Espié a mi esposa con su amante desde las cámaras
Marco. Así me llamo. Treinta y ocho años, contador en una empresa de logística, complexión normal y unos kilos de más que nunca me causaron demasiada preocupación. Tengo ojos claros, verdosos, que mi esposa me dijo una vez que fueron lo primero que la atrapó cuando nos conocimos en la boda de un amigo común hace ya casi diez años.
Natalia tiene cuarenta y seis, ocho más que yo. Baja, cabello castaño que le cae hasta los hombros, de esa delgadez que a su edad hay que ganarse con esfuerzo sostenido. Desde hace tres años practica yoga cuatro veces por semana y los resultados son evidentes para cualquiera que la mire: la postura, la forma de los brazos, la manera en que lleva el cuerpo cuando camina. Cuando entramos juntos a un lugar, la gente la nota a ella primero. Siempre fue así, pero ahora más.
Llevábamos dos años en lo que yo llamaría, con toda la torpeza del término, una meseta matrimonial. Nada roto, nada declarado, pero el sexo había dejado de ser algo espontáneo para convertirse en algo que sucedía con la predictibilidad de un trámite. Ella decía que yo estaba demasiado ausente por los viajes de trabajo. Yo decía que exageraba. Los dos teníamos razón a medias.
Fue en ese contexto cuando el nombre de Diego apareció de nuevo.
Diego era el ex de Natalia. Cinco años juntos antes de que ella y yo nos conociéramos. Siempre había sabido que existía: un nombre mencionado en alguna conversación de primeros meses, sin mucho detalle. Hasta que una noche, ya con vino encima, Natalia me contó que Diego le había enviado una solicitud en Instagram. Me dijo que no la había aceptado, que estaba cerrado, que no me preocupara.
Le creí. O quise creerle, que no es lo mismo.
Diego era guardia de seguridad en una empresa privada. Moreno, barba cerrada, del tipo de hombre que parece construido para cumplir el papel del que no se porta bien. Natalia me había dicho alguna vez que era posesivo, controlador, que la hacía sentir encerrada. Nunca me explicó bien, sin embargo, por qué lo había aguantado tanto tiempo.
***
Una noche de martes, mientras dormíamos, el celular de Natalia vibró varias veces sobre la mesita. Ella no se despertó. Yo estaba en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia donde los sonidos llegan antes que el pensamiento. Me incorporé en la cama, tomé el teléfono con cuidado. La pantalla se iluminó.
Un mensaje de un contacto guardado como «D»: «No puedo dejar de pensar en el jueves. Cuánto quiero verte».
La pantalla se apagó. La habitación quedó oscura de nuevo.
Me senté en el borde de la cama. El jueves yo tenía vuelo a Monterrey. Dos días de reuniones con un cliente importante. Era un viaje que Natalia conocía bien; habíamos reorganizado varios planes alrededor de esas fechas.
Fui a la cocina sin encender ninguna luz, me senté en una silla y me quedé quieto durante un buen rato. Hice el inventario honesto de mis emociones.
No era rabia. Era otra cosa. Algo caliente y difuso que no supe nombrar esa noche.
***
El miércoles, mientras Natalia estaba en el trabajo, tomé su teléfono. Llevaba años sabiendo su contraseña de tanto verla marcarla. Los mensajes con «D» empezaban tres semanas atrás. Al principio eran frases que podían pasar por inocentes si no se leían seguidas. Pero había una estructura debajo de todo: «el mismo lugar de siempre», «el jueves funciona perfecto», «¿tu marido tiene vuelo temprano o tarde?».
Devolví el teléfono a su lugar.
Esa noche busqué el perfil de Diego en Instagram. No tardé mucho. Foto de perfil: apoyado en el capó de un coche, brazos cruzados, mirando a cámara con esa expresión de quien sabe el efecto que causa. Moreno. Barba cerrada. Treinta y tantos años, calculé. Más joven de lo que esperaba.
Natalia me había dicho que ese tipo de hombre nunca le había gustado.
Claro que no, pensé.
Lo que sentí en ese momento no era lo que un hombre debería sentir al confirmar que su esposa le pone los cuernos. Era algo más complicado. Era la imagen de Natalia, su cuerpo de yoga que yo conocía de memoria, con alguien que no era yo. Y esa imagen no me producía rabia.
Me producía calor.
***
El jueves salí de casa a las seis y media. Natalia se levantó a prepararme café, me ayudó con el equipaje, me besó en la mejilla en la puerta del aeropuerto. Todo normal. Perfectamente normal, excepto que yo sabía lo que ella no sabía que yo sabía.
Vi su coche alejarse por el carril de llegadas. Me pregunté si de verdad me iba a subir al avión.
Me subí.
Durante el vuelo tuve el teléfono en la mano, mirando sin leer nada. La última conexión de Natalia aparecía cuarenta y dos minutos después de haberme dejado en el aeropuerto. Tiempo suficiente para volver a casa. Tiempo suficiente para que alguien que viviera al otro lado de la ciudad llegara.
Diego en nuestra casa. Diego en nuestra cama.
Cerré los ojos. Me ardía la cara. Tenía una erección que no tenía nada que ver con el amor ni con la rabia y todo que ver con una imagen que no podía controlar.
La reunión en Monterrey salió mejor de lo esperado. Estuve más concentrado que de costumbre, más directo en las negociaciones. La adrenalina produce eso.
Esa tarde, Natalia me escribió: «¿Todo bien con el cliente? Me quedé dormida un rato al llegar a casa, qué cansancio tenía. Te mando un beso».
Tenía cámaras instaladas en la entrada de casa desde el año anterior, después de que robaran en el edificio de al lado. Dos cámaras discretas que Natalia conocía en abstracto y que hacía meses que nadie mencionaba. Esa noche, en la habitación del hotel, abrí la aplicación en mi portátil.
La grabación tenía suficiente resolución. Un hombre llegando a la puerta de mi casa a las diez y cuarto de la mañana. Alto, moreno, idéntico a la foto de Instagram. Natalia abriéndole desde el umbral con una bata corta de color oscuro que yo no le había visto antes. No se saludaron como dos personas que se ven después de mucho tiempo. Se saludaron como dos personas que ya saben exactamente para qué están ahí.
Diego salió tres horas después.
Me quedé mirando la imagen congelada en la pantalla. El techo de la habitación. La imagen de nuevo. Cerré el portátil, me duché con agua fría, me metí en la cama.
No dormí bien. Pero no era angustia lo que me tenía despierto.
***
Volví el viernes por la noche. Natalia había preparado cena, había una botella de vino abierta, llevaba el pelo suelto. Se la veía tranquila. Más luminosa que en semanas.
Ya sé de dónde viene eso.
Cenamos. Hablamos del viaje, del cliente, de cosas sin importancia. Cuando terminamos, la tomé de la mano sin decir nada y la llevé al dormitorio.
No sé cómo explicar lo que pasó esa noche sin que suene a algo que no era. No era fingimiento. Era real. Tenía una energía que llevaba meses sin aparecer, algo que se había ido acumulando desde el martes en que leí el primer mensaje y que esa noche encontró salida. Ella también estaba encendida, de una manera diferente a lo habitual, más intensa, con más entrega. Los dos lo estábamos, aunque por razones distintas que ninguno mencionó.
Fue el mejor sexo que habíamos tenido en dos años. Largo, sin el apresuramiento que se instala entre dos personas que llevan suficiente tiempo juntas. Ella se quedó dormida con la cabeza sobre mi pecho, la respiración tranquila.
Yo me quedé mirando el techo, preguntándome qué clase de hombre era.
La respuesta no fue reconfortante. Tampoco me arrepentí.
***
La semana siguiente, mientras Natalia estaba trabajando, fui a una tienda de electrónica del centro. Compré tres cámaras pequeñas del tipo que no parece lo que es: una integrada en un cargador de pared, otra disimulada en una carcasa de detector de humo, la tercera casi invisible si sabes dónde ubicarla.
Tardé un par de horas en instalarlas. Una en el salón, orientada al sofá y a la entrada. Una en el dormitorio, detrás de la estantería, con ángulo a la cama. Una en el pasillo. Revisé los ángulos desde la aplicación, ajusté lo que necesitaba ajuste, y cuando Natalia llegó esa tarde, no había nada fuera de lugar.
Los mensajes entre ellos se volvieron más frecuentes. Ya no los borraba con tanto cuidado. Una tarde que llegué antes de lo esperado, su teléfono estaba en la encimera y alcancé a ver parte de la conversación. Diego le mandaba fotos, ella le contestaba con fotos, y en algún punto del intercambio yo aparecía mencionado. Me llamaba «el contador». Sin nombre. Con esa neutralidad que resulta más eficaz que cualquier insulto directo.
«Mientras el contador esté de viaje», leí en un fragmento. Y en otro: «¿cuándo sale el contador esta semana?».
Debería enfrentarla, pensé. Debería poner el teléfono sobre la mesa ahora mismo.
No lo hice.
***
Mi siguiente viaje era en dos semanas. Cuatro noches fuera, esta vez en Ciudad de México. Natalia anotó las fechas en el calendario de la cocina, como siempre hace. Supongo que Diego supo el itinerario al día siguiente.
Una noche, mientras ella dormía pegada a mi espalda con esa familiaridad de los años compartidos, me quedé despierto pensando en lo que tenía preparado. Las cámaras en su lugar. Las grabaciones esperándome cuando volviera. El sexo entre nosotros recuperando esa corriente que llevaba dos años sin aparecer.
Podría pararlo mañana, pensé. Podría decírselo en el desayuno y esto terminaría aquí mismo.
Pero no quería que terminara. Eso era lo único que no me atrevía a decirme en voz alta.
El viaje era en dos semanas. Las cámaras estaban instaladas. Diego ya sabía las fechas.
Y yo, sin decir una sola palabra, contaba los días.