Casi nos descubre su novia en el estacionamiento
Eran los años de la facultad y todavía estudiaba de noche, después de la oficina. Salía a las seis de la tarde, me cambiaba los zapatos en el subte y entraba a cursar de siete a once con la cabeza ya cansada pero la ropa todavía intacta. Casi todas mis compañeras iban en zapatillas; yo seguía con tacos y la blusa del trabajo. Eso me daba una ventaja que entonces no me molestaba para nada.
Con Matías nos habíamos hecho amigos en segundo año. Era de los pocos varones del grupo de estudio, y desde la primera vez que tomamos un café en la confitería entendí que me gustaba. Él disimulaba bien o de verdad no se daba cuenta. Tenía novia desde el secundario, una chica que cursaba dos años más adelante, Carolina, y nos cruzábamos con ella todo el tiempo en los pasillos. Carolina me trataba bien. Yo formaba parte del grupo de su novio y eso bastaba para que me saludara con un beso largo y me preguntara cómo estaba.
Los sábados nos juntábamos a estudiar en casa de alguno. Esa semana tocaba un trabajo práctico complicado y arrancamos a las tres de la tarde en lo de Esteban, otro compañero. Éramos seis al principio, pero a las ocho ya habían quedado solo cuatro: Esteban, Matías, una chica que se llamaba Lucía y yo. Pedimos pizza y abrimos las primeras cervezas. La conversación derivó de Análisis a otra cosa, y de otra cosa a confesiones medio infantiles, de esas que se hacen cuando uno toma de más y se sabe en confianza.
Conté lo de Ricardo. Era una historia vieja para mí: un adjunto joven, no especialmente lindo pero tampoco feo, que me había mirado durante semanas hasta que un día me quedé después de clase con una pregunta y él aprovechó para sacarme charla. Quince minutos en el aula vacía, la puerta entornada, y la cosa estaba sembrada. Al día siguiente otra pregunta, un café en la cafetería, mis amigas en un boliche del centro el sábado, su número en mi celular. Esa noche apareció solo, me dijo que estaba muy linda, intentó besarme cerca de la barra, le dije al oído que ahí no, y terminamos en un albergue transitorio a tres cuadras. Aprobé la materia. Para ellos era una anécdota; para mí, un trámite.
Lucía se reía con la boca tapada. Esteban me miraba sin saber muy bien qué decir. Matías no dijo nada en el momento. Cuando dimos por terminada la reunión, casi a la una de la mañana, me ofrecí a llevarlo en mi auto porque no tenía cómo volver. Vivía lejos, pero insistí. Lucía nos quedaba de paso.
Dejamos a Lucía primera. Después Matías me empezó a indicar el camino. La avenida estaba vacía y el silencio en el auto pesaba distinto al del grupo. A las pocas cuadras me preguntó:
—¿En serio te acostaste con Ricardo?
—En serio.
Se quedó callado un momento. Después se rió.
—Sos tremenda. Te tenía cancherita, pero no para tanto.
—Si quiero algo lo consigo —le dije—. No le doy mil vueltas.
Ahí me preguntó cómo había sido. Quería el detalle. Le conté lo del café, lo del boliche, lo del hotel. Le conté que durante el sexo le había dicho «profe» y que eso lo había desarmado. Matías manejaba con una mano y miraba la ventanilla, pero no me sacaba la oreja. Su pierna izquierda se sacudía contra la palanca.
—Sos un peligro —dijo al final.
Llegamos a su cuadra. Estacioné donde me indicó. La calle estaba oscura, sin gente. Pensé que iba a intentar algo. Pero solo me miró un segundo y dijo:
—Yo también te hubiese aprobado.
Y se bajó. Quedé con el motor encendido y las manos en el volante.
***
El lunes siguiente algo había cambiado entre nosotros. Él, que siempre había sido medio distante en los pasillos, ahora me buscaba con la mirada. Me agarraba la mano cuando se reía de alguna pavada. Me pasaba el brazo por el hombro al salir del aula. Carolina nos veía y se reía con nosotros, sin pizca de sospecha. Yo me sentía un poco mal y un poco encendida.
El viernes entregamos el trabajo práctico. El titular lo agarró, lo hojeó dos segundos y nos dijo que estaba perfecto sin haberlo leído realmente. Salimos del aula con Matías al borde de la euforia: era una materia que se le venía complicando y la había sacado limpio. En el estacionamiento interno de la facultad, me ofrecí a llevarlo a su casa una vez más.
Era una calle interna iluminada, pero con autos en doble fila y los vidrios polarizados que apenas dejaban distinguir qué pasaba adentro. Subí, encendí el motor y, antes de que pudiera poner la marcha, él me agarró por la nuca y me besó.
Me agarró desprevenida. Por un segundo pensé en frenarlo. Después fui yo quien lo buscó.
Nos besamos largo, con prisa, como si los dos lleváramos meses esperando ese minuto y no quisiéramos desperdiciarlo. Le pasé la mano por encima del jean y la sentí dura, caliente, palpitando contra la tela. La froté despacio, subiéndolo un poco con los dedos, y él soltó un gemido ahogado que me encendió de pies a cabeza. Nos miramos de cerca, la boca todavía húmeda, la respiración mezclada. Tenía los labios partidos de tanto presionar, y yo ya estaba mojada, apretando las piernas contra el asiento para no moverme demasiado.
—Bajámela —le dije.
Le desabroché el cinturón y le bajé el jean lo justo para sacarla. La tenía gruesa, rara, levemente curva hacia la derecha, con la cabeza más ancha que el resto y la piel tirante. No me importó. Me acomodé contra la consola, abrí más las piernas y la agarré con la mano, sintiendo el calor y la humedad en la palma. Le di un par de pasadas lentas, apretando apenas en la base, y lo escuché respirar hondo, con ese sonido torpe de varón que ya no sabe dónde meter las manos.
Acá. En el estacionamiento. A las once de la noche.
Me incliné y la chupé con calma al principio, recorriendo la cabeza con la lengua, metiéndomela después entre los labios hasta tragármela casi completa. Sentí el gusto salado de la piel y ese sabor más áspero de la excitación acumulada. Le marqué un ritmo: una chupada larga, una succión más fuerte, un golpe de lengua por debajo, otra vez la punta contra el frenillo. Matías me hundió la mano en el pelo y se quedó quieto, apenas temblando. Le miré la cara mientras lo hacía: tenía los ojos cerrados, la mandíbula apretada y el cuello tenso, como si estuviera intentando contenerse para no hacer ruido.
—Hacelo así —murmuró—. No pares.
Seguí. Le metí más la pija en la boca, dejé que me tocara la garganta, y el sonido que hizo fue más sucio, más roto. El auto estaba caliente por el motor y por nosotros, empañado apenas en los bordes de los vidrios. Le pasé la mano por los huevos, los apreté despacio y noté cómo se le elevaba la pelvis de golpe, buscando más fricción. Él me miró una vez, apenas, y esa mirada me dio otra sacudida entre las piernas.
—Hace meses que tengo ganas de esto —murmuró, la voz hecha una mierda.
—Yo también.
Volví a bajar la cabeza y trabajé la pija con más ganas, chupando la punta hasta hacerle salir un hilo de saliva que me ensució el mentón. Entonces lo escuché tensarse de otra manera. Distinta. Me hizo una señal breve con la mano, como si quisiera que frenara un segundo, y en ese instante me di cuenta de que estaba mirando hacia adelante con una cara rara, entre el susto y el morbo.
—Carolina.
Lo dijo bajito, casi en un susurro. Me quedé congelada con su pija en la boca, el pulso golpeándome en las sienes.
—¿Qué?
—Carolina. Está ahí.
Levanté la cabeza apenas lo suficiente para ver por encima del tablero. Tres autos más adelante, parada en la vereda, Carolina charlaba con dos chicas que reconocí del año anterior. Llevaba la mochila al hombro y reía de algo, ajena, con el pelo cayéndole sobre una mejilla. Estarían a quince metros, no más. Desde donde estaban no se veía adentro del auto. Por el polarizado, si pasaban caminando al lado, tampoco —siempre que no se asomaran a propósito.
Sentí un golpe seco en el estómago. Pensé en sentarme. En quedarme quieta. En agacharme al piso. Hice todas esas cosas con la cabeza en un segundo. Pero Matías me agarró el pelo con ambas manos y me empujó de vuelta hacia abajo, no fuerte, pero sí con una decisión que me hizo mojarme todavía más.
—No pares.
Volví a llevarme la pija a la boca. Esta vez la chupé con una desesperación que me sorprendió incluso a mí. El morbo era un veneno puro: a quince metros de mí, la novia se reía de algo que le contaba una amiga, y yo le estaba haciendo a su novio lo que ella probablemente nunca le había hecho. Le chupaba la verga escondida en la oscuridad del auto, con el corazón desbocado y la espalda rígida, mientras afuera seguía la vida normal.
—Te gusta que te la chupe con ella ahí —le dije, sin sacarla del todo de la boca.
—Callate.
—Después voy a ir a saludarla con tu leche en la lengua.
Lo sentí estremecerse entero. Le pasé la mano por los testículos otra vez, los sentí duros, tensos, y le chupé la punta con más fuerza, usando la lengua para hacerle presión justo donde más le gustaba. Él me sostuvo la cabeza sin apretar, como si no quisiera perder el control. Su respiración se volvió corta, entrecortada, y entendí que estaba cerca. Aceleré, alternando la boca con la mano, metiéndole y sacándole la polla con un ritmo húmedo, obsceno, hasta que soltó un quejido sordo y me llenó la boca con una corrida caliente que me sorprendió por la cantidad. Tragué casi todo de inmediato. Lo que quedó se lo lamí prolijo, lenta, disfrutando el sabor tibio y salado en la lengua.
Me incorporé despacio, mirando por el espejo lateral. Carolina seguía en la vereda, hablando, ajena. Matías ya se había subido el jean sin que yo lo viera. Tenía los ojos cerrados y respiraba como si hubiera corrido una cuadra. Yo todavía tenía la boca húmeda y la garganta ardiendo un poco. Me limpié con el pulgar la comisura de los labios, pero no del todo.
—¿Sigue ahí? —preguntó.
—Sigue.
Nos quedamos en silencio. No sabíamos si esperarla o salir caminando del auto como si nada, si arrancar de una vez y rezar para que no nos viera, si seguir hablando como si estuviéramos revisando algo. Matías agarró del asiento de atrás unas hojas del trabajo práctico y las dejó abiertas sobre el tablero, fingiendo que las leíamos. Tenía las orejas rojas. Yo todavía sentía en la lengua el peso de su leche, y en el cuerpo, el temblor de haberlo hecho ahí mismo, con ella a unos metros.
Entonces Carolina se despidió de una de las dos amigas y la otra empezó a caminar con ella en nuestra dirección.
Hice algo que todavía no entiendo del todo. Le hice luces con el auto, como si la estuviera saludando desde lejos. Carolina levantó la vista, me reconoció, sonrió. Caminó hasta nosotros. Bajé la ventanilla a medias, lo justo para que pudiera asomarse.
—¡Hola! —dijo, contenta—. ¿Recién salen?
—Recién salimos —contesté, con una sonrisa que no sé de dónde saqué.
Matías murmuró algo que no se entendió. Tenía los brazos cruzados sobre las hojas del trabajo práctico, como si las estuviera protegiendo de la lluvia. Yo seguía con la boca sensible, y cada vez que abría un poco más los labios sentía el residuo de su corrida pegado adentro, como una marca.
—Estábamos repasando una cosa —agregué.
—Aprobamos —dijo él, esta vez fuerte y claro, y le sonrió a su novia con una sonrisa que me dolió.
Carolina aplaudió bajito. Le pregunté cómo se volvía. Me dijo que iba a tomar el colectivo en la esquina con la amiga. Le dije que se olvidara, que la llevábamos. La amiga se quedó en la facultad y Carolina se subió atrás. Le pasé el cinturón por el espejo retrovisor. Tenía restos de su novio en la lengua, todavía, y me costaba no pensar en eso cada vez que hablaba. Ella siguió conversando como si nada, apoyada en el asiento, confiada, normal.
Arranqué. Carolina empezó a hablar de la cursada, de un examen que tenía el lunes, de una profesora insoportable. Yo le respondía con monosílabos y le sonreía por el espejo. Matías, al lado mío, no hablaba. En un momento cerró los ojos y simuló dormir, con la cabeza apoyada contra la ventanilla. Le vi el pulso en la sien. Yo manejaba con ambas manos, pero todavía sentía el cosquilleo de haberlo tenido en la boca minutos antes, el sabor persistente en la saliva, el subidón idiota de la adrenalina.
—Está reventado —dijo Carolina, riéndose—. Toda la semana con el trabajo.
—Toda la semana —repetí yo.
La dejé en la puerta de su casa. Lo bajé a él también, ahí mismo. Carolina me dio un beso por la ventanilla y me agradeció el viaje como si le hubiera salvado la noche. Matías levantó la mano apenas y entraron juntos.
Me fui a la casa de mi novio con las manos un poco más firmes en el volante de lo que querían estar.
***
Esa noche no me bañé. Quise quedarme un rato más con la sensación rara en la boca, con el corazón todavía latiendo distinto, con la mezcla de culpa y triunfo que me había acompañado durante todo el viaje. Mi novio me preguntó si había estudiado bien y le dije que sí, que estaba agotada.
Con Matías nunca más volvió a pasar. Nos seguimos sentando juntos en clase, le seguí pasando apuntes y él me siguió haciendo bromas en los pasillos. Carolina me siguió saludando con dos besos. Hoy están casados y tienen una nena; los veo cada tanto en redes y les doy «me gusta» a las fotos del cumpleaños. Él no me escribió nunca, ni una vez, ni borracho. Yo tampoco.
De todas las cosas que hice en esa facultad, esa fue la peor, y también la que más recuerdo. Cada vez que paso al lado de un auto con los vidrios polarizados en un estacionamiento, todavía siento un calor raro en la lengua.





