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Relatos Ardientes

La despedida de soltero que me hizo traicionarlo

Carolina trabajaba como comercial en una empresa de consultoría tecnológica. Tenía treinta y cinco años, no estaba casada, y vivía desde hacía siete años con su pareja, Tomás. La rutina de su trabajo se repetía con precisión de reloj: pasaba primero por las oficinas, atendía la cartera de clientes asignada y, antes de regresar a casa, volvía al edificio de la empresa para cerrar el día.

Era una mujer afable, con esa clase de calidez que se gana la confianza ajena sin esfuerzo. Sus clientes la querían. Siempre tenía media hora para un café, una conversación sobre la familia, las vacaciones, los hijos que aún no llegaban. Vendía bien porque escuchaba mejor de lo que hablaba.

Aquella mañana de primavera entró en las oficinas de Andrés, un cliente joven que dirigía su propio negocio antes de cumplir los treinta. Le presentó los nuevos productos del catálogo, él pasó el pedido del trimestre y, cuando ella se disponía a marcharse, le ofreció prolongar la charla en la cafetería de enfrente.

Carolina aceptó. Pidió un cortado y un cruasán. Le contó a Andrés que acababa de comprar un piso a medias con Tomás, que la mudanza estaba prevista para dentro de cinco semanas, y que los gastos imprevistos la tenían al borde de un ataque de nervios. La hipoteca, los muebles, las cortinas, la pintura. Todo costaba más de lo que había calculado.

Andrés escuchaba con atención. Su negocio iba bien y a él no le faltaba dinero, pero siempre había mantenido las distancias con Carolina. Le caía bien, sí, pero los negocios se cuidan así. Aquella mañana, sin embargo, la conversación tomó otro rumbo.

—El sábado celebramos la despedida de soltero de un amigo —dijo él, removiendo el café—. La monto yo en la nave del negocio. Despejamos parte del almacén, traemos comida, mucha bebida, y contratamos a una chica para el striptease. Lo de siempre.

—¿Un striptease? —Carolina sonrió—. ¿Eso aún se hace?

—Pues claro. Una chica baila, se quita la ropa, los amigos del novio aplauden y al rato todos a casa. Yo me encargo de contratarla. Esta tarde la llamo para cerrar los detalles. La pobre se lleva mil quinientos euros por menos de una hora.

—¿Mil quinientos? —Carolina dejó el cortado en la mesa—. ¿Por una hora de baile?

—Por menos. Tres canciones, cuatro tragos y a casa.

—Eso es más de lo que yo cobro en un mes —murmuró ella, y se le escapó una sonrisa entre la envidia y la picardía—. Por ese dinero, lo haría yo.

Andrés la miró entonces de otra manera. La miró como nunca se había permitido mirarla en los dos años que llevaban tratándose. Sus pechos siempre habían sido un detalle imposible de ignorar. Carolina lo sabía y trataba de disimularlo con blusas cerradas y blazers oscuros, pero la geometría no perdona. A los treinta y cinco, seguían firmes.

—Pues mira, lo digo en serio —dijo él, y bajó la voz—. Yo soy quien lleva a la chica. Si me dices ahora mismo que sí, cerramos el trato. Mil quinientos euros para ti. Eso sí, no me puedes fallar, porque ya no encontraría a otra.

Carolina se rió, nerviosa.

—Tengo treinta y cinco, Andrés. No soy una jovencita. Lo que buscáis para una despedida es otra cosa.

—Lo que buscamos es a una mujer que se atreva. Y tú eres preciosa. Dime que sí y el dinero es tuyo.

Ella sostuvo el café entre las manos. Pensó en Tomás. Pensó en lo que diría si lo supiera. Pensó en las dos sillas que aún no habían comprado, en el sofá que estaba en oferta hasta el viernes, en la cuota del seguro que vencía el mes siguiente.

—¿Puedo darte mi respuesta esta tarde? —preguntó.

—Tienes hasta las siete. A esa hora llamo a la otra chica.

—Sólo una cosa más. ¿El desnudo es total?

—Normalmente se quedan en tanga. Si alguien te ofrece más por quitártelo y tú aceptas, ese dinero es tuyo aparte. Si no, terminas en tanga y se acabó.

Carolina pasó la mañana en una nube. Visitó a dos clientes más sin enterarse de la mitad de las cosas que le decían. Pensó en llamar a Tomás, pero sabía que él jamás lo aprobaría. Pensó en llamar a Lucía, su mejor amiga, pero también sabía cómo se reía Lucía de los hombres que iban a esos sitios. Al final no llamó a nadie.

A las seis y media volvió a la oficina de Andrés. Cerraron el trato con un apretón de manos. Una sola condición: que aquello no saliera nunca del círculo de la fiesta. Andrés se lo aseguró sin pestañear.

***

Durante los días siguientes, Carolina dudó cien veces. Cada vez que llegaba una factura, las dudas se diluían. Un electricista de más, el cambio de las cerraduras, las cortinas a medida que costaban el triple. Cuando llegó el viernes, lo único que le pesaba ya era pensar que Andrés la vería desnuda. Era el único de la fiesta con quien iba a seguir cruzándose. Los otros eran fantasmas. Él, no.

El sábado le mintió a Tomás. Le dijo que cenaba con las chicas del trabajo. Él ni siquiera levantó la vista de la tablet cuando ella se despidió en la puerta. Carolina cargó en el coche una mochila con una minifalda, un short, un sujetador y un tanga negro que en realidad había comprado para estrenar el piso.

Cuando entró en la nave, contó por encima a los invitados. Doce, quizás trece. Ninguno superaba los treinta. Andrés la presentó al novio, un chico llamado Bruno, disfrazado con un tutú rosa y una corona de cartón. Después la guió a un despacho vacío donde podía cambiarse. Le había preparado una botella de agua y, en otra mesita, un vaso con whisky.

—Para los nervios —le dijo, y cerró la puerta.

Carolina bebió el whisky de un trago. Se cambió de ropa frente al espejo de un armario barato. Se vio rara, casi disfrazada, como si la mujer del espejo no fuera ella. Salió.

El improvisado escenario era un palé cubierto con una alfombra negra. La música ya sonaba. Andrés le hizo un gesto desde la barra. Carolina respiró hondo y subió.

El silencio duró tres segundos. Luego, el griterío. Los chicos aplaudían, gritaban, animaban con las cervezas en alto. Ella empezó a moverse al ritmo de la canción. Lentamente, casi sin pensarlo, se desabrochó el short y dejó que cayera. El sujetador quedó al descubierto. Los aplausos arreciaron.

Lo más difícil ya había pasado. El primer minuto. A partir de ahí, todo se volvió mecánico, casi divertido. El alcohol ayudaba. El público también. Sentirse mirada por doce hombres jóvenes que no la conocían tenía algo de irreal, como si aquello le estuviera pasando a otra mujer.

La falda cayó con la ayuda de una cremallera lateral. El tanga negro quedó a la vista. Un chico de la primera fila levantó el puño y gritó algo que ella no entendió. Otro le metió un billete de veinte euros en la cinta del tanga, al estilo americano.

Cuando se llevó las manos a la espalda y desabrochó el sujetador, los gritos se duplicaron. Lo apartó poco a poco, como había visto hacer en una película hacía años. Tiró el sujetador al suelo. Sus pechos, libres, siguieron el ritmo de la música. Era cierto: a los treinta y cinco seguían firmes.

—¡Quítatelo todo! —gritó uno.

—¡Todo, todo!

Carolina miró a Andrés. Él le hizo un gesto de pausa. Ella detuvo el baile. Los chicos protestaron entre risas. Y entonces empezaron a sacar billetes. Veinte, cincuenta, hasta de cien. Los iban dejando en el borde del palé. Carolina calculó por encima. Estaba ahí, otra vez, una cantidad parecida a la que ya había cobrado. Mil quinientos euros más.

Pensó en Tomás. Pensó en la diferencia entre enseñar los pechos y enseñarlo todo. Una cosa era esto. Lo otro era cruzar una línea distinta. Pero la línea, en realidad, ya estaba cruzada hacía rato.

Cogió el dinero, lo dejó al lado de la mochila y siguió bailando. Los pulgares se engancharon a los laterales del tanga y empezaron a bajarlo, despacio, dándoles la espalda. Cuando giró, los chicos rugieron. Carolina llevaba un sexo cuidado, depilado casi al ras, con apenas dos dedos de vello recortado por encima. Quedó completamente desnuda bajo la luz amarilla de la nave.

Bailó dos canciones más. El whisky le calentaba la nuca. Los muchachos no paraban de aplaudir. Cuando la música cambió, ella saltó del palé, recogió el dinero, la ropa, y se puso una bata corta que llevaba preparada. Atada por la cintura con un único lazo, le tapaba lo justo.

***

Andrés se acercó con un vaso de agua y una sonrisa.

—¿Ves? No ha sido tan difícil. Tres mil euros por bailar un rato.

—Por bailar y por enseñárselo todo —dijo ella, y bebió el agua de un trago—. Eso no es lo mismo.

—Ya, pero el dinero es el dinero. ¿Te sirve?

—Me sirve.

Andrés se quedó callado un segundo. Luego, con la voz baja, añadió:

—Carolina, hay otra cosa. Cuatro de los chicos quieren proponerte algo.

Ella levantó la mirada, ya alerta.

—Sólo tocarte. Acariciarte. Nada más. Estamos el novio, yo y otros dos. Si aceptas, son otros tres mil euros. Lo mismo que has ganado bailando.

—No.

—Carolina, espera. Es sólo eso. Ya te hemos visto desnuda. No es nada que no hayamos visto. Sería un rato. Y con ese dinero te pagas el piso entero, el viaje, lo que quieras.

Carolina abrió la boca para volver a negarse. Pero Andrés ya tenía los billetes en la mano. Tres fajos. Los movió un poco, como sin querer, y ella siguió el movimiento con los ojos.

—¿Dónde? —oyó que decía su propia voz.

—En la sala de juntas. Es lo más privado que tenemos.

La sala estaba al fondo del pasillo, separada del ruido. Una mesa larga, ocho sillas, paredes claras. Cuando Carolina entró, los cuatro chicos ya estaban allí. Bruno, el novio, aún con el tutú. Andrés. Y otros dos chicos a los que ella no había mirado antes. Uno alto, con barba. Otro más bajo, con una camiseta del Atlético.

—Túmbate en la mesa —dijo Andrés, casi en un susurro.

Ella obedeció. Se subió a la mesa de roble y se tumbó de espaldas. Andrés tiró del lazo de la bata y la abrió. Carolina quedó otra vez desnuda, ahora bajo la luz fría de los fluorescentes, ahora sin la distancia segura del palé.

Empezaron despacio. Una mano en la cara. Otra en el hombro. Otra en el pecho. Cuatro manos a la vez. Le acariciaron las piernas, los muslos, el vientre. El de la barba le pasó los dedos por los labios mientras Bruno, el novio, le rodeaba un pezón con la lengua.

—Abre las piernas —le dijo el chico bajo, con un tono que no admitía discusión—. Por tres mil euros, abres.

Carolina las abrió. Sintió los dedos buscando, entrando, saliendo. Su cuerpo empezó a responder sin permiso. La excitación llegó por una ruta lateral, casi a sus espaldas. Estaba mojada y no le hacía gracia estarlo. Los pezones se le endurecieron. La respiración se le aceleró.

Andrés se dio cuenta antes que los demás. Se acercó al oído.

—¿Quieres más dinero? Sólo tienes que decirlo.

Carolina no contestó. Sintió que estaba entre la espada y la pared. Cuatro hombres más jóvenes que ella, deseándola, mirándola como hacía años nadie la miraba. Tomás, en casa, probablemente dormido frente a la televisión. La diferencia entre los dos mundos le golpeó tan fuerte que dolía.

—No —dijo, casi sin voz.

Andrés, el de la barba y el bajo siguieron tocándola, ahora más rápido, mientras se masturbaban con la otra mano. Los tres se corrieron casi a la vez, sobre el vientre, sobre los pechos, sobre los muslos. Carolina se limpió con un extremo de la bata, sin mirar a ninguno.

Pero quedaba Bruno.

—Va, guapa —dijo él, con la voz pastosa—. No vas a dejar al novio sin su capricho de despedida.

Carolina negó con la cabeza, pero no movió las piernas. Sintió que Bruno se colocaba entre ellas. Sintió el peso de un cuerpo sobre el suyo. Sintió la primera embestida y, contra toda lógica, no la detuvo.

Bruno se movía con torpeza, demasiado rápido, pero sus dedos encontraron el clítoris de Carolina por casualidad y se quedaron allí. Ella gimió, primero bajo, luego más fuerte. Los otros tres miraban en silencio, ya saciados, casi respetuosos. Carolina cerró los ojos. Por un momento dejó de ser ella misma, dejó de ser la novia de Tomás, dejó de ser la comercial de la consultoría, dejó de ser cualquier cosa que se hubiera prometido alguna vez.

El orgasmo le llegó por sorpresa, antes que a Bruno. Lo sintió como una corriente que le subía desde las plantas de los pies. Apretó los labios para no gritar demasiado. Bruno se corrió unos segundos después, encima del vientre, y se dejó caer sobre la mesa, riéndose entre jadeos.

***

Cuando Carolina salió de la nave, era casi de madrugada. En la mochila llevaba seis mil euros en billetes. En el cuerpo, una capa de jabón rápido y la sombra de cuatro hombres. Condujo despacio. La radio sonaba a un volumen ridículo. No se permitió llorar.

Tomás dormía. Carolina se metió en la cama con cuidado, le besó la nuca y se quedó mirando el techo. Pensó en las cortinas a medida. Pensó en las dos sillas. Pensó en el viaje a Lisboa que Tomás llevaba meses queriendo hacer y que ahora podría pagarle ella, sin que él hiciera preguntas.

Pensó que no volvería a verse a sí misma de la misma manera. Pero también pensó, y esa parte le costaba más reconocerla, que durante un rato, sobre aquella mesa, se había sentido más viva que en los últimos siete años.

Al final, antes de quedarse dormida, se permitió la única frase que llevaba todo el día rondándole por la cabeza, una de esas frases que se dicen para perdonarse:

Los cuernos con dinero, son menos cuernos.

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Comentarios (3)

curiosito77

tremendo relato!!! no pude parar de leer hasta el final

MireyaNocturna

Dios mio que situacion... necesito una segunda parte urgente jaja

Daniela_P

me recordo a una cosa que me paso hace unos años. Las circunstancias te llevan a lugares que jamas imaginas. Muy bien contado

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