Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El pibe del gimnasio me hizo olvidar a mi marido

Me llamo Camila, aunque en casa todos me dicen Cami. En el secundario fui de esas chicas que entraban al aula y conseguían que la conversación bajara medio tono. Tetas grandes, cintura marcada, una cola firme que me peleaba con la calza del uniforme. Con esa carta en la mano me jugué al que para mí era el mejor partido del barrio: Esteban, alto, manos de albañil y una cabeza para el sexo que no se apagaba nunca.

Nos casamos jóvenes y durante los primeros años hicimos el amor como si tuviéramos que cumplir una cuota. En la cocina, en el auto, en la pileta de la casa de sus viejos. Después llegó Sofía, nuestra hija, y algo en mí se rompió sin avisar. No fue el cuerpo, fue antes. Fue la cabeza.

Los kilos del embarazo se me pegaron al abdomen como si tuvieran contrato. Las estrías nuevas me parecían carteles luminosos. Empecé a apagar la luz antes de meterme en la cama, a usar remeras grandes en verano, a inventar dolores de cabeza los sábados. Esteban, pobre, lo intentó todo. Me traía flores, me llevaba a cenar, me decía que estaba más linda que nunca. Yo le creía a medias y me sentía peor.

Trece años después seguíamos en la misma. Tres o cuatro veces al mes, siempre de noche, siempre con la luz baja. Lo raro era que yo me masturbaba casi todos los días. En la ducha, antes de dormir, en la siesta cuando Sofía estaba en el colegio. Tenía deseo, tenía fantasías, tenía calentura. Lo que no tenía eran ganas de él. No sé si fue costumbre, hartazgo o miedo a que me viera de cerca. Probablemente las tres cosas.

***

Hace dos meses, sin avisarle a nadie, pagué un abono en el gimnasio del barrio. Me dije que era por salud. Una mentira piadosa para no admitir que lo que quería era volver a entrar a un lugar y que alguien me mirara. Empecé a ir todos los días después del trabajo, antes de pasar a buscar a Sofía. Una hora justa, suficiente para sudar la culpa y volver a casa con esa sensación rara de estar haciendo algo solo para mí.

Los resultados aparecieron rápido. El abdomen se firmó, el culo subió un par de centímetros, los brazos perdieron lo flojo. Volví a probarme jeans viejos que estaban guardados en el fondo del placard. Volví a verme al espejo de costado y a sonreír sin querer. Empecé a tener sexo con Esteban con más frecuencia y, lo más importante, con la luz prendida. Él lo notó enseguida. Me decía que estaba radiante, que volvía a ser la mujer de la que se había enamorado.

El problema fue que esa mujer ya quería otra cosa.

***

El gimnasio se convirtió en mi mejor hora del día por motivos que nada tenían que ver con la salud. Mientras hacía sentadillas con la barra apoyada en los hombros, miraba por el espejo a los pibes que entrenaban detrás. Brazos transpirados, espaldas anchas, ese olor mezclado entre desodorante y testosterona que se siente en los gimnasios de barrio cuando son las siete de la tarde. Yo apretaba los dientes en cada repetición y sentía la calza pegada a una humedad que no era sudor.

Llegaba a casa, me bañaba y mientras Esteban miraba el noticiero yo me encerraba dos minutos al baño y me terminaba de tocar pensando en alguno de ellos. Después salía como si nada y le servía la cena. Vivir así de doble cara me daba un cosquilleo extra que no sabía dónde acomodar.

Mi cara, sin embargo, espantaba. Tengo cara de seria, casi de antipática, y los pibes del gimnasio me miraban de reojo pero no se animaban. Una mañana, frente al espejo del baño, me dije que si quería que pasara algo, iba a tener que pasarme a mí dar el primer paso. Tenía treinta y cinco años, no tres mil. Si no era ahora, ¿cuándo?

***

Lo vi por primera vez un martes. Era nuevo en el gimnasio o yo recién lo registraba. Veintipico, no más. Pelo oscuro corto, una cicatriz fina arriba de la ceja, una remera blanca que le marcaba los hombros. Estaba haciendo press de banca con una concentración que me pareció tierna y peligrosa al mismo tiempo. Nuestras miradas se cruzaron una vez en el espejo. Después otra. A la tercera ya no había forma de fingir que era casualidad.

Esperé a que dejara las pesas y caminé hacia el sector de mancuernas con la espalda derecha, las tetas adelante, el top negro lo más tenso que pudiera estar. La calza gris que había elegido esa tarde, sin pensarlo mucho, se me metía entre las nalgas de una manera que ni siquiera era cómoda. Me acerqué con una mancuerna en la mano y le hablé como si nada.

—Disculpá, ¿vos sabés algún ejercicio bueno para hombros? Yo siempre hago lo mismo y ya me aburrí.

Él me miró un segundo de más antes de contestarme. Tenía los ojos verdes, cosa que no había podido ver desde lejos.

—Sí, te muestro. Es fácil, pero hay que cuidarse la postura.

Se llamaba Mateo. Estudiaba ingeniería y trabajaba medio día en la ferretería de su tío. Esos datos los junté en los primeros cinco minutos, mientras él me corregía la posición del codo con la mano apoyada apenas en mi brazo. Yo sentí el contacto como si me hubieran tocado con un cable pelado.

—Tenés mucha fuerza para ser tan flaca —me dijo, sonriendo.

—No soy tan flaca —le contesté—. Lo que tengo es buena calza.

Se rió. Me reí. Le miré el bulto sin disimulo y volví a subirle los ojos a la cara. Él entendió. Los pibes de esa edad entienden rápido cuando una mujer mayor decide que no va a perder tiempo.

—Estás muy marcado —le dije, pasándole un dedo por el antebrazo—. ¿Te puedo ver mejor?

Se sacó la remera ahí mismo, con la excusa de que tenía calor. Tenía el pecho liso, los abdominales definidos sin exagerar, una línea de pelo finita que bajaba desde el ombligo. Esa clase de cuerpo joven que ya no se cocina en los gimnasios para los cuarentones como mi marido. Sentí una puntada entre las piernas y supe que si no hacía algo, iba a terminar en el vestuario de mujeres tocándome sola pensando en él.

—¿Hay algún lugar acá donde podamos hablar más tranquilos? —le pregunté en voz baja, mordiéndome el labio.

Mateo miró hacia la recepción. El chico que atendía estaba con los auriculares puestos, mirando el celular.

—Lo que pasa en los vestuarios queda en los vestuarios —me dijo.

Y me tomó de la mano.

***

El vestuario de hombres estaba vacío. Olía a desodorante y a azulejo mojado. Una sola lámpara fluorescente parpadeaba en el techo. Yo cerré los ojos un segundo y respiré, como si estuviera por tirarme de un trampolín alto.

Apenas entramos, me arrodillé sin avisar. Le pasé la cara por encima del short, sintiendo cómo se le ponía dura abajo de la tela. Después me paré y me saqué el top de un tirón. No tenía corpiño deportivo. Mis tetas saltaron afuera, blancas, con los pezones ya parados de lo caliente que estaba.

—La concha de tu madre —dijo Mateo, pasándose la lengua por los dientes.

Me apoyé contra él, le pegué los pechos al torso, y sentí cómo me los agarraba con las dos manos. No los apretó como Esteban los apretaba, con cariño y costumbre. Los apretó con hambre. Como si nunca antes hubiera tocado tetas de mujer adulta y no se quisiera olvidar.

Le bajé el short con la tanga blanca de él incluida. La pija le saltó hacia arriba, gruesa, recta, con la cabeza brillante. Le pasé la lengua por toda la parte de abajo, despacio, y después me la metí en la boca de golpe, hasta el fondo, hasta que sentí que me ahogaba un poco. Él se agarró del lavatorio y soltó un quejido que rebotó en los azulejos.

—Así, así, no pares —murmuraba, con la voz quebrada.

Yo lo miraba desde abajo, con los ojos abiertos, esa mirada de puta sumisa que Esteban no había visto nunca y que él tampoco se merecía. Volví a meterme la pija entre las tetas y se la cogí ahí, apretándolas con los brazos para que la cabeza le asomara cada vez que subía. La cara de Mateo era un poema. Yo me sentía la mujer más deseada del planeta.

—Me vas a hacer acabar muy rápido —me dijo, agarrándome del pelo y levantándome la cabeza—. Esperá, esperá.

—Cogeme —le contesté yo, casi sin pensar, sin reconocerme la voz—. Cogeme acá, ya.

***

Me apoyé contra los azulejos, le di la espalda y le bajé yo misma la calza. La tanga blanca, empapada, la corrí a un costado con el dedo. Él se acomodó atrás y me la fue metiendo de a poco. Sentí cómo se me abría adentro, cómo encontraba lugares que estaban ahí pero hacía años no recibían visitas. Apreté los dientes para no gritar.

—Toda —le dije, mirándolo por arriba del hombro—. Metémela toda.

Empezó a moverse con un ritmo de pibe joven, rápido al principio, después más controlado cuando entendió que yo no me iba a romper. Me clavó las manos en la cadera, me apretó el cuello con suavidad, me empujó la cabeza contra el azulejo cuando vio que eso me hacía gemir más fuerte. En algún momento dejé de pensar en Esteban, en Sofía, en la cena que tenía que hacer, en la culpa que me iba a caer encima dos horas después. Solo estaba esa pija, ese pibe y mi cuerpo que se acordaba de cómo era estar viva.

—¿Querés que acabe adentro? —me preguntó, con la voz ya quebrada del todo.

Por un segundo casi le digo que sí. Después la cabeza me volvió a funcionar.

—En la boca —le dije, dándome vuelta y arrodillándome otra vez.

Lo agarré con la mano y empecé a sacudírsela mirándolo a los ojos. A los pocos segundos arqueó la espalda y soltó un gemido largo. El primer chorro me cayó en la lengua, espeso, caliente, con ese gusto a almendra amarga que me había olvidado. Los siguientes me los repartió por el labio, por el cachete, por un mechón de pelo que me había salido del rodete.

Me quedé quieta un momento, mirándolo, con la boca abierta y los ojos brillando. Después me reí. No sé por qué, pero me reí. Mateo se rió también, sin entender, todavía agarrándose del lavatorio.

***

Me metí a una de las duchas con la cortina cerrada y me lavé con calma. Me puse ropa limpia, me até el pelo de nuevo, me pinté los labios con el labial que llevo siempre en la mochila. Cuando salí del vestuario el pibe ya no estaba. Mejor. No tenía nada para decirle todavía.

Manejé hasta casa con la radio fuerte y las ventanas bajas. Esteban estaba en la cocina pelando papas. Sofía dormía en el sillón blanco del living, en ropa interior, con esa pose de nena grande que ya no era tan nena. La mandé a bañarse con un grito que la sacó del sueño. Mi marido me miró sorprendido.

—Hoy estás distinta —me dijo.

—Estoy cansada del gimnasio, nada más —le contesté, y le di un beso en la frente.

Esa noche cogimos. Yo lo miraba moverse encima mío y pensaba en otras manos, en otra boca, en otro ritmo. Acabé como hacía años no acababa con él, y él se durmió convencido de que era el mejor marido del mundo.

Antes de cerrar los ojos, ya en la oscuridad, repasé mentalmente la lista de los otros pibes que había visto esa semana en el gimnasio. El rubio que entrena los lunes. El morocho de la cinta. El que siempre llega tarde y se va sin saludar. Sonreí en la almohada. Mateo había sido el primero. No iba a ser el último.

Valora este relato

Comentarios (3)

Liberal45

Que relatazo!! Me quede pegado hasta el final, no lo pude soltar.

Ceci_mdp

Me senti muy identificada con lo de los trece años y sentirse extraña en el propio cuerpo. Muy bien escrito, de verdad.

RosaM_27

Quiero saber como sigue!! Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.