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Relatos Ardientes

Primera escala: lo que hice sin que él lo supiera

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La noche antes de mi primer vuelo casi no dormí. Llevaba seis años con Andrés y, aunque nunca le había dado un motivo para desconfiar, había algo en la idea de salir sola, de pasar la noche en un hotel de Ámsterdam, que me producía una especie de vértigo difuso.

Me puse el uniforme a las cinco de la mañana. Andrés dormía bocabajo en nuestra cama, con esa espalda ancha que tanto me gustaba. La noche anterior habíamos follado para intentar que me relajara. Me lo había hecho despacio, primero con la lengua metida entre mis muslos hasta que me corrí contra su boca sujetándole el pelo con las dos manos, y después me había puesto a cuatro y me había clavado la polla desde atrás mientras me apretaba la nuca contra el colchón. Me la hundió hasta el fondo, con esas embestidas largas que hacen chocar la piel con la piel, y yo le pedí más, que me follara más fuerte, hasta que se corrió dentro de mí soltando un gemido ronco contra mi oreja. Aun así, después de correrme dos veces y de sentir cómo su semen me chorreaba muslo abajo cuando salí de la cama a limpiarme, los nervios no habían cedido.

El vuelo era Barcelona-Ámsterdam. Cuatro horas de ida, una noche de escala y regreso al día siguiente.

***

En el avión me asignaron la cabina central junto a Carmen, una compañera rubia con cara de saberlo todo que desde el primer momento me trató como si nos conociéramos de siempre. Antes del despegue estiró el brazo y me dio la mano sin decir nada, como si supiera exactamente lo que necesitaba.

En cuanto el avión ganó altura y los pasajeros quedaron atendidos, empezamos a hablar.

—¿Has visto bien a Álvaro? —me preguntó en voz baja.

—¿El copiloto?

—El que está como un tren —dijo con una sonrisa que no necesitaba traducción—. Llevo meses intentando cuadrar algo con él. Se la quiero chupar hasta que no le queden fuerzas para pilotar.

Visité la cabina de los pilotos poco después, arrastrada por Carmen. Álvaro era efectivamente notable: alto, mandíbula fuerte, la clase de hombre que parece salido de un anuncio de relojes caros. El comandante, en cambio, no se giró cuando entramos. Espalda enorme, pelo completamente blanco, manos grandes apoyadas sobre los mandos.

Carmen me había contado algo sobre él: que llevaba más de treinta años en la compañía, que había perdido a una hija hacía unos años, que bebía más de lo conveniente. Se llamaba Rodrigo Saura.

Cuando finalmente se volvió hacia nosotras, su expresión era la de alguien que ha visto demasiadas cosas como para molestarse en fingir interés. Me miró directamente.

—Primera escala —dijo, como constatando un hecho.

—Sí.

—Espero que no sea la última.

Y volvió a mirar al frente.

***

La cena en el hotel fue tensa. Éramos cuatro auxiliares: Carmen y yo, y otras dos que ya conocían la ruta, Silvia y Marta. Los pilotos cenaban solos en otro extremo del restaurante, aunque eso no impidió que Carmen y Silvia los miraran con insistencia.

Después, en el bar del hotel, Álvaro pidió champán para celebrar mi primer vuelo. Rodrigo permanecía en la barra, de espaldas al grupo, con un vaso de whisky que giraba despacio entre los dedos. La diferencia entre los dos hombres resultaba casi cómica: uno de unos cuarenta años rodeado de admiradoras, y el otro completamente solo, ajeno a todo, bebiendo con la tranquilidad de alguien que ya no necesita demostrar nada.

A medianoche, Álvaro salió del hotel con Carmen y Silvia. Marta subió a dormir.

Yo me quedé.

Rodrigo seguía en la barra. No sé bien qué me movió a acercarme. Quizás curiosidad. Quizás algo menos fácil de articular.

—No subas muy tarde —le dije, apoyando una mano en su espalda—. Mañana tienes que llevarnos a todos de vuelta.

Se giró. Me miró de arriba abajo con una calma que me molestó sin saber por qué.

—¿Quieres tomar algo?

***

Debería haberme negado.

Me senté a su lado y él llamó al camarero sin preguntarme qué quería.

—Un cóctel de vodka con arándanos —pidió—. Va a gustarle.

Y tenía razón.

Durante la primera media hora hablamos de manera fluida: ciudades, rutas aéreas, los países que más le habían impresionado en sus décadas de vuelo. Era inteligente, eso no podía negarlo. También era distante de un modo que resultaba extrañamente cómodo, como si no necesitara venderse ni convencer a nadie de nada.

—¿Tienes pareja? —me preguntó.

—Seis años. Se llama Andrés.

Cruzé las piernas y noté que la falda se abrió un instante. Él lo vio. Yo noté que él lo había notado, y eso me puso nerviosa de una manera que no me gustó. Debajo de la falda llevaba unas braguitas negras muy finas y sentí, sin poder evitarlo, que la tela se me humedecía entre los muslos.

—¿Sabe que estás aquí con un piloto a la una de la mañana? —preguntó.

—Le dije que había bajado a tomar algo con los compañeros —contesté, y me arrepentí en cuanto lo dije.

Él sonrió, apenas, por primera vez en toda la noche.

—¿Es celoso?

—No.

—Entonces no tendría motivos para molestarse —dijo—. Aunque imagino que no le has contado exactamente cómo estás sentada ahora mismo. Ni lo mojado que tienes el coño mientras me hablas.

Antes de que pudiera responder, añadió algo que me irritó más que cualquier otra cosa que hubiera dicho hasta entonces.

—En el fondo te gusta que te manden. Que un hombre te agarre por el pelo y te diga lo que tiene que hacer con tu culo. Lo noto a la legua.

—Eso es ridículo —dije.

—Es una observación.

—Es un tópico.

—Si fuera un tópico no te habría molestado tanto.

Le dije todo lo que pensaba. Que llevaba la noche entera soltando frases hechas sobre las azafatas, que los pilotos se creían con derecho a elegir, que no había evolucionado lo suficiente como para estar teniendo esa conversación en el año que corría. Lo hice con cierta satisfacción, y él me escuchó sin pestañear.

Cuando terminé, llamó al camarero.

—Otros dos iguales.

—Dijiste que era el último —le recordé.

—Lo sé. Pero esto acaba de ponerse interesante. Me gustan las mujeres con carácter, aunque no eres de las que llevan el control tan bien como creen. Con dos dedos en el coño la mayoría acaba pidiendo por favor.

Bebí. No sé por qué.

***

Pasamos otro cuarto de hora conversando, esta vez con menos tensión aparente, aunque la tensión seguía ahí de fondo. Él fue el que la rompió de nuevo.

—Estarías más imponente con un botón más desabrochado —dijo, señalando mi escote—. Con esas tetas fuera del sujetador, para ser exactos.

—Pues no lo pienso hacer.

—Claro que no. —Se incorporó del taburete y dio un paso hacia mí—. ¿Por qué has abierto la boca antes?

—¿Qué...?

Sus dedos rozaron la tela de mi blusa y el botón cedió. Lo hizo con una habilidad que no debería haber sido posible, sin apenas rozarme, y se retiró de inmediato a su sitio. Luego llamó al camarero para pedir otra copa solo para él y se giró hacia la barra, dejándome plantada.

—No querías nada más, ¿verdad? —soltó, sin mirarme.

Me levanté furiosa. Le dije que no le había dado motivos para tomarse esas confianzas, que no volviera a referirse a mi físico, que me marchaba. Y cuando intenté irme, me rodeó la cintura con un brazo enorme, despacio, con una calma que resultaba más intimidante que cualquier gesto brusco.

—No te vayas así —dijo—. Te prometo que me disculpo.

Era una presencia física considerable. Me hice pequeña contra él, y eso me enfureció todavía más, porque también me produjo algo que prefería no nombrar: un tirón húmedo entre las piernas, la sensación clarísima de que si me hubiera metido la mano por debajo de la falda en ese momento se habría encontrado las braguitas empapadas. Me solté con suavidad. Cogí el bolso. Subí a la habitación.

***

Me desmaquillé. Ducha larga. Pijama. Quería dormir.

Entonces empezaron a oírse las voces al otro lado de la pared.

Al principio eran solo dos tonos, el de Carmen y el de Álvaro, indistinguibles. Luego risas. Luego algo que no eran risas. La voz de él fue volviéndose más grave y la de ella más fragmentada, con esa clase de sonidos que uno reconoce incluso sin querer.

Me quedé quieta. La mano apoyada sobre el estómago.

Se oyó con toda claridad el chasquido de un cuerpo cayendo sobre la cama, y después la voz de Álvaro, ronca, pidiéndole que se pusiera de rodillas. Carmen debió obedecer sin discutir, porque lo siguiente que llegó a través de la pared fue el ruido inconfundible de una boca chupando una polla: ese golpeteo húmedo, entrecortado por bocanadas de aire y por algún que otro gemido ahogado de ella cuando él le empujaba la cabeza hasta el fondo. Álvaro le hablaba entre dientes, cosas que no llegué a entender enteras pero cuyo tono no dejaba dudas. La estaba haciendo tragar hasta el final. Carmen tosió una vez. Después volvió el ritmo.

Yo tenía los pezones tan duros que me rozaban la camiseta del pijama. Los apreté con la yema de los dedos por encima de la tela y noté cómo se me escapaba un suspiro que no había planeado soltar.

Al otro lado, Álvaro debió tumbarla porque se oyó el crujido del colchón y luego una palmada seca, plana, contra lo que solo podía ser un culo. Después, otra. Y después, la voz de Carmen soltando una obscenidad larga cuando él debió metérsela por fin. Los golpes empezaron enseguida: rítmicos, cada vez más rápidos, la cabecera de la cama pegando contra la pared que compartíamos. Carmen gemía con una urgencia que no dejaba lugar a dudas, y cada embestida arrancaba un “sí” cortado que iba subiendo de tono.

No pensé en lo que hacía. Simplemente lo hice: los dedos dentro del elástico del pijama, la palma abriéndome los labios del coño, los ojos en el techo, escuchando la pared. Estaba tan mojada que los dedos me resbalaron sin ninguna resistencia. Me froté el clítoris en círculos apretados mientras me metía dos dedos de la otra mano en el coño, imitando el ritmo de los golpes al otro lado del tabique. No estaba pensando en Andrés. No estaba pensando en Álvaro. Estaba pensando en unas manos enormes, en una voz ronca, en un azote que aún no había recibido. Cuando Carmen gritó por fin, con esa nota aguda y quebrada de quien se está corriendo sin poderse contener, yo me corrí con ella, apretando los muslos alrededor de mi propia mano y mordiendo la almohada para no hacer ruido. Los espasmos me duraron más de lo habitual. Me quedé con los dedos dentro un rato largo, sintiendo cómo el coño se me contraía en oleadas cada vez más pequeñas hasta calmarse.

Cuando terminé, me senté en la cama. Miré la blusa y la falda que había llevado durante la cena, dobladas sobre la silla. Recordé las palabras de Rodrigo: que quedaría mucho mejor sin la ropa interior. Y antes de razonar demasiado me levanté y me las puse. Sin sujetador. Sin braguitas.

Me miré en el espejo. Las mejillas encendidas. Los ojos demasiado brillantes. Los pezones marcados clarísimos bajo la seda de la blusa. La falda me rozaba directamente el coño todavía húmedo cada vez que me movía.

No lo hagas.

Abrí la puerta.

***

El pasillo estaba vacío. El ascensor tardó una eternidad. Dentro, el espejo del techo me devolvió una imagen que preferí no analizar.

Rodrigo seguía en la barra. Exactamente donde lo había dejado, con la misma copa medio llena frente a él.

Me senté a su lado sin decir nada. Llamé al camarero.

—Un cóctel de vodka.

Rodrigo no me miró.

—Vienes sin ropa interior.

No era una pregunta.

—Sí —respondí, casi en silencio.

—¿Por qué has vuelto?

—No lo sé.

—No voy a acostarme contigo —dijo.

—Tampoco te lo he pedido.

—¿Entonces para qué has bajado? ¿Para que te meta la mano por debajo de la falda en un taburete de bar y compruebe lo empapada que estás? Porque lo estás. Se te huele desde aquí.

No contesté. Sentí que las mejillas me ardían y que, en efecto, la humedad me bajaba muslo abajo. Él giró el vaso un momento entre los dedos. Luego habló.

—Mañana, en el vuelo de regreso, quiero que tampoco lleves nada debajo del uniforme. Nada. Que el coño se te frote contra las medias durante las cuatro horas. Tu novio te lo agradecerá cuando llegues a casa y te folle contra la puerta sin darte tiempo a soltar la maleta.

Se levantó. Dejó un billete sobre la barra.

—Vamos. Ya es tarde.

***

Subimos juntos al ascensor. Rodrigo pulsó el tres. Yo miraba las puertas cerradas sin saber dónde poner las manos.

Se colocó detrás de mí.

—Esa falda te queda mucho mejor así —dijo, y noté que miraba mi reflejo en el espejo del ascensor—. Se te marca todo. Se te ve la raja del culo cuando andas.

Estaba muy cerca. Sentí el calor de su cuerpo, y también, apoyado contra la parte baja de mi espalda a través del pantalón, el bulto duro de su polla. No era pequeño. Sin pensarlo, eché ligeramente las caderas hacia atrás y me froté contra él una fracción de segundo, lo suficiente para notar la forma entera.

Él se apartó.

Y entonces, seco y sin aviso, me dio un azote en el glúteo derecho que retumbó dentro del ascensor. Sonó como un disparo. La falda absorbió parte del golpe pero no todo, y sentí cómo la carne me temblaba bajo la tela y cómo, absurdamente, un latido caliente me recorría el coño de arriba abajo. Se me escapó un jadeo que no llegué a contener.

Se abrieron las puertas.

—Buenas noches, Valeria —dijo, ya en el pasillo—. No olvides lo que te he pedido. Y no te toques. Esta noche te la aguantas.

Entré en mi habitación temblando. Me senté en la cama. Me desnudé frente al espejo. Estuve un buen rato mirando la huella de su mano en el glúteo, roja y precisa, con los dedos perfectamente dibujados. Tenía el coño tan hinchado que los labios me sobresalían, brillantes, y un hilo de humedad me colgaba entre los muslos.

No me toqué. No porque no quisiera —me moría por meterme la mano y correrme mirándome la marca en el espejo—, sino porque él me había pedido que no lo hiciera. Y eso, que era lo más absurdo de toda la noche, era lo único que quería cumplir.

Tardé más de dos horas en dormirme, apretando los muslos cada vez que la palpitación entre las piernas se volvía insoportable.

***

A la mañana siguiente, al desayunar con Carmen, la vi con ojeras y una sonrisa tirante de quien no ha dormido bien y no quiere hablar de ello.

—¿Qué tal la noche? —me preguntó.

—Tranquila. Me acosté pronto.

Antes de salir, miré el correo interno de la compañía. La semana siguiente tenía asignada la misma ruta. Barcelona-Ámsterdam, misma tripulación.

Cuando pasé junto a Rodrigo camino del autobús, él levantó la vista del café. Me miró un instante. Solo un instante.

Luego sonrió, muy despacio, y apartó los ojos.

Él también había visto el correo.

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3.9(16)

Comentarios(8)

ViajeroNocturno

Increible!!! me engancho desde el primer parrafo, mas por favor

Camila95

Segunda parte cuandoooo necesito saber como termino todo esto jajaja

Piloto_33

Me recordo a un viaje de trabajo que hice sola hace unos años... uno nunca imagina lo que puede pasar en una escala. Muy bueno

moreno28

Como lo contaste, se siente tan real. Muy bien narrado

MiguelViajero

Y el nunca se entero?? Me quede con esa intriga jaja

Marcos_72

excelente!!

LaViajera_M

Jajaja el bar del hotel a la una de la mañana, me mato ese detalle. Tremendo final

noche_loca22

Muy bueno, esperando ansiosa tus proximos relatos. Saludos

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