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Relatos Ardientes

La propuesta indecente que acepté en el trabajo

Ocurrió un martes por la mañana, mientras yo ordenaba los expedientes del día anterior. Llevaba ocho años trabajando en aquella empresa y había visto de todo: jefes que se creían irresistibles, compañeros que miraban de más, clientes que confundían el mostrador con una barra de bar. Pensaba que a mis treinta y ocho años ya nada podía sorprenderme. Había llegado a esa edad en que una cree conocer de sobra sus propios límites.

Me equivocaba.

Rodrigo llegó pasadas las diez con un fajo de documentos y la excusa de siempre: necesitaba que le buscara el número de un archivo. Se apoyó en el mostrador con esa calma que tienen los hombres que no necesitan fingir que no te miran, porque te miran directamente y sin pedir permiso. Llevábamos dos años en la misma empresa y desde el principio había entre nosotros una corriente que ninguno de los dos había tenido la iniciativa de nombrar.

—Necesito proponerte algo —dijo, cuando yo ya tenía los ojos en la pantalla.

—Los archivos están en el sistema, como siempre.

—No te hablo de archivos.

Levanté la vista. Me estaba mirando de una manera que conocía bien, aunque hacía tiempo que nadie me miraba así. Hay miradas que no se malinterpretan.

—Quiero que vengas al hotel esta tarde. Habitación doscientos catorce. A las cinco.

Me quedé con los dedos suspendidos sobre el teclado.

—Estás de broma.

—No tengo cara de estar de broma.

No la tenía. Rodrigo nunca tenía cara de nada que no fuera lo que decía. Eso era lo que más me irritaba de él, y también lo que más me había gustado desde el principio. Era el tipo de hombre que no malgasta energía en rodeos.

—Seré directa: estás loco.

—Y tú llevas semanas mirándome cada vez que entro por esa puerta. No te culpo, yo también te miro. La diferencia es que yo sí hago algo al respecto.

Debí decirle que se fuera. Debí indignarme, alzar la voz, llamar al supervisor. En cambio, noté cómo el calor me subía desde el estómago hasta la garganta y mis pezones se endurecieron bajo la blusa antes de que pudiera hacer nada para evitarlo. El cuerpo tiene sus propias respuestas y no siempre coinciden con lo que la cabeza tiene planeado.

—Loba —dijo en voz baja, casi para sí mismo, con una sonrisa que me puso los nervios de punta—. Sí, eso es lo que eres.

Cerró la carpeta de documentos y se alejó sin esperar respuesta. Como si la respuesta ya la tuviera.

***

Estuve dos horas diciéndome que no iría. Tenía motivos de sobra: una vida ordenada, una relación que funcionaba más o menos, demasiados años llevando las cosas con sensatez. Me repetí todo eso mientras respondía llamadas, mientras archivaba documentos, mientras miraba por la ventana de la oficina sin ver nada en particular.

A las cuatro y media me encontré frente al espejo del baño, retocándome el pintalabios.

El hotel estaba a diez minutos a pie. Lo conocía bien: gestionábamos algunas de sus pólizas desde hacía años. Entré por la puerta principal sin que nadie me prestara atención, subí por las escaleras para no encontrarme a nadie en el ascensor, y me planté frente a la habitación doscientos catorce con el corazón golpeándome las costillas.

Llamé.

Abrió en el mismo momento en que mi nudillo tocaba la puerta por segunda vez, como si hubiera estado esperando justo al otro lado. Me dejó pasar, cerró, y se quedó quieto. Sin moverse hacia mí. Sin decir nada. Solo mirando.

Eso fue lo que me terminó de decidir: que no se abalanzó. Que tuvo la paciencia de dejar que fuera yo quien diera el siguiente paso. Eso requería un tipo de confianza que no todos tienen.

Me quité la chaqueta. Luego la blusa. Me quedé en sujetador y falda, y cuando vi cómo su mirada se oscurecía sin que él moviera un centímetro, bajé la cremallera lateral y la falda cayó al suelo. Solo el sujetador negro y las bragas a juego, encaje fino, de esos que me pongo cuando quiero sentirme mujer y no simplemente funcional.

—No te muevas —dije.

—No me estoy moviendo.

Busqué el cierre del sujetador a la espalda. Los tirantes resbalaron por mis hombros y mis pechos quedaron libres. No soy la misma que a los veinte años: el tiempo y los hijos que amamanté los han cambiado, los han hecho más densos, más vivos de alguna manera que no sabría explicar del todo. Me gustan más ahora que entonces.

Me acaricié despacio, pasando los pulgares sobre los pezones hasta que se endurecieron del todo, y lo miré mientras lo hacía.

—¿Eso es lo que querías ver?

—Entre otras cosas —contestó.

Empezó a hablar entonces, con esa voz que tiene, grave y tranquila, mientras yo seguía tocándome:

—Pechos de penumbra. De mujer que sabe lo que tiene. De primera luz de la mañana.

No eran palabras que esperaba escuchar en un hotel de cuatro estrellas un martes por la tarde. Me encendieron más que cualquier gesto que hubiera podido hacer con las manos.

Me acerqué a él. Puse su boca sobre mi pecho derecho sin pedirle permiso, y su lengua respondió como si llevara semanas esperando exactamente eso. Me lamió despacio, rodeando el pezón sin tocarlo todavía, haciéndome esperar hasta que solté un sonido que no había planeado soltar. Luego sí, con los labios cerrados alrededor, mordiéndome con una presión que estaba exactamente en el límite entre el placer y algo más urgente.

Yo tenía las manos en su pelo y los ojos cerrados y ya estaba tan mojada que me daba vergüenza.

Su mano encontró el camino sin que yo le indicara nada. Deslizó los dedos bajo la tela de las bragas y el primer roce en mi clítoris fue tan directo que me aferré a sus hombros para no perder el equilibrio. No me tocó con rodeos ni con delicadeza fingida: sabía lo que hacía y lo hizo, y en menos de un minuto yo estaba temblando con el primer orgasmo pegada a su cuerpo, mordiéndome el labio para no gritar en una habitación de hotel.

—Loba —me dijo al oído, mientras yo recuperaba la respiración.

—Cállate —respondí, y me reí un poco, y eso rompió lo que quedaba tenso entre nosotros.

***

Me tendí en la cama cuando él me lo pidió, pero no antes de quitarme las bragas yo sola, despacio, porque quería que me viera hacerlo. Se desnudó mientras yo lo observaba. Tenía buen cuerpo: no perfecto, sino del tipo que se nota que se cuida sin obsesionarse, y una erección que me hizo tragarme el orgullo de haberme resistido tanto tiempo.

—Quiero verte —dijo.

—¿Verme qué?

—Tocar. Solo eso, por ahora.

Me masturbé delante de él por primera vez en mi vida frente a otro hombre. No lo había hecho nunca siendo observada, y descubrí que el hecho de que me mirara lo convertía todo en algo diferente, más cargado, más intenso. Me tomé mi tiempo sin fingir urgencia, explorando lo que me daba placer con sus ojos fijos en mí. Él se tocó también, despacio, sin prisa, con esa calma que parecía tener para todo.

Llegué al orgasmo cuando estaba mirándole directamente a la cara. No lo planeé. Simplemente ocurrió.

***

Se arrodilló entre mis piernas y me hizo el sexo oral con una atención que me hizo pensar que no había pensado en otra cosa desde hacía semanas. Usó la lengua en el clítoris de una manera que conoce exactamente el punto donde el placer se convierte en demasiado, y se detuvo justo antes de cruzarlo, una y otra vez, llevándome hasta el borde y dejándome ahí, suspendida, furiosa de una manera que era también excitación pura. Luego metió dos dedos y buscó hacia adentro, hacia arriba, hasta que encontró lo que buscaba y empezó a presionar con movimientos cortos y rítmicos mientras su boca seguía trabajando.

Intenté aguantar.

No pude.

Llegué con todo el cuerpo, con un líquido que no pude controlar, con la espalda arqueada y las manos aferradas a las sábanas y un sonido que no fue un gemido sino algo más primitivo, más animal. Él no se apartó. Subió por mi cuerpo con la cara mojada y me besó en la boca, y probé mi propio sabor, y no me importó en absoluto.

—Dios —fue lo único que dije.

—Todavía no hemos terminado —respondió.

***

Me puse en cuatro sobre la cama. Necesitaba sentirle dentro desde esa posición, necesitaba esa sensación específica de entrega que a veces no puede conseguirse de ninguna otra manera. Entró despacio, todo de una vez, y me aferré a la almohada y dejé que me cogiera con un ritmo que fue aumentando gradualmente hasta que ya no pensaba en nada: solo en cada golpe, en el sonido de su cuerpo contra el mío, en cómo mis músculos respondían solos, apretando, soltando, volviendo a apretar.

Luego se detuvo.

Noté sus dedos en mi esfínter, mojados con mis propios fluidos, moviéndose despacio en círculos hasta que el músculo cedió un poco. Respiré hondo. Él no preguntó, pero tampoco avanzó hasta que yo empujé hacia atrás levemente, que era la respuesta que necesitaba.

La sodomía fue lenta al principio, cuidadosa de una manera que no esperaba de alguien que pocos minutos antes me había cogido sin ceremonias. Luego fue más profunda, más segura, hasta que mi respiración se convirtió en jadeos cortos y él soltó un sonido grave que me dijo que estaba llegando al límite.

La sacó de golpe.

—Date la vuelta.

Me arrodillé frente a él en el borde de la cama. Tenía la verga en la mano, dura y brillante, y me miró a los ojos mientras terminaba. El primer chorro me llegó a los labios. Los demás, al cuello y a los pechos. No retiré la cara. Me quedé quieta y lo recibí.

—Límpiala.

Lo hice. Despacio, pasando la lengua por la punta y luego por la base, recogiendo lo que quedaba, sin apartar los ojos de los suyos.

***

Se arrodilló frente a mí después. Me pasó la lengua por el cuello, por los pechos, recogiendo lo que había dejado. No era ternura exactamente, o sí lo era, pero de un tipo que no tenía nada que ver con la dulzura convencional. Era la continuación lógica de todo lo anterior: él empezaba algo y lo terminaba.

Y fue eso lo que me deshizo del todo.

El orgasmo llegó sin que sus manos me tocaran directamente: fue la presión de su cuerpo pegado al mío, su boca en mi piel, el calor acumulado de todo lo que había pasado en esa habitación durante la última hora. Me corrí contra él con un temblor que duró más que los anteriores y que me dejó completamente vaciada, incapaz de hablar durante varios minutos.

—¿Lo sabías? —le pregunté cuando recuperé la voz.

—¿Qué?

—Que iba a venir.

Se quedó callado un momento y luego sonrió de esa manera que tiene: sin dientes, solo con los ojos.

—Sí.

***

Me vestí sola mientras él se duchaba. No nos dijimos nada especial. Bajé por las escaleras del hotel, salí a la calle, y caminé hacia casa con el pelo todavía algo revuelto y el cuerpo todavía muy presente en cada paso, en cada músculo. Había algo extrañamente limpio en cómo me sentía, a pesar de todo, o quizás precisamente por eso.

En el semáforo de la esquina me detuve a esperar el verde y pensé en que todo esto empezó con una mirada y una sola palabra: loba.

Y pensé también que, si alguna vez lo lee, sabrá exactamente quién soy.

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Comentarios (4)

juancho88

Excelente relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, seguí publicando

Graciela_MD

Esto me recordo exactamente a algo que me paso cuando tenia esa edad, uno cree que ya paso la epoca de las sorpresas y resulta que no jajaja. Muy bueno

Madisson

Quiero la continuacion!!! se me hizo cortisimo

lector777

La tension esta muy bien lograda, se siente real la situacion. Buen relato

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