Lo que hice mientras mi novio me llamaba al móvil
Elena estaba tumbada de costado en el sofá del salón, con el móvil sujeto entre la oreja y el hombro y los dedos jugando distraídamente con el dobladillo de la camiseta que llevaba puesta. Era una camiseta vieja de Daniel, su novio. Le quedaba grande, le caía hasta la mitad del muslo y dejaba a la vista el encaje blanco de la ropa interior. Olía a él. O ya casi no olía a él, después de tres semanas sola en el piso.
—Te echo de menos, mi amor —dijo con voz baja, casi un susurro infantil—. Cada noche me cuesta dormir sin tu brazo en la cintura. ¿Cuándo vuelves?
Al otro lado, Daniel sonaba cansado. Llevaba demasiados aeropuertos, demasiadas habitaciones de hotel iguales, y esa noche le tocaba la versión celosa de sí mismo.
—Pronto, cariño. Diez días más y vuelvo. Es que… no sé. Llevo dándole vueltas toda la tarde. Me pongo malo de pensar que estás sola. Sobre todo me acuerdo de Adrián. Aquel con el que estuviste antes. Dime la verdad, ¿has tenido contacto con él desde que estamos juntos?
Elena sonrió contra el auricular. A medio metro de ella, en el otro extremo del mismo sofá, estaba Adrián. Completamente desnudo. Recostado contra el respaldo con las piernas separadas y una sonrisa tranquila, casi divertida, como si todo aquello fuera un juego que ya conocía de memoria.
—Daniel, te juro que ese capítulo está cerrado —respondió ella, sin dejar de mirar a su ex—. Adrián es historia antigua. Tú eres el único hombre con el que me imagino algo serio. No le des más vueltas, anda.
Mientras hablaba, alargó la mano libre y la cerró sobre el sexo de Adrián. Empezó a acariciarlo despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo se ponía duro bajo sus dedos en cuestión de segundos. Él no dijo nada. Solo se acomodó un poco más en el sofá y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—¿De verdad, Elena? Porque si me enterara de algo así, yo…
—Daniel —lo cortó con dulzura—. Para. Me quieres y yo te quiero. Punto.
Se inclinó hacia Adrián sin soltar el móvil. Apoyó los labios contra él en un beso lento, casi tierno. Después sacó la lengua y empezó a recorrerlo con calma, dibujando círculos despacio, saboreándolo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Adrián soltó un suspiro grave, casi imperceptible, y separó un poco más las rodillas.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Daniel, extrañado—. Te he oído un ruido raro.
—Nada, cariño, me he estirado en el sofá. Cuéntame, ¿cómo te ha ido el día?
Y mientras él empezaba a contarle lo del cliente de Hamburgo y la reunión del jueves, Elena abrió la boca y se metió a su ex entre los labios. Despacio. Solo la punta al principio, succionando con suavidad como si estuviera chupando un caramelo grande. El primer ruido húmedo se le escapó sin querer.
—Elena, ¿qué estás haciendo? —preguntó Daniel—. Suena como si comieras algo.
Ella se separó un segundo. Un hilo fino de saliva quedó tendido entre sus labios y el sexo de Adrián.
—Estoy picando un bombón —contestó con voz juguetona—. De esos rellenos, los grandes. Está cremoso por dentro, se me deshace en la boca. Tengo que comérmelo despacio.
—Vale, vale —rio él, ya más relajado.
Elena volvió a inclinarse. Esta vez se lo metió más adentro, casi hasta la mitad, y empezó a mover la cabeza con un ritmo lento pero constante. Las mejillas se le hundían con cada succión. La saliva empezó a deslizarse por el tronco y a mojarle los dedos. Adrián le puso la palma en la nuca, sin presionar, solo acompañando el movimiento de su cabeza.
—Es que esos ruidos son muy raros, Elena. ¿Seguro que es un bombón?
Ella se separó otra vez. Tenía los labios brillantes y la barbilla empezando a humedecerse. Respiró hondo antes de contestar, fingiendo paciencia.
—Mi vida, está rellenísimo. Se me llena la boca entera. Si estuviera haciendo algo raro, ¿te crees que cogería el teléfono y te hablaría con esta calma? No seas tonto, anda.
Y se lanzó otra vez. Ahora con más ganas. Lo metía más adentro, dejaba que rozara el fondo de la garganta, lo sacaba con un ruido obsceno y volvía a meterlo. La saliva le caía por la barbilla hasta el cuello y empapaba la camiseta de Daniel. Adrián empezó a mover muy ligeramente las caderas, acompañándola, sin dejar de mirarla.
—Te quiero tantísimo, mi amor —murmuró ella separándose un instante, con la voz un poco ronca—. Tengo unas ganas de verte que no te haces idea.
—Y yo a ti, Elena. Y yo a ti.
Volvió a meterse a su ex en la boca. Alternaba entre chupar la punta con succiones rápidas y bajar hasta la base, aguantando los segundos que su garganta toleraba antes de tener que separarse a respirar. Cuando Daniel le contaba algo de un compañero de trabajo, ella respondía con monosílabos cariñosos. Cuando paraba a respirar, lo lamía despacio de arriba abajo, recorriendo cada vena con la punta de la lengua.
Adrián, casi sin mover los labios, le susurró muy bajito:
—Eres una guarra. Métetela hasta el fondo.
Elena sintió un escalofrío y obedeció. Bajó la cabeza hasta que la nariz casi le rozó el pubis, aguantó unos segundos con los ojos llenos de lágrimas y se separó tosiendo en silencio. Un hilo espeso de saliva se quedó colgando entre sus labios y el sexo de él.
—Mi vida, tengo que entrar a la reunión —dijo Daniel en ese momento—. Te llamo cuando salga, ¿vale? Te quiero.
—Y yo a ti —contestó ella con voz ronca y entrecortada—. Hablamos luego.
Colgó. Soltó el móvil sobre el cojín y se quedó un segundo mirando a Adrián con los labios hinchados y la barbilla mojada. Después soltó una risa baja, casi histérica.
—Llevo media hora chupándotela mientras él me preguntaba si te había vuelto a ver —dijo—. Estoy empapada. Fóllame ya. Como antes. Como siempre lo hacías.
***
Adrián no perdió un segundo. La agarró por las muñecas, la tumbó de espaldas en el sofá y le abrió las piernas con las rodillas. La camiseta de Daniel se le subió hasta la cintura. La ropa interior blanca estaba oscurecida en el centro, completamente empapada.
—Voy a follarte hasta que te olvides de cómo se llama tu novio —murmuró él, apartando el encaje a un lado con dos dedos.
—No te molestes en ser tierno —contestó ella, levantando las caderas hacia él—. Hazlo de verdad.
Empujó despacio, dejándola sentir cada centímetro. Elena soltó un gemido largo, gutural, mientras se aferraba a sus hombros y le clavaba las uñas. Cuando él entró del todo y se quedó quieto, ella tuvo que cerrar los ojos un segundo para no correrse en ese mismo instante.
—Dios. Se me había olvidado lo que era esto —jadeó.
—Mentirosa.
Empezó a moverse. Embestidas lentas y profundas al principio, sacándola casi entera y volviendo a entrar con un golpe seco que la hacía gemir alto. El sofá crujía bajo ellos. Elena tenía los talones clavados en el respaldo y la espalda arqueada. Cada vez que él entraba hasta el fondo, ella soltaba un sonido distinto: un gemido, un jadeo, una palabra a medias.
—Más fuerte —pidió—. Por favor.
Adrián aceleró. Sus caderas chocaban contra ella con un ritmo seco y rítmico. Le agarró los pechos por encima de la camiseta empapada, los apretó, le mordió el cuello justo debajo de la mandíbula. Elena gritó la primera vez en cuanto sintió el orgasmo subiéndole por las piernas. Todo el cuerpo se le tensó, le temblaron los muslos y el sexo se contrajo con fuerza alrededor de él.
Pero él no paró.
—Aún no —le dijo al oído—. Levántate. Te quiero encima.
Se sentó en el centro del sofá y tiró de ella por las caderas. Elena, todavía temblando, se colocó a horcajadas y se dejó caer despacio sobre él. Soltó un gemido largo cuando volvió a sentirlo entero dentro.
—Cabalga —ordenó él—. Hasta que te vuelvas a correr.
Ella empezó a moverse, lenta al principio, apoyando las manos en su pecho. Los pechos le rebotaban bajo la camiseta. Adrián se la subió hasta el cuello, le metió un pezón en la boca y lo chupó con fuerza mientras le agarraba las nalgas con las dos manos, ayudándola a moverse más rápido.
—Eres adictiva —jadeó él—. Cada vez que te tengo encima me cuesta más dejarte ir.
—Pues no me dejes —contestó ella sin pensar, perdida en el ritmo.
Le dio un azote en el muslo, casi una advertencia, y la obligó a acelerar. Elena se aferró a él y se dejó ir. Cabalgaba con todo el cuerpo, el pelo revuelto cayéndole sobre la cara, el sudor corriéndole entre los pechos. El segundo orgasmo la sorprendió subiendo más rápido que el primero. Cuando llegó, se desplomó sobre él temblando, con la frente apoyada contra su hombro.
—No he terminado contigo —le dijo Adrián al oído, sin sacarla todavía.
La levantó con un movimiento firme, sin separarse, y la giró sobre el sofá. La puso a cuatro patas con el culo en alto y la espalda arqueada. Ella obedeció sin pensar, ofreciéndose como si fuera lo más natural del mundo.
—Así —murmuró él, dándole un azote seco en una nalga—. Exactamente así te voy a follar ahora.
Volvió a entrar de un solo golpe. Elena soltó un grito ahogado contra el cojín. Desde esa posición lo sentía aún más profundo, más invasivo. Adrián empezó a embestir con fuerza, agarrándola por las caderas, dejándole marcas rojas con los dedos. El sonido de los cuerpos chocando llenaba el salón.
Y entonces se inclinó sobre su espalda, le tiró del pelo con suavidad para arquearla más y le susurró al oído:
—Llama a Daniel.
Elena tardó unos segundos en procesar lo que le pedía.
—¿Qué…?
—Coge el móvil. Llámalo. Dile que lo echas de menos. Y no se te ocurra colgar.
Le dio un azote en la otra nalga, más fuerte, sin dejar de moverse dentro de ella. Elena sintió un escalofrío. Una mezcla de morbo, vergüenza y excitación pura que le bajó por la columna. El sexo se le contrajo violentamente alrededor de él. Buscó el móvil con la mano temblando, lo desbloqueó y marcó el número.
Daniel descolgó al tercer tono.
—¿Elena? ¿Pasa algo?
—N-no, amor —consiguió decir, intentando controlar la voz mientras él seguía embistiéndola desde atrás—. Solo… solo quería oírte un segundo. Te echo mucho de menos.
Adrián sonrió contra su nuca y aceleró un poco. Las embestidas eran cortas, rápidas, secas. Elena tuvo que morder el cojín con fuerza para ahogar un gemido.
—Qué bonito, cariño. Yo también. ¿Estás bien? Te noto la voz rara.
—Estoy… estoy haciendo un poco de ejercicio en la alfombra del salón —mintió ella—. Por eso me oyes así.
—Ah, claro, claro. Oye, te iba a llamar yo dentro de un rato porque…
Adrián empujó especialmente fuerte en ese momento. Elena se mordió el labio hasta hacerse daño. Las lágrimas le caían por las mejillas, mitad de placer mitad de morbo puro. Sintió que estaba a punto de correrse por tercera vez.
—Te quiero, Daniel —dijo deprisa, casi sin aliento—. Te quiero mucho. Eres lo mejor que tengo en la vida. ¿Lo sabes? Eres todo para mí.
—Y tú para mí, mi amor. Estás muy cariñosa hoy.
Ella tapó el micrófono justo a tiempo para soltar un gemido largo y ahogado contra el cojín. El tercer orgasmo le sacudió todo el cuerpo. Cuando consiguió volver a respirar, se llevó el móvil otra vez al oído.
—Perdona, mi vida, me ha entrado tos. Te llamo luego con calma, ¿vale? Te quiero.
—Y yo. Cuídate.
Colgó. Soltó el móvil sobre el sofá. Y solo entonces dejó escapar el grito que llevaba media hora aguantando.
Adrián salió de ella con un movimiento húmedo, la giró, la puso de rodillas en el suelo y se masturbó un par de veces frente a su cara. Elena abrió la boca y sacó la lengua sin que él tuviera que pedírselo. Sabía perfectamente cómo terminaba esto.
Cuando él se vino, fue largo y abundante. Le cayó en la frente, en las mejillas, en los labios, en el cuello. Elena se quedó de rodillas, con los ojos cerrados, dejando que terminara encima de ella sin moverse. Tenía la cara empapada, el pelo pegado a la sien, la camiseta vieja de Daniel arrugada y manchada.
Se pasó la lengua por los labios despacio, saboreándolo, y abrió los ojos.
—La ducha está al fondo —dijo con una sonrisa ronca—. Si te metes conmigo, te dejo que sigas por donde quieras.
Adrián la miró un segundo en silencio. Después le tendió la mano y la ayudó a levantarse del suelo.
El móvil seguía vibrando sobre el sofá. Daniel había mandado un mensaje. «Te quiero mucho, cariño. Eres la mejor novia del mundo». Elena lo leyó de reojo camino del baño y no contestó.
Ya contestaría más tarde.