozó algo dentro que me hizo arquear la espalda y soltar un quejido sordo. Empezó despacio, mirándome, apoyado en los codos, la barba rozándome la mejilla con cada empujón. Cuando vio que aguantaba el ritmo, aceleró. La cama crujía. Mis pechos se movían con cada embestida y él bajaba la boca a morder los pezones cuando podía.

—Date la vuelta —jadeó.

Me puse a cuatro patas. Entró desde atrás de una sola embestida que me sacó el aire. Sus manos me agarraban la cintura, los testículos golpeaban contra mí con un sonido húmedo, rítmico, y yo apretaba las sábanas con los puños. Me abrió las nalgas con los pulgares y siguió empujando, ahora más profundo, más controlado.

—Espera —dije.

Paró. Me incorporé un poco y busqué en el bolso, junto a la cama. Saqué un consolador fino, alargado, envuelto en un preservativo y bien lubricado. Lo había preparado en casa esa misma mañana, con las manos temblando, sabiendo que iba a pedirlo y sabiendo también que nunca me había atrevido a pedírselo a nadie.

—¿Lo metes? —pregunté sin girarme—. En el culo. Despacio.

***

Él tomó el juguete y respiró hondo.

—¿Estás segura?

—Llevo años queriéndolo —dije.

No añadió nada más. Me separó las nalgas con una mano, apoyó la punta contra el ano y empezó a presionar muy poco a poco. Yo me obligué a relajarme, a respirar, a confiar. El cuerpo cedió de un modo que no había sentido nunca. Cuando estuvo dentro, Rubén volvió a meterme la verga, esta vez por delante, con la misma lentitud.

Sentirme llena por los dos sitios a la vez me hizo soltar un gemido largo, ronco, completamente nuevo. Él se quedó quieto, dejándome acostumbrar. Después empezó a moverse: primero el juguete, después la verga, después los dos al unísono, en un vaivén que me desarmó. Mis pechos colgaban hacia abajo, los pezones rozaban la sábana, y yo no sabía si estaba llorando, riendo o las dos cosas.

—Mi marido no me ha tocado en doce años —solté de pronto, sin saber por qué.

—Pues hoy te toco yo —contestó Rubén—. Y la semana que viene también, si quieres.

Me corrí por segunda vez allí mismo, con el juguete dentro y la verga dentro, mordiendo la almohada para que no me oyeran en la habitación de al lado. Él aguantó un poco más. Sacó el juguete con cuidado, lo dejó sobre una toalla y se descargó dentro de mí con un gruñido largo. Sentí los chorros calientes, las contracciones de sus testículos contra mi piel, y me dejé caer hacia adelante hasta quedar tumbada bocabajo, con él encima.

***

Estuvimos así un rato, jadeando, mientras la luz de la tarde se filtraba entre las persianas. Después me dio la vuelta, me besó en la boca con una ternura que no encajaba con la hora anterior, y bajó otra vez la cabeza entre mis piernas. Me chupó el clítoris hinchado y rojo, lamiendo lo suyo y lo mío mezclado, hasta hacerme correr una tercera vez, suave, larga, casi triste.

Yo le devolví el favor. Me arrodillé entre sus piernas y le chupé la verga otra vez, ahora sin prisa, saboreando los dos sabores. Lo levanté con la lengua de a poco, hasta dejarlo duro de nuevo, y nos volvimos a juntar, ahora él de espaldas y yo encima, marcando el ritmo con las caderas. Vino la cuarta corrida, esta vez juntos, y nos quedamos quietos un rato largo.

***

Salí del hotel a las nueve menos cuarto, con las piernas temblando y el sexo todavía latiendo. Me había duchado, me había vestido, me había pintado los labios. Por fuera era la misma de siempre. Por dentro era otra mujer.

En el ascensor, mientras bajaba, repasaba mentalmente cada detalle, sabiendo que iba a necesitarlos esa noche y muchas noches más. Llegué a casa y mi marido seguía en el sofá. Me preguntó si había hecho la compra. Le dije que sí, le di un beso en la coronilla y me fui a la cocina a preparar la cena.

Esa noche, cuando él se durmió, abrí el teléfono y le escribí a Rubén una sola línea.

«El jueves que viene, mismo hotel, misma habitación».

Tardó dos minutos en contestar.

«Allí estaré».

Cerré el móvil con una sonrisa y me dormí del tirón, por primera vez en mucho tiempo, sin necesitar los dedos.

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Comentarios (5)

TatoMar

buenisimo!!!

NicolasT87

que relato, me dejo con ganas de mas. increible

Lorena_Sur

Por favor que haya segunda parte! me quede con ganas de saber todo lo que paso despues

Clarita_07

¿El quinto fue el mejor? jaja me mori con ese detalle

Lautaro_NQN

El inicio con el anuncio es muy original, te engancha desde el primer parrafo. Sigue así!

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