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Relatos Ardientes

Le fui infiel a mi novio con su tío casado

Conocí a Damián tres meses antes de aquella reunión, en un bar al que fui con mis amigas. Tenía mi edad, era guapo, hablaba bien y me hacía reír. El problema apareció rápido: a la segunda cita ya me preguntaba con quién había hablado en la oficina, a la cuarta me revisaba el teléfono haciéndose el distraído. Yo lo dejaba pasar porque me gustaba físicamente y porque me invitaba a todos lados. Pero cada semana lo aguantaba menos.

Cuando me dijo que su madrina cumplía años y que toda la familia se juntaba en una finca de las afueras, acepté ir porque no encontré excusa razonable para negarme. En el coche, camino a la casa, me explicó el protocolo: que dijera que éramos amigos, nada más. Llevábamos casi cuatro meses saliendo, pero según él su madre era «muy intensa» y prefería evitar preguntas. Me molestó. Mucho. No por la mentira en sí, sino por la facilidad con la que la dijo, como si yo fuera algo que se podía guardar en un cajón cuando convenía. No le respondí. Aproveché para empezar a despedirme mentalmente.

—Tú entrás conmigo, te presento a todos y después podés moverte sola —dijo, bajando la ventanilla.

—Bueno —contesté.

La finca era enorme, con árboles altos y mesas largas armadas bajo una pérgola. Llegamos con la fiesta ya empezada. Damián cumplió su palabra: me presentó como Camila, una amiga, y me soltó en la cocina con sus tías mientras él se iba a saludar a los hombres en el otro extremo del jardín.

Me cayeron bien las tías. Una de ellas me sentó en un banco y me ofreció vino de inmediato, sin preguntarme nada. Otra empezó a contarme chismes de la familia sin filtro, como si me conociera de toda la vida. A las dos copas ya estaba riéndome con ganas, escuchando historias de bodas, primos peleados, una herencia mal repartida. Después armaron unos juegos de cartas para «integrar» a los hombres, y de pronto me vi en el centro de un grupo donde todos me hablaban, todos me servían y todos buscaban excusas para tocarme la espalda baja o pasar un brazo por mi cintura. No era agresivo, era esa coquetería de la gente que tomó suficiente como para soltarse pero no tanto como para pasarse. Yo me dejé llevar. Era mucho más divertido que estar al lado del posesivo de Damián.

En una de esas vueltas a la cocina por hielo, alguien se me acercó por detrás. Olía a un perfume amaderado, caro, distinto al de los demás. Cuando giré, me encontré con un hombre alto, de barba muy corta, con canas a los costados y unos ojos oscuros que me miraron sin disimulo.

—Mi sobrino tiene buen gusto para las amigas —dijo, con media sonrisa.

—Soy Camila —respondí, sosteniéndole la mirada más de lo necesario.

—Ernesto. Tío del lado materno. —Se inclinó como si fuera a darme un beso en la mejilla, pero me dejó algo en la mano cerrada. Un papelito doblado—. Guardalo. No lo abras acá.

Y se fue, como si nada, a saludar a otro grupo.

Lo abrí en el baño. Era un número de teléfono y una sola palabra: «después». Lo guardé dentro del sostén, me retoqué el labial y volví al jardín como si no hubiera pasado nada.

***

Esa noche, cuando Damián me dejó en la puerta de mi casa, me despedí cortita, con un beso seco. No le contesté el mensaje de buenas noches que me llegó veinte minutos después. Subí a mi cuarto, me quité los zapatos y agarré el papelito.

Le escribí dos líneas con mi nombre, nada más. La respuesta llegó al rato: «Yo te escribo cuando pueda. No me mandes mensajes vos, esperá».

Esperé dos días. Al tercero, a media tarde, me llegó un mensaje desde otro número, breve, con su nombre. Hablamos durante una hora. Me dijo que estaba casado, que no había sorpresas posibles, que él lo único que buscaba era una aventura sin reclamos y que si yo aceptaba esas reglas íbamos a llevarnos bien. Le pregunté qué ganaba yo. Me respondió en tres palabras: «Lo que quieras».

Pensé en la lista de cosas que llevaba meses queriendo y que no me alcanzaba el sueldo de la pasantía para comprarme. Le pasé el enlace de una tienda de lencería del centro. Me devolvió una transferencia al rato, con un monto que cubría el conjunto y bastante más. «Comprate lo que te haga sentir bien. Quiero que estrenes algo el día que vengas».

Me pasé el resto de la semana con la cabeza en otro lado. Damián no notó nada porque Damián no notaba nada. Le contestaba los mensajes con monosílabos, le aceptaba las citas y me iba temprano. Por dentro estaba haciendo cuentas: cuántos días faltaban, qué iba a ponerme arriba de la lencería, cómo iba a salir de casa sin levantar sospechas.

El plan que armé era simple. Le pedí a Damián que pasara a buscarme un sábado a la tarde. Mis padres lo vieron, saludaron desde la ventana, contentos de que «su novio» se ocupara de mí. Nos fuimos al parque donde se juntaba con sus amigos. Aguanté media hora y empecé a buscarle pelea por algo mínimo, una pavada que ni recuerdo. Me hice la dolida, le dije que necesitaba estar sola, y me fui caminando hasta una avenida grande. En la esquina abrí el chat de Ernesto y le avisé. Diez minutos más tarde tenía un taxi pago esperándome.

***

Su casa estaba en un barrio que yo no conocía, con calles arboladas y rejas altas. Me abrió descalzo, con una camisa de lino abierta en el cuello y un vaso de algo en la mano. La casa olía a comida recién hecha, a madera, a su perfume.

—Mi mujer vuelve recién a la noche —dijo, cerrando la puerta con llave detrás de mí—. Tenemos horas.

—¿Y si llega antes?

—No llega. Y si llega, vos saliste por la puerta de atrás y nunca estuviste acá.

Me reí, pero algo en el pecho se me apretó. Esa idea —la de que su esposa podía aparecer, la de estar en su cocina, en su living, tomando agua de sus vasos— me recorrió la espalda como un escalofrío y me bajó directo al coño. Me di cuenta de que estaba empapada antes de que él me tocara, con las bragas ya pegadas a los labios y una humedad tibia bajándome por la cara interna del muslo.

Me tomó de la cintura con una sola mano y me besó en la boca. Sin apuro, sin prólogo. Su otra mano me subió por la espalda hasta la nuca y me sostuvo ahí, como avisándome que ese beso iba a durar lo que él decidiera. Me metió la lengua despacio, me la enroscó con la suya, me mordió el labio de abajo y me lo estiró un poco antes de soltarlo. Cuando se separó, me miró la cara unos segundos, como evaluando algo, y bajó las manos por mi cuerpo hasta encontrar el borde de la blusa. Me la sacó él, despacio, sin dejar de mirarme a los ojos.

Debajo llevaba el conjunto rojo. Se quedó callado un momento. Me pasó dos dedos por encima de la copa del sostén, siguiendo el filo del encaje, y después me apretó un pezón por encima de la tela hasta que se me endureció y se lo dije con un jadeo.

—Date vuelta —dijo.

Giré. Sentí su mano abrirse contra mi espalda, recorrerme hasta los glúteos, separarlos por encima de la tela y volver a subir. Me desabrochó el sostén con dos dedos. Se agachó atrás de mí y me bajó la falda hasta los tobillos de un tirón. Me quedé en tanga roja, doblada apenas hacia adelante contra el respaldo del sillón. Sentí su boca en la parte baja de la espalda, después una mordida en la nalga que me hizo saltar, después dos dedos que me apartaron la tira de la tanga y me recorrieron entera desde el clítoris hasta el culo, empapándose de una sola pasada.

—Estás inundada —me dijo, casi riéndose, y se metió los dos dedos en la boca para chuparlos delante de mí antes de meterlos otra vez, esta vez adentro.

Me abrió con esos dos dedos y empezó a bombearme parada, sin sacarme la tanga del todo, mientras con la otra mano me tiraba del pelo para que arqueara la espalda. Se los sentí gruesos, curvos, buscándome un punto adentro que me hizo gemir apretando los dientes. Cuando volví a mirarlo por encima del hombro, ya no tenía la camisa puesta y tenía el pantalón desabrochado, con la verga marcándole el bóxer.

Me llevó hasta el sillón del living. Me hizo arrodillar en la alfombra, entre sus piernas, mientras él se bajaba el pantalón y el bóxer hasta las rodillas. La polla le saltó afuera, dura, gruesa en la base, con la punta enrojecida y una gota espesa asomando. No era la más grande que había visto, pero estaba parada de una forma que no admitía dudas, latiéndole contra el vientre. Le agarré la base con una mano y le pasé la lengua entera desde los huevos hasta el glande, lento, mirándolo. Después me la metí en la boca con ganas, todo lo hondo que pude, hasta sentírsela pegar contra el fondo de la garganta y que se me llenaran los ojos de agua.

Me agarró el pelo con una mano, sin forzar al principio, marcándome el ritmo. Yo se la chupaba entera, subiendo y bajando, haciendo ruido a propósito, escupiéndole encima para que se deslizara mejor y usando la mano para masturbársela mientras le lamía los huevos. Cuando le mamé bien la punta con los labios apretados alrededor del glande, cerró el puño en mi pelo y empezó a marcarme más fuerte, a empujarme la cabeza contra su pelvis. Lo miré desde abajo y vi que tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada. Me gustó saber que yo, una pendeja a la que su sobrino había presentado como amiga, le estaba haciendo eso, que se la estaba chupando con la boca abierta en el mismo sillón donde a la noche se sentaba a ver la tele con la mujer.

—Parate —me dijo con la voz ronca—. Sacate esa tanga.

Me la bajé despacio, con él sentado mirándome desde abajo. Me hizo abrir las piernas ahí, parada frente a él, y me pidió que me tocara. Me pasé dos dedos por el coño y me los llevé a la boca. Él se quedó mirándome sin pestañear, con la polla en la mano, la punta brillándole. Después me tiró del brazo hacia adelante.

Cuando ya no aguantaba más, me agarró de los brazos y me subió encima. Me senté lento, sintiendo la punta abrirme y después toda la verga metiéndoseme centímetro por centímetro, gruesa, forzándome a abrir el coño alrededor. Me arranqué un gemido largo cuando terminé de bajar y lo sentí adentro hasta el fondo, apoyada en sus caderas. Empecé a moverme yo, apoyada en sus hombros, mirándolo a la cara. Le rebotaba encima, subiendo casi hasta sacármela y dejándome caer entera, sintiendo cómo me golpeaba adentro. Me bajó el sostén con los dientes y me atrapó un pezón con la boca; me lo chupó fuerte, me lo mordió, mientras con la mano libre me abría las nalgas y me metía la punta de un dedo en el culo, mojado con mi propio flujo.

—Seguí así —me susurró contra la teta—. No pares.

Me apoyé en el respaldo del sillón detrás de él y empecé a montarlo más rápido, restregándole el clítoris contra el hueso de la pelvis cada vez que bajaba. Sentí el orgasmo subir desde adentro, apretándome alrededor de la verga, ahogándome. Me vine así, montada en el sillón de su casa, mordiéndome el labio para no gritar demasiado fuerte, aunque no hubiera nadie que pudiera oírnos, con el coño contrayéndose en espasmos alrededor de él, mojándolo hasta los huevos, hasta los muslos.

—Llevame a tu cama —le pedí al oído cuando recuperé el aire.

—Ni loco.

—Por favor.

Se rió en mi cuello. Después me cargó, todavía con la polla adentro, y me despegó de a poco. Me llevó por el pasillo a un dormitorio en el que la cama estaba hecha, con un cobertor blanco y dos almohadas perfectamente acomodadas. Una era la de él. La otra, evidentemente, no. Me tiró sobre el lado que no era el suyo.

Algo se prendió en mí. Le pedí que me diera más fuerte, que me cogiera como no se animaba con su esposa, que me llenara el coño ahí, en su cama, donde ella dormía. Le hablé sucio, fuerte, sabiendo que mi voz iba a quedar impregnada en esas paredes aunque él limpiara cada rastro. Le dije que era una puta, que era la puta del tío de Damián, que me cogiera como a una puta. Me puse en cuatro sobre la almohada de ella, hundí la cara en la funda y le levanté el culo. Le dije que no parara.

Me agarró de las caderas y me la metió de una, entera, hasta los huevos. Empezó a embestirme con una intensidad distinta, como si la cama también lo hubiera prendido a él, dándome palmadas en el culo entre estocada y estocada. Me sonaba la pelvis contra las nalgas, un chapoteo húmedo que llenaba todo el cuarto. Me estiró del pelo hasta arquearme la espalda y con la otra mano me pasó el pulgar mojado en saliva por el agujero del culo, apretando ahí, amenazando con meterse, hasta que se lo metió entero y me sostuvo los dos: la polla en el coño, el pulgar en el culo, cogiéndome con los dos ritmos a la vez. Sentí que me corría de nuevo, esta vez largo, mojando todo el cobertor blanco, dejándole una mancha oscura debajo mío. Me importó nada. Le dije que se limpiara él, que la lavara ella, que no me importaba.

Cambiamos de posición. Me puso boca arriba sobre el lado de la mujer, me abrió las piernas hasta atrás de las orejas y se agachó primero a comerme el coño. Me lamió entera, chupándome el clítoris con los labios, metiéndome la lengua adentro, haciendo ruido, apretándose la cara contra mí hasta que le quedó la barba brillando. Me mordió el interior del muslo, me sopló encima, me metió dos dedos y curvó contra la pared de adelante mientras me chupaba el clítoris al mismo tiempo. Me vine en su boca gritando, apretándole la cabeza con los muslos, sintiendo cómo tragaba y seguía lamiéndome hasta hacerme temblar.

Recién ahí se subió arriba mío y me la volvió a meter, mirándome a los ojos, despacio primero, después como si quisiera romper algo. Yo le sostuve la mirada todo el tiempo, con las piernas trepándole a la cintura, apretándolo con los tobillos en el culo para meterlo más adentro. Me agarraba las tetas con las dos manos, me pellizcaba los pezones, me daba pequeñas cachetadas en la mejilla que me hacían apretar el coño alrededor de él en respuesta. Me susurró que era una perra, que le encantaba cómo se lo chupaba mi coño, que nunca lo habían apretado así. Cuando lo sentí endurecerse aún más y vi que apretaba la mandíbula igual que antes, le dije que se viniera afuera. Se la sacó de golpe, se subió sobre mi pecho a horcajadas y se la sacudió sobre mí con la mano, dos, tres tirones cortos, y me la dejó toda encima: la primera chorreada me pegó en el cuello y en la barbilla, la segunda me cayó gruesa entre las tetas, las siguientes me mancharon el abdomen, los pezones, los muslos. Me quedó una gota colgando del labio de abajo. Tomé un poco con la mano y me lo pasé por el cuello, sin dejar de mirarlo, después me llevé dos dedos untados a la boca y los chupé despacio, tragando. No dijo nada. Solo respiraba fuerte, apoyado contra mis rodillas, con la polla todavía dura goteándome sobre el vientre.

***

Después me preguntó cuál era el baño. Yo le pregunté cuál era la toalla de su mujer. Se rió, medio en serio medio sorprendido, y me la señaló. Me sequé con ella, restregándomela entre las piernas para dejarle bien mi olor. Me metí en la ducha, salí, me peiné con el peine que estaba sobre el estante, y me puse mi ropa encima de la lencería todavía húmeda. Antes de salir del baño, agarré uno de los labiales rojos que ella tenía guardados y escribí en el espejo, con letra grande: «Coge muy rico». Lo borré con la manga. Volví a escribirlo más chico, en una esquina del marco, donde tardara más en notarse.

Cuando salí, él estaba en la cama, desnudo, con el brazo cruzado sobre los ojos y la polla todavía a media asta contra el muslo. Me senté en el borde a atarme las zapatillas. Sin abrir los ojos, me alcanzó un sobre. Adentro había efectivo: lo del taxi de vuelta y bastante más. Más de lo que yo había imaginado para una primera tarde.

—¿Repetimos? —preguntó.

—Cuando quieras.

Pidió el taxi desde su teléfono. Me acompañó hasta la puerta y me dio un beso en la frente, casi paternal, que me dio más risa que ternura. Cuando me subí al auto y arrancamos, me di cuenta de que tenía hambre, de que me chorreaba la corrida seca entre las tetas debajo de la blusa, y de que estaba sonriendo sola.

Damián me llamó esa noche pidiéndome perdón por la pelea inventada. Le dije que sí, que estaba bien, que ya lo habíamos hablado, y le mandé un beso por mensaje. Esa semana lo dejé. Le inventé una excusa rara y no me importó si le dolió o no.

A Ernesto lo volví a ver muchas veces. Siempre en la misma cama. Siempre con la misma adrenalina de pensar que ella, alguna vez, iba a abrir la puerta antes de tiempo. Nunca pasó. Pero yo, en cada una de esas tardes, me acordaba del labial en el espejo y me preguntaba si lo habría visto y habría decidido callarse.

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Comentarios(8)

Nati_92

Dios mio que bueno estuvo!!! espero la segunda parte urgente

lector_bsas

El papelito con «después» me mato jajaja, que situacion mas tensa y excitante a la vez. Muy bien narrado.

CamilaOscar

Me quede con ganas de mas, se corto justo en lo mejor. Sigue escribiendo que tenes mucho talento

KarlosBsAs

increible como describis la tension de ese momento en la reunion familiar, se siente todo muy real

PatriSur

Ufff que situacion!! El descaro del tio es tremendo. Segunda parte ya!

VeronicaMdz

Me recordo a una situacion muy parecida en un asado familiar jaja no llego a tanto pero la tension era la misma. Muy bueno!

claudio

Excelente relato, muy bien escrito. Felicitaciones.

DiegoT_Cba

Lo leí de un tirón, me engancho desde el primer parrafo. Esa indiferencia del novio presentandola como «amiga» ante toda su familia es un detalle muy creible. Espero con ansias la continuacion.

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