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Relatos Ardientes

Engañé a mi marido en la oficina y casi lo pierdo todo

Me casé a los veintidós con Hugo, mi novio del instituto. En el pueblo todos decían que éramos la pareja perfecta y, durante muchos años, yo también lo creí. Vivíamos sobre el taller de componentes eléctricos que había levantado su padre, y cuando el negocio empezó a crecer lo vimos como una bendición. Hace ocho meses nos trasladamos a Barcelona: Hugo se hizo cargo de la expansión nacional y yo encontré un puesto en una asesoría contable a diez minutos de casa. A los cuarenta y dos parecía que por fin teníamos la vida que habíamos planeado.

Pero el trabajo de Hugo empezó a comérselo entero. Ferias, congresos, reuniones con distribuidores en Sevilla, en Bilbao, en Valencia. Al principio eran dos noches, después una semana entera. Yo aprendí a cenar sola, a ver la televisión sola, a dormir con la luz del pasillo encendida para no sentirme tan vacía. Por las mañanas todo iba bien, en la oficina me reía y bromeaba. Las noches eran otra cosa.

Empecé a tocarme pensando en él. Nunca lo había hecho antes; siempre me había bastado con esperar a que volviera. Pero ya no volvía, o volvía cansado, distante, dormido antes de apoyar la cabeza en la almohada. Mis dedos hacían lo que sus manos habían dejado de hacer y, cuando me corría, susurraba su nombre como una oración a nadie.

Con los meses Hugo se fue encerrando en sí mismo. Los fines de semana visitábamos a sus padres en el pueblo y entre la rutina y los compromisos ya casi no quedaba tiempo para mirarnos. Yo no quería cargarle con mi tristeza —bastante tenía él—, así que aprendí a sonreír y a callarme. A veces lo pillaba observándome con una expresión rara, como si lo supiera, pero nunca decía nada.

En la asesoría me refugié en el ambiente. Eran casi todos chavales de veintipocos años, ruidosos, vivos, y yo, con mis cuarenta y dos, era la mayor con diferencia. No parecía importarles. Había uno, Diego, que hacía reír a toda la oficina. Tenía esa seguridad descarada de los que aún no saben lo que es perder. Empecé a salir con ellos por las tardes a tomar cañas en el bar de enfrente, y Diego siempre se las arreglaba para sentarse a mi lado.

Una noche, después de un par de cervezas y muchas risas, llegué a casa, me metí en la cama y, al venirme, pronuncié su nombre. Me quedé paralizada con los dedos todavía dentro. No había sido un error, mi cabeza lo sabía. Llevaba semanas mirándolo a escondidas, fijándome en sus manos cuando tecleaba en el ordenador, en cómo se le tensaba la espalda al estirarse. Amaba a Hugo, pero mis ojos ya no lo veían a él.

Pensé que se me iba a notar al día siguiente, pero Diego estaba como siempre. Tan tranquilo, tan ajeno. Eso me dio una falsa sensación de seguridad. Quizá podía coquetear un poco sin que pasara nada.

Una tarde se me cayó media cerveza encima del pantalón y subí al baño del bar para secarme. Estaba inclinada sobre el lavabo, frotando la mancha con papel, cuando oí la puerta cerrarse a mi espalda. Lo vi por el espejo. Diego, sin decir una palabra, había echado el pestillo.

—¿Estás loco? Aquí puede entrar cualquiera.

No respondió. Me abrazó por detrás. Su boca rozó mi oreja y empezó a recitarme unos versos de Benedetti que yo había mencionado dos semanas antes en una conversación tonta. Recuerdo haber pensado que era injusto que un crío de veintitrés años tuviera tanta memoria para lo que servía y tan poca para lo que no.

Cerré los ojos. Cuando me quise dar cuenta, sus manos estaban dentro de mi blusa y los versos seguían sonando contra mi cuello. Una de sus manos bajó por debajo de mis bragas y me presionó con un dedo, despacio, exactamente donde necesitaba. Su erección me empujaba contra las nalgas a través del pantalón. Le dije que parara, dos veces, pero ni siquiera yo me creí. Me corrí pegada al lavabo, mordiéndome el labio para no gritar. Al terminar el último verso se marchó como si no hubiera pasado nada.

Me miré en el espejo. La mujer que devolvía la mirada no era la que yo conocía.

***

Esa noche, en la ducha, intenté convencerme de que no se repetiría. Hugo estaba en Bilbao, llevaba cuatro días fuera. Mientras el agua caliente me caía por la espalda me prometí que llamaría a Diego al día siguiente para zanjarlo. No lo hice. A los dos días, cuando entró otra vez detrás de mí al baño de la oficina, ya ni intenté fingir sorpresa.

Esta vez yo también lo busqué a él. Le metí la mano por debajo del pantalón, le besé como una loca, lo empujé al cubículo del fondo. Se sentó en la tapa del inodoro y yo me senté encima, apartando las bragas a un lado. Cuando me penetró, ahogué un gemido contra su hombro porque no quería que nadie del despacho de al lado nos oyera. Llevaba meses sin sentir algo así. Me moví despacio al principio y luego sin control, hasta que él me avisó de que iba a correrse. Me levanté justo a tiempo y lo terminé con la mano. No iba a dejar rastro de aquello dentro de mí.

A partir de esa tarde todo se aceleró. Diego se convirtió en una droga. Hugo seguía fuera la mitad del mes y yo contaba las horas para llegar a la oficina. La tercera vez fue en el despacho del jefe, después del horario, mientras se suponía que ayudábamos con el cierre mensual. Diego me estaba esperando con los pantalones bajados, sentado en el sillón del jefe como si fuera el suyo, y la luz del flexo le marcaba la sombra de la mandíbula. Esa noche le hice una mamada larga, sin prisa, y después le dejé hacer lo que quisiera. Me apoyó sobre la mesa, me lamió de pie, me folló mirándome a los ojos por encima del hombro. Después me pidió que me masturbara delante de él y, aunque me ardió la cara de vergüenza, lo hice. Era la primera vez que alguien me veía hacerlo.

Cuando salimos, fuimos a tomar una copa cerca del Born y por un rato conseguí olvidar que tenía un marido a quien estaba mintiendo desde hacía mes y medio.

***

Esa noche, en la cama, no pude dormir. Me imaginé a Hugo y a Diego en la misma escena y me reí sola en la oscuridad porque la idea me excitó en lugar de darme asco. Después llegó el otro pensamiento: ¿y si Hugo también andaba con alguien? Llevaba semanas distante, irritable, durmiéndose vestido. Pensé en su asistente de Bilbao, en la chica de marketing, en cualquiera. Y me di cuenta de que lo único que sabía con certeza era que la infiel era yo.

Las semanas siguientes Diego y yo apenas encontramos un hueco. Hugo volvió un fin de semana entero y la rutina familiar nos engulló. Pero por dentro yo no paraba de pensar. Cuando se presentó la oportunidad —unos asientos urgentes que había que meter en el cierre, Diego solo en la oficina—, planeé la sorpresa. Me maquillé despacio, me puse unas medias con liguero del cajón de abajo, me eché el abrigo de Hugo por encima sin nada debajo y me fui al despacho.

La puerta de la calle estaba abierta. Subí las escaleras con el corazón yéndoseme del pecho. Empujé la puerta del despacho del jefe.

Diego estaba ahí, sí. Pero no solo. Estaba de pie, con los pantalones por los tobillos, follándose a Marta, mi compañera de la mesa de al lado. Marta era la única persona de la oficina con quien yo había hablado de mi matrimonio. Marta era la que me había dicho, riéndose, que Diego era un coqueto inofensivo.

Ella se incorporó de un salto, roja, tirando de la falda hacia abajo.

—Perdona, Lara, estamos juntos desde marzo. Es nuestro aniversario.

Diego no se movió. Ni se inmutó. Me miró como quien mira a una clienta inoportuna. Cerré la puerta y bajé las escaleras corriendo, con el abrigo aleteándome alrededor de las piernas desnudas. Lloré hasta llegar a casa.

***

Pensé que ahí terminaba todo. Que volvería a la oficina al día siguiente, lo ignoraría y poco a poco la vida volvería a su sitio. Me equivoqué. Diego no quería disculparse. Diego quería seguir. Y cuando le dije que no, me dijo, con esa misma voz tranquila con la que recitaba a Benedetti, que tenía fotos. Fotos del despacho del jefe, fotos del baño, fotos en las que se me veía perfectamente la cara. Si yo no seguía, Hugo las recibiría por correo el lunes.

Le pedí dos días. Salí del despacho con las piernas temblándome.

Pasé cuarenta y ocho horas mirando el techo. La opción de ceder me daba arcadas. La opción de contárselo a Hugo me daba pánico. Pero la segunda, por terrible que fuera, era la única que me devolvía algo parecido a mí misma.

El sábado por la noche, después de cenar, se lo dije. No le di detalles, solo lo esencial. Que me había acostado con un compañero. Que me había dejado chantajear. Que lo sentía.

Hugo no dijo nada. Se quedó mirando el plato vacío durante lo que me pareció una hora. Yo empecé a hablar sola, a justificarme, a reprocharle sus ausencias, a llorar, a gritar. Al final le di una bofetada porque su silencio me estaba matando.

Entonces sí reaccionó.

Me cogió del cuello, no fuerte como para hacerme daño, pero sí lo suficiente para que entendiera que ya no estaba en el cuerpo del hombre que yo conocía. Me llevó así hasta la cocina, me sentó sobre la mesa de un empujón, me bajó los pantalones de un tirón y me abrió las piernas. Pensé que iba a pegarme, juro que lo pensé.

No. Bajó la cabeza y me la comió.

La comió como nunca me la había comido en veinte años. Con rabia, con técnica, con una concentración que yo no le sabía. Me agarré a sus hombros y me corrí a los dos minutos, llorando, sin poder parar de temblar. Cuando levantó la cara, tenía la barba mojada y los ojos negros.

—¿Esto es lo que querías? —dijo. Fue lo único que dijo en toda la noche.

Me penetró de pie, sin más, sujetándome las piernas abiertas contra su pecho. Era él, era su polla, pero parecía otra. Embestía como si quisiera atravesar la mesa. Yo me quité la camisa porque me ardía la piel. Me hizo correrme una segunda vez, una tercera. Cuando creí que ya no podía más, salió de mí, me bajó al suelo de un empujón y se masturbó encima hasta vaciarse sobre mi cara y mi pecho. Después se vistió y se marchó sin mirarme.

Tardé media hora en levantarme. Tardé otra en ducharme. Pensé que no volvería.

Volvió al día siguiente con una maleta y una decisión tomada.

—Tengo parte de culpa por dejarte sola. No es excusa, pero la tengo. Te quiero. Nos volvemos al pueblo.

Esa misma semana hicimos la mudanza. Diego mandó un par de mensajes amenazantes y, cuando entendió que ya no había nada que rascar, desapareció. Marta también. La asesoría siguió girando sin nosotros, como hacen siempre las oficinas cuando alguien se va.

En el pueblo todo es más pequeño y más lento. Hugo no ha vuelto a ser exactamente el mismo, y yo tampoco. En la cama, sin embargo, no hemos vuelto a ser los de antes: hemos sido otros, mejores, más honestos con lo que nos gusta. A veces, cuando me lo está haciendo, recuerdo aquella noche en la cocina y entiendo que tuve mucha más suerte de la que merecía.

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