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Relatos Ardientes

Le cerré la puerta a mi novia y entró en la 410

Llevábamos exactamente tres años juntos cuando aterrizamos en Mallorca. Era nuestro primer viaje largo de verdad, sin la excusa del trabajo asomando por detrás, sin reloj. Carla acababa de cumplir veinticuatro y yo le sacaba seis meses. Habíamos pasado los dos primeros días como animales: hotel de cuatro estrellas, habitación 408, y un colchón que ya rechinaba como si tuviera memoria.

Carla no pasa desapercibida en ningún sitio. Alta, melena castaña con reflejos de miel, ojos verdes que se le ponen casi felinos cuando bebe. Tetas grandes que ella defiende con orgullo y un culo que ha desafiado más de un vestido. Yo la conocía de memoria, pero seguía mirándola como si me la fueran a quitar. Esa era la primera mentira, supongo: pensar que algo así era solo mío.

El tercer día decidimos romperlo todo. Cena ligera, copas en la piscina, ducha larga y un vestido negro que hablaba por ella. Tela elástica, escote casi hasta el ombligo, espalda al aire, y una falda tan corta que cuando se agachaba a buscar los tacones se le veía el encaje del tanga. Se pintó los labios de rojo sangre. Olía a vainilla y a problema.

—¿Te vas a dejar puesto eso? —le pregunté.

—¿Tú me lo regalaste, no? —respondió, sin girarse del espejo—. Aguántate.

Bajamos al ascensor y la acorralé contra el espejo. Le metí la mano por debajo del vestido y comprobé lo que ya sabía: estaba empapada antes de salir de la habitación. Me mordió el cuello mientras le frotaba el clítoris despacio y me susurró cosas que ningún cura debería oír. Cuando se abrieron las puertas, se recolocó el vestido riendo y caminó por delante de mí como si yo no existiera.

La discoteca del hotel estaba a reventar. Luces estroboscópicas, reguetón remixado, olor a sudor con perfume caro por encima. Carla pidió un gin-tonic doble y se lanzó al centro de la pista. Yo, detrás, intentando seguirle el paso y aguantando una erección que no se iba ni con el aire acondicionado.

El problema empezó pronto.

Un grupo de chavales de veinte años, apoyados en una columna, llevaban un rato siguiendo cada movimiento del culo de Carla. Brindis silenciosos hacia ella, sonrisas torcidas, codazos entre ellos. Uno levantó la copa cuando lo pillé mirando. Otro se rio en la cara de su amigo señalándola con la barbilla. Y ella, sin darse del todo por aludida, seguía bailando con esa cadencia suya de hembra que sabe que tiene público.

Algo se me cerró en el pecho. Estúpido, infantil, sin base real. Pero los celos son así: aparecen sin pedir permiso y muerden donde duele.

Le agarré la cintura más fuerte de lo necesario.

—Pareces una puta en un escaparate —solté sin pensar.

Carla se paró en seco. Cruzó los brazos debajo de las tetas, lo que solo sirvió para que el escote se abriera más. Se rio sin ganas.

—¿Una puta en un escaparate? Llevo tres días enseñando carne y no has dicho ni media palabra. Has sido tú el que me ha metido la mano en el ascensor hace diez minutos. ¿Y ahora te molesta que unos críos me miren?

—Les das alas tú, joder. Bailas como si quisieras que te follaran aquí mismo.

Sus ojos se oscurecieron. Esa mirada la conocía: era la cara de quien ya ha decidido cómo va a terminar la discusión, aunque todavía no lo sepa.

—Pues vete a la habitación si te molesta tanto. Yo me quedo.

No esperé. Di media vuelta, empujé a quien se me puso por delante y salí. Subí en el ascensor solo, con la mandíbula apretada y el corazón latiéndome en las sienes. Tiré la camisa al suelo de la habitación, abrí la puerta corredera del balcón y me planté ahí, fumando un cigarrillo que ni siquiera me apetecía. El mar, abajo, era un rumor negro. El aire fresco de la noche balear me golpeó la cara como una bofetada lenta.

Pasaron treinta o cuarenta minutos. Empecé a arrepentirme, no del todo, pero lo justo para mirar la puerta cada dos segundos esperando oír el pitido de la tarjeta.

Y entonces escuché los nudillos.

—Diego, abre la puta puerta —gritó al otro lado, con la voz ya algo pastosa.

—Vete a la mierda, Carla. Vuelve a zorrear hasta que se te pase el calentón. Esta noche no quiero verte la cara.

Silencio. Luego un golpe seco, como si hubiera dado una patada al rodapié. Luego pasos. Luego nada.

Tendría que haber abierto.

Volví al balcón. Me apoyé en la barandilla con las dos manos. El mar seguía ahí, igual de indiferente. La puerta del balcón de al lado, la habitación 410, estaba abierta de par en par. Llevaban dos noches con la cortina sin echar, y los había visto un par de veces en el pasillo: dos tíos jóvenes, uno rubio surfista con tatuajes en los brazos, otro moreno serio con cadena al cuello. Carla les había sonreído cuando coincidimos con ellos en el ascensor el día anterior. Yo entonces no le había dado importancia.

***

El primer sonido fue una risa.

La risa ronca de Carla, esa que reserva para cuando está bebida y decidida. Venía del interior de la 410.

Me quedé inmóvil. El cigarrillo se me apagó entre los dedos.

—Mi novio me ha echado y me ha dicho que me vaya a zorrear —oí, clarísimo, a través de la cortina entreabierta del otro balcón—. ¿Queréis ayudarme a que se entere de lo que es eso de verdad?

Una voz masculina, joven, ronca de sorpresa:

—Hostia, tía, no jodas.

Otra, más grave:

—¿Esto es real?

Y luego el sonido inconfundible de un beso largo, mojado, seguido por una risa de garganta que conozco de memoria. La risa de cuando le gusta lo que tiene delante.

Me agarré a la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Quise entrar, golpear la puerta de al lado, sacarla a rastras. No me moví. Algo más fuerte que la rabia me tenía clavado al sitio. Y, peor todavía, notaba la polla endureciéndose contra el vaquero sin permiso.

—Marc, joder, mira esto —dijo el rubio en voz alta, sin disimulo, como si supiera perfectamente que el novio de Carla estaba a dos metros, separado por un tabique.

—Iván, ven aquí —dijo ella, con la voz que usaba conmigo cuando me pedía que la sujetara del pelo.

Y entonces empezaron los gemidos.

No fueron fingidos. Lo supe enseguida. Yo había oído a Carla correrse miles de veces, en miles de tonos diferentes. Esos eran reales. Cortos, agudos, casi sorprendidos al principio. Después más largos. Después arrastrados, casi musicales, como si saliera de ella algo que llevaba demasiado tiempo guardado.

—Joder, qué grande la tienes… métemela hasta dentro… así, así —decía, sin bajar la voz, sin importarle quién escuchara, sin importarle yo.

Cerré los ojos. Sentía cada centímetro de mi cuerpo en tensión: la mandíbula trabada, el estómago revuelto, los muslos rígidos. Y la erección absurda, dolorosa, que se negaba a bajar. La cabeza me iba a estallar.

El balcón de al lado se llenó de movimiento. Oí pasos descalzos sobre la baldosa. Una sombra cruzó la cortina. Después su silueta, recortada por la luz amarilla de la lámpara interior, apareció pegada al cristal. Carla, desnuda, las tetas pegadas contra el vidrio. Detrás de ella, el moreno, con las manos clavadas en sus caderas, embistiéndola desde atrás. El rubio a un lado, sujetándole el pelo, metiéndole la polla en la boca a un ritmo lento, casi solemne.

La vi entera. Y ella, en algún momento entre embestida y embestida, giró un poco la cara hacia mi lado y supe, sin la más mínima duda, que sabía que yo estaba ahí. Que estaba mirando. Que no había salido del balcón.

—Más fuerte, joder, no me trates como a tu novia —se le oyó decir entre risas y jadeos—. Trátame como a la zorra que dice mi novio que soy.

Marc soltó una carcajada baja y se la metió hasta el fondo de la garganta. Carla gimió ahogada, los ojos llenos de lágrimas que no eran de pena. Iván le dio una palmada brutal en el culo que sonó como un disparo en la noche balear.

***

No sé cuánto duró. Una hora, dos. Perdí la noción del tiempo. La oí correrse al menos tres veces, cada una distinta, cada una más larga que la anterior. Oí los cuerpos chocar, los muelles del colchón, las palmadas, las risas masculinas, los insultos suaves que ella misma reclamaba.

En algún momento se cambiaron a la cama. Las sombras se movieron al interior de la habitación. Pero ella seguía hablando alto, asegurándose de que cada palabra cruzara el tabique.

—Lléname el coño, joder, no te salgas, lléname entero…

—Ahora el otro, Marc, dámela tú… sí, así, hasta el fondo… déjame goteando…

—Por el culo también, métemela por el culo… nunca me ha durado tanto nadie…

Esa última frase la dijo lento. Pronunciando cada palabra. Yo cerré los ojos y se me escapó algo a medias entre un gemido y una arcada.

Cuando creí que no podía empeorar, alguien abrió la puerta corredera del balcón de al lado.

Era ella.

Salió descalza, completamente desnuda salvo por los tacones negros que llevaba colgados de los dedos. Tenía el pelo revuelto, el rímel corrido, la boca hinchada, las marcas rojas de manos en las caderas y en las nalgas. Por la cara interna de los muslos le bajaban dos hilos espesos, blancos, que brillaban a la luz de la luna.

No me miró al principio. Apoyó las manos en la barandilla y respiró hondo, dándome la espalda. Luego, despacio, giró la cabeza hacia mi lado y me clavó los ojos.

—Buenas noches, Diego —dijo, con la voz ronca, casi cariñosa—. Gracias por la idea. Ha sido el mejor polvo de mi vida.

No supe qué contestar. No me salió nada. Ni una palabra, ni un insulto, ni una súplica.

Ella sonrió de lado. Esa sonrisa torcida que yo le había visto mil veces y que siempre había creído mía.

—Mañana hablamos. Si te apetece.

Y entró otra vez en la 410. Cerró la puerta corredera con un clic seco, definitivo. Bajó la persiana con un ruido metálico, largo, lento. Apagó la luz.

Me quedé solo en mi balcón. El aire de la noche balear me golpeaba la cara como una bofetada helada que ya no notaba. El silencio del hotel solo lo rompía el rumor lejano del mar y el latido ensordecedor de mi propio corazón. La polla seguía dura contra mi voluntad, el estómago revuelto, la mente en blanco salvo por una imagen grabada a fuego que iba a tardar años en irse: mi novia desnuda contra el cristal, riéndose, llena de otro, mientras me deseaba buenas noches como si nada.

No entré en la habitación. No llamé a nadie. No lloré. Solo me quedé ahí, mirando la persiana cerrada, mientras la noche avanzaba despacio y la risa ronca de Carla me seguía resonando dentro de la cabeza como un martillo.

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Comentarios (5)

Gonza_cba

Tremendo relato, me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Esos detalles del balcon y el tabique... demasiado reales.

EstebanQ

Buenisimo!!! Me quede con ganas de mas, se hizo muy corto.

papillon68

Me recordo una noche en un hotel que prefiero no contar jaja. Excelente.

DiegoCba91

Y despues que paso?? No puede terminar ahi, necesito la segunda parte!

NocturnoBA

La parte de los gemidos del otro lado del tabique... muy morboso. Bien narrado.

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