Lo que vi en el aula vacía después de medianoche
Me llamo Hernán, tengo cincuenta y cuatro años y soy rector de una universidad privada en una ciudad del sur del país. Prefiero no precisar cuál. Mido un metro setenta y nueve, peso ciento doce kilos y cargo cada uno de esos kilos sin disimulo. La barba y el cabello los llevo recortados y blancos hace ya varios años. A esta altura de la vida, hay cosas que dejaron de importarme; otras, en cambio, las descubro recién ahora.
Esto que voy a contar pasó la semana pasada. Tuve sesión del consejo académico hasta tarde, una de esas reuniones eternas para discutir el plan de estudios de cuatro carreras. Cuando terminó eran apenas las diez de la noche, pero me quedé un rato más. Saludé a los docentes, despedí al secretario y aproveché para fumar tranquilo, lejos de los reproches de mi esposa. La universidad de noche es mi santuario. Una vez que se vacía, puedo caminar por los pasillos sin cruzarme con nadie, encender un cigarro en cualquier patio interno, recorrer los edificios sin que nadie me pida nada. Las cámaras, claro, pero ya sé dónde están y por dónde pasar.
A medianoche el campus quedó completamente vacío. Encendí un cigarrillo y salí a caminar por la vereda interna, esa que bordea la reja perimetral. Pasé la caseta del vigilante, que dormitaba con el televisor encendido, y seguí hasta el primer edificio. Solo se escuchaban mis pasos y el viento moviendo los pinos del estacionamiento.
Iba por la segunda calada cuando me detuve. Al fondo del edificio, en la última aula del pasillo —la que usa la cátedra de derecho procesal—, la luz seguía encendida. Me extrañó. Supuse que algún profesor se había olvidado de apagarla. Decidí pasar por ahí, apagarla yo y seguir mi vuelta. No le di más vueltas.
Avancé unos veinte metros más y entonces lo escuché. Un sonido suave, espaciado, que al principio confundí con un quejido. Me quedé quieto en el medio del pasillo. Y cuando el segundo gemido llegó más nítido, sentí cómo se me erizaba la nuca. No era queja. Era placer. Alguien estaba cogiendo ahí adentro y yo, sin saber cómo, había caído justo a la distancia exacta para escucharlo.
Aceleré el paso, no por curiosidad: por necesidad. Llegué a la última ventana del pasillo exterior, la que da directo a esa aula. Las persianas no estaban bajas. Me acerqué con cuidado, sin saber qué iba a ver.
Era Marcela. La única profesora afroamericana de la universidad. Daba clases de constitucional, llevaba ocho meses de embarazo y todo el claustro le hacía bromas cariñosas porque entraba a las aulas con un andar lento que no podía disimular. Esa misma Marcela estaba ahora sentada a horcajadas sobre un hombre, encima del escritorio del profesor, moviéndose sin prisa.
El tipo estaba sentado con las piernas abiertas, la espalda recta contra el pizarrón. Desde mi ángulo no podía verle la cara, solo el torso y los brazos, que tenía apoyados en las caderas de ella. Marcela manejaba el ritmo. Lo que entraba y salía de ella era ancho, mucho más ancho de lo que yo hubiera podido medir en mi mejor noche. Mis diecisiete centímetros, que durante toda mi vida me sirvieron para presumir cuando hacía falta, parecían un chiste al lado de eso.
Andate de acá, Hernán. Andate ya.
No me fui. No pude. Marcela tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, una de sus manos apoyada en el vientre. Los pechos se le habían hinchado con el embarazo y se balanceaban con cada movimiento. La barriga, redonda, brillante, se mecía despacio entre los dos cuerpos. Era la mujer más hermosa del campus. Lo había pensado mil veces en los pasillos, en los actos académicos, cuando se cruzaba conmigo en la sala de profesores y me hacía esa sonrisa cortés que reservaba para las autoridades. Verla así, a tres metros de distancia, con la vagina abierta sobre una verga ajena, fue demasiado.
Me corrí a un costado, detrás de los arbustos que separan el pasillo del jardín interno. Desde ahí seguía teniendo la línea de visión perfecta y nadie podía verme. Me bajé el cierre del pantalón y saqué la verga, que estaba más dura de lo que había estado en cinco años. Empecé despacio, siguiendo el ritmo de Marcela. Cada vez que ella bajaba, yo apretaba. Cada vez que ella subía, yo aflojaba.
El hombre debajo de ella movía las caderas con un detalle muy sutil, casi imperceptible, como un pulso. Una mano subió a acariciarle el vientre. La otra le tomó un pecho, apretó suave, le rozó el pezón con el pulgar. No era un chico nervioso. Sabía perfectamente lo que hacía.
—Más duro, papi —murmuró ella—. Dame más duro.
Casi se me afloja la mano del impacto. Marcela hablaba siempre con un tono pausado, profesional, cuidando las eses y los participios. Escucharla decir «papi» con la voz quebrada por el deseo me sacudió como una corriente.
Él respondió. La tomó de la cintura, se levantó del escritorio sin sacarla, y giraron en el aire los dos juntos. La depositó de pie y la apoyó contra el borde del escritorio, boca abajo, con las palmas en la madera. Le levantó la cadera. Y solo entonces, cuando dio un paso atrás para acomodarse, vi quién era.
Joaquín.
Segundo año de derecho. Becado por mérito. Lo conocía bien, había firmado yo mismo la resolución que le otorgaba la beca. Lo recordaba en los actos de bienvenida: alto, espalda ancha, esa piel morena clara que combinaba demasiado bien con la piel oscura de Marcela. Veinte años, calculé. Mientras yo le firmaba papeles a su madre para que él pudiera estudiar gratis, este chico le estaba haciendo un hijo a mi mejor profesora de constitucional.
Le apoyó una mano en la cintura, la otra en el hombro. Le dijo algo al oído que no alcancé a escuchar. Y empezó. Sin piedad, sin esa delicadeza del comienzo. Las caderas de Joaquín golpeaban contra las nalgas de Marcela con un ruido seco que llegaba hasta donde yo estaba. Ella ya no gemía: gritaba contenido, mordiéndose el dorso de la mano para no estallar.
Una nalgada. Después otra. Joaquín tenía una sonrisa en la cara que no le había visto nunca en clase, una sonrisa que no le quedaba mal en absoluto. Marcela flaqueó. Le temblaron las piernas como si fueran a ceder. Joaquín la sostuvo desde atrás, le pasó los brazos por debajo del vientre, sostuvo la panza, y volvió a moverse con un ritmo distinto, casi tierno, mientras le besaba el cuello.
—Sostenete —le murmuró—. Aguantame, mi amor.
Y ahí me di cuenta.
Mi amor. Esa palabra no se la dice un alumno cualquiera a una profesora cualquiera. Se la dice un hombre a la mujer que ama. Y la mano de él en su vientre tampoco era una caricia ocasional. Era la mano de alguien que se la había puesto antes, muchas veces, con otra intención.
Joaquín salió de ella y, como si alguien hubiera abierto una canilla, Marcela soltó un chorro contra el frente del escritorio. Eyaculó por casi cinco segundos. Yo no había visto algo así nunca, ni en videos. La verga de Joaquín, cuando salió, tenía el grueso de tres latas de cerveza apiladas y un largo que no me animo a calcular. Era una cosa de otro planeta. Yo, que toda mi vida me había creído bien dotado, dejé de creérmelo en un segundo.
La sostuvo de las caderas mientras le pasaba el espasmo. La ayudó a sentarse de costado, apoyada contra su pecho. Desde mi ángulo nuevo apenas los veía: el marco de la ventana me tapaba la mitad del cuadro. Me acerqué otro paso, con la verga todavía en la mano, sin dejar de masturbarme.
Estaban besándose. Las cuatro manos sobre la panza de ella. Y entonces Joaquín se separó apenas, le miró los ojos, y dijo —ahora sí más fuerte, porque ya no necesitaba esconderse—:
—Es nuestro hijo, Marcela.
Me corrí ahí mismo. No lo busqué, no lo controlé. Una eyaculación tan abundante que escuché cómo salpicaba contra una hoja del arbusto. Cerré los ojos un segundo, dos, no sé cuánto. Cuando los abrí, Joaquín estaba de pie otra vez y le acercaba la verga a la cara.
Marcela la recibió con las dos manos. Estaba semierecta, todavía manchada de ella, y aun así le entró sin esfuerzo en la boca. El pubis de él estaba rasurado, una sombra de pelo muy recortado. El de ella, en cambio, tenía esa mata oscura, prolija, que adiviné cuando él le terminó de bajar la blusa.
Joaquín tardó poco. Le bajó la mano hasta tomarle un pezón, oscuro y enorme con el embarazo, lo pellizcó apenas, y se vino. Para mi sorpresa, lo que salió fue una cantidad pequeña, casi modesta, sobre la frente y la mejilla de Marcela. Yo había arrojado más en los arbustos. Esperaba más de unos huevos así de grandes y una verga así de monstruosa.
Pero entonces hizo algo que me dejó sin habla. Se agachó, le lamió toda la cara, recogió el semen con la lengua, y cuando la tuvo entera embadurnada le dio un beso largo a Marcela. Ella abrió la boca y recibió todo.
—Necesitás proteínas para el bebé —le dijo Joaquín.
—De esa me sobra, amor —contestó ella—. Pero gracias por el detalle.
Se rieron. Se rieron como ríe una pareja que lleva meses juntándose en secreto. Joaquín la ayudó a pararse y la abrazó por la cintura. Le dio un beso largo, profundo, frente a una ventana que ellos creían vacía y un rector que ellos no sabían que estaba ahí.
***
Una profesora de treinta y dos años. Un alumno de veinte. Un embarazo que el marido cree suyo y que no lo es. Un rector que firma resoluciones de mañana y se masturba en los arbustos de madrugada. Es un material que no se puede desperdiciar.
Saqué el celular y empecé a grabar. Los tenía a contraluz, perfectos en el cuadro. Joaquín con las manos en la cintura de Marcela. Marcela con una mano en el pecho de él y la otra envolviendo esa verga monstruosa, todavía húmeda, ahora flácida y gruesa como un antebrazo. Grabé tres minutos largos. No me temblaba el pulso.
Publico esto porque no sé cómo van a salir las cosas. Este viernes hay feriado largo. Sé que ella se queda en la ciudad. Sé que el marido viaja al interior con la suegra. Y sé que el chico vive en pensión a tres cuadras del campus.
Voy a hacer mi jugada. Si todo sale bien, la próxima vez no escribo desde los arbustos. Si sale mal, también lo voy a contar. Pero algo va a pasar.