Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El finde que mi compañera pensó que iba a Venecia

Lucía no es la mujer que pararía el tráfico en la calle, pero tiene algo que se mete por debajo de la piel y se queda ahí. La conozco desde el primer día que pisé la empresa, hace casi catorce años. Cuarenta y dos, casada con Tomás, dos hijas adolescentes, una sonrisa que se le tuerce cuando está incómoda y un perfume seco a vetiver que la delata cuando entra en una sala.

Durante mucho tiempo defendí ante quien quisiera escucharme que un hombre y una mujer podían ser amigos sin que la cosa fuese a más. Lo defendí incluso cuando empecé a darme cuenta de que era mentira.

Todo cambió un viernes cualquiera, en una de esas comidas de equipo en las que el vino se sirve antes que el primer plato. Estábamos seis o siete alrededor de la mesa y, no sé por qué, solté: «el puente que viene me voy a Venecia». Sergio, mi jefe directo, levantó la copa: «¿con la familia, o esta vez sin críos?». Le contesté sin pensar: «no, si Carolina no viene». Risas. Alguien preguntó con quién iba entonces. Y, otra vez sin pensar, me oí decir: «coño, Sergio, me has reventado la sorpresa que le tenía preparada a Lucía».

La mesa entera estalló. Lucía se puso roja hasta las orejas, me dio un golpe flojo en el hombro y me llamó tonto. Pero no se enfadó. Y esa diferencia, esa milésima de segundo entre ofenderse y reírse, me marcó el resto de la semana.

Dos días después se asomó por la puerta de mi despacho, se apoyó en el marco y, con una sonrisa que no le había visto nunca, me dijo bajito:

—Por cierto, ya tengo la maleta hecha, ¿eh?

Y se fue.

No me dejó hablar. No me dejó ni respirar.

***

Tardé tres días en armar el plan. Reservé una casa rural en la sierra, una de esas con piedra vista, jacuzzi en la habitación, sauna seca, chimenea de leña y una camilla de masaje en el salón. Doscientos diez euros la noche. Si la cosa salía mal, me comía el dinero y me consolaba con el paisaje. Si salía bien, era barato.

Le escribí un miércoles, antes de comer:

—Lucía, tengo preparado nuestro Venecia. El finde del 15. Dime que puedes.

Tardó veintidós minutos en contestar. Los conté.

—¿En serio? ¿Estás de broma?

—En absoluto. Yo ya le he contado a Carolina que tengo una reunión en Bilbao ese sábado y que es muy probable que tú también tengas que venir. Tú decides qué le dices a Tomás.

Pasó otro día sin respuesta. Y otro más. El viernes a media tarde, cuando ya estaba pensando en buscar un plan B para no perder los doscientos pavos, me entró un mensaje:

—Vale. Tomás se queda con las niñas. Le he dicho que mi empresa está pesada con tantos sábados de reunión, así que más vale que esto valga la pena.

—Te recojo en tu portal a las diez y media. Tú solo preocúpate de estar guapa.

***

El sábado me costó un mundo despedirme de Carolina sin que se me notara nada raro. Le di un beso a las niñas, cogí la bolsa que llevaba preparada desde el jueves y me planté en el portal de Lucía con diez minutos de adelanto. La vi salir a las diez treinta y cinco, con un vaquero ajustado que le marcaba las caderas, botines con un poco de tacón, jersey de cuello alto y un poncho de lana abierto. Se había cortado el pelo, lo llevaba un dedo por encima del hombro y con un tono cobrizo nuevo. Apenas pintura. Una sonrisa nerviosa que se mordía por dentro.

—Estás preciosa —le dije cuando se subió al coche.

—Andrés, esto es una locura. Te aviso que en cualquier momento me arrepiento y me bajo del coche.

—Pues tendrás que hacerlo pronto, porque en cuanto pasemos el peaje ya no hay salida hasta el pueblo.

Se rió. Echó la cabeza hacia atrás en el reposacabezas y cerró los ojos.

—¿A dónde vamos, Andrés? Porque no creo que tengas billetes a Venecia escondidos en la guantera.

—No. Tienes razón. Pero te he reservado algo mejor que Venecia. Una casa en mitad de un bosque de robles, sin vecinos, sin móvil casi, con todo lo que se me ha ocurrido para que descanses.

—Te aviso, no pienso cocinar.

—No se me ocurriría pedírtelo.

***

Hora y cuarto después llegamos. La casa estaba al final de un camino de tierra, escondida entre encinas, con la fachada de piedra ya iluminada por el sol bajo de noviembre. Hicimos el check-in con la dueña, una señora amable y rapidísima, que nos entregó las llaves y desapareció. Lucía se quitó el poncho en cuanto entramos y empezó a recorrer la casa con los ojos brillantes.

—Madre mía, Andrés. ¿Has pedido tú la chimenea encendida?

—He pedido todo lo que se podía pedir.

Le serví una copa de vino blanco, dejé otra en la nevera y subí a la habitación a preparar el resto. Llené la bañera de hidromasaje con sales de eucalipto, encendí seis velas en distintas esquinas, puse una lista de música en el altavoz, regulé el sistema de luces ámbar y dejé encima del diván los dos conjuntos de lencería que le había comprado el viernes: uno negro de encaje, otro burdeos con detalles dorados. No sabía si iban a llegar a usarse. Daba igual. El placer de prepararlo todo era ya casi tan grande como el de lo que viniera después.

Cuando subí a avisarla, Lucía estaba sentada en el borde de la cama, hablando por teléfono. Llevaba puesta la camiseta blanca de tirantes que se había dejado debajo del jersey y los pantalones bajados hasta los tobillos, a medio quitar, como si la llamada la hubiera pillado por sorpresa.

—Sí, cariño, no te preocupes... Sí, ya te dije que era un coñazo de fin de semana... Acuérdate de que Marina tiene que tomarse la pastilla antes de cenar... Un beso, te quiero.

Colgó y soltó el móvil sobre la colcha como si quemara. Suspiró. Y entonces me vio en el umbral.

—Joder, Andrés, me has dado un susto.

—Perdón. Subía a decirte que ya está todo listo.

Me quedé quieto en la puerta. Ella terminó de quitarse los pantalones sin esconderse, con la naturalidad de quien ya ha decidido algo, aunque su cabeza todavía no lo supiera. Tenía las caderas anchas, los muslos largos, la cintura más estrecha de lo que el jersey dejaba intuir. Llevaba un sujetador de algodón sencillo y unas braguitas negras de talle alto. Iba a girarse para coger una bata cuando se detuvo.

—No sé, Andrés. Es que esto es una locura.

—Puede. Pero llevo años pensando que el cariño no se mide en barreras. Que querer a Carolina no me impide quererte a ti. Que un fin de semana así no le quita nada a nadie, si nadie sale herido.

—¿Tú crees?

—Lo creo. No es infiel el que no respeta un contrato. Es infiel el que no escucha lo que le pide el cuerpo cuando llega el momento.

Se acercó descalza, sin decir nada, y me besó. Primero un beso suave, casi de tantear. Después abrió la boca y dejó que su lengua buscara la mía, y ahí ya no hubo vuelta atrás. Se separó un instante, me miró a los ojos con esa mirada nueva que no le había visto nunca, y se desabrochó el sujetador. Lo dejó caer en la moqueta. Después bajó las braguitas con dos dedos, despacio, como si estuviera quitándose una idea vieja. Quedó delante de mí desnuda, con la luz ámbar resbalándole por los hombros, y por primera vez en años pensé en una palabra antigua: digna. Esa mujer, así de plantada, era digna.

***

Bajamos las escaleras hasta la habitación del jacuzzi. Ella delante, descalza, sin taparse. Yo detrás, todavía vestido, hechizado. La ayudé a meterse en el agua y subí a por la botella de vino blanco y dos copas. Cuando volví, estaba reclinada con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el borde.

—Desnúdate, anda —dijo sin abrirlos.

Me acerqué. Se incorporó. Empezó a desabrocharme la camisa botón a botón, lentísima, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—¿Sabes qué pienso de los hombres con camisa, Andrés? Que están bien. Pero sin ella están mejor.

Sus dedos recorrieron mi pecho mientras la camisa caía. Bajó la cremallera del pantalón, se inclinó para tirar de los calzoncillos y al hacerlo su barbilla rozó mi polla, ya despertando. Se rió por lo bajo. Entré en el agua a su lado.

Pasamos un rato largo así, acariciándonos sin prisa, besándonos con la boca llena de vino. Sus pechos asomaban y se hundían bajo el agua. Su risa, que en la oficina siempre era contenida, se volvió aquí descarada, sucia, libre. La sentí soltarse minuto a minuto, como si se quitase capas que ni ella sabía que llevaba puestas.

—¿Te apetece un masaje? —le pregunté.

—Claro que me apetece. ¿Tú qué crees?

***

La saqué del agua, la sequé envolviéndola entera con la toalla, besándole el cuello y la oreja al pasar. La tumbé boca abajo en la camilla, me unté las manos de aceite tibio y empecé por la nuca. Su espalda era una autopista, hombros, omóplatos, lumbares. Bajé hasta las caderas, masajeé cada nalga por separado, y solo entonces colé los dedos por debajo, buscando.

Estaba caliente y resbaladiza. No se movió. Empecé con las yemas, después dos dedos, después tres. Lucía levantó un poco el culo, sin decir nada, dejándome más sitio. Los primeros gemidos fueron tímidos. Después dejaron de serlo. Sus caderas empezaron a moverse contra mi mano, su clítoris estaba tan tieso que casi lo sentí latir bajo el pulgar.

—Andrés, voy a... Andrés, no pares, no pares, joder, no pares.

Se corrió contra mi mano con una fuerza que no esperaba, empapando la camilla, los muslos, hasta el suelo. Se quedó temblando un minuto largo, sin abrir los ojos, gimiendo bajito como si no quisiera salir de aquello.

La levanté en brazos y la apoyé inclinada sobre el sillón tantra, de espaldas a mí, las caderas en alto, las piernas separadas. Pasé la mano empapada por entre sus nalgas, deslicé un dedo en su culo sin avisar. Entró fácil. Después dos. Su propio orgasmo le servía de lubricante. La oí gemir algo que no entendí. Seguí. Tomás me había contado, una noche cualquiera de cervezas, que Lucía nunca había querido probar el anal con él. Solo de recordarlo se me ponía la cabeza al rojo.

Cogí mi polla con la mano, la apoyé en su entrada y empujé despacio, milimétricamente. Soltó un gemido largo, casi de queja, e intentó separarse un instante. Sé por experiencia que ese segundo es el que decide todo. La sujeté firme por las caderas y empujé hasta el fondo. Mis muslos chocaron contra los suyos. Gritó, pero no me apartó. Empezó a empujar hacia atrás contra mí, encontrándome.

—Más fuerte, joder, Andrés, más fuerte.

La folle así un rato largo, con esa mezcla agria y dulce que solo se siente la primera vez. Cuando estuve cerca de correrme, la saqué de golpe, di un paso, le agarré el pelo y la giré.

—Abre.

Lucía abrió la boca y se me metió la polla hasta el fondo dos veces seguidas. Eso bastó. Me corrí en su cara, en sus labios, en su cuello, mucho más de lo que pensaba que tenía dentro. Esa mujer de modales perfectos, de blusas planchadas y sonrisas de comedor, con la cara llena de semen ajeno y los ojos muy abiertos, mirándome desde abajo como si acabara de descubrir algo de sí misma que llevaba cuarenta y dos años escondiendo.

—Eres impresionante —acerté a decir, acariciándole la mejilla.

Sonrió. Se relamió. Y se dejó caer hacia atrás sobre el diván, agotada y feliz.

***

La acomodé entre los cojines, le abrí las piernas y empecé a comerle el coño con toda la calma del mundo, como quien le devuelve un favor que le va a deber el resto de su vida. Mientras lo hacía, levanté un instante los ojos hacia la estantería de enfrente. Entre dos libros viejos de decoración, la cámara minúscula seguía grabando con la luz roja encendida.

Estaba seguro de que a Tomás no iba a defraudarle nada del vídeo que llevaba semanas pidiéndome.

Valora este relato

Comentarios (2)

CarlaBS

jajaja lo de Venecia me mato!!! buenisimo el relato

Camilo_99

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo. Muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.