La inocencia de Camila se quedó en aquel pueblo
Camila tenía diecinueve años cuando decidió escaparse con Mateo. Lo conocía desde hacía apenas seis meses, pero estaba convencida de que él era el indicado. Sus padres jamás aprobarían la relación, así que una madrugada metió en una mochila lo justo, le mandó un mensaje a su hermana y se subió al primer autobús que salía de la capital.
Mateo la esperaba en la terminal con una sonrisa nerviosa. La abrazó como si llevaran años sin verse y le prometió que en su pueblo todo sería distinto. Que su familia la iba a querer. Que él iba a cuidarla.
El viaje duró cinco horas por una carretera flanqueada por campos de maíz y casas de adobe. Camila apoyó la cabeza en el hombro de Mateo y se quedó dormida con la mano de él entre las suyas.
La casa de los padres era de una sola planta, con tejas rojizas y un patio interior lleno de macetas. Doña Pilar, la madre, la recibió con un abrazo cordial y una mirada que Camila no supo descifrar. Era una mujer de gestos secos, vestida de negro, que la observó de pies a cabeza con una expresión que no era exactamente de bienvenida.
—Pasa, niña —dijo al fin—. Estás muy delgada para el invierno que se viene.
Camila era de estatura media, castaña, con la piel cubierta de pecas y unos ojos verdes que llamaban la atención en cualquier sitio. Era consciente de su cuerpo, sí, pero no le daba demasiada importancia. En su barrio había aprendido a ignorar las miradas.
Don Esteban, el padre de Mateo, llegó al atardecer. Era un hombre alto, curtido por el sol, con manos enormes. Cuando vio a Camila se detuvo un segundo demasiado largo antes de saludarla. Después abrazó a su hijo y le palmeó la espalda con una fuerza que sonó hueca.
—Mucha mujer para ti, muchacho —le dijo al oído, en un susurro que Camila apenas alcanzó a escuchar.
Esa noche cenaron tortillas con frijoles y un guiso de cordero. Doña Pilar contó historias del pueblo, de las vecinas chismosas, del cura nuevo. Don Esteban bebía cerveza en silencio y de tanto en tanto miraba a Camila por encima del vaso. Mateo, en cambio, parecía más relajado de lo que ella lo había visto nunca.
—Mañana te llevo a conocer al abuelo —dijo él, sirviéndose más guiso—. Está delicado, pero le va a hacer ilusión verte.
***
Don Heriberto vivía en la habitación del fondo, la más alejada del patio. La cama era de hierro y olía a alcanfor. Cuando Mateo entró, el viejo levantó apenas la cabeza de la almohada. Tenía la barba blanca, los pómulos hundidos y los ojos pequeños y oscuros como dos canicas.
—Abuelo, te traje a alguien —dijo Mateo, haciéndole un gesto a Camila para que pasara.
Ella entró despacio. La luz de la ventana le caía sobre el pelo y se lo encendía. Cuando don Heriberto la vio, algo cambió en su cara. Fue un cambio mínimo, casi imperceptible, pero ella lo notó. El viejo recorrió su cuerpo con la mirada como quien evalúa una res en el mercado. Camila no se incomodó. Estaba acostumbrada.
—Es mi novia, abuelo. Se llama Camila. Va a vivir con nosotros.
—Qué suerte tienes, mijo —dijo el viejo con una voz más firme de lo que sugería su aspecto—. Acércate, niña, que no te alcanzo a ver bien.
Camila se acercó. Don Heriberto le tomó la mano con dedos finos y temblorosos. La sostuvo más tiempo del necesario.
Esa misma tarde, Mateo le explicó que tenía que ayudar a su padre con los trabajos del campo durante varias semanas. Saldría temprano y volvería al anochecer. Don Heriberto, desde la cama, preguntó quién lo iba a cuidar.
—Mi mamá —respondió Mateo.
—Tu mamá tiene mil cosas que hacer en esta casa —protestó el viejo—. ¿Y si me cuida la niña? Total, así me hace compañía y me da plática.
Camila miró a Mateo, después a doña Pilar, que asintió sin demasiada convicción.
—Por mí no hay problema —dijo Camila—. Así lo voy conociendo.
Don Heriberto le dedicó una sonrisa que no se le borró en horas.
***
La primera mañana, Camila le subió el desayuno en una bandeja. Café con leche, pan tostado, dos huevos revueltos. El viejo la miró desde la cama con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Niña, los brazos me tiemblan mucho. ¿Me ayudas?
Camila se sentó en el borde de la cama y le acercó el tenedor a la boca. Don Heriberto masticó despacio, tragó con esfuerzo y cerró los ojos como si cada bocado le costara la vida.
—Ay, mijita, no puedo masticar. Tengo los dientes flojos. ¿Tú no podrías masticarme la comida antes?
Ella lo miró sin entender. Era una petición extraña, pero el viejo parecía tan frágil que le dio lástima.
—¿De verdad no puede?
—Llevo así meses. Tu suegra ya no tiene paciencia conmigo. Por eso me dejan solo.
Camila tomó un poco del huevo en su boca, lo masticó y lo escupió en la cuchara. Se la acercó a los labios del viejo.
—Así no —dijo él, negando con la cabeza—. Se pierde el calor. Se pierde el sabor. ¿No me lo puedes dar directo de tu boca? Como hacen las mamás con los bebés.
A Camila se le encendieron las mejillas. Era una idea rara, casi grotesca. Pero pensó en sus propios abuelos, ya muertos, y en cómo nadie los había cuidado nunca con verdadera ternura. Pensó que tal vez en los pueblos se acostumbraba a hacer las cosas así.
—Bueno —dijo en voz baja.
Tomó un trozo de huevo, lo masticó, se inclinó sobre la cara del viejo. Él abrió la boca y ella le pasó la comida con cuidado, casi sin tocarlo. Don Heriberto cerró los ojos, tragó y suspiró.
—Gracias, mijita. Hacía mucho que no comía tan a gusto.
***
Esa rutina se volvió diaria. Camila masticaba la comida y se la pasaba al viejo de boca a boca. Al principio mantenía cierta distancia, los labios apenas rozándose. Pero con los días, don Heriberto fue alargando el contacto. Un segundo más. Después dos. Después tres.
Una mañana, mientras le daba un poco de caldo de res, el viejo le sostuvo la nuca con una mano que ya no temblaba tanto y le hundió la lengua entre los labios. Camila se quedó quieta del susto. No sabía si lo estaba haciendo a propósito o si era parte del esfuerzo por comer. Se apartó solo cuando él la soltó.
—Disculpa, niña. Es que con el caldo se me escurre todo. Si no chupo, no llega.
Ella se limpió la boca con el dorso de la mano. Tenía el corazón acelerado y no entendía bien por qué.
Es un viejo enfermo. No quiso decir nada.
Volvió a llenarse la boca de caldo y se inclinó otra vez sobre él. Don Heriberto repitió la maniobra. Esta vez Camila tardó un poco más en apartarse.
***
Después del desayuno venía el baño. Doña Pilar le había dicho que con una toalla húmeda era suficiente, que no hacía falta moverlo. Camila lo desvestía con cuidado, le pasaba la toalla por el pecho, por la espalda, por los brazos delgados.
Aquella tercera semana, Camila se dio cuenta de que su ropa terminaba siempre empapada. Decidió cambiarse antes de entrar a la habitación. Lo único que encontró en su maleta fue un short de licra ajustado y una camiseta corta que dejaba ver el ombligo. Era ropa para dormir, pero no tenía nada más.
Cuando entró así al cuarto, don Heriberto se incorporó en la cama como si le hubieran inyectado vida.
—Hoy estás distinta, niña.
—Es para no mojar mi ropa buena.
El viejo la siguió con la mirada mientras ella preparaba el agua y la toalla. Camila le bajó el pantalón del pijama y entonces lo vio. El bulto debajo de la ropa interior era enorme. La tela se levantaba como una pequeña carpa.
Camila no era completamente ingenua. Sabía qué era. Lo que no sabía era qué se hacía con eso.
—Niña, ahí abajo no me has lavado nunca. Me da pena pedírtelo.
—No se preocupe, don Heriberto. Yo lo lavo. Solo… enséñeme.
El viejo le indicó con un gesto que le bajara la ropa interior. Cuando ella obedeció, lo que apareció la dejó muda. Era una verga larga, gruesa, dura, con las venas marcadas como ríos en un mapa. Camila nunca había visto ninguna. Mateo la había acariciado por encima de la ropa una sola vez, en un cine, y eso había sido todo.
—¿Nunca habías visto una?
Ella negó con la cabeza, sin poder apartar la vista.
—Tómala. Lávala con la toalla, como el resto.
Camila la envolvió con la toalla y empezó a frotar despacio. El viejo cerró los ojos.
—¿Y mi nieto no te ha tocado nunca?
—No. Mateo dice que quiere esperar al matrimonio.
—Bueno —murmuró don Heriberto—. Hay cosas que no se aprenden esperando.
***
Cuando ella retiró la toalla, el viejo le dijo que faltaba la mejor parte.
—Esto no se lava bien con tela, mijita. Hay que hacerlo con la boca. Como si fuera una paleta.
Camila lo miró sin saber qué pensar. Estaba muy pegada al cuerpo del viejo. Olía a jabón y a algo más, algo cálido y desconocido. La habitación estaba en silencio. Afuera se escuchaba el ladrido de un perro y el motor de un camión que se alejaba.
—Solo es lavarla —insistió él—. Como una paleta.
Ella se inclinó. Cerró los ojos. Abrió la boca y dejó que el extremo entrara. Le costó. Era demasiado para ella. Don Heriberto le apoyó la mano en la nuca con suavidad y le marcó el ritmo.
—Despacito, niña. Con la lengua también.
Camila obedeció. Sentía el peso de la verga sobre la lengua, el sabor salado de la piel, el calor que subía desde el vientre del viejo. No entendía por qué su propio cuerpo respondía. Por qué los pezones se le habían endurecido debajo de la camiseta. Por qué notaba una humedad nueva entre las piernas.
—¿Cómo se llama esto? —preguntó cuando se apartó para tomar aire—. Yo nunca he visto una.
—Verga, mijita. Pero yo le llamo Panchito.
Ella sonrió sin saber bien por qué.
—Entonces Panchito también se baña todos los días.
Volvió a inclinarse. El viejo respiraba cada vez más rápido. La piel se le había puesto roja en el pecho. De pronto le sujetó la cabeza con las dos manos.
—Niña, ya me vengo.
Camila no entendió. Quiso apartarse, pero las manos del viejo la mantuvieron firme. Sintió un chorro caliente que le llenó la boca, después otro y otro más. Cuando él la soltó, ella se incorporó con las mejillas hinchadas, sin saber qué hacer.
—Trágatelo —ordenó el viejo, con una voz que ya no era la del enfermo—. Es leche. Es tuya. Es premio.
Camila tragó. Le supo amargo, raro, salado.
—No me gusta —susurró.
—Es porque es la primera vez. Con el tiempo, te lo va a pedir el cuerpo. Vas a ver.
***
Pasaron las semanas. Don Heriberto mejoró tanto que empezó a caminar por la casa, apoyándose en un bastón. Todos felicitaban a Camila. Doña Pilar le agarraba las manos y le decía que era un milagro. Don Esteban la miraba un poco más fijo cada día. Mateo, al volver del campo agotado, la abrazaba y le agradecía con besos en la frente.
El viejo la seguía a todas partes. La esperaba en la cocina, en el pasillo, junto al lavadero. Le pedía que se la chupara en cualquier rincón donde no hubiera nadie. Camila lo hacía. Ya no preguntaba por qué. Lo hacía como quien cumple una obligación que se ha convertido, sin darse cuenta, en deseo.
Don Heriberto empezó a tocarla mientras ella se inclinaba. Le acariciaba el pelo, la nuca, después la espalda, después el muslo, después más arriba. Camila no se apartaba. A veces se sorprendía cerrando los ojos.
Una tarde, el viejo le dejó tres claveles rojos en la mesita de noche con una nota. La letra era temblorosa pero firme: «Para la novia más linda que ha pisado esta casa». Camila leyó la nota dos veces y sintió que el suelo se le movía.
A la mañana siguiente, mientras le subía el desayuno, don Heriberto le tomó la mano antes de que ella pudiera servirle.
—Mijita —le dijo, con los ojos pequeños fijos en los suyos—. ¿Tú serías mi novia? A escondidas. Solo tuya y mía.
Camila no respondió enseguida. Pensó en Mateo, en doña Pilar, en el pueblo entero, en la madrugada en que se subió a aquel autobús creyendo que escapaba hacia algo mejor.
Después dejó la bandeja en la mesita, se sentó en el borde de la cama y le puso la mano en el pecho al viejo.
—Sí —dijo en voz muy baja—. Sí, don Heriberto.
Y por primera vez desde que había llegado al pueblo, supo que esa palabra ya no era una palabra inocente.