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Relatos Ardientes

Descubrí la aventura de mi novia en su turno de noche

—Cariño, me dieron el puesto. Coordinadora del turno nocturno en el almacén logístico de Vallejos. Es fijo, indefinido, y pagan casi el doble de lo que cobraba antes.

Camila me lo dijo apoyada en la encimera de la cocina, todavía con la libreta de notas de la entrevista en la mano. Llevábamos cuatro años juntos y dos viviendo en el mismo piso, y nunca la había visto tan contenta. Es morena, menudita, con esa sonrisa que se le contagia a cualquiera que la mire. No es la mujer más explosiva del mundo, pero tiene algo: una manera de moverse, una forma de inclinar la cabeza cuando escucha. A mí me volvió loco desde la primera tarde que la vi.

—Es de noche entera, ¿no? —pregunté con la voz un poco más fría de lo que quería.

—De diez a seis. Empiezo el lunes.

La besé, le dije que me alegraba por ella. Le dije la verdad: estaba orgulloso. Lo que no le dije fue que algo se me había instalado en el pecho, una piedra pequeña que no terminaba de bajar.

El almacén estaba en el polígono industrial, al borde del río. Era una nave grande con oficinas en el primer piso, cámaras frigoríficas en la planta baja y un patio donde aparcaban los camiones que llegaban de madrugada. Camila coordinaba las entradas, firmaba los albaranes y supervisaba al guardia de seguridad y al expedidor de turno. Solo eran ella y dos hombres en toda la nave durante ocho horas.

Las primeras semanas no pasó nada raro. Llegaba al amanecer, se duchaba, se metía conmigo en la cama y dormía pegada a mi espalda hasta el mediodía. Yo no preguntaba demasiado.

Pero la cosa empezó a cambiar a partir del mes y medio. Camila se arreglaba más para ir al trabajo. Faldas que antes solo se ponía para una cena, perfume nuevo, el pelo recogido de esa manera que deja el cuello al descubierto. Yo le decía «qué guapa» y ella se reía y me contestaba que se aburría con los vaqueros.

Después vinieron los silencios. Volvía y se metía directamente a la ducha, una ducha larga, casi quince minutos, antes de tocarme. Antes nunca había sido así. Antes me besaba en cuanto cruzaba la puerta, todavía con el frío del exterior en la cara.

Una madrugada le miré el móvil mientras dormía. No encontré nada concreto, ningún mensaje, ninguna foto. Solo una conversación con un número guardado como «Y. — almacén» que terminaba en un «mañana hablamos» a las cuatro de la tarde. Cerré el teléfono y me quedé mirando el techo hasta que amaneció.

Esa misma semana decidí seguirla. No quería confrontarla con sospechas vagas. Quería verlo, lo que fuera, con mis propios ojos.

El miércoles le dije que me quedaba a cenar en casa de mi hermano. Cuando ella salió hacia el polígono, esperé tres minutos y arranqué el coche. Mantuve doscientos metros de distancia, las luces apagadas en los tramos donde la carretera estaba vacía. Aparqué dos calles más allá de la nave, detrás de un contenedor industrial.

Crucé el patio bordeando los camiones aparcados. La puerta principal estaba abierta porque a esa hora todavía pasaba el último envío. El guardia de seguridad, un señor mayor al que Camila había mencionado mil veces, dormitaba en su garita con la televisión encendida. Subí por la escalera lateral, la que daba directamente al primer piso, y me quedé en el descansillo, fuera del alcance de las cámaras del pasillo.

Desde allí veía la oficina de Camila al fondo. La luz estaba encendida y la puerta entornada. La escuché hablar por teléfono. Su voz no era la de coordinadora. Era más baja, más lenta, como si pronunciara cada palabra masticándola.

—Sube cuando puedas. Estoy sola.

Colgó. Yo me apreté contra la pared.

Dos minutos después oí pasos subiendo desde el almacén. Apareció un hombre alto, de unos treinta años, con la camisa azul del uniforme y una carpeta bajo el brazo. Pelo oscuro, hombros anchos, el tipo de hombre que llena el espacio cuando entra en una habitación. No le había visto en mi vida, pero supe inmediatamente que era el «Y» del mensaje. Yago, después me enteraría.

Entró sin llamar. Camila levantó la vista, sonrió, dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Pensé que no ibas a subir.

—Pensaste mal.

Me deslicé por el pasillo hasta la oficina contigua, que estaba vacía. La pared de cristal esmerilado dejaba pasar las siluetas y la voz. Apoyé la cara contra el marco de la puerta entornada. Veía sus contornos a través del cristal y oía cada palabra como si la dijeran junto a mi oreja.

—Cierra con llave —dijo ella.

Lo oí girar el pestillo.

—No puedo quedarme mucho. El reparto entra a las dos y media.

—Entonces no perdamos tiempo.

***

Mi novia se había levantado de la silla. La vi a través del cristal acercándose a él, despacio, con una seguridad que no le conocía. Le quitó la carpeta de las manos, la dejó sobre la mesa, y le pasó los dedos por el cuello de la camisa.

—Llevo todo el día pensando en esto —dijo.

Él la cogió por la cintura y la sentó sobre el escritorio. Le subió la falda hasta los muslos. Camila respiró hondo, echó la cabeza hacia atrás y dejó que él le besara el cuello.

Yo debería haber entrado. Debería haber gritado, haber arrancado la puerta, haber roto el cristal. En lugar de eso, me quedé inmóvil con el pulso galopando, sintiendo cómo se me iban acumulando dos sensaciones que nunca antes habían convivido: la rabia y una excitación que me daba vergüenza reconocer. Era como si dos personas distintas habitaran mi cuerpo, y la que estaba ganando no era la que yo creía ser.

Esto no debería excitarme. Esto no debería excitarme tanto.

Camila le desabrochó el cinturón. Yago le bajó las medias de un tirón. Vi la curva de su espalda cuando él la inclinó sobre la mesa, vi cómo ella se aferraba al borde con las dos manos, vi la manera en que abría las piernas sin que él tuviera que pedírselo. Conocía ese movimiento. Lo había visto durante años. Pero nunca con esa urgencia, nunca con esa entrega.

—Despacio —susurró ella—. Que no se oiga.

—Tú eres la que tienes que callarte.

Él la penetró sin avisar. Camila se mordió el dorso de la mano para no gritar. Lo que salió de su garganta fue un sonido que yo nunca le había arrancado: un gemido grave, casi animal, que se le escapó entre los dientes y le tembló en todo el cuerpo.

Empezaron despacio, ella todavía con los zapatos puestos, él agarrándola por las caderas. El escritorio crujía. El portarretratos donde Camila tenía nuestra foto cayó al suelo. Ninguno de los dos se agachó a recogerlo.

—Más fuerte —pidió ella—. Llevo toda la semana esperándote.

Yago obedeció. La empujó contra la mesa, la cogió del pelo recogido y se lo soltó de un tirón. El cabello de Camila cayó sobre sus hombros y yo me acordé de las mil veces que la había peinado por la mañana, de la cantidad de veces que ella me había dicho que le encantaba cómo le hacía la coleta.

Pensé en todo eso y al mismo tiempo no podía dejar de mirar.

***

La giró. La sentó otra vez sobre la mesa y la besó en la boca de una manera que yo nunca la había besado, con dientes, con prisa, sujetándole la cara con las dos manos. Ella le abrió la camisa de un golpe y le pasó las uñas por el pecho.

—Tengo poco tiempo —dijo él.

—Yo también.

Camila se arrodilló delante de él, sin pensarlo, sin pedirle permiso, sin esa duda que tenía conmigo desde hacía años. Le bajó los pantalones, lo cogió con las dos manos y lo miró hacia arriba sonriendo, como si lo que estuviera a punto de hacer fuera lo más natural del mundo. Cuando se lo metió en la boca, yo apreté la frente contra el cristal frío y respiré por la boca para que no se me oyera.

Yago le acariciaba el pelo con una mezcla de ternura y dominio que reconocí enseguida porque siempre había querido sentirla yo mismo. Y mi novia, mi Camila, le respondía con una entrega que jamás me había mostrado a mí.

—Levántate —le pidió él al cabo de un rato—. Que voy a acabar antes de tiempo.

Ella obedeció. Se inclinó otra vez sobre la mesa, esta vez de frente a la puerta, y yo la vi de cuerpo entero: el escote desordenado, la falda subida hasta la cintura, la cara enrojecida y los labios brillantes. Por un instante creí que me había visto. Que me miraba directamente. Que sabía que yo estaba al otro lado del cristal y que se estaba ofreciendo así, en esa pose, sabiendo que la estaba viendo.

Fue solo un segundo. Una décima de segundo. Después cerró los ojos y se entregó a la siguiente embestida de Yago como si no existiera nada más en el mundo.

Pero ese segundo me lo guardé.

***

Cuando terminaron, Camila se sentó sobre la mesa, sin recomponerse del todo, con la falda todavía arrugada en la cintura. Yago se subió los pantalones, se ajustó la camisa, le dio un beso en el hombro y le susurró algo que no llegué a oír. Ella sonrió mirando al suelo.

—¿Mañana otra vez? —preguntó él.

—Mañana hablamos —contestó ella, y al decirlo me di cuenta de que era exactamente la misma frase del mensaje que yo le había leído en el móvil unas noches antes.

Salí del descansillo antes de que él abriera la puerta. Bajé por la escalera lateral sin hacer ruido, crucé el patio escondiéndome entre los camiones, llegué al coche con las piernas temblando.

Conduje hasta casa con las ventanas abiertas. No lloré. No grité. No pude pensar con claridad ni una sola cosa coherente durante todo el trayecto. Solo veía, una y otra vez, esa décima de segundo en la que creí que ella me había mirado a través del cristal y me había dejado mirar.

En casa me senté en el sofá sin encender la luz. Esperé. A las seis y diez sonó la llave en la cerradura. Camila entró arrastrando un poco los pies, dejó el bolso en la entrada, se descalzó y vino hasta el salón.

—¿Qué haces despierto?

—No podía dormir —dije.

Se sentó a mi lado. Olía a su perfume de siempre, pero también olía a otra cosa, a sudor, a algo nuevo, a un olor que yo no había sentido nunca en su piel. Me besó en la sien.

—Voy a darme una ducha y me meto en la cama. Estoy molida.

—Camila —dije sin mirarla—. ¿Mañana también trabajas?

—Sí, hasta el sábado.

Asentí. Ella se levantó y se fue al baño. Oí el agua corriendo, esa ducha larga de quince minutos, y supe que al día siguiente iba a volver a seguirla. No porque quisiera confrontarla. No porque quisiera dejarla. Sino porque algo dentro de mí, algo que descubrí esa noche entre los cristales esmerilados de la oficina, necesitaba volver a verlo.

Ya no era solo su novio. Era algo distinto. Y todavía no sabía si eso me daba más miedo o más placer.

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Comentarios (3)

Fercho22

tremendo relato!!! no me lo esperaba asi. muy bueno

MaritoRd

Por favor contá mas, quede con el corazon en la boca. Espero que haya segunda parte

RobertoKq

Me engancho desde el principio, se siente que paso de verdad. Muy bien narrado

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