El novato que me eligió en mi segunda escapada
Aún tenía el sabor de aquella primera escapada cuando me di cuenta de que no iba a poder dejarlo. Las noches se me hacían interminables pensando en lo que había descubierto, en la forma en que aquel desconocido me había recorrido sin pedir permiso, en cómo el miedo se había vuelto ganas. Mi cuerpo recordaba todo: la polla ajena hundiéndose en mi coño hasta el fondo, los dedos gruesos abriéndome las nalgas, la corrida caliente resbalándome por dentro de los muslos. Y mi cabeza no paraba de repetirlo, mientras yo me metía la mano entre las piernas noche tras noche y me acababa mordiendo la almohada para que los vecinos no oyeran.
El sábado por la tarde sonó el teléfono. Era Camilo, mi marido, llamando desde la otra punta del país para avisar que su viaje se extendía una semana más.
—Diviértete con tus amigas —me dijo, sin saber que sus palabras me dejaban el camino abierto.
Colgué con la culpa rondándome la nuca, pero la excitación pudo más. Subí al baño, abrí la ducha y dejé que el agua caliente me empujara hacia la decisión que ya tenía tomada. Me enjaboné el coño despacio, separando los labios con dos dedos, aclarando cada pliegue, y después me metí la punta del jabón entre las nalgas y me enjuagué también por ahí, por si acaso. Salí oliendo a jazmín y con el pulso bajo control.
Me arreglé con esmero. El vestido negro, corto, ese que solo me había puesto una vez. Sin bragas. Tacones altos. Perfume detrás de las orejas, entre los pechos y una gota entre los muslos, justo donde el vello del pubis empezaba a insinuarse por debajo del ruedo. Maquillaje cargado, casi vulgar. Frente al espejo no me reconocí, y eso me gustó: parecía una puta cara, y a esa mujer del espejo se le notaba en la boca pintada que iba a salir a que le rompieran el coño.
Marqué a Lucía, mi amiga del oficio. Trabajaba esa noche en el mismo antro de la otra vez.
—Te espero, reina —me dijo entre risas—. Trae sed.
Después llamé al taxi. Damián, el chofer que ya me conocía, prometió pasar a las diez en punto. Cuando el claxon sonó frente a mi puerta, me eché un abrigo largo encima para que los vecinos no me vieran salir así vestida.
—Te lo digo en serio, cada vez que te subes te ves más caliente —comentó él, mirándome por el espejo retrovisor—. Hasta dan ganas de llevarte a otro sitio.
—Cállate y maneja —contesté, riendo por lo bajo.
Hablamos de tonterías durante el trayecto. Damián entendía las reglas: nada de preguntas personales, nada de sugerencias. Su trabajo era llevarme y traerme, y el resto no le incumbía.
—¿Misma hora para regresar? —preguntó al estacionar.
—A las cuatro de la mañana, sí. No te duermas.
Bajé y crucé la entrada del antro. Luces rojas, olor a perfume mezclado con alcohol, una música apenas audible por encima de las voces. Lucía me vio desde su mesa y levantó la mano. Cuando llegué, me besó en la mejilla y me señaló la silla de al lado.
—Mírate. Vienes con los ojos brillando.
—Vengo con hambre, eso es distinto.
—¿Hambre de qué, puta? —me susurró, riéndose—. ¿De polla o de plata?
—De las dos. Pero primero de polla.
Pedí cuatro copas de vino al mesero. Brindamos. Le dije a Lucía que esa noche quería pasarla incluso mejor que la primera, y ella se rió.
—Cuidado con lo que deseas.
No habían pasado ni veinte minutos cuando un mesero se acercó. Se inclinó hacia mí y me habló bajito.
—Disculpa. Hay un cliente que pregunta por ti.
—¿Quién?
—Un chico nuevo. Acaba de entrar. Pidió a la más bonita y yo te elegí —sonrió, cómplice—. Se ve muy joven, pero traía cédula. Y deja propinas como si le sobrara.
Lucía soltó una carcajada cuando el mesero se fue.
—Te tocó el premio, amiga. Un nuevito, con plata, y tuyo solito. Ve a recibirlo.
***
Lo vi antes de que él me viera a mí. Sentado solo en una mesa del rincón, con la espalda muy recta, el pelo recién cortado, las manos sobre el mantel como si esperara una entrevista de trabajo. No tenía más de veintidós años. Una camisa blanca, planchada con esmero. Si no hubiera sido por la copa frente a él, habría jurado que se había equivocado de lugar.
—Hola —dije, sentándome a su lado—. Me dicen que querías hablar conmigo.
—Sí —contestó, y se le quebró la voz—. Perdón. Sí.
Le pedí al mesero una botella de whisky. Mientras nos servían, le tomé la mano por encima del mantel. Estaba helada. Le pasé el pulgar por encima del nudillo y noté que respiraba más rápido.
—Cuéntame cómo te llamas.
—Tomás.
—¿Y qué haces aquí, Tomás?
Bebió un trago entero antes de contestarme. Después otro. Tardó en armarse de valor.
—Me caso en tres meses.
Levanté las cejas.
—Felicidades.
—No, no es eso. Es que… nunca he estado con una mujer. Ninguna. Y no quiero que ella se dé cuenta de que no sé qué hacer. Pensé que si alguien me enseñaba antes, podría llegar a la noche de bodas sin… hacer el ridículo.
Lo miré sin decir nada durante unos segundos. Tenía las orejas rojas. Le costaba sostenerme la mirada.
—¿Y por qué yo?
—Porque cuando entré, fuiste la primera que vi. Y porque no parecías… —titubeó— no parecías agresiva.
Le sonreí. Le acomodé el cuello de la camisa. Bajo la mesa, le puse la mano en el muslo y se la subí despacio hasta rozarle el bulto del pantalón. Pegó un salto pequeño.
—Voy a enseñarte todo lo que necesitas saber. A mamártela, a follarme, a hacer que tu novia acabe gritando tu nombre. Pero antes vas a beber otra copa, vas a bailar conmigo y vas a soltar esos hombros. ¿De acuerdo?
Asintió como un alumno aplicado, mientras yo le apretaba la verga por encima de la tela y sentía cómo empezaba a hincharse bajo la palma.
***
La música bajó de intensidad cerca de la medianoche. Lo llevé a la pista. Tenía los brazos rígidos, no sabía dónde ponerlos, así que le tomé las manos y se las coloqué sobre mi cintura.
—Más abajo. Eso es. No te asustes.
Le bajé yo misma las manos hasta las nalgas y se las apreté con las mías por encima. Empecé a moverme contra él muy despacio. Lo justo para que él notara el roce de mis caderas, para que mi muslo se metiera entre los suyos y le presionara la polla en línea recta. Bastaron tres minutos. Sentí cómo se le iba endureciendo contra el vientre, cómo se le marcaba entera por debajo del pantalón, larga y gruesa, y cómo se quedaba sin aire cada vez que yo le frotaba el pubis contra el suyo.
—¿Estás bien? —le pregunté al oído, mordiéndole el lóbulo.
—Mejor que bien —murmuró.
—Se te nota, Tomás. La tienes durísima. Y yo la quiero para mí.
De vuelta a la mesa, lo abrazó la timidez otra vez. Me tenía sentada a su lado, con su brazo alrededor de mis hombros, pero no se atrevía a más. Bajé la mano y le pasé los dedos por encima del pantalón, sin disimulo. Lo encontré durísimo. Se la agarré entera por encima de la tela y se la ordeñé de arriba abajo tres veces, sintiendo cómo se le contraía el vientre.
—Creo que ya estás listo.
—Sí. Por favor.
Le expliqué cómo pagar mi salida en la barra. Le entregué la tarifa por adelantado. Salimos a la calle y caminamos cuatro cuadras hasta un hotel discreto al que iban todas las chicas del antro. Él me llevaba de la mano como si fuéramos novios y eso, en lugar de incomodarme, me pareció hasta tierno.
***
En la habitación, Tomás se quedó parado en el centro, mirándome como si esperara instrucciones.
—Ven —le dije, tomándolo del brazo—. Siéntate aquí.
Lo senté en el borde de la cama y le quité la camisa botón por botón. Tenía el pecho liso, el estómago plano. Cuando le abrí el cinturón, vi cómo le temblaban las manos sobre las rodillas. Le bajé el pantalón hasta los tobillos y con él los calzoncillos.
Y entonces la vi.
No supe qué decir durante varios segundos. Lo que Tomás tenía entre las piernas no se correspondía con su cara de niño, ni con su voz tímida, ni con esa novia que lo esperaba en alguna casa de barrio tranquilo. Era una polla enorme, gruesa como mi muñeca, larga, con las venas marcadas a lo largo del tronco y un glande hinchado y morado que ya soltaba un hilo transparente por la punta. Los huevos, colgando pesados debajo, se le tensaban solos con cada respiración. Y no estaba exagerando para mí misma.
—¿Pasa algo? —preguntó, asustado.
—No, mi amor. Pasa que no eres tan novato como creías. Con esta verga vas a matar a tu esposa.
Lo recosté sobre la cama. Le tomé el sexo con la mano y no me lo abarcaba entera; se lo recorrí de la base al glande, apretando, sintiendo cómo palpitaba contra mi palma. Me arrodillé entre sus piernas y le pasé la lengua por toda la longitud, de los huevos a la punta, y después me lo metí en la boca. Solo me entraba la mitad. Él cerró los ojos y soltó un suspiro largo, casi un quejido.
—Ay, dios —murmuró—. Nunca… nunca me habían hecho esto.
—Cállate y disfruta.
Se la chupé despacio, sacándomela, escupiéndole encima para que se le deslizara mejor, volviéndomela a meter hasta que la punta me chocaba contra el fondo de la garganta y las lágrimas me subían a los ojos. Con la mano le trabajaba lo que no me entraba, girándola, apretándole el tronco. Le lamí los huevos uno por uno, me los metí en la boca, se los chupé mientras seguía masturbándolo. Tomás se agarró de las sábanas y empezó a mover las caderas contra mi cara, sin querer.
—Espera, espera —dijo con la voz rota—. Me voy a correr si sigues.
Lo dejé y me limpié la boca con el dorso de la mano.
—Espera —le dije—. Voy a ponerte el condón yo.
Lo intenté. No me entraba. Lo intenté otra vez, estirando el látex hasta donde se podía, y nada. Acabé pasándoselo a él.
—Inténtalo tú. Yo me preparo.
Me senté en la cama, me abrí el vestido por arriba, me saqué las tetas y me quedé desnuda de cintura para arriba con los pezones ya duros. Después me acosté, abrí las piernas de par en par y le mostré el coño abierto y brillante. Me metí dos dedos y los saqué mojados. Abrí el lubricante y me lo unté por dentro, hundiéndome tres dedos hasta los nudillos, hasta sentirme resbaladiza y ancha. Le puse otro poco a él, sobre el condón ya colocado, masturbándoselo despacio para repartirlo.
—Ahora escúchame bien, Tomás —dije, mirándolo a los ojos—. Lo que tienes ahí es mucho para cualquiera. Si entras de un solo empujón, vas a hacerle daño a tu novia y vas a hacerme daño a mí. Tienes que ir despacio. Pasito a pasito.
—Despacio —repitió, como si estuviera memorizando.
***
Me acosté boca arriba y abrí las piernas hasta las orejas. Lo guié con la mano hasta la entrada, restregándole el glande contra mis labios mojados, arriba y abajo, para untárselo bien. Él empujó. Sentí cómo entraba la primera parte, la más ancha, forzando la boca del coño a estirarse alrededor de esa cabeza gruesa, y mi cuerpo se abrió alrededor suyo en una sensación que estaba entre el placer y la alarma. Tomás, en lugar de detenerse, empujó hasta el fondo de un solo movimiento, hasta que sentí sus huevos golpeándome el culo y su hueso pubiano aplastarme el clítoris.
Solté un grito.
—Espera, espera —dije, apartándolo con las manos—. Te dije despacio, coño.
—Perdón. Perdón.
—Ven aquí. Acuéstate tú.
Me monté encima. Así podía controlar yo. Me agarré la polla con una mano, la puse en posición y bajé centímetro a centímetro, mordiéndome el labio, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a un tamaño que no estaba preparado para tomar de golpe. Sentía cómo me abría por dentro, cómo cada milímetro me llenaba más, cómo me apretaba las paredes hasta que llegué a la base y quedé sentada sobre su pubis, empalada entera.
—Dios mío —jadeé—. Estás hasta el fondo.
Cuando me sentí lista, empecé a moverme arriba y abajo, despacio, marcando un ritmo que me hiciera bien. Levantaba las caderas casi hasta que se me salía, veía el tronco brillante de mis jugos, y me dejaba caer otra vez hasta el fondo. Le agarré las manos y me las puse en las tetas.
—Apriétamelas. Así. Mira, así. Despacio. Sintiéndolo. ¿Lo ves?
—Sí —jadeó—. Sí.
Le puse un pezón en la boca y él me lo chupó con demasiada fuerza, como quien intenta sacar agua de una piedra. Le sostuve la cara con las dos manos.
—Más suave. Con la lengua. Lámelo, no lo muerdas. No es una pelea.
Aprendió rápido. Sentí cómo modulaba, cómo me tomaba la cintura sin apretarla, cómo seguía mis movimientos sin imponerse, cómo empezaba a levantar las caderas para clavármela desde abajo cada vez que yo bajaba. Me incliné hacia adelante para que el clítoris me rozara contra su vientre en cada movimiento y aceleré. La polla me entraba y me salía, chapoteando, y yo oía el sonido húmedo de mi coño mojado tragándosela una y otra vez.
—Me voy a correr —le avisé—. No pares. No pares, hijo de puta, no pares.
Cuando el orgasmo me llegó, me llegó denso y largo, con un temblor que me empezó en el clítoris y me subió por la espalda; me apreté entera alrededor de él y me quedé quieta encima, con la boca abierta, sintiendo cómo el coño se me contraía en oleadas alrededor de su verga. Cerré los ojos para no perdérmelo.
Después me puse boca arriba otra vez. Él se acomodó encima, entre mis piernas abiertas.
—Otra vez. Igual que antes.
Empezó bien. Lento. Atento. Se apoyaba sobre los codos para no aplastarme y entraba con embestidas largas, sacándomela casi entera antes de volver a hundírmela. Pero en algún momento, en el segundo o tercer minuto, se le fue el control. Me agarró la cintura con las dos manos, me levantó las caderas del colchón y se hundió en mí con todas sus fuerzas. Sus embestidas se volvieron brutales, una detrás de otra, sin pausa, sin medida, la polla entrándome hasta topar con algo que no debía tocar. Yo sentía el dolor subir desde el centro del cuerpo, un ardor profundo que me atravesaba de coño a estómago. Apreté los dientes y me agarré de las sábanas. La cama golpeaba contra la pared, sus huevos me azotaban el culo con cada estocada, y él respiraba como un animal encima de mí.
—Tomás —intenté decir. No me escuchó.
—Me corro —gruñó—. Me corro, me corro…
Hasta que soltó un grito que pareció venir de muy adentro, me sostuvo clavada contra el colchón con la polla enterrada hasta la raíz y se quedó así, vaciándose en sacudidas largas dentro del condón. Yo sentía cada latido de su verga descargando, cada chorro caliente pegándome adentro. Cerré los ojos y aguanté.
***
Cuando por fin se retiró, la polla salió con un ruido húmedo y yo sentí un vacío ardiente por dentro. Me arrastré hasta el baño. Abrí la ducha y me quedé bajo el agua caliente más tiempo del que debía, con las piernas separadas, dejando que el chorro me cayera directo sobre el coño hinchado. Me metí dos dedos y noté que todavía me temblaba por dentro, todavía estaba abierta. El dolor era real, pero también lo era la sensación rara y oscura de haber sido tomada por algo que me sobrepasaba. No supe ponerle nombre.
Salí del baño envuelta en una toalla. Tomás seguía despierto. Y seguía duro. La verga se le levantaba otra vez, apuntando al techo, como si el condón anterior no hubiera pasado.
—Me voy —le dije.
—Espera —contestó—. Otra vez. Por favor.
Sacó la cartera y me extendió más billetes de los que llevaba la primera vez. Lo miré. Sopesé el cansancio, el dolor, el coño palpitándome todavía, y también el orgullo de saberme deseada de esa manera. Acepté.
—Pero ahora me vas a obedecer. Sin excepción.
—Lo prometo.
Lo hice bañarse primero. Cuando volvió, fresco, con el pelo mojado y esa mirada suya entre cordero y depredador, me eché en la cama y le pedí que se acercara despacio. Le puse un condón nuevo yo misma, deslizándoselo con la boca, ahogándome con él para dejárselo bien puesto. Lo cogí del cuello y le susurré al oído cada cosa que tenía que hacer.
—Primero me lames el coño. Empiezas por los labios, por fuera, y vas subiendo despacio. Cuando llegues arriba, buscas un botoncito duro, ese es mi clítoris. Chúpamelo suave, como si fuera un caramelo. Y me metes dos dedos, curvándolos hacia arriba. Vas a ver.
Bajó entre mis piernas. Empezó torpe, pero yo le guiaba la cabeza con la mano, le apretaba la nuca contra mi coño cuando lo hacía bien, le tiraba del pelo cuando se equivocaba. Aprendió. Le enseñé a mamármelo despacio, a hundir la lengua entre los pliegues, a chuparme el clítoris con los labios mientras me follaba con los dedos. Me hizo acabar así, con la boca pegada al coño y las dos manos agarrándome las nalgas.
Después lo puse de espaldas y me monté encima al revés, con el culo apuntándole a la cara. Bajé hasta empalarme y me moví lento, para que él viera cómo su polla entraba y salía. Le pedí que me escupiera en el agujero del culo y que me lo abriera con el pulgar mientras yo cabalgaba. Lo hizo. Sentí el dedo entrando por el ano al mismo tiempo que la verga me llenaba el coño, y esa doble sensación me hizo temblar entera.
Después de perro. Me puse en cuatro y él se metió detrás. Le enseñé a agarrarme del pelo, a darme una nalgada en el momento justo, a moverse en círculos en vez de solo hacia adelante. Le enseñé a parar cuando sentía que se le venía y a esperar treinta segundos, apretando la base de la polla con la mano, para que durara más. Cuando volvía a empezar, yo ya estaba lista para otro orgasmo, y él seguía duro como si no hubiera acabado nunca.
Acabé con cuatro orgasmos seguidos, la cara aplastada contra la almohada, gritando su nombre entre las sábanas, con el coño chorreándome por dentro de los muslos y la sensación de haber hecho una obra de caridad.
Cuando terminamos, Tomás se sentó al borde de la cama y me miró como si yo fuera una persona y no un cuerpo.
—Gracias —dijo—. De verdad. Gracias.
***
Damián me esperaba en la esquina del antro a las cuatro, como habíamos quedado. Subí al asiento de atrás sin decir palabra. Él entendió que esta noche no había chiste que valiera, y manejó en silencio hasta dejarme en casa.
Encendí la luz del baño y me miré en el espejo. Tenía la boca hinchada, el cuello con una marca, los pezones enrojecidos de tanto chupetón y los muslos temblorosos. Me abrí las piernas frente al espejo y me miré el coño: rojo, hinchado, con los labios más gruesos de lo normal, todavía brillante. Al lavarme, vi un hilo rojo deslizarse por el desagüe. Algo se me había abierto por dentro, algo pequeño pero real.
No me asusté. Me llevé los dedos al borde y respiré despacio. Pensé en aquella muchacha desconocida que en tres meses iba a casarse con Tomás, sin saber lo que le esperaba en su noche de bodas, ni quién le había abierto el camino, ni que la polla que iba a partirla en dos ya había sido domada primero en mi cama. Pensé en Camilo, que volvería el lunes con regalos del aeropuerto y una sonrisa cansada, y que me metería su verga pequeña sin sospechar que su mujer había sido reventada por un pendejo de veintidós años. Pensé en Lucía y en sus risas, en Damián y en su silencio, en mí misma frente al espejo, con esa cara que ya no era del todo la mía.
Y por debajo del dolor, en un lugar al que no quería mirar de frente, supe que iba a volver.