La maestra casada que me pidió hacerle el amor
La primera vez que la vi en el café pensé que esperaba a alguien. Estaba sentada sola en una mesa del rincón, con una taza entre las manos y la vista perdida en la calle. Era bajita, de complexión generosa, piel blanca. Bonita de cara, con unos rasgos suaves que desmentían la severidad de su ropa: un vestido verde oscuro, cerrado hasta el cuello, largo hasta las rodillas.
Cuando se levantó para ir al baño, me quedé mirando sin querer parecer que miraba. Su cuerpo era abundante en todos los sentidos. Nalgas altas y firmes que el vestido no conseguía disimular, y un busto que se movía con cada paso de una manera imposible de ignorar. Las pantorrillas eran gruesas, los muslos bien formados. Me obligué a mirar hacia otro lado.
Apareció cuatro días seguidos a la misma hora. El quinto día le pregunté dónde quedaba la boca de metro más cercana.
***
Su nombre era Alicia. Me lo dijo mientras caminábamos, y cuando le ofrecí acompañarla unos minutos más, aceptó sin dudar demasiado. Me contó que era maestra de educación religiosa en un colegio concertado del centro, que era muy devota y que llevaba veintidós años casada con Roberto, un hombre de sesenta y cuatro que trabajaba en una notaría.
—Pareces feliz —le dije.
—Lo soy —respondió. Y no sonó del todo convencido.
Tenía cincuenta y dos años recién cumplidos, aunque no los aparentaba. Me los dijo ella misma, como si quisiera dejar algo claro antes de que yo malinterpretara algo. Llevaba el pelo castaño recogido con esmero, sin una hebra fuera de sitio, y los pendientes pequeños y discretos de quien ha aprendido a no llamar la atención. Pero su cuerpo llamaba la atención de todas formas. Eso no podía remediarlo.
En la entrada del metro nos despedimos. Ella bajó los escalones con paso decidido, balanceándose levemente. La observé hasta que desapareció.
***
Nos vimos varias semanas seguidas. Siempre en el mismo café, siempre a la misma hora, siempre con la excusa del café de rigor y la charla de buena crianza. La conversación fue abriéndose poco a poco, como se abren las cosas que importan: con cuidado, sin que nadie lo declare.
Aprendí que iba a misa los martes y los domingos, que tenía una hija en la universidad, que le gustaba el cine italiano y que detestaba el tráfico. Me preguntó en qué trabajaba, si vivía cerca, si tenía familia. Hablamos de libros que ninguno había terminado de leer y de viajes que ninguno había terminado de hacer. Era una conversación fácil, natural, de esas que no requieren esfuerzo pero que te dejan con ganas de más.
Un martes me dijo que Roberto llevaba tiempo sin follársela. Lo contó con una calma que me pareció ensayada, mirando el fondo de la taza como si no le afectara demasiado.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—Cinco meses —dijo. Luego, tras una pausa—: Casi seis.
No respondí. Solo la miré. Ella levantó la vista y sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario antes de apartar los ojos.
—No sé por qué te cuento estas cosas —murmuró.
—Porque confías en mí.
—O porque me fío demasiado de los desconocidos —dijo, y se rio sola de una manera que resultó más triste que divertida.
Me quedé con eso. Con esa risa y con todo lo que escondía detrás.
***
Tres días después la acompañé de nuevo a la boca del metro. En el último tramo, antes de bajar las escaleras, le dije que era una mujer muy atractiva. Que desde que la conocía no conseguía dejar de pensar en ella.
Se puso colorada de inmediato. Se apretó el bolso contra el cuerpo como si necesitara sujetarse a algo.
—Eso no está bien —dijo.
—Ya lo sé.
Se quedó callada. Luego bajó los escalones y desapareció.
Al día siguiente estaba en el café a su hora habitual. Me senté a su lado sin pedir permiso.
—¿Qué imaginas exactamente? —preguntó, sin mirarme, con la voz muy baja.
Le dije que la imaginaba desnuda, con las piernas abiertas y mi cara enterrada entre sus muslos. Que pensaba en meterle la lengua en el coño hasta que se corriera. Que la imaginaba de rodillas mamándomela hasta el fondo, y también en cuatro, con el culo bien arriba, mientras se la metía entera. Se lo dije sin rodeos, mirándola, porque ya no tenía nada que perder.
Se quedó rígida un momento. Los dedos se tensaron alrededor de la taza y respiró hondo, con las mejillas encendidas hasta las orejas. Luego, muy despacio, asomó una sonrisa que no era de incomodidad.
—Tú también me haces pensar cosas que no debería pensar —dijo.
Nos despedimos en la puerta del café. La besé en la mejilla, rozando casi la comisura de los labios. Ella no se apartó.
***
Dos días después me preguntó, nada más sentarse, si yo hablaba siempre así de serio.
—De ti sí —le dije.
Se mordió el labio. Luego, como si acabara de tomar una decisión que llevaba tiempo madurando, me dijo en voz baja:
—Anoche no podía dormir. Cuando Roberto apagó la luz, me quedé mirando el techo pensando en lo que me dijiste. —Hizo una pausa, y bajó todavía más la voz—. Metí la mano por debajo del camisón y me toqué pensando en ti. Es la primera vez en años que hago eso. Fóllame. Fóllame de una vez, por favor.
Lo dijo en un susurro, pero lo dijo.
***
Cuando pagamos y nos levantamos para salir le pregunté sin rodeos si quería venir conmigo a un hotel en ese momento.
—¿Ahora? —dijo.
—Ahora.
Me miró como si esperara que me echara atrás. Como si midiera si iba en serio.
—Esto es una locura —dijo.
—Sí.
—Roberto no se merece esto.
—Probablemente no.
Respiró hondo. Luego recogió el bolso del respaldo de la silla.
—No pares el taxi en la misma calle que el café —dijo.
***
En el taxi le subí el vestido hasta los muslos. Ella no lo impidió. Tenía la piel suave y cálida, y los muslos eran carnosos y firmes al mismo tiempo. Apoyé la mano en el interior del muslo y sentí cómo se tensaba. Fui subiendo, despacio, con la palma abierta, hasta que los dedos rozaron la tela del calzón. Estaba mojada. Se le había empapado la entrepierna solo de pensar en lo que íbamos a hacer, y la respiración se le cortó cuando aparté la tela y le pasé un dedo por el coño, de abajo arriba, muy lento. Se le escapó un gemido bajito que ahogó apretando los labios. No dijo nada. Miró por la ventanilla con los labios apretados y las manos quietas en el regazo mientras yo le hundía el dedo del corazón hasta el fondo y notaba cómo se contraía alrededor. Cuando lo saqué, brillaba mojado bajo la luz de la calle. Ella cerró los ojos.
En el hotel pagué en efectivo. En cuanto cerré la puerta de la habitación, la besé. Fue un beso largo, con las manos en su cintura, y ella respondió con una urgencia que me sorprendió. Cinco meses y medio sin que nadie la tocara se notaban en cómo apretaba los dedos en mi nuca y en cómo empujaba las caderas contra las mías buscando el bulto duro que tenía en los pantalones.
Le desabroché el vestido despacio. Alicia se quedó quieta, dejándose hacer, aunque las manos le temblaban un poco cuando le bajé los tirantes del sujetador y las tetas grandes cayeron pesadas, blancas, con las areolas rosadas y muy anchas y los pezones ya duros y erguidos.
—Estoy nerviosa —dijo.
—Lo sé.
Su cuerpo era exactamente lo que había imaginado durante semanas. Las tetas grandes y pesadas, con la piel del escote muy suave y unas venas azules apenas visibles debajo. El vientre blando, las caderas amplias, las nalgas firmes y bien formadas. El paso del tiempo se notaba en detalles pequeños —la textura de la piel en el abdomen, la manera en que las tetas caían sin el sujetador— y lejos de enfriar el deseo, lo alimentaban. Había algo en aquella entrega de mujer adulta, conservadora, que nunca había hecho algo así, que me encendió más que cualquier otra cosa.
La tumbé en la cama. Empecé por el cuello, siguiendo hacia los hombros, la clavícula, el escote. Cuando le tomé las tetas con las manos y le metí un pezón entero en la boca, lanzó un sonido suave, casi sorprendido, como si su cuerpo reaccionara antes de que ella pudiera decidir si estaba permitido. Chupé despacio, tirando con los labios, mordiendo apenas, mientras con la otra mano le amasaba la otra teta y le pellizcaba el pezón entre el índice y el pulgar. Alicia arqueó la espalda y me sujetó la cabeza contra el pecho.
—Más fuerte —susurró—. No pares.
Le mordí un pezón con más ganas y ella soltó un gemido ronco que le nació del vientre.
***
Le separé las piernas despacio. Le besé el interior de los muslos, la parte blanda de encima de la rodilla, hasta llegar donde terminaba la tela del calzón. Estaba oscurecido de humedad. Se lo bajé por las piernas y le apareció el coño ancho, carnoso, con los labios hinchados y separados, brillantes, con un vello castaño oscuro apenas recortado. Le abrí los muslos con las manos y me quedé un segundo mirándolo, y ella cerró los ojos y volvió la cara a un lado, como avergonzada de que alguien la mirara así después de tantos años.
—Dios mío —susurró cuando le pasé la lengua entera, de abajo a arriba, plana y lenta, recogiendo el sabor caliente que se le escapaba.
La trabajé con la boca sin prisa, leyendo sus reacciones. Le abrí los labios del coño con dos dedos y le busqué el clítoris con la punta de la lengua, dando círculos apretados alrededor, primero suaves, luego más rápidos. Ella me agarraba la sábana con las dos manos y movía las caderas al ritmo de mi boca. Cada vez que le succionaba el clítoris entre los labios se le escapaba un jadeo agudo y le temblaban los muslos a los lados de mi cara.
Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia y los notaba apretados por dentro, como si el coño tuviera hambre de años. Empecé a bombear los dedos y a curvarlos buscándole el punto de arriba, y a los pocos segundos ella empezó a mover las caderas contra mi mano, empujándome sola.
—Ay, ay, así —jadeaba—. Ahí, ahí mismo, no pares…
Tardó menos de lo que esperaba en correrse la primera vez. Le apreté el clítoris con los labios y le bombeé los dedos hondo y rápido, y a los pocos segundos se le tensó todo el cuerpo y me apretó la cabeza contra el coño con las dos manos mientras gemía largo, con la boca abierta y la espalda arqueada. Cuando la solté estaba jadeando, con las tetas subiendo y bajando, colorada del cuello hasta el escote.
Me subí a la cama y me arrodillé al lado de su cara. Cuando le pedí que abriera la boca, dijo que nunca lo había hecho, que a Roberto le daba asco. Le dije que no tenía que hacer nada especial. Que solo abriera. Lo hizo con los ojos cerrados. Le apoyé el glande en los labios y ella los separó y empezó a chupar despacio, con la lengua rodeando la punta, torpe al principio, con los dientes rozándome sin querer. Le puse una mano en la nuca sin forzar y ella misma empezó a bajar más, a tomarme más adentro, cerrando los labios con más fuerza. Se fue relajando poco a poco, siguiendo el ritmo, y lo que había empezado con torpeza fue ganando confianza con cada minuto que pasaba. Al rato ya me la estaba mamando hasta la mitad, con saliva escurriendo por la comisura, y me miraba desde abajo con los ojos brillantes.
Me coloqué entre sus tetas y ella misma se las apretó contra mi polla, sujetándoselas con las manos como si supiera exactamente lo que había que hacer. Empecé a moverme entre las tetas, empujando adelante y atrás, y cada vez que la punta le asomaba cerca de la cara sacaba la lengua y me la rozaba, sin que yo se lo pidiera, curiosa, como una alumna aplicada descubriendo algo nuevo.
***
Cuando me puse encima de ella y le apoyé la polla en la entrada, noté la resistencia. Su cuerpo acusaba los meses sin que nadie lo tocara. Estaba estrecha, cerrada, apretada.
—Despacio —dijo.
Entré despacio, empujando de a poco, ganando terreno con cada movimiento. Alicia cerró los ojos y arqueó el cuello hacia atrás y soltó un gemido largo que se le rompió a la mitad. Cuando estuve adentro por completo, hasta la raíz, se quedó inmóvil un instante, asimilando la sensación de tener una polla dentro después de medio año.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Asintió sin hablar. Luego, con las manos en mis caderas, me empujó levemente hacia ella.
Empezamos a movernos. Al principio despacio, tanteando el fondo. Luego con más ritmo, más fondo, con las caderas chocando contra las suyas y las tetas sacudiéndose con cada embestida. Se las sujeté con las manos, apretándoselas, pellizcándole los pezones entre los dedos, y ella jadeaba con la boca abierta cada vez que la golpeaba hasta el fondo. La giré de lado, le levanté una pierna apoyándosela en mi hombro y seguí desde ese ángulo, y desde ahí le entraba más hondo y ella lo notaba, porque abrió los ojos de golpe y me miró como si no se lo pudiera creer.
—Ay, así entras más, más… —murmuró, agarrándose a la almohada.
Podía ver la expresión en su cara, la boca entreabierta, los ojos entornados, la concentración de quien descubre que su cuerpo todavía recuerda cómo funcionar. Gemía con la mano tapándose la boca, como intentando callarse. Se la aparté.
—No hace falta —le dije—. Grita todo lo que quieras.
Soltó el sonido que estaba conteniendo. Y luego otro. Y luego dejó de intentar callarse y empezó a gemir sin disimulo, palabras sueltas mezcladas con jadeos, «sí», «ay», «más», «así», «no pares», mientras yo la seguía embistiendo desde el costado con la pierna apoyada en mi hombro.
***
La puse en cuatro. Ella se acomodó sola, con las rodillas separadas y el culo bien arriba, la espalda arqueada, la cara contra la almohada. Le pasé la mano por las nalgas y se las abrí. Se le veía el coño enrojecido y abierto de la penetración, chorreando por dentro de los muslos, y más arriba el fruncido rosado del culo. Le pasé el pulgar mojado por encima y ella se estremeció entera.
—Ahí no… —susurró, pero no cerró las piernas.
Se la volví a meter por detrás, entera, de un empujón. Alicia gritó contra la almohada. Desde atrás me arrodillé bien pegado y empecé a follármela con fuerza, sujetándole las caderas con las dos manos y tirando de ella hacia mí en cada embestida. Con una mano le busqué el clítoris por debajo y empecé a frotárselo con dos dedos mientras la penetraba. Alicia bajó la cabeza, separó más las rodillas y empezó a empujar hacia atrás ella sola, buscando el ángulo exacto, restregándose contra mi mano y contra la polla al mismo tiempo.
—Así —dijo entre dientes—. Así, no pares, dame, dame más, más fuerte, más…
Le di más fuerte. Los golpes de mis caderas contra sus nalgas sonaban por toda la habitación, secos, húmedos, y ella jadeaba a cada embestida con la boca abierta contra la almohada. Le di una palmada en la nalga y ella soltó un grito ahogado que no fue de queja. Le di otra. Se le puso la piel colorada donde le había pegado y me empujó hacia atrás con más fuerza, pidiendo más.
Tardó un par de minutos. Cuando llegó lo hizo con el cuerpo entero, contrayéndose con fuerza alrededor de mi polla, con un sonido largo y continuo que no tenía nada que ver con la señora discreta del café. El coño le palpitaba, apretándome, y sentí cómo se le escurría la humedad caliente por los muslos.
La saqué antes de correrme y la giré de espaldas otra vez. Me subí encima y le apoyé la polla mojada entre las tetas. Ella misma se las apretó, se las juntó con las manos, y yo empecé a moverme rápido entre ellas, notando cómo la punta le rozaba la barbilla en cada embestida. Cuando estuve cerca, me acerqué a su boca y ella abrió los labios y me recibió sin apartar los ojos de los míos. Me corrí en su boca, y le dejé el semen dentro y también fuera, chorreándole por la comisura hasta el mentón y el cuello, y siguió chupando la punta hasta que no le quedó nada más que sacar.
Se limpió la comisura del labio con el pulgar y se lo llevó a la boca. Luego me miró.
—Eres la primera persona fuera de mi matrimonio —dijo.
—Lo sé.
—No sé si eso me hace sentir peor o mejor.
—¿Cómo te sientes?
Pensó un momento, mirando el techo, con las tetas todavía manchadas y el coño abierto entre las piernas separadas.
—Bien —dijo—. Me siento muy bien.
***
Nos vestimos en silencio, ese silencio cómodo que viene después de que algo cambia entre dos personas. En la puerta del hotel me besó. Un beso breve, pero con intención.
—La semana que viene estaré en el café el martes —dijo.
No era una pregunta.
—Yo también —dije.
Y así fue. Alicia lleva siendo mi amante desde entonces: puntual como siempre, discreta como siempre. Cada martes el mismo café. Cada dos o tres semanas el mismo hotel, o uno diferente cuando nos apetece variar. Roberto sigue en su notaría. La fe sigue siendo la fe.
Y ella sigue quitándose la argolla antes de entrar a la habitación, con esa mezcla de culpa y deseo que nunca termina de resolverse, y que a mí me parece lo más honesto que he visto en mucho tiempo.