El hombre de la finca que me hizo olvidar mi promesa
Llegué a la finca de mis tíos una tarde de agosto, con Diego dormido en el asiento trasero y el corazón algo más ligero de lo que esperaba. Roberto, mi marido, llegaría en unos días: tenía un proyecto que cerrar con un cliente importante y no podía escaparse antes. Yo me adelantaría con el niño.
La finca quedaba en las afueras de un pueblo pequeño, a casi dos horas de la ciudad. Sin señal de celular, sin televisión por cable, sin nada de lo que mi vida tenía demasiado. Mis tíos nos recibieron con la mesa puesta y la alegría de siempre.
Me llamo Valentina. Tengo treinta y cuatro años, pelo castaño oscuro, metro sesenta. Hago pilates tres veces a la semana porque me gusta cómo me queda la ropa, y porque me ayuda a despejar la cabeza. No soy el tipo de mujer que busca aventuras. Nunca lo había sido.
Diego, mi hijo de once años, sobrevivió dos días sin pantallas antes de declararse oficialmente aburrido. Sin wifi, sin tablet, sin sus amigos de la escuela. Solo la finca, los caballos y el silencio, que a él le resultaba insoportable.
Fue mi tío Ernesto quien sugirió que aprendiera a montar. —Aquí hay un hombre que enseña bien —dijo—. Lo voy a llamar mañana.
Ese hombre era Fermín.
No me lo había imaginado así. Cuando mi tío lo presentó en las caballerizas, esperaba un señor de campo de los de siempre: mayor, curtido, parco en palabras. Fermín tenía cuarenta y tantos, era alto, con las manos anchas de quien trabaja al sol, pero había algo en su manera de estar que no encajaba del todo con esa imagen. Se movía despacio. Hablaba mirando a los ojos.
Y cuando me miró a mí, fue de arriba abajo, sin ninguna prisa, como evaluando algo que todavía no había decidido si le interesaba.
Ese día llevaba un vestido de flores que no era especialmente corto ni ajustado, pero sí me quedaba bien. Me sentí observada de una manera que no supe cómo clasificar.
—Usted debe ser la mamá —dijo, más como verificación que como pregunta.
—Valentina —respondí, algo seca.
—Fermín —dijo él, y ya no añadió nada más.
Los días siguientes los pasé observando las lecciones desde la cerca del redondel, con un café en la mano y los ojos en Diego, que iba cogiendo confianza sobre el caballo con una rapidez que sorprendía. Fermín era paciente con el niño. No le gritaba, no se impacientaba. Lo corregía con calma, señalando con el dedo, ajustando la postura de sus manos sobre las riendas.
Y de vez en cuando, levantaba la vista hacia mí.
No me gustaba que lo hiciera. O me gustaba demasiado, que era peor.
Roberto llamó el jueves desde un teléfono fijo de la oficina —única forma de contacto sin señal— para decirme que necesitaría una semana más. El negocio era más complicado de lo previsto.
—Habíamos dicho que llegabas para el cumpleaños de mi tío —le dije.
—Lo sé. Lo siento, Valentina.
—Está bien. Ven cuando puedas —colgué.
No estaba bien. Llevaba diez días sola en una finca con mi hijo y mis tíos, con el celular inútil y una sensación de distancia de mi vida habitual que era incómoda y, al mismo tiempo, extrañamente aliviantadora.
***
Fue a la semana y media cuando mi tío me pidió que Fermín me acompañara al pueblo. Necesitaba hacer llamadas y comprar algunas cosas; el camino era largo para ir sola.
No me apetecía ir con él. Su manera de mirarme me ponía nerviosa de un modo que prefería no analizar.
Pero fui.
El camino era largo. Durante los primeros veinte minutos, ninguno de los dos habló. Él manejaba sin apuro, con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla abierta. El aire caliente entraba desde afuera y movía su camisa.
Fue él quien empezó.
—¿Hace cuánto que no venía por aquí?
—Tres años —respondí.
—Se nota que le gusta.
—¿Por qué se nota?
—Porque no ha pedido volver antes —dijo, y en su voz había algo que podría haber sido humor, aunque no sonrió.
En el pueblo hice mis llamadas. Roberto estaba ocupado, distraído, la conversación fue corta. Discutimos un poco, sin ganas, y colgué antes de decir algo que lamentara.
De regreso, Fermín me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Él no insistió, pero empezó a hablar de otras cosas: de la finca, de un caballo que había comprado el año anterior, de una tormenta que inundó el camino principal y los dejó incomunicados tres días. Era un buen contador. Tenía esa calidad de las personas que no necesitan adornos para que una historia enganche.
Sin darme cuenta, me estaba riendo.
***
En los días siguientes, algo se acomodó entre nosotros. La incomodidad inicial fue cediendo, y en su lugar apareció algo más cómodo, aunque no menos peligroso. Coincidíamos en las caballerizas, a veces nos cruzábamos camino a la cocina, alguna tarde nos sentamos en el porche mientras Diego jugaba con los perros de la finca.
Hablábamos. De cosas sin importancia, pero hablábamos.
Yo sabía lo que estaba pasando. No soy ingenua. Sabía que él me miraba de una manera concreta, que yo tardaba más de lo necesario en responder sus preguntas, que buscaba su presencia sin una razón real. Lo sabía y seguía diciéndome que era inofensivo, que era solo una conversación, que no iba a pasar nada.
La noche del cumpleaños de mi tío llegó como llegan las noches que importan: demasiado rápido.
Me puse un vestido que tenía en la maleta casi sin pensarlo. Color vino, entallado, con una abertura lateral hasta la rodilla y un escote que no era exagerado pero sí presente. Me lo había comprado en las rebajas y no lo había estrenado. No lo puse por ninguna razón en particular. O eso me dije.
Cuando bajé al patio decorado con luces y manteles largos, Fermín estaba apoyado en la pared cerca de la entrada con un vaso en la mano. Me miró. No dijo nada.
La fiesta era pequeña, animada, con cumbia de fondo y el olor a asado flotando en el aire tibio de la noche. Mis tíos bailaban. Diego se había dormido temprano, agotado de tantas horas con los caballos. Patricia, mi prima, me puso en la mano un vaso de tequila antes de que pudiera negarme.
—Uno solo —le dije.
—Claro —respondió, y ya estaba sirviendo el segundo.
Bailé con mi tío, con un primo lejano, con Patricia. Rechacé a dos hombres que no conocía demasiado bien. Cuando Fermín se acercó y me tendió la mano con la misma calma de siempre, yo estaba ya algo alegre y el tequila había suavizado los bordes de todo.
—Solo un par de canciones —dije.
Bailó despacio. Me sujetaba de la cintura con firmeza pero sin brusquedad. Sentí el calor de su mano a través de la tela del vestido. Cuando el ritmo de la música bajó, se acercó un poco más y yo no me separé. Sus piernas rozaban las mías. Su pecho estaba muy cerca de mi cara. Y algo más: sentí, contra mi cadera, el bulto duro de su polla apretándose a través del pantalón. No lo escondió. Me lo pegó despacio, como si quisiera que lo notara bien, y cuando levanté la cara sus ojos ya estaban esperándome.
Esto es un error, pensé. Sé perfectamente que esto es un error.
Y seguí bailando, y separé un poco los muslos para que su pierna cupiera entre los míos, y sentí el roce en el clítoris a través de las bragas, y me mordí el labio para que nadie se diera cuenta de que ya estaba mojada.
***
Al terminar la última canción le dije que estaba cansada. Que iba a dormir.
—La acompaño hasta adentro —dijo.
Caminamos en silencio por el pasillo interior de la casa. Cuando llegamos a la puerta de mi cuarto, me detuve. Él también.
No hubo palabras. Me tomó de la mano con suavidad, como preguntando, y yo no la retiré. Me llevó dos puertas más allá, al cuarto donde dormía él. Adentro, la única luz venía de una lámpara pequeña sobre el buró.
—Soy casada —dije. Era la verdad y, al mismo tiempo, la cosa más inútil que podría haber dicho en ese momento.
—Lo sé —respondió—. Y estás mojada. Lo noté cuando bailábamos.
Sentí que las mejillas me ardían. No respondí. Él se acercó y me besó.
No fue un beso apresurado. Fue lento, con las manos en mi cara, y yo cerré los ojos y no lo detuve. Sentí cómo me aflojaba algo por dentro que llevaba semanas tenso. Su lengua entró en mi boca sin urgencia, moviéndose con la misma calma con la que hacía todo, y yo abrí los labios para dejarlo pasar más adentro. Mientras me besaba, sus manos bajaron por mis costados, encontraron el cierre del vestido en la espalda y lo abrieron de un solo tirón lento. La tela cayó al suelo con un ruido apenas audible.
Quedé en bragas y sostén, delante de él, con la respiración ya alterada. Fermín dio un paso atrás para mirarme. No dijo nada bonito, no soltó ningún cumplido cursi. Se pasó la lengua por los labios y bajó la mano a su bragueta para ajustarse la polla, que se le marcaba dura contra la tela.
—Vení —dijo.
Fui. Me desabrochó el sostén y lo tiró al suelo. Mis pezones estaban ya duros, apretados, apuntándolo. Se agachó y me chupó uno, mordiéndolo apenas, tirando con los dientes hasta hacerme soltar un jadeo. Con la otra mano me apretó la otra teta, amasándola sin delicadeza. No era el gesto suave y respetuoso al que estaba acostumbrada de Roberto. Fermín me manoseaba como quien sabe lo que tiene entre las manos y no piensa disimular.
Me metió la mano dentro de las bragas. Sus dedos encontraron mi coño empapado y sonrió por primera vez en toda la noche.
—Estás chorreando, Valentina.
—Cállate —dije, pero mi voz sonó rota.
Deslizó dos dedos dentro de mí, hasta el fondo, y los movió con lentitud. Con el pulgar me buscó el clítoris y empezó a hacer círculos, apretando lo justo. Yo abrí más las piernas, apoyada contra su cuerpo, y le agarré la muñeca para que no dejara de hacer lo que hacía.
—Así, así —susurré, sin darme cuenta de que estaba hablando.
—¿Así te gusta, casada? —me dijo al oído—. ¿Así de duro se lo pedís a tu marido?
No respondí. No podía. Me estaba dedeando con una precisión que me hacía temblar las rodillas, y cuando sentí que iba a correrme sacó los dedos de golpe y me los puso en la boca.
—Chupá.
Los chupé. Sabía a mí. Se los chupé enteros, mirándolo a los ojos, mientras él se desabrochaba el pantalón con la otra mano.
Me recostó sobre la cama. Me bajó las bragas de encaje despacio, deslizándolas por los muslos hasta los tobillos, y las dejó caer al suelo. Después me abrió las piernas con las dos manos, apoyándose en mis rodillas para separarlas del todo, y bajó su cabeza entre mis muslos.
Sabía lo que hacía. Usaba la lengua con una lentitud calculada: primero los bordes, lamiéndome los labios exteriores del coño uno por uno, después metiéndola bien adentro para sacarme la humedad, después subiendo al clítoris y chupándomelo despacio, atrapándolo entre los labios y soltándolo, sin dejarme llegar nunca del todo. Cuando sentía que estaba cerca, se apartaba y me lamía el interior de los muslos hasta que la respiración me bajaba, y volvía a empezar. Me estaba jodiendo con la boca, deliberadamente, alargándomelo hasta que le rogué.
—Fermín, por favor, no me pares más.
—Pedilo bien.
—Hazme correr —dije, y la palabra sonó ajena en mi boca—. Por favor. Hacé que me corra.
Metió tres dedos dentro y curvó las yemas hacia arriba, buscándome un punto que hizo que se me nublara todo, mientras seguía chupándome el clítoris. Mis caderas empezaron a moverse solas contra su cara. Mis manos buscaron primero la sábana y después su cabeza, y lo apreté más contra mí, cerrando los muslos alrededor de su cuello.
Cuando llegué al orgasmo, tuve que morderme el brazo para no gritar. Me sacudí entera, largando un chorro de flujo contra su boca, temblando durante lo que me parecieron minutos.
Se incorporó, se pasó el dorso de la mano por la barbilla mojada y se quitó la ropa sin prisa. Cuando se bajó los calzones, se me escapó un sonido: la tenía grande, gruesa, muy dura, con la punta ya brillante. Me miró.
—¿Segura?
Era tarde para esa pregunta. Asentí.
—Decilo.
—Sí. Follame.
Se subió a la cama, me abrió las piernas de nuevo y se acomodó entre ellas. Frotó la punta de la polla contra mi coño, arriba y abajo, ensopándola en mi flujo. Me la pasó por el clítoris varias veces antes de empezar a apretarla contra la entrada.
Entró despacio, centímetro a centímetro. Solté el aire que tenía retenido sin darme cuenta. Era más alto que yo y eso hacía que el ángulo fuera diferente, más profundo. Me sentí abierta de una manera que no recordaba haber sentido antes. Cuando llegó hasta el fondo, se quedó quieto un instante, mirándome, y yo cerré los ojos porque no soportaba que me viera la cara en ese momento.
—Mirame —dijo—. Mirame mientras te follo.
Abrí los ojos. Empezó a moverse. El ritmo fue creciendo de a poco: primero embestidas largas y lentas, saliendo casi del todo antes de volver a hundirse hasta el fondo, después más rápidas, más cortas, más duras. Cada vez que me la enterraba entera, un sonido que no reconocí como mío escapaba de mis labios. Me agarraba de los muslos, me los levantaba, me los abría más. La cama crujía bajo nosotros.
—Así te gusta —jadeaba—. Callada durante tres semanas y ahora mirá cómo me la pedís.
—Callate —le dije, apretando los dientes—. Callate y seguí.
Sonrió y me embistió más fuerte. Se agachó y me chupó los pezones sin dejar de moverse. Yo le hundí las uñas en la espalda. Estaba sudando, y él también, y el olor a sexo llenaba el cuarto entero.
Me cambió de posición. Me tomó de las caderas y me dio vuelta. Quedé boca abajo con las manos apoyadas en el colchón y las rodillas separadas, el culo levantado hacia él. Me acomodó las nalgas con las dos manos, se acomodó atrás y me la metió de un solo empujón que me hizo gritar contra la almohada. Desde ahí el acceso era total. Se hundía hasta el fondo cada vez, y yo mordía la almohada para ahogar los sonidos que de otra manera habrían llegado al corredor.
—Qué coño más apretado tenés, casada —gruñó detrás de mí, agarrándome del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás.
Me la clavaba con las dos manos en mis caderas, sacándomela hasta la punta y volviendo a metérmela entera. El sonido de sus muslos chocando contra mi culo era húmedo, obsceno. Se inclinó sobre mi espalda y me mordió el hombro, sin dejar de embestirme.
—Decime que te gusta.
—Me gusta —murmuré contra la almohada.
—Más fuerte.
—Me gusta, Fermín, me gusta cómo me la metés.
Me dio una nalgada. No fuerte, pero clara. Después otra. Yo me arqueé más hacia él, ofreciéndole el culo, y sentí que se me venía el segundo orgasmo desde algún lugar hondo. Empecé a apretarlo por dentro, involuntariamente, y él lo notó.
—Correte otra vez. Correte con mi polla adentro.
Bajó una mano a mi coño y me buscó el clítoris mientras seguía embistiéndome desde atrás. Con dos dedos me hizo círculos rápidos, apretando, y en menos de un minuto el orgasmo me atravesó entera. Se me aflojaron los brazos, caí de cara contra el colchón, y él siguió cogiéndome mientras yo temblaba y hacía sonidos que no controlaba.
—Voy a acabar —jadeó—. ¿Dónde?
—Afuera —dije, con la voz enterrada en la almohada—. Afuera, por favor.
Aumentó el ritmo. Sus dedos se me clavaron en las caderas. Escuché su respiración cortada, un gruñido bajo, y cuando pensé que iba a salirse, se hundió hasta el fondo y se quedó ahí.
Sentí el calor de su eyaculación adentro y cerré los ojos. Los primeros chorros llegaron gruesos, calientes, uno detrás del otro, empujados por embestidas cortas que iban descargándolo hasta la última gota. Eso me hizo llegar al orgasmo por tercera vez, aunque no quería que así fuera. Me apreté alrededor de él y él siguió metiéndome la polla despacio, hasta el fondo, hasta el fondo, hasta que ya no le quedó nada.
Cuando se retiró, sentí el semen resbalar por el interior de mis muslos. Un charco tibio, denso, mezclado con mi propio flujo.
—Te pedí que no lo hicieras —le dije, cuando recuperé el aliento.
—Lo sé. Lo siento —respondió, sin sonar especialmente arrepentido.
Se recostó a mi lado, con una mano apoyada en mi cadera, respirando fuerte. Le miré la polla todavía dura, brillante, y por un segundo pensé en subírmele encima y ordeñársela otra vez. Pero me levanté. Me vestí en silencio, con el semen todavía escurriéndoseme por dentro, y volví a mi cuarto. Me bañé con el agua fría y me quedé de pie bajo el chorro un rato largo, viendo cómo el agua lavaba entre mis piernas lo que él me había dejado adentro, con la culpa y el recuerdo peleando dentro del pecho.
***
A la mañana siguiente, mi tía Graciela me esperaba en la cocina.
No me preguntó nada al principio. Puso el café sobre la mesa y se sentó enfrente.
—Fui a buscarte anoche —dijo—. No estabas en tu cuarto.
No respondí.
—Valentina. Te vi cuando te ibas con él.
Me quedé callada. El café humeaba entre mis manos y yo miraba la taza como si ahí hubiera una respuesta.
—No voy a decirle nada a nadie —dijo Graciela, con una voz que no era de juicio sino de preocupación—. Pero más te vale que hayas tenido cuidado.
—Sí, tía —mentí.
Desde ese día mantuve distancia con Fermín. Lo saludaba cuando no había manera de evitarlo, supervisaba las lecciones de Diego desde lejos y al terminar me iba rápido. Él lo entendía, o eso parecía. Me miraba diferente ahora: con algo que podría haber sido decepción, o simplemente aceptación.
Roberto llegó cuatro días después. Se lo presenté a mis tíos, jugó con Diego en el redondel, durmió a mi lado en la cama. Yo lo miraba hablar y pensaba en cosas que no debía pensar.
Volvimos a la ciudad una semana después.
***
Las primeras señales aparecieron a finales de septiembre.
Me dolían los senos al despertarme. Tenía un cansancio que no se iba con dormir. Una tarde, sin ninguna razón aparente, vomité después del almuerzo.
Fui a la ginecóloga sin decirle nada a Roberto.
Embarazada. Siete semanas.
Salí del consultorio con el papel en la mano y me quedé sentada en el carro veinte minutos, mirando el volante. Siete semanas. Hacía siete semanas estaba en la finca. Hacía siete semanas Roberto todavía no había llegado.
Esa noche hice una cena especial, encendí velas, y me subí encima de Roberto en la cama con una decisión que él no cuestionó. Lo cabalgué despacio, dejé que se corriera dentro de mí como llevaba meses sin hacerlo, y después me quedé encima un rato largo para asegurarme de que no se saliera nada. Unos días después le di la noticia.
Se puso a llorar. De alegría, claro. Me abrazó tan fuerte que tuve que cerrar los ojos.
—Vamos a ser tres —dijo.
—Sí —respondí, y la mentira se instaló en algún lugar de mi pecho donde todavía vive.
Ahora estoy de cuatro meses. La barriga empieza a notarse. Roberto le habla al ombligo por las noches, emocionado, seguro de lo que no debería dar por seguro. Y yo lo dejo. No sé qué otra cosa podría hacer.
A veces, cuando estoy sola, me acuerdo de esa noche en el cuarto de Fermín. Del silencio, de las sábanas, de su peso encima de mí, de cómo me abría las piernas sin preguntar, de la manera en que me la metía hasta el fondo mirándome a los ojos. No lo recuerdo solo con culpa, aunque la culpa también está. Lo recuerdo con una claridad extraña, como si ese momento fuera más real que muchos otros de mi vida ordenada y correcta. A veces, cuando Roberto duerme, meto la mano bajo las sábanas y me toco pensando en él, y me corro en silencio, apretando los dientes para que la cama no se mueva.
No volví a saber nada de él.
Y sin embargo, llevo su consecuencia dentro.