La noche que espié a mi vecino desde la terraza
Lo que había ocurrido aquella tarde simplemente no había ocurrido. Eso era lo que se habían prometido los dos al despedirse en el rellano, mientras Bruno cerraba la puerta de su departamento con una sonrisa que decía exactamente lo contrario. Pero entre lo dicho y lo hecho hay un trecho, y Lucía lo recordó toda la semana cada vez que el ardor le subía por la espalda baja y caminaba con esa rigidez tonta que la obligaba a sentarse con cuidado en la silla de la oficina. Brasileño de mierda, pensaba, por su culpa voy a caminar como pingüino hasta el viernes.
La semana pasó rápido. Tuvo demasiado trabajo y, encima, tuvo que decidir qué hacer con Diego, que se había puesto pesado y la llamaba todos los días para reconciliarse. Lucía era buena gente, demasiado quizás, y al final cedió. No era una historia de manual: la pasaban bien, salían a cenar, ella se reía con sus chistes malos y eso, durante un tiempo, le había alcanzado. Lo que no había calculado era lo difícil que iba a ser volver al sexo rutinario con Diego después de la tormenta erótica del fin de semana anterior.
El sábado se preparó con paciencia. Se duchó dos veces, se depiló entera, sacó del fondo del placard un vestido amarillo bien ajustado y unos tacos negros altísimos que se reservaba para las ocasiones serias. Se miró al espejo y se gustó. Pensó que tal vez, viéndola así, Diego se animaría a salir del repertorio de tres movimientos que conocía de memoria. Salió del baño con el corazón un poco acelerado, dispuesta a darle una última oportunidad a esa relación que ya hacía agua por todos lados.
—Estás linda —le dijo Diego desde el sillón, sin levantar la vista del celular.
—Gracias.
Eso fue todo. Ni un beso largo, ni una mano por debajo del vestido, ni una palabra al oído. Nada.
Cuando finalmente subieron al cuarto, Lucía intentó. Se arrodilló en la cama todavía con los tacos puestos y empezó a desabrocharle el cinturón con los dientes, despacio, mirándolo desde abajo como había leído en algún lado que era infalible. Diego se incorporó y le pidió que se sacara los zapatos.
—Vas a romper las sábanas —dijo.
—Diego, son las sábanas.
—Sacátelos, dale.
Se los sacó. Le bajó los calzoncillos y bajó la cabeza para chuparlo y él la frenó con la mano en la frente, como quien aparta a un perro educado.
—Sabés que eso no me gusta. Es poco higiénico.
Lucía se quedó quieta unos segundos, con la boca todavía a la altura de su pene, sintiendo cómo se le iba apagando algo por dentro. Subió, se sacó la bombacha, se subió arriba de él y lo dejó hacer. Diego empujó tres, cuatro, cinco veces, gruñó algo parecido a su nombre y se vino. Quince minutos después estaba roncando boca arriba con la boca abierta.
Esto no puede ser mi vida, pensó Lucía mirando el techo.
***
Salió a la terraza en pantalones cortos y una musculosa, con un vaso de agua frío en la mano. Necesitaba aire, necesitaba dejar de escuchar los ronquidos de Diego, necesitaba dejar de pensar. La noche estaba tibia y se sentó en el borde de la reposera, mirando hacia los edificios de enfrente sin mirar nada en particular.
Entonces se fijó en el departamento de Bruno.
Las luces estaban encendidas, pero no las del living: las del dormitorio, que daba a su misma terraza apenas cruzando el patio interno. Se oían voces, una risa de mujer, música baja. Bruno no estaba solo, eso era evidente, y claramente no estaban viendo un documental sobre murciélagos. Lucía sintió primero un pinchazo de algo que no era exactamente celos, más bien una mezcla de fastidio y curiosidad, y se levantó para volver adentro.
No volvió.
Se quedó parada en el medio de la terraza, fingiendo que miraba el cielo, hasta que escuchó el primer gemido. Era de mujer, agudo, claro, sin pudor. Lucía sintió que el vaso se le resbalaba un poco entre los dedos.
Caminó hasta el rincón más oscuro de la terraza, el que quedaba detrás de la maceta grande del helecho, y desde ahí miró. La cortina del cuarto de Bruno estaba a medio correr. Vio primero un pie de mujer sobre el colchón, una pierna larga, una pantorrilla tensa. Después la chica entera: pelirroja, joven, de pechos pequeños y una cola que parecía dibujada con regla. Estaba boca arriba, con las rodillas dobladas y los talones clavados en el colchón, y Bruno estaba arrodillado entre sus piernas, lamiéndola, agarrándole los muslos con las dos manos.
—Camila, mirame —le decía—. Mirame mientras te como.
Camila lo miraba y lo insultaba con cariño y lo agarraba del pelo y soltaba esos gemidos largos que llegaban hasta la terraza de Lucía como si los tuviera al lado del oído.
Lucía sintió un calor que le subía desde los muslos. Hacía exactamente una semana ella había estado en esa misma cama, con esa misma boca encima, con esos mismos dedos abriéndola. La idea le dio un punzón de algo entre celos y rabia, y otro punzón debajo del ombligo que era directamente deseo.
Se apoyó en la pared de la terraza, sin pensarlo demasiado, y se llevó la mano izquierda al borde de los pantaloncitos cortos. Solo iba a tocarse un poco, se dijo. Solo a comprobar.
Estaba empapada.
***
Corrió la tela de la bombacha hacia un costado y se buscó el clítoris con la yema del dedo medio. Apenas un roce y ya se le escapaba el aire por la boca. Del otro lado del patio, Bruno había subido del sexo de Camila a sus pechos, le mordía un pezón mientras la penetraba con dos dedos y la miraba a los ojos como si estuviera leyéndola.
—Sos una zorra —le decía—. Decímelo.
—Soy una zorra.
—Más fuerte.
—¡Soy una zorra tuya!
Lucía cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su mano se movía sola en círculos lentos sobre el clítoris y la otra le había subido la musculosa hasta debajo del cuello del corpiño. Se pellizcaba un pezón con la misma cadencia con la que Bruno empujaba los dedos en Camila. Tenía las piernas más abiertas de lo que había decidido tenerlas. Le costaba respirar sin hacer ruido.
Bruno cambió de posición. La puso a Camila boca abajo, con las caderas en el borde de la cama, y se paró atrás. Lucía vio entera, de perfil, la silueta de su vecino contra la luz tibia de la lámpara, lista. Recordó exactamente cómo se había sentido eso hacía siete días. Recordó el ardor, el aire que se le había escapado del pecho cuando él había empujado la primera vez.
Bruno la penetró a Camila despacio, hundiéndose hasta el fondo, y Camila aulló contra la sábana. Lucía mordió la pared con la frente para no aullar ella también.
Y entonces pasó.
Bruno levantó la vista del cuerpo de Camila y miró exactamente hacia el rincón oscuro de la terraza de Lucía. No fue casualidad. Lucía supo, por la forma en que la mandíbula se le tensó y por la sonrisa lenta que se le dibujó después, que Bruno la estaba viendo. No con claridad, quizás, pero la veía. Veía el contorno de un cuerpo apoyado contra la pared, veía el movimiento de una mano entre dos piernas, lo veía perfectamente.
No cambió de postura. Siguió embistiendo a Camila al mismo ritmo, agarrándole las caderas con las dos manos, pero ya no le hablaba a ella. Le hablaba a Lucía.
—Mirá cómo te empujo —dijo, y la voz era grave y baja y llegaba a la terraza como un susurro al oído—. Mirá cómo te abro.
Camila contestó algo que se perdió contra la almohada. A Lucía no le importó. Lucía estaba escuchándolo a él, mirándolo a él, sintiendo cómo cada palabra se le acomodaba justo donde le hacía falta.
—Sos mía, zorra —dijo Bruno, y la miraba a ella—. Decime de quién sos.
Lucía abrió la boca y formuló las palabras sin sonido, con la mandíbula floja. Tuya. Sintió que el cuerpo se le ponía rígido de a poco, desde los dedos de los pies hacia arriba, como una cuerda que se va tensando. Aumentó el ritmo sobre el clítoris, dos dedos ahora, dibujando un ocho corto y rápido.
Del otro lado del patio, Bruno aceleró las embestidas. Camila gritó algo en una nota más alta que las anteriores. La lámpara de la mesa de luz tembló cuando Bruno se inclinó hacia adelante, agarrándola del pelo, y le mordió la nuca sin dejar de mirar hacia la terraza.
—Vení conmigo —dijo, y Lucía supo perfectamente a quién se lo decía.
***
El orgasmo le llegó como una ola que no había visto venir. Le subió desde los talones, le sacudió las rodillas, le explotó en el bajo vientre y le salió por la boca en forma de un gemido que no llegó a contener del todo. Apretó la frente contra la pared, mordió el dorso de la otra mano y dejó que el cuerpo terminara de cumplir su cosa, sacudiéndose contra los dedos que ya no podía detener.
Enfrente, casi en simultáneo, Bruno tiró la cabeza hacia atrás, apretó las caderas contra Camila con una fuerza que la hizo gritar otra vez, y se vino dentro de ella con un gruñido largo. Pero los ojos, hasta el último segundo, los tenía clavados en la terraza de Lucía.
Lucía resbaló despacio por la pared hasta quedar sentada en el piso frío. Las piernas no le respondían. El corazón le golpeaba en los oídos, en el cuello, en la punta de los dedos. Sentía la bombacha pegada al cuerpo, el sudor entre los pechos, el aire de la noche enfriándole la piel.
Adentro, Diego seguía roncando. Ni se había enterado.
Lucía levantó la cabeza con cuidado. Bruno se había bajado de la cama y caminaba hacia la ventana, todavía desnudo, con esa naturalidad de quien no le tiene miedo a nada. Camila había quedado boca abajo, agotada, riéndose contra la almohada. Bruno se asomó al patio. Lucía supo que tenía que esconderse y no se escondió.
Él la miró. La miró un segundo largo, sin sonreír. Después levantó la mano, despacio, y le hizo un gesto que era a la vez saludo y promesa: dos dedos contra la sien, como un soldado, antes de soltarlos hacia ella en cámara lenta.
Lucía no le devolvió el gesto. Sostuvo la mirada, eso sí, hasta que él cerró la cortina.
Se quedó sentada en el piso de la terraza un rato más. Pensó en Diego, en el vestido amarillo que seguía colgado en la silla, en los quince minutos contados, en la mano apartándole la cabeza. Pensó en Bruno, en la voz grave diciendo «zorra», en los ojos clavados a través del patio.
Se levantó cuando empezó a tener frío. Antes de entrar, miró por última vez la ventana cerrada del piso de enfrente y se dio cuenta de que ya había tomado una decisión, aunque todavía no supiera con qué palabras se la iba a decir a Diego a la mañana siguiente.