El novato que me eligió en mi segunda escapada
Aún tenía el sabor de aquella primera escapada cuando me di cuenta de que no iba a poder dejarlo. Las noches se me hacían interminables pensando en lo que había descubierto, en la forma en que aquel desconocido me había recorrido sin pedir permiso, en cómo el miedo se había vuelto ganas. Mi cuerpo recordaba todo y mi cabeza no paraba de repetirlo.
El sábado por la tarde sonó el teléfono. Era Camilo, mi marido, llamando desde la otra punta del país para avisar que su viaje se extendía una semana más.
—Diviértete con tus amigas —me dijo, sin saber que sus palabras me dejaban el camino abierto.
Colgué con la culpa rondándome la nuca, pero la excitación pudo más. Subí al baño, abrí la ducha y dejé que el agua caliente me empujara hacia la decisión que ya tenía tomada. Salí oliendo a jazmín y con el pulso bajo control.
Me arreglé con esmero. El vestido negro, corto, ese que solo me había puesto una vez. Tacones altos. Perfume detrás de las orejas y entre los pechos. Maquillaje cargado, casi vulgar. Frente al espejo no me reconocí, y eso me gustó.
Marqué a Lucía, mi amiga del oficio. Trabajaba esa noche en el mismo antro de la otra vez.
—Te espero, reina —me dijo entre risas—. Trae sed.
Después llamé al taxi. Damián, el chofer que ya me conocía, prometió pasar a las diez en punto. Cuando el claxon sonó frente a mi puerta, me eché un abrigo largo encima para que los vecinos no me vieran salir así vestida.
—Te lo digo en serio, cada vez que te subes te ves más caliente —comentó él, mirándome por el espejo retrovisor—. Hasta dan ganas de llevarte a otro sitio.
—Cállate y maneja —contesté, riendo por lo bajo.
Hablamos de tonterías durante el trayecto. Damián entendía las reglas: nada de preguntas personales, nada de sugerencias. Su trabajo era llevarme y traerme, y el resto no le incumbía.
—¿Misma hora para regresar? —preguntó al estacionar.
—A las cuatro de la mañana, sí. No te duermas.
Bajé y crucé la entrada del antro. Luces rojas, olor a perfume mezclado con alcohol, una música apenas audible por encima de las voces. Lucía me vio desde su mesa y levantó la mano. Cuando llegué, me besó en la mejilla y me señaló la silla de al lado.
—Mírate. Vienes con los ojos brillando.
—Vengo con hambre, eso es distinto.
Pedí cuatro copas de vino al mesero. Brindamos. Le dije a Lucía que esa noche quería pasarla incluso mejor que la primera, y ella se rió.
—Cuidado con lo que deseas.
No habían pasado ni veinte minutos cuando un mesero se acercó. Se inclinó hacia mí y me habló bajito.
—Disculpa. Hay un cliente que pregunta por ti.
—¿Quién?
—Un chico nuevo. Acaba de entrar. Pidió a la más bonita y yo te elegí —sonrió, cómplice—. Se ve muy joven, pero traía cédula. Y deja propinas como si le sobrara.
Lucía soltó una carcajada cuando el mesero se fue.
—Te tocó el premio, amiga. Un nuevito, con plata, y tuyo solito. Ve a recibirlo.
***
Lo vi antes de que él me viera a mí. Sentado solo en una mesa del rincón, con la espalda muy recta, el pelo recién cortado, las manos sobre el mantel como si esperara una entrevista de trabajo. No tenía más de veintidós años. Una camisa blanca, planchada con esmero. Si no hubiera sido por la copa frente a él, habría jurado que se había equivocado de lugar.
—Hola —dije, sentándome a su lado—. Me dicen que querías hablar conmigo.
—Sí —contestó, y se le quebró la voz—. Perdón. Sí.
Le pedí al mesero una botella de whisky. Mientras nos servían, le tomé la mano por encima del mantel. Estaba helada. Le pasé el pulgar por encima del nudillo y noté que respiraba más rápido.
—Cuéntame cómo te llamas.
—Tomás.
—¿Y qué haces aquí, Tomás?
Bebió un trago entero antes de contestarme. Después otro. Tardó en armarse de valor.
—Me caso en tres meses.
Levanté las cejas.
—Felicidades.
—No, no es eso. Es que… nunca he estado con una mujer. Ninguna. Y no quiero que ella se dé cuenta de que no sé qué hacer. Pensé que si alguien me enseñaba antes, podría llegar a la noche de bodas sin… hacer el ridículo.
Lo miré sin decir nada durante unos segundos. Tenía las orejas rojas. Le costaba sostenerme la mirada.
—¿Y por qué yo?
—Porque cuando entré, fuiste la primera que vi. Y porque no parecías… —titubeó— no parecías agresiva.
Le sonreí. Le acomodé el cuello de la camisa.
—Voy a enseñarte todo lo que necesitas saber. Pero antes vas a beber otra copa, vas a bailar conmigo y vas a soltar esos hombros. ¿De acuerdo?
Asintió como un alumno aplicado.
***
La música bajó de intensidad cerca de la medianoche. Lo llevé a la pista. Tenía los brazos rígidos, no sabía dónde ponerlos, así que le tomé las manos y se las coloqué sobre mi cintura.
—Más abajo. Eso es. No te asustes.
Empecé a moverme contra él muy despacio. Lo justo para que él notara el roce de mis caderas, para que mi muslo se metiera entre los suyos. Bastaron tres minutos. Sentí cómo se le iba endureciendo contra el vientre y cómo se quedaba sin aire.
—¿Estás bien? —le pregunté al oído.
—Mejor que bien —murmuró.
De vuelta a la mesa, lo abrazó la timidez otra vez. Me tenía sentada a su lado, con su brazo alrededor de mis hombros, pero no se atrevía a más. Bajé la mano y le pasé los dedos por encima del pantalón, sin disimulo. Lo encontré durísimo.
—Creo que ya estás listo.
—Sí. Por favor.
Le expliqué cómo pagar mi salida en la barra. Le entregué la tarifa por adelantado. Salimos a la calle y caminamos cuatro cuadras hasta un hotel discreto al que iban todas las chicas del antro. Él me llevaba de la mano como si fuéramos novios y eso, en lugar de incomodarme, me pareció hasta tierno.
***
En la habitación, Tomás se quedó parado en el centro, mirándome como si esperara instrucciones.
—Ven —le dije, tomándolo del brazo—. Siéntate aquí.
Lo senté en el borde de la cama y le quité la camisa botón por botón. Tenía el pecho liso, el estómago plano. Cuando le abrí el cinturón, vi cómo le temblaban las manos sobre las rodillas. Le bajé el pantalón hasta los tobillos.
Y entonces lo vi.
No supe qué decir durante varios segundos. Lo que Tomás tenía entre las piernas no se correspondía con su cara de niño, ni con su voz tímida, ni con esa novia que lo esperaba en alguna casa de barrio tranquilo. Era enorme. Y no estaba exagerando para mí misma.
—¿Pasa algo? —preguntó, asustado.
—No, mi amor. Pasa que no eres tan novato como creías.
Lo recosté sobre la cama. Le tomé el sexo con la mano y se lo recorrí entero. Él cerró los ojos y soltó un suspiro largo.
—Espera —le dije—. Voy a ponerte el condón yo.
Lo intenté. No me entraba. Lo intenté otra vez, estirando el látex hasta donde se podía, y nada. Acabé pasándoselo a él.
—Inténtalo tú. Yo me preparo.
Me senté en la cama, abrí el lubricante y me lo unté por dentro hasta sentirme resbaladiza. Le puse otro poco a él, sobre el condón ya colocado.
—Ahora escúchame bien, Tomás —dije, mirándolo a los ojos—. Lo que tienes ahí es mucho para cualquiera. Si entras de un solo empujón, vas a hacerle daño a tu novia y vas a hacerme daño a mí. Tienes que ir despacio. Pasito a pasito.
—Despacio —repitió, como si estuviera memorizando.
***
Me acosté boca arriba y abrí las piernas. Lo guié con la mano hasta la entrada. Él empujó. Sentí cómo entraba la primera parte, la más ancha, y mi cuerpo se abrió alrededor suyo en una sensación que estaba entre el placer y la alarma. Tomás, en lugar de detenerse, empujó hasta el fondo de un solo movimiento.
Solté un grito.
—Espera, espera —dije, apartándolo con las manos—. Te dije despacio.
—Perdón. Perdón.
—Ven aquí. Acuéstate tú.
Me monté encima. Así podía controlar yo. Bajé centímetro a centímetro, mordiéndome el labio, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a un tamaño que no estaba preparado para tomar de golpe. Cuando me sentí lista, empecé a moverme arriba y abajo, despacio, marcando un ritmo que me hiciera bien.
—Mira, así. Despacio. Sintiéndolo. ¿Lo ves?
—Sí —jadeó—. Sí.
Le puse un pezón en la boca y él me lo chupó con demasiada fuerza, como quien intenta sacar agua de una piedra. Le sostuve la cara con las dos manos.
—Más suave. Con la lengua. No es una pelea.
Aprendió rápido. Sentí cómo modulaba, cómo me tomaba la cintura sin apretarla, cómo seguía mis movimientos sin imponerse. Cuando el orgasmo me llegó, me llegó denso y largo, y cerré los ojos para no perdérmelo.
Después me puse boca arriba otra vez. Él se acomodó encima.
—Otra vez. Igual que antes.
Empezó bien. Lento. Atento. Pero en algún momento, en el segundo o tercer minuto, se le fue el control. Me agarró la cintura con las dos manos y se hundió en mí con todas sus fuerzas. Sus embestidas se volvieron brutales, una detrás de otra, sin pausa, sin medida. Yo sentía el dolor subir desde el centro del cuerpo. Apreté los dientes y me agarré de las sábanas.
—Tomás —intenté decir. No me escuchó.
Hasta que soltó un grito que pareció venir de muy adentro, me sostuvo clavada y se quedó así, vaciándose en sacudidas largas. Yo cerré los ojos y aguanté.
***
Cuando por fin se retiró, me arrastré hasta el baño. Abrí la ducha y me quedé bajo el agua caliente más tiempo del que debía. El dolor era real, pero también lo era la sensación rara y oscura de haber sido tomada por algo que me sobrepasaba. No supe ponerle nombre.
Salí del baño envuelta en una toalla. Tomás seguía despierto. Y seguía duro.
—Me voy —le dije.
—Espera —contestó—. Otra vez. Por favor.
Sacó la cartera y me extendió más billetes de los que llevaba la primera vez. Lo miré. Sopesé el cansancio, el dolor, y también el orgullo de saberme deseada de esa manera. Acepté.
—Pero ahora me vas a obedecer. Sin excepción.
—Lo prometo.
Lo hice bañarse primero. Cuando volvió, fresco, con el pelo mojado y esa mirada suya entre cordero y depredador, me eché en la cama y le pedí que se acercara despacio. Lo cogí del cuello y le susurré al oído cada cosa que tenía que hacer. Esta vez sí me hizo caso. Esta vez sí me llevó a un sitio donde no había dolor, donde lo único que existía era ese tamaño, ese ritmo, esa obediencia recién aprendida.
Le enseñé tres posturas. Le enseñé cómo besar mientras se movía. Le enseñé a parar cuando sentía que se le venía y a esperar treinta segundos para que durara más. Acabé con cuatro orgasmos seguidos y la sensación de haber hecho una obra de caridad.
Cuando terminamos, Tomás se sentó al borde de la cama y me miró como si yo fuera una persona y no un cuerpo.
—Gracias —dijo—. De verdad. Gracias.
***
Damián me esperaba en la esquina del antro a las cuatro, como habíamos quedado. Subí al asiento de atrás sin decir palabra. Él entendió que esta noche no había chiste que valiera, y manejó en silencio hasta dejarme en casa.
Encendí la luz del baño y me miré en el espejo. Tenía la boca hinchada, el cuello con una marca y los muslos temblorosos. Al lavarme, vi un hilo rojo deslizarse por el desagüe. Algo se me había abierto por dentro, algo pequeño pero real.
No me asusté. Me llevé los dedos al borde y respiré despacio. Pensé en aquella muchacha desconocida que en tres meses iba a casarse con Tomás, sin saber lo que le esperaba en su noche de bodas, ni quién le había abierto el camino. Pensé en Camilo, que volvería el lunes con regalos del aeropuerto y una sonrisa cansada. Pensé en Lucía y en sus risas, en Damián y en su silencio, en mí misma frente al espejo, con esa cara que ya no era del todo la mía.
Y por debajo del dolor, en un lugar al que no quería mirar de frente, supe que iba a volver.