Imagino a mi ex con la otra y termino deseándola a ella
Estábamos en su auto, con el motor apagado y la lluvia golpeando el parabrisas, cuando me dijo sin mirarme: «Ya sé lo que vas a decir». Tomás era mi primer novio y acababa de engañarme. Si lo quería o no a esas alturas ya daba lo mismo; lo que me hervía por dentro era el cálculo frío con el que lo había hecho.
Se aprovechó del peor mes de mi vida para meterse entre las piernas de otra. Yo no podía estar pendiente de él cada hora del día. Perdón, pero estaba un poco ocupada enterrando a la mitad de mi familia.
—¿Y ahora resulta que el engaño fue culpa mía? —le pregunté.
Entonces empezó la letanía. Que en realidad ella no le gustaba, que lo que le gustaba era la atención. Que ella le había prestado plata. Que era fea. Que estaba obsesionada con él. Pura palabrería para limpiarse las manos. Pero lo más miserable fue eso último: llamarla fea delante de mí, como si yo tuviera que sentirme halagada, como si rebajarla a ella me subiera a mí.
Lo que él no sabía era que ella me había escrito la noche anterior. Me dijo que compartíamos novio, que ya no más, que ahora él era «solo mío». No le creí, y curiosamente eso me dio pena: que siguiera con él después de cómo él hablaba de ella. Pero antes de despedirse me mandó capturas de sus conversaciones.
Y ahí fue donde algo se quebró. Los mensajes eran sucios. Sexuales, explícitos, directos. No me lo podía creer de él, porque conmigo nunca se había atrevido a nada parecido. Conmigo Tomás se vendió como un santo: nada antes del matrimonio, nada de mentiras, que detestaba la infidelidad por encima de todo. Y yo, como una tonta, le creí cada palabra.
***
Con él nunca pasamos de los besos, besos que no terminaba de disfrutar pero que aun así me dejaban húmeda. Algunas noches llegaba a casa, me limpiaba y seguía con mi vida. Otras me tocaba pensando en él, esperando que él fuera mi primera vez.
En mi cabeza la escena era siempre parecida. Un cuarto en penumbra, seguramente un motel, y él encima de mí. Grande, pesado, ocupando todo el aire de la habitación. Yo no soy baja ni delgada, pero debajo de él me sentía pequeña, indefensa, lista para complacerlo en lo que pidiera. Sus manos enormes apretándome los pechos, pellizcándome los pezones, bajando por la cara interna de los muslos hasta llegar a mi sexo.
En ese punto intentaba meterme un dedo, fingiendo que era él. Nunca lo lograba del todo: seguía siendo virgen y, ante el primer pinchazo de dolor, retrocedía. Pero no me detenía. Contaba hasta veinte mientras hacía círculos rápidos sobre el clítoris, luego frenaba quince segundos con caricias suaves mientras me acariciaba los pechos, y volvía con fuerza. Sabía retrasar el orgasmo durante más de una hora, con una mano tapándome la boca para no gemir y la espalda arqueándose sola.
Cuando por fin llegaba, era tan intenso que me quedaba sin aire, temblando, agotada por los espasmos que me recorrían entera. Y para entonces ya ni me acordaba de que él había sido el motivo. Tomás encendía la chispa, pero después pasaba a un segundo plano. Eso, antes. Antes de las capturas.
***
Durante las semanas siguientes no pude sacármelos de la cabeza. A los dos. A él lo soñaba a diario, sueños tiernos y sueños calientes, a veces conmigo, a veces con ella. Veía sus fotos y, a diferencia de él, yo no la encontraba fea. Tenía una cara normal, dulce incluso. El pelo rubio, un poco reseco de tanto producto, aunque eso solo se notaba si te fijabas de cerca. Era más baja que yo y mucho más voluptuosa, de esas que usan blusas entalladas que no dejan nada a la imaginación.
Y mi imaginación, debo confesar, no era nada perezosa.
La veía desnuda, con los pechos pesados colgando por su propio peso, los pezones de un color indeciso entre el rosa y el café, tan grandes que no terminaban de caber en una mano. Carne blanda que se podía amasar, apretar, llevar de un lado a otro. La armaba como en los videos que miraba en mis noches más patéticas, esas en las que intentaba aprender algo para cuando llegara mi turno con él. Solo que ahora era ella la que miraba a una cámara que no existía, llevándose el pecho a la boca, la punta de la lengua jugando con el pezón hasta ponerlo duro.
Su sexo se perdía entre los pliegues, cubierto de un vello oscuro y espeso, los labios varios tonos más intensos que el resto de la piel. Y cuando se abría con los dedos para esa cámara fantasma, aparecía un rosa fuerte y brillante. Pensaba que si él la hubiera mirado como la miraba yo, jamás habría dicho esas barbaridades. Que incluso yo podría quererla mejor de lo que él la quiso nunca.
***
Una noche releía las capturas tirada en la cama, por el puro afán de seguir torturándome. Llegué otra vez a esas partes obscenas, esas palabras de mal gusto que una parte de mí deseaba que hubieran sido para mí. ¿Cómo habría sido la primera vez que se acostaron? ¿Estaban borrachos o totalmente conscientes de lo que hacían? ¿Pensó él en mí en algún momento?
Mi cabeza los puso enseguida en el baño sucio de un bar. Besándose con la boca muy abierta, los cuerpos aplastados contra una pared llena de grafitis y manchas sospechosas, la rodilla de él metida entre las piernas de ella, un vaivén lento sobre la ropa, las manos buscando dónde aferrarse.
O en ese cuarto de motel. Ella en cuatro, mostrando un trasero pálido y enorme, abriéndose las nalgas con las manos, todo palpitando de puro deseo. Cerré los ojos y me dejé arrastrar por las imágenes. Estaba completamente mojada; sentía el flujo deslizarse hasta perderse más abajo, y cada mínimo movimiento me arrancaba un espasmo. Desesperada por tocarme, contraía el sexo a propósito para torturarme un poco más.
Él llegaba por detrás y la azotaba con saña. Cada nalgada le sacaba un gemido a medio camino entre el placer y el dolor. Ella se balanceaba hacia adelante, los pechos meciéndose sin control, los brazos rindiéndose bajo su propio peso, el torso cayendo pesado sobre el colchón, la mirada perdida, la cara roja.
—Apúrate —gemía ella, con un tono que quería ser sexy y terminaba siendo pura desesperación.
Yo ya había tomado el vibrador. Separé los labios y lo dejé ahí, apagado, las piernas cerradas, moviendo la cadera para que la punta más dura del aparato rozara mi clítoris, dolorido de lo excitada que estaba.
Él diría algo, algo sucio. Le veía mover los labios pero no lograba oír las palabras. Tomaba su miembro y lo presionaba contra la entrada de ella, lo paseaba por todo su sexo, lo meneaba con la mano sin detenerse donde ella quería, haciéndola enloquecer. Un «por favor» se le quedaba atorado en la garganta cuando él entraba de una sola vez, sin avisar.
Los ojos de ella se abrían de par en par, igual que la boca. Intentaba tomar aire y no podía, las manos se aferraban a las sábanas, las caderas se le iban hacia adelante por instinto, intentando expulsar eso que le daba tanto placer como dolor. Él la sujetaba de las caderas, la atraía hacia sí y arrancaba con embestidas duras, casi con rabia, la cara tensa, los labios apretados para no dejar escapar ningún sonido que lo mostrara débil.
Al mismo tiempo ella llevaba la mano derecha al clítoris y, con la palma entera, hacía círculos rápidos, tan presionada que podía sentir en la propia mano el ritmo de las estocadas. Y yo encendí el vibrador. Me arrancó un espasmo y un gemido tan alto que temí despertar a alguien. Lo apoyé sobre el clítoris y seguí el mismo compás de ellos dentro de mi cabeza.
Lo veía todo en primeros planos: cómo su miembro salía y entraba, cómo se perdía dentro de ella, sus manos apretando ese trasero y toda esa carne blanda que en ese instante era únicamente suya. La mano de ella masturbándose con furia, la otra estrujándose el pecho izquierdo sin ninguna delicadeza. El sudor corriendo por las frentes, el golpe seco de los cuerpos al chocar, sus gemidos cada vez más altos. Subí la velocidad del vibrador y de mis caderas. El orgasmo ya venía.
Me retorcí de placer como un pez fuera del agua. Ella convirtió los gemidos en gritos y empezó a temblar con espasmos tan fuertes que parecía convulsionar. Él cerró los ojos con fuerza y dejó salir algo más cercano a un gruñido que a un gemido. Los tres terminamos juntos. Se corría dentro de ella, sin nada, y al salir se veía cómo el semen escurría con cada contracción y bajaba por sus muslos.
***
Cuando recuperé el aliento volví a la realidad. Estaba sola en mi cuarto, mirando el techo, con un desastre tibio entre las piernas. Me sentí patética. Pero junto a esa vergüenza había otra cosa, algo confuso y nuevo: empezaba a enamorarme de la chica que me había robado a mi primer novio.
O, al menos, de la versión de ella que yo misma estaba construyendo, noche tras noche, en mi cabeza. Una versión que él, con toda su ceguera, jamás supo mirar. Y esa, pensé, ya era solo mía.