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Relatos Ardientes

El último viernes del taller con mi amante

El último día del taller había llegado como llegan las cosas inevitables: de repente, aunque llevaras semanas sabiéndolo.

Llevábamos dos meses en ese edificio los viernes. Dos meses de cafés compartidos en los descansos, de sentarnos siempre en la misma disposición, de mensajes que decían poco y prometían mucho. Habíamos estado a punto varias veces, pero siempre había algo: el tiempo, la distancia, los compromisos que ambos teníamos en casa y que ninguno de los dos mencionaba directamente.

Pero ese viernes era el último.

Me senté en mi lugar de siempre, dos filas detrás de él, y durante las tres horas finales intenté concentrarme en la pantalla y no en la nuca de Rodrigo, en la forma en que se inclinaba hacia adelante cuando tomaba notas, en la curva de sus hombros bajo la camisa celeste. Había aprendido cada uno de sus gestos durante esos dos meses. Era lo único que había aprendido bien en ese maldito taller.

Cuando el instructor dijo «hasta aquí llegamos», algo se apretó en mi pecho. Una mezcla de alivio y de pánico, porque lo que había funcionado en ese edificio, en ese horario, con esa excusa, ya no iba a tener excusa.

Recogí mis cosas despacio. Más despacio de lo necesario.

***

El estacionamiento olía a asfalto caliente. Rodrigo ya estaba junto a su coche cuando salí, con las llaves en la mano y esa sonrisa lateral que yo ya conocía demasiado bien. La del hombre que ha tomado una decisión pero prefiere dejar que seas tú quien dé el primer paso.

—¿Te llevo? —dijo.

—Sí —dije yo.

Subimos. Él arrancó el motor y tomó el camino de siempre, el que pasaba por la avenida principal y tardaba el doble que la ruta más corta. Ninguno de los dos mencionó eso. El silencio era pesado y cómodo al mismo tiempo, de esos silencios que se construyen durante semanas de conversaciones a medias.

Fui yo quien lo rompió.

—Dime que no le avisaste que terminó el taller.

Rodrigo giró la cabeza hacia mí un segundo. Esa sonrisa otra vez.

—No le avisé nada —dijo, y volvió la mirada a la carretera.

El tráfico del viernes era brutal. La avenida era un río detenido de coches y ruido, y el calor del mediodía entraba por las ventanas en oleadas que pesaban. Yo miraba los semáforos y pensaba que cada minuto que tardábamos era un minuto en el que él podría cambiar de opinión.

No puede cambiar de opinión ahora.

Me recosté hacia él. Puse una mano en su muslo, apenas, con la fingida inocencia de quien solo busca apoyarse. Sentí cómo se tensaba bajo mi palma. Subí un poco la mano, recorrí la cara interna de su pierna, me acerqué a su entrepierna lo suficiente para que supiera exactamente lo que estaba haciendo.

—Estás jugando con fuego —dijo, sin apartar los ojos de la carretera.

—Llevo dos meses jugando con fuego —respondí.

No dijo nada más. Aceleró en cuanto el semáforo cambió.

***

El hotel estaba a tres cuadras de la avenida. Pequeño, discreto, de esos que no hacen preguntas. La recepcionista nos dio una tarjeta sin mirarnos. Subimos en el ascensor en silencio, con esa tensión que hace que el aire se vuelva más denso, que cada segundo dure el triple.

Rodrigo abrió la puerta de la habitación.

Y antes de que yo pudiera mirar el cuarto, sus brazos me rodearon por detrás.

Sentí sus labios en mi cuello, un beso lento que empezó justo bajo la oreja y bajó despacio hasta el hombro. Sus manos se apoyaron en mis caderas y me guió hacia la cama sin prisa, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, como si no hubiera nadie esperándonos en ningún lado.

Caímos juntos sobre el colchón.

Me quedé mirando el techo un instante, con su peso sobre mí, sintiendo su respiración en mi mejilla. Luego él levantó la cabeza y me miró, y en esa mirada estaban los dos meses enteros: las miradas en clase, los mensajes que borrábamos apenas los leíamos, las veces que nuestros brazos se rozaban en la mesa de trabajo y ninguno los apartaba.

—Hola —dijo.

Me reí. No pude evitarlo.

—Hola —respondí.

Y entonces nos besamos de verdad, sin la distancia que mantienen las personas que se supone que no deberían besarse.

***

Sus manos empezaron a moverse despacio. Buscaron el borde de mi blusa, la levantaron, y sus palmas subieron por mi espalda mientras el beso seguía. Cuando llegaron a mi sostén, lo abrió con una sola mano y lo sacó sin mayor ceremonia, con la seguridad tranquila de alguien que sabe lo que quiere y no necesita demostrarlo.

Sus dedos rodearon mis pechos. Los apretó con cuidado, explorando, aprendiendo qué presión hacía que cerrara los ojos y cuál hacía que me arqueara. Bajó la boca hasta uno de mis pezones y lo tomó entre los labios. Primero suave. Luego con más presión. Luego con los dientes, apenas.

Ahí. Exactamente ahí.

Mientras su boca seguía trabajando, su mano fue bajando. Pasó por mi vientre, por la cintura del pantalón, por la tela de mi ropa interior. Sus dedos se detuvieron sobre la tela un momento, como midiendo, y yo ya estaba completamente concentrada en ese punto.

Movió la tela a un lado. Entró con dos dedos, despacio, buscando el ángulo exacto. Cuando lo encontró, dejé escapar un gemido que no había planeado.

—Así —dije.

Y él siguió así.

Lo hacía con una calma que me desesperaba un poco, sin prisa, mirándome a la cara de vez en cuando para ver qué efecto tenía cada movimiento. Me gustaba cuando me miraba así. Me hacía sentir que era lo único que existía en ese cuarto.

El orgasmo llegó antes de que me diera cuenta de que ya venía. Una ola que empezó en el centro y se fue expandiendo hacia afuera, y yo me quedé con la boca abierta y la mano aferrada a su brazo hasta que terminó de pasar.

—¿Vamos bien? —preguntó. Con esa sonrisa de siempre.

—Cállate —dije, todavía recuperando el aliento.

Se rio.

Entonces me senté y le desabroché el cinturón.

***

Le quité el pantalón y los boxers juntos. Me tomé un momento para mirarlo, porque me gusta eso: mirar, acostumbrarme. Empecé por los muslos. Los masajeé con las palmas abiertas, subiendo poco a poco, sin apuro.

Cuando bajé la boca, lo hice despacio. Lo recorrí con la lengua primero, sin comprometerme, explorando. Me gustaba escucharlo cambiar de respiración, sentir cómo sus manos buscaban mi cabello y lo apartaban de la cara con delicadeza.

Seguí un buen rato así, hasta que sus caderas empezaron a moverse casi sin que él pudiera evitarlo.

—Ven —dijo.

No era una petición. Era algo entre súplica y orden. Me gustó de las dos maneras.

Subí hasta su boca. Lo besé mientras mis piernas se abrían sobre él. Lo sentí buscar la entrada, encontrarla. Y entonces me moví hacia abajo y lo sentí todo adentro, de una vez.

Me tomó las caderas con las dos manos y marcó el ritmo. Yo intentaba seguirlo y a veces lo perdía y a veces lo anticipaba, y en algún punto entre esos dos momentos dejé de pensar en el ritmo y empecé solo a sentir. La presión, el movimiento, su peso, el calor de esa habitación pequeña con las persianas a medio bajar.

No sé exactamente cuándo cambió la posición. Solo sé que de repente estaba de espaldas, con sus brazos bajo mis piernas, con él mirándome desde arriba y moviéndose con una fuerza que me dejaba sin palabras. Solo podía gemir y pedirle que no parara, y él no paraba.

Cuando terminó, se quedó quieto un momento, apoyado en los antebrazos, con la frente inclinada hacia la mía. Su respiración era tan agitada como la mía.

***

Pedimos algo de comer. Sándwiches de la vending del pasillo y un yogur de fresa que él había traído en la mochila, de esos que parecen de niño pero uno compra igual.

Nos sentamos sobre la cama a comer, en ropa interior o menos, con la conversación volviendo a ser posible ahora que la primera tensión había pasado. Hablamos de cualquier cosa: del instructor del taller, de un compañero que nunca entregó los ejercicios, de si el año siguiente habría segunda edición del curso.

Era extraño y era perfectamente normal al mismo tiempo.

Él abrió el yogur. Metió un dedo y lo puso sobre mi pezón, muy despacio, con cara completamente seria.

Lo miré.

Él me miró a mí.

—¿En serio? —dije.

—¿Qué? —respondió, inocente.

Se inclinó y lo limpió con la boca. Muy. Despacio.

Claro que en serio.

Lo que vino después fue diferente al primero. Más tranquilo, más detenido. Nos tomamos el tiempo que antes no habíamos tomado. Se detuvo en cada parte que le resultó interesante, y yo hice lo mismo, y en algún momento llegamos al segundo round sin haberlo decidido exactamente, sino como se llega a las cosas cuando el cuerpo va delante.

Estaba sentada sobre él cuando dije:

—En cuatro.

Me giré sin más explicación. Él entendió.

Todo se sentía diferente así. Más profundo, más directo. Sus manos recorrían mi espalda, apretaban mis caderas, encontraban distintos puntos de apoyo. En un momento puso una mano en mi nuca, suave pero firme, y yo apoyé la frente en el colchón y me dejé llevar.

—¿Así? —preguntó.

—Así —dije.

Sus movimientos se volvieron más rápidos, más contundentes. El ruido sordo en el cuarto, su respiración acelerada, mis gemidos que ya no controlaba: todo mezclado en algo que no dejaba espacio para pensar.

Luego buscó con la mano entre nosotros y encontró mi clítoris, presionando con los dedos en el ritmo exacto, y eso fue el final. Un orgasmo que llegó anunciado y aun así me cayó encima como algo inesperado.

Me quedé quieta un momento, con la mejilla en el colchón y los pulmones buscando el aire.

—Bienvenida —dijo él.

—Cierra la boca —respondí.

Pero me reí.

***

El teléfono en la mesita de noche decía que era tarde. Él lo miró antes que yo, y aunque no dijo nada, yo lo vi mirarlo y entendí lo que eso significaba.

—¿Te duchás? —pregunté.

—Sí, rápido.

Esperé a que entrara al baño. Escuché el agua. Me quedé mirando la habitación un momento: la cama completamente deshecha, el envoltorio del sándwich en la mesita, mis zapatos en dos puntos distintos del cuarto. Luego me levanté.

La puerta del baño estaba sin seguro.

Entré.

Estaba de espaldas, con el agua cayéndole por los hombros. Me vio por el reflejo en los azulejos y se giró apenas.

—¿Te puedo ayudar? —pregunté.

Soltó una risa breve.

Me arrodillé en el piso de la ducha, con el agua tibia cayéndome por el cabello, y lo tomé en la mano. Lo miré desde abajo. Empecé con calma, sin apuro, sabiendo que teníamos poco tiempo y queriendo que ese poco durara.

Sus manos apartaban mi pelo mojado con una delicadeza que no terminaba de encajar con lo que estaba pasando. Me invitaban a levantarme, pero yo lo miraba desde abajo y seguía.

—Me voy a venir —dijo.

Lo miré fijamente. Seguí.

Cuando llegó, lo recibí sin soltarlo, con los ojos fijos en los suyos hasta el final. Después me incorporé. El agua seguía cayendo sobre los dos.

Nos terminamos de bañar juntos, con esa comodidad extraña que tiene ducharse con alguien a quien no conoces desde hace tanto tiempo pero al que de alguna manera ya conoces muy bien.

***

Me dejó en la plaza de siempre, donde tenía el coche. El sol estaba bajo, anaranjado sobre los edificios, y la gente pasaba apresurada sin mirar a nadie. Fui a bajarme y él puso una mano en mi brazo.

—Oye.

Me giré.

—Gracias por la comida —dijo, con esa sonrisa que lo decía todo—. Estaba muerto de hambre.

Me bajé riendo. Cerré la puerta y caminé hasta mi coche sin mirar atrás.

Sabía que si miraba atrás iba a querer quedarme.

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Comentarios (3)

Kike_BA

Buenisimo!!! se hizo cortisimo, quiero saber como termino esa tarde en el hotel.

Carmenza77

Ay dios, esa tension desde que menciona el hotel viendolo desde la avenida... muy bien narrado. Por favor continua la historia!

Martina_Rdz

increible, lo lei dos veces jaja

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