Le pedí a mi esposa que se acostara con otro
La idea había nacido tres meses antes, durante una cena entre semana. Carolina y yo bebíamos vino en el balcón después de cenar y, con la lengua suelta, le confesé que llevaba años imaginándola con otro hombre. No era una fantasía cualquiera. Era la fantasía. Ella se quedó callada un minuto larguísimo y luego me dijo que se lo iba a pensar.
Tardó seis semanas en darme una respuesta. Cuando lo hizo, fue con un papel en la mano: tres nombres sacados de una página de citas y una lista de reglas escritas con su letra de profesora. Yo la miré como se mira a alguien a quien crees conocer y descubres que todavía esconde una habitación.
—¿Estás segura?
—Estoy segura. ¿Y tú?
—Yo lo estoy desde hace años.
Quedamos con el primero de los tres un martes por la tarde, en la cafetería de un centro comercial a las afueras. Llegamos media hora antes. Carolina pidió un café que no se llegó a tomar. Yo no pedí nada. Tenía la boca seca y un nudo encima del estómago que no sabía si era miedo o ganas.
—Si es un imbécil nos vamos —dije.
—Si es un imbécil nos vamos —repitió ella, como un mantra.
—¿Y si no lo es?
—Entonces ya veremos.
Damián apareció exactamente a la hora acordada. La foto del perfil no mentía: alto, treinta y pocos, sonrisa fácil, una camisa azul abierta en el cuello. Carolina levantó la mano y él se acercó a nuestra mesa con la calma de alguien que ya había hecho esto antes con otras mujeres, aunque pronto sabríamos que con parejas no.
—Hola, soy Damián.
—Carolina. Y este es mi marido, Andrés.
Le dio dos besos a ella y a mí me estrechó la mano sin perder la sonrisa. Se sentó frente a nosotros, nos miró alternativamente y esperó.
—Habíamos quedado los dos solos —dijo al fin, sin reproche.
—Te pido que escuches lo que tengo que decirte antes de decidir —respondió Carolina.
—Adelante.
—A mi marido le gustaría estar presente. Sentado en un sillón, callado, sin participar. Solo mirando.
Damián tomó aire. Bebió un sorbo de café. Sonrió de medio lado, como si la idea le fuera entrando por etapas.
—Esto no lo había hecho nunca.
—Lo sé.
—¿Y a ti te excita? —me preguntó a mí, mirándome a los ojos sin pestañear—. ¿De verdad?
—Es mi fantasía desde hace años —dije—. Verla con otro.
Asintió lentamente. Volvió a mirar a Carolina. Le pasó los ojos por la clavícula sin disimulo.
—Una sola condición —dijo, hablándome solo a mí—. Mientras estemos en ello, no me dirijas la palabra. No quiero distraerme. Habla con ella todo lo que quieras, pero a mí ni mu.
—Hecho.
—¿Dónde? —preguntó Carolina.
—Donde tú quieras.
—En nuestra casa.
Damián levantó una ceja, divertido.
—¿En la cama matrimonial?
—Esa es la idea —dije, hablando por última vez antes del sábado.
—El sábado a las nueve —cerró ella, escribiendo la dirección en una servilleta.
Antes de irse, Damián se inclinó hacia Carolina y le pidió algo en voz baja. Mi mujer se mordió el labio, asintió y le guiñó un ojo. Cuando lo perdimos de vista, ella se rio con una risa nueva, una que llevaba meses guardada.
—Lencería negra —me dijo en el coche—. Eso me ha pedido.
—¿Le vas a hacer caso?
—Lo voy a sorprender.
***
La semana se hizo eterna. Yo estaba más excitado cada mañana. Ella, más callada cada noche. El sábado a las ocho la vi salir del vestidor con un vestido azul oscuro ceñido, escote profundo, falda corta y tacones negros. Debajo, supe sin necesidad de mirar, el conjunto que se había comprado a propósito para él.
—Si me cruzara contigo en la calle —le dije— no podría apartar la vista.
—Bien. Esa es la idea.
Damián llegó puntual, con una botella de vino que dejó en la cocina como si fuera un invitado más. Cuando vio a Carolina en el recibidor se quedó dos segundos mirándola sin decir nada. Yo le di un vaso de agua para tener algo que ofrecer.
—Estás espectacular.
—Gracias.
—El vestido te marca todo.
—Esa era la idea —repitió ella.
Me senté en el sillón de orejas, frente al sofá grande, con una copa que no pensaba beber. Ellos se acomodaron uno al lado del otro. Hablaron de cosas sin importancia durante diez minutos: del barrio, del tráfico, de un viaje que él había hecho a Lisboa el año anterior. Y en algún momento, sin que yo viera exactamente cuándo, la mano de Damián pasó del respaldo del sofá al hombro de mi mujer.
Carolina cerró los ojos. Él la atrajo despacio y la besó. Primero un beso corto, de prueba. Luego otro más largo. Cuando se separaron, ella tenía las mejillas encendidas y él una sonrisa que dos minutos antes no estaba ahí.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Mejor que bien.
—¿Sigo?
—No te atrevas a parar.
Le bajó la cremallera del vestido sin separar la boca de su cuello. La tela cayó hasta la cintura y aparecieron el sostén negro y la piel pálida del torso. Carolina respiraba más fuerte. Damián miró por encima del hombro hacia mí durante un segundo, y luego se olvidó de que yo existía.
—Andrés —dijo ella sin abrir los ojos.
—Aquí estoy.
—Estoy bien.
—Sigue —respondí.
La hizo levantarse. El vestido cayó al suelo en un círculo perfecto alrededor de sus tobillos. En medio del salón quedó mi mujer en lencería negra, ligueros, medias y tacones, frente a un hombre que no era yo. Damián la rodeó despacio, como alguien que está midiendo lo que tiene delante. Le pasó la mano por la cintura, por las nalgas, por la cara interior del muslo.
—Date la vuelta.
Ella obedeció.
—Más despacio.
Obedeció también, y entendí entonces que esa noche Carolina iba a obedecerle todo, y que esa parte iba a excitarme casi tanto como lo demás.
Cuando volvió a quedar frente a él, Damián ya se había quitado la camisa. Ella le desabrochó el cinturón sin prisa, le bajó los pantalones y los calzoncillos al mismo tiempo, y se arrodilló en la alfombra. Lo que vino después pude verlo entero desde el sillón: la cabeza de mi mujer subiendo y bajando, su mano en la base, los ojos de él fijos en el techo durante un rato largo.
—Para —dijo Damián al rato—. Si sigues, esto se acaba antes de empezar.
Ella se separó con los labios brillantes y le sonrió como si acabara de ganar algo.
La tumbó en el sofá. Le abrió las piernas con las dos manos. Le besó el interior de los muslos, los pliegues, todo, sin prisa, mientras Carolina se agarraba a los cojines y dejaba salir esos gemidos que yo conocía demasiado bien. El primer orgasmo le vino así, con la lengua de él y dos dedos dentro. Lo vi entero, desde el primer temblor hasta el grito sofocado contra el dorso de la mano.
Carolina abrió los ojos. Me buscó. Me encontró.
—¿Lo estás viendo? —jadeó.
—No me he perdido nada.
Damián se irguió y la penetró sin ceremonia. Mi mujer arqueó la espalda y soltó un quejido que no fue de queja. Lo que vino después fue lo que yo había imaginado mil veces y nunca acababa de imaginar bien: ella entregada a otro, con las piernas alrededor de su cintura, mordiéndole el hombro.
—Mírame —le dijo él.
Ella obedeció.
—Andrés —murmuró luego, sin girar la cabeza hacia mí.
—Aquí estoy.
—No te vayas.
—No me muevo.
Sin sacársela, Damián la sentó encima de él, de espaldas. Carolina apoyó las manos en sus rodillas y empezó a moverse. Yo veía todo: la espalda arqueada, los pechos saltando, la cara concentrada como cuando arregla algo en casa, y al mismo tiempo completamente abandonada. Cuando él se corrió, lo hizo agarrándola por las caderas y empujando hacia arriba con un gruñido grave. Ella se vino con él, o un segundo antes, o un segundo después. No estoy seguro. Se quedaron quietos varios segundos antes de separarse.
***
Pensé que ahí se acababa. Me equivoqué. Damián fue al baño, volvió con una toalla al hombro y un vaso de agua en la mano. Le dijo a Carolina al oído algo que no escuché. Ella miró hacia mí, sonrió de una manera que no le había visto nunca, y se levantó del sofá.
—Vamos al dormitorio —dijo.
Me levanté. Cogí un taburete bajo del salón. Los seguí por el pasillo. Era nuestra casa, era nuestra cama, y yo entraba detrás de ellos como un invitado al final de la cola.
La puso a cuatro patas, con el liguero todavía puesto, las medias todavía puestas. La penetró otra vez por detrás, más despacio al principio, y luego con un ritmo que hacía sonar el cabecero contra la pared. Mi mujer gemía contra la almohada, con la cara medio tapada, y yo veía sus dedos cerrándose y abriéndose sobre la sábana.
—Quiero más —dijo él al rato.
—¿Más cómo?
—Por detrás.
Carolina giró la cabeza hacia mí desde la almohada. Yo no dije nada. Era su decisión. Asintió.
—Despacio.
—Despacio —prometió él.
Sin levantarme del taburete le pasé el frasco de lubricante de mi mesilla. Damián lo cogió sin mirarme. Lo aplicó con cuidado, sin prisa, mientras Carolina dejaba la cara apoyada en la almohada y respiraba hondo, contando hacia atrás como cuando va al dentista.
Cuando entró, ella soltó un quejido grave que yo conocía de memoria. Lo demás fue un crescendo: las manos de él en sus caderas, las nalgas chocando contra su pelvis, la voz de mi mujer cada vez más grave, más desencajada, más mía y más ajena a la vez.
—Andrés —murmuró ella, sin girar la cabeza.
—Aquí.
—Me gusta que estés aquí.
—Lo sé.
Esa segunda vez tardó más en correrse. Cuando lo hizo, lo hizo dentro, y Carolina dejó salir un sonido que no había oído antes ni con él ni conmigo. Algo entre suspiro largo y carcajada agotada. Después se quedaron quietos un buen rato, todavía pegados, hasta que él se dejó caer a un lado y ella se giró con los ojos cerrados y una sonrisa que parecía no caber en la cara.
***
Lo que pasó después fue lo más raro de la noche, y a la vez lo más fácil. Damián se duchó en nuestro baño. Se vistió en nuestro dormitorio. Carolina se puso un albornoz mío y bajó con él hasta la puerta. Le dio dos besos en la mejilla, ya sin urgencia. Le entregó una nota con su número escrito y, antes de que él dijera nada, cerró la puerta.
Se quedó apoyada con la espalda contra ella, mirándome.
—Vuelve si quiere —dijo—. Eso le he dicho.
—Lo sé. Te oí.
—¿Y?
—Que vuelva.
Subimos al dormitorio sin hablar. Quité las sábanas y las metí en la lavadora. Carolina se duchó otra vez, se puso uno de mis camisetones viejos y se metió debajo del edredón. Yo me acosté a su lado y la abracé por detrás. Olía a su champú, no al de él.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy bien.
—¿Lo repetimos?
—Lo repetimos.
Y así, después de tres meses pensándolo y de una noche entera viéndolo, lo único que nos quedaba pendiente era preguntarnos cuántas veces más íbamos a hacerlo. La respuesta, ya entonces, era obvia.